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Velasquita la villana

dc.autor.biografiahttps://es.wikipedia.org/wiki/Eusebio_Mart%C3%ADnez_de_Velasco
dc.autor.muerte1893
dc.autor.nacimiento1836
dc.contributor.authorMartínez de Velasco, Eusebio
dc.coverage.spatialeast=-5.778528199999999; north=43.24971900000001
dc.coverage.temporalSigloSiglo X
dc.date.accessioned2026-02-16T09:34:15Z
dc.date.available2026-02-16T09:34:15Z
dc.description.abstractRecreación de los amores de Bermudo II con una villana de la población de los que nació su hija Cristina.
dc.description.leyendasVELASQUITA LA VILLANA (LEYENDA HISTÓRICA)   I.  QUE DEBIERA SER INTRODUCCIÓN  Corría el año de gracia de novecientos ochenta y tres—poco más o menos, si es exacta nuestra cuenta. El fiero Almanzor reinaba en Córdoba, la agarena, [1] y Don Bermudo, el Gotoso, [2] dos años hacía apenas que de Asturias y León ceñía la insignia regia Si corría noble sangre de cien héroes por sus venas, si sombrearon su cuna -156- los laureles de cien guerras ¿quién duda que el rey tenía según las crónicas cuentan, mucha altivez y bravura, mucha hidalguía y nobleza? Pero también el monarca, al lado de tales prendas, como hombre mortal tenía sus lunares y flaquezas. El buen rey, siempre acosado por fastidiosa dolencia, y no hallando, en las boticas de aquellos tiempos, recetas para aliviar sus dolores y consolarse en sus penas, donde menos se pensaba dióse a buscarlas tal priesa, que perdió a menudo el seso por lo que muchos…. ¡por ellas ! Dicen las historias.—Roncos los añafiles [3] de guerra sonaban ya en los linderos de la castellana tierra, y abandonando el monarca don Bermudo la defensa [4] de León a don Guillén de González,—cuyas tropas ….. [5] -157 no pasaban de mil bravos leoneses, dos banderas de Galicia y unos pocos asturianos, gente fiera y leal, y arrojada, pero que representaba apenas una vigésima parte de la hueste cordobesa— marchó el buen rey, con algunos cortesanos, y la regia insignia, y cien ballesteros, entre interminable hilera de monjas, curas y frailes, con reliquias, cruz enhiesta, incensarios y blandones [6] , nada menos que a la iglesia de San Salvador de Oviedo (memoria del rey don Fruela), para orar ante el sepulcro del Rey Casto, a la manera [7] de popular peregrino que cumple una penitencia, por mover a Dios (decía) con oraciones más tiernas, -158- e izar el pendón sagrado de Covadonga y Auseba. Y estorbólo el diablo.—A Mieres llegó el peregrino apenas, cuando un audaz cortesano de esta suerte le interpela: —Señor ¡he visto una chica! —¿Linda? —Como una azucena. —¿Y pura? —Como un arcángel. —¿Joven? —Quince primaveras. —¿Buena moza? —¡Ya lo creo! —¿Es noble? —Villana a secas. —¿Llámase, pues? —Velasquita. —¿A dónde mora? —Aquí cerca. —Por buen bocado la tienes —¡Buen bocado es la pechera! [8] —¡Ampáreme Dios!.... ¡La gota!... —No está lejos la receta. —¿Y si las gentes murmuran? —¿Y si otro agarra la presa? —¿Y si los días se pasan y avanza el Califa mientras? —Más si olvidáis el remedio y los dolores arrecian -159- Me convences, Fernán-Díaz: esa chica es brava pesca. Ténganse las procesiones, y al diablo todo por ella. Desde entonces, al monarca se le agravó la dolencia y en Mieres fijó los reales [9] para tomar las recetas. Y se olvidó de los curas y de funciones de iglesia, y de cirios y reliquias, y de preces lastimeras; viniendo a perder el seso, no obstante sus bellas prendas y el bordón de peregrino, por lo que muchos, ¡por ellas! Entretanto, por Castilla resonaba la tormenta ¡Ay de Bermudo el Gotoso si se aduerme en la indolencia! [10]  -160-    II. CUYAS PALABRAS ENCANTAN.  Es una noche de otoño callada, pura y serena, sin nubes en el espacio, sin rumores en la tierra. Levántanse sobre el mundo la luna y miles de estrellas de luz esplendente, límpidos faros que la Providencia colocó en el firmamento, cuyas azules y etéreas gasas ricos pabellones y cortinajes semejan, bordados, cual regio manto, de brillantes y de perlas. Hacia la villa de Mieres, por una torcida senda, dirigen dos encubiertos caballeros la carrera de sus corceles; y en anchas y oscuras capas envueltas sus formas, y sus facciones guardadas tras la visera de férreo yelmo, dos sombras de amedrentadora esencia, al través de la penumbra, los negros bultos semejan. -161- Los arranques impetuosos de sus trotones [11] refrenan, que con gentil gallardía rebotan y se impacientan; y estos, de nevada espuma tiñendo el peto y las riendas, y bajo el herrado casco desenterrando centellas, ya van por angosto valle, ya por alto risco trepan, ya cruzan secos arroyos, ya en llano caracolean. A lo lejos una casa se descubre, de apariencia pobre, oculta entre el follaje de silenciosa arboleda: de tímida tortolilla la blanca imagen presenta, en bello jardín de amores ¡dormida sobre azucenas! Y, al distinguirla, el jinete que lleva la delantera se vuelve sobre su asiento y al otro así le interpela: —Fernán-Díaz, ¿la morada de Velasquita es aquella? —Cabal, señor. El llamado respetuoso le contesta. -162- Y presuroso el primero su bravo corcel sujeta, le atusa la crin, se inclina sobre el alto arzón [12] , se apea, y arroja a su compañero con gran altivez las riendas, a la par que le dirige razones iguales a estas: —«Sabéis ya que en esa casa ventilar debo una cuenta: testigos no me hacen falta con que esperad a que vuelva. Si alguno va, y os conoce, sin deteneros la seña; más si lo ignora, y pregunta ¡cuidado y guardad la lengua! Ea, adiós, y no dormirse, ¡que en ello os va la cabeza!» Y dejando al infelice Fernán con la boca abierta de puro miedo, el hidalgo se perdió tras la arboleda. . . . . . . . . . Entre las toscas paredes de aquella humilde vivienda, dos labradores pasaban su trabajosa existencia. -163- Él nombrábase Mantello y Olalla nombrábase ella, y ambos en edad ¡guales e iguales en genios eran. Matrimonio venturoso, a pesar de su pobreza, sin títulos ni blasones de encopetada ascendencia, nunca del desdén quejóse de la fortuna ligera que con ceñudos enojos miróle la vida entera. Mas no se hallaba una viuda, ni desmayada doncella, ni huérfano desvalido, ni lisiado de la guerra, si acaso se aparecían en el umbral de su puerta, a quien consuelos no diese, o edificantes sentencias, o abrigo en sus pobres lares, o cariñosa asistencia. Mas no solos: una niña, de quince abriles apenas, las privaciones y angustias partía de su pobreza. ídolo de los esposos, y arcángel de su existencia, desde sus años pueriles -164- alzábase la pechera como el viento casquivana, como los necios soberbia, como las aves alegre, pero como nadie, bella. Como nadie; que envidiara su blanca tez la azucena; el coral, sus labios rojos; su dentadura, las perlas; su airoso talle, los lirios, y el sol naciente, sus trenzas. Siempre que al umbral salía de su escondida vivienda, los nobles y los pecheros parábanse a conocerla; siempre que entraba, buscando sermón o misa, en la iglesia, los hombres, al fin, perdían sermón y misa por ella; siempre que daba la mano en giraldillas y fiestas [13] , los mozos, ante el concejo, la aclamaban por su reina. Y sin quererlo, inspirando con su extremada belleza, a los mancebos ternura, y a los decrépitos quejas, -165- y celos a las casadas, y envidias a las solteras, y admiración a los niños, - y sentimiento a las viejas, era la hermosa villana de Asturias la mejor perla. Y con tal hija, felices en medio de su pobreza, pasaban los dos ancianos su trabajosa existencia. En retirado aposento de su morada sencilla, que alumbra una lamparilla con pálida claridad, medio escondida entre el hueco de una rústica ventana está la linda villana sentada en la oscuridad. Apoya sobre una mano su picaresco semblante, con otra el velo flotante sostiene de su brial, [14] y, acaso a molesto sueño o a dulce ilusión rendida, reclínase adormecida sobre campestre sitial. Al verla así, sobre el pecho su bella barba apoyada -166- y su brillante mirada velando también al par, diríase que la niña, fingiendo la soñolencia, la imagen de la indolencia se gozaba en retratar. Delante de ella, en racimos que enlazan gruesas ligas, de amarillentas espigas se ve ordenado montón, que con destreza sus dedos menudamente enriestraron [15] y en torno las colocaron del reducido salón. Súbito la errante brisa, que afuera gime liviana, por la entreabierta ventana penetra en fugaz desliz, y, entre los pliegues flexibles, de su aromático aliento, desconocido un acento —¿Velasquita?—apenas diz. A cuya voz la villana su inmóvil postura deja, alzándose hasta la reja con altanero desdén; y al par que tiende la vista -167- por la sombría espesura, con voz argentina y pura tímida interroga:—¿Quién? Y aun corría su eco débil en las ráfagas del viento, cuando un hidalgo, al momento, miró Velasquita allí; y ella asomada a la reja y él delante de la casa, los dos, con prudencia escasa, diálogo hicieron así: —¿Qué quiere el galán aquí? —Hablar con la hermosa dama. —¡Franco sois! ¿Cómo se llama? —Don Bermudo. —¿A secas? —Sí. —¡Por mi fe, que no es de ley nombre tan estrafalario! ¿Con el don? —Es necesario. —¿Tan noble? —Deudo del rey. —¡Jesús! ¿Qué loco abandono os conduce a una villana? —¡Tente! La hermosura allana hasta las gradas del trono. —¿Lisonjero? —Enamorado. —¡Pláceme vuestra razón! ¿Sois de Asturias? —De León -168- y aquí, por verte, he llegado. —¡Chist!... Más bajo —¿Cómo? —Es tarde, y este silencio no auxilia. —¿Qué temes? —Que mi familia nos oiga, y sospechas guarde. —¿Te persigue? —Mucho. —¿Mucho? —¡Ni a sol ni a sombra me deja! Si una vez salgo a la reja, detrás pisadas escucho. —¡Pobre niña! —Y ¿saber puedo adonde echáis vuestra planta? —Hacia la Cámara Santa de San Salvador de Oviedo [16] . —¿Por capricho? —En romería. —¡Devoto sois, don Bermudo! —Un clérigo carrilludo, por mis pecados, me envía: allá me manda el buen cura, a guisa de penitencia, porque a un villano, en pendencia, despaché a la sepultura. ¡Qué risa! —Mas, si un secreto quieres oír ¡de interés! —Con mucho gusto: hablad pues. —Pero —¿Y bien? —Salvo el respeto que tú, niña, te mereces, di: ¿con precaución no escasa, entrar no puedo en tu casa? —¡Deteneos! —¿Te enfureces? —¡Insensata es vuestra mira! ¿Sabéis quién soy yo, señor? —Un ángel ¡ángel de amor que sólo pureza inspira! —¡Así me gusta! Hablad, pues. —Aquí, en retiro profundo, jamás la dicha del mundo ni tú comprendes, ni ves. Di: si un joven, seductor, rico, bravo y de nobleza, prendado de tu belleza te jurase eterno amor; y de tu rostro algún día el ruin tocado arrancase, y en su lugar te adornase con sedas y pedrería; y a Oviedo te condujera vestida de ricas galas, para que en doradas salas tu gracia resplandeciera; y allí bizarros torneos -170- se hiciesen por ti, y hazañas, por ti sortijas y cañas, [17] festines y galanteos; por ti funciones ruidosas los próceres celebrasen, y en ellas te proclamasen la reina de las hermosas —¡Callad, callad! —¿Qué dirías si ese joven seductor eso te diese y su amor? Dime, niña: ¿le amarías? —¿Podrá ser cierto? —Lo juro. —Pero ese hombre ¿dónde está? ¿conocéisle vos? —Quizá. —¡Sacadme, por Dios, de apuro! Yo no le conozco... —¿No? ¿Si le vieses? —Le amaría. —¿Mucho? —¡Mucho! —¡Vida mía! Pues ámame, que soy yo. Y el galán que las paredes, mientras decía, escalaba, cuando esta frase acababa sobre la reja se halló; y, alzándose de repente, en la pálida mejilla de la pechera sencilla... sonoro beso estampó. —¿Conque vos sois, don Bermudo? —¿Y oyes tú mi amante lloro? —¡Virgen María! ... ¡Os adoro! —¿Me seguirás? —¡Ah! No dudo. —¡Bien haya, hermosa, tu amor que por mi dicha se afana! ¿Cuándo, pues? —Venid mañana, venid sin ningún temor. —Al caer la tarde te espero. —No faltaré, no, a la cita. —¡Adiós, gentil Velasquita! —¡Adiós, gentil caballero! Cerróse en breve la reja y huyó la rendida amante, y el encubierto al instante montó a caballo, y se fue. —Diz que mientras galopaba decia así por lo bajo: —Esto es hecho: sin trabajo ¡buena receta encontré! Desapareció.—La puerta se abría en aquel momento, y en el pequeño aposento -172- Olalla trémula entró; quien, al hallar de la reja las maderas entornadas, con voces descompasadas, de esta suerte prorrumpió: —¿Qué es esto, niña? ¿Qué miras? —¡Ah! ... Yo... nada. Aquí... señora... —¿Con quién hablas a tal hora? —Si no hablaba —¡Más mentiras! ¿Qué besabas? —Esta cruz que tengo en el cuello puesta. —¡Ya! .... ¡me gusta la respuesta! A ver, acerca esa luz ¡Pronto, pronto! —¡Qué manía! Lo digo yo, y es bastante —¿Me replicas? —Al instante, pero —¿Me traes la bujía? —Madre, si nada ha pasado —¡Silencio!.... Lo dicho, dicho. —Tomad ¡Jesús, qué capricho!; ¡Ay! —¡Infeliz! -Se ha apagado Iba ya a coger Olalla la sedienta lamparilla, cuando la joven ¡sencilla! dejóla al suelo caer. Y aunque la opaca arboleda miró al fulgor de la luna la pobre madre, ninguna sombra humana pudo ver. -173- Eso te probará, lector querido, que el mundo siempre ha sido y siempre habrá de ser, año tras año, lo mismo que es hogaño. Siempre el señor dinero, favorito sin par de las bellezas, será el gran caballero que asedia, y acomete, y avasalla, las más altas y esquivas fortalezas. sin riesgo ni batalla. Y habrá siempre deslices, aunque nunca prescriban los deberes; y padres o maridos infelices que, tocante a sus hijas o mujeres, no verán más allá de sus narices. Y yo, lector, me fundo en esta conclusión irrefutable: achaques son del mundo, y, como ves, el mundo es invariable    III.  EL HONOR DE UN VILLANO  ¡Cuán grato es de la vida cruzar el ciclo breve, sin mancha deshonrosa que amengüe su valor, y, ante la necia hablilla del vulgo ruin y aleve, mostrar siempre en el rostro la marca del honor! ¡Cuán grato es del sepulcro llegar a los confines, sin que el pasado traiga al corazón pesar, y en el umbral oscuro de eternidad sin fines, a Dios, con el aliento, la honra pura dar! ¡Ay, sí, de quien temiendo del mundo los engaños, el lustre de sus lares atento custodió, y limpio y sin mancilla guardóle muchos años y acaso en breve instante manchado ya le vio! ¡Ay, sí, de quien sus horas contando ya cercanas, dirige hacia la tumba desfallecido pie, y en lecho de agonía al reclinar sus canas, teñidas con la mengua del deshonor las ve! Guardaba el buen Mantello, cual oro entre dobleces, en sus modestos lares la prenda de su amor, y aunque olvidó por ella mundanas brillanteces, cuando apartó los ojos hallóla sin honor! «¿Acaso—murmuraba— librar no puedo mi honra de la procaz licencia de un noble seductor, y ruin y envilecido, lamiendo mi deshonra, besar debo de hinojos su pie profanador? ¿Acaso nada vale la humillación de un hombre, y soportarla es fuerza de ignominiosa ley? ¿Acaso es menos digna la fama de su nombre -176- que el timbre o la corona del prócer o del rey? ¡Jamás! Si escarnecido Mantello sufre y gime, y lleva en sus espaldas el sello del baldón, ante los sacros ojos de Dios, Verdad sublime, el prócer y el pechero son nada ¡iguales son! Mas, ¡ay!.... en vano elevo quejosa la voz mía Justicia demandando me arrastraré a sus pies, y del vapor y ruido de licenciosa orgía, ¡mi tímido lamento se perderá al través! ¡Ay, sí, de quien sus horas contando ya cercanas, camina hacia la tumba con vacilante pie, y en lecho de agonía al reclinar sus canas, teñidas con la mengua del deshonor las ve! ¡Ay, sí, del buen Mantello que alegre custodiaba, en sus modestos lares, la prenda de su amor; y pura y sin mancilla risueño la juzgaba, y un día, el desdichado, hallóla sin honor! A los pocos días, juntos a la puerta de una casa, varios vecinos de Mieres de esta guisa platicaban: —¿Nada sabe, tío Nuño? —Dígamelo, tía Sancha. —¿Conocéis a Velasquita? —Doncella más resalada no recoge los alientos en el país de las Xanas [18] . —¡Habráse visto! —Y ¿qué es ello? —Pues qué ha de ser ¡que se casa! —¡Por mi lebrel, que le envidio al novio tan buena caza! . ... — ¡Miren el tío Nuño! —Es cierto. ¡Qué bella es la tal muchacha! Cuando en sus ojos azules se sorprende una mirada y su boquita menuda dulce sonrisa retrata ¡ay, comadre! ... yo me tiemblo, y los ojos se me bailan, y el corazón me golpea, y la boca se me hace agua —¡Jesús, qué malo el tío Nuño! —Pase por broma, tía Sancha. Pero ¿con quién? —¡Ahí está ello! Discurrid tres horas largas. —¿Yo? ¡Si siempre de razones mi cabeza estuvo calva! ¿Con Juancho el labriego? —¡Claro! Pues eso solo faltaba: que los fríos y calores curtiesen su linda cara No es villano. —¿Con un noble? —¡Y de alcurnia encopetada! Más que los Solís y Pinos, más que Bernaldos y Omañas Pero —Aquí viene Santiago, corredor de los mancebos y espía de las rapazas. [19] —Dios guarde. —Santiago, diga: ¿Velasquita no se casa? —No hay tal cosa. —Sí, repito. —Yo repito que no hay nada. —¡Cosa como ella! —Dejadle. ¡Sea de Rey su palabra! -179- —Escuchad: ha pocas noches, cuando yo volvía a casa, topé con dos caballeros, ocultos en anchas capas, que el paso de sus corceles hacia las huertas guiaban. «¡Canastos!» dije yo al verlos: «¿Hay gato encerrado, o gata? A estas horas ¿quién lo duda? lance de amor o de espadas.» Y, como astuta serpiente, librándome a sus miradas, ya acurrucado en un árbol, ya a la sombra de una mata, observé que un caballero se dirigía a la casa de Velasquita. Se acerca, taimado silbido lanza, óyense dos cerraduras, entreábrese una ventana y, a través de los barrotes, distingo una forma blanca, con amoroso abandono sobre el dintel apoyada —¿La Velasquita? —Ella misma. Arroja al punto una escala, cógela el mozo en el aire, la afirma, sube, entra y ¡nada! Pintáronse en las paredes dos sombras que se abrazaban, y, entre el rumor del espacio, creo que oí estas palabras: -180- — «¡Dios os guarde, don Bermudo!» —«¡Bendita seas, mi amada!» Y luego la hermosa niña cerró astuta la ventana, las rendijas se apagaron y a oscuras quedó la casa. —¡Jesús! Si es cosa de cuento —¡Si parecía una santa que, a pesar de quince abriles, no había roto una paja! —¡Quién lo creyera, tío Nuño! —¡Quién lo pensara, tía Sancha! —¡Yo me hago cruces! Me acuerdo de haberla visto en su casa con aquel aire sencillo y humilde de mojigata ¡Jesús! ¡Jesús! —Pues, señores, no hay que fiarse en las santas. Y, a más ver. —Pero, Santiago, diga quién es él. —¡Caramba! ¿Así, sin más ni más?.... ¡hombre! No es cosa de andar con chanzas ¡Punto en boca! ¡Hay de por medio una persona de alcázar! Si se dicen los pecados, los pecadores se callan. Es..... ¡cazador que lo entiende para apresar tales garzas! —¡Pues no es ella mala trucha, cuando se enreda en tal malla! -181- ¡Quién lo creyera, tío Nuño! —¿Quién lo pensara, tía Sancha? Mientras que de este modo peregrino el malicioso vulgo murmuraba, un labriego infeliz se presentaba ante el ayo del rey, señor del Pino [20] Era el tal un optimate asturiano, hidalgo y caballero; y aunque achacoso anciano que al fin de la existencia caminaba, aún el fuego en sus ojos chispeaba del triunfador guerrero que añadiera a su escudo sin mancilla lauros cien en las guerras de Castilla. Y el buen conde, ofendido al contemplar del moro la insolencia, bramaba de coraje, mirando a don Bermudo adormecido, con mengua del honor de su linaje, en brazos del placer, y en la indolencia. Víctima de cruel desasosiego el viejo conde a la sazón se hallaba leyendo un largo pliego. «¡Socorrednos!»—un bravo así exclamaba. «Talando a sangre y fuego las tierras de León y de Castilla el mahometano ejército se acerca Si Bermudo el Gotoso no acaudilla sus tropas a la lid, o débil huye, el califa Almanzor la corte cerca y la asalta, la arruina y la destruye ¡Socorrednos!.... Diezmados mis leones por el hambre, las rotas y las penas, transidos de pavor los corazones y arrasadas o abiertas las almenas, no hay fuerza que se oponga del terrible caudillo a las legiones ¡Corred, que jura izar en Covadonga sobre la cruz de Asturias sus pendones!» [21]-183- Leyó el hidalgo conde silencioso la misiva fatal, y en el instante de llanto doloroso apareció regado su semblante; pero estrujando el pliego y ahogando los enojos, miró con turbios ojos el semblante apenado del labriego, y, con rápida voz y lastimera, interrogóle al par de esta manera: —¿Quién sois? ¿A qué venís?.... Hablad. —De Mieres soy; me nombran, señor, Mantello Peres, y me presento a vos con la esperanza de conseguir justicia y aún venganza. —Dárosla juro yo, si está en mi mano Decid. —¡Al cielo plegue [22] que a vuestro oído llegue el quejumbroso acento de un villano! Mi gratitud —Seguid —No de aquí lejos a solitario albergue reducidos, y siempre en las faenas del hogar o del campo entretenidos, mi esposa Olalla y yo, débiles viejos, morábamos, señor, libres de penas[23] . -184- Guardaba en mis alcores [24] con vigilante aliño una prenda de amor: ¡hija querida que el cielo concediera a mi cariño, para dar un alivio a mis dolores! Objeto de mi idólatra ternura y arcángel bienhechor de mi existencia, ¡si lo supieseis vos!.... era tan pura que un ángel parecía de inocencia —¿Murió quizás? —¡Dios mío!.... vive!.... —¿Entonces... —Aleve un caballero mis canas mancilló con la deshonra Vive, sí, la hija mía, vive empero permitidme llorar ¡vive sin honra! —¡Infeliz! —¡Oh! ¡Justicia!.... Yo la imploro de rodillas ¡a vuestros pies postrado! -185- Muévaos a piedad el triste lloro de un anciano y un padre deshonrado ¡Justicia contra el rico y caballero, un infeliz pechero os pide en su deshonra!.... ¡Que no la pida en vano, señor porque un villano, si ejecutorias [25] no, también tiene honra!.... —Cálmate, noble anciano: yo mismo vengaré tan vil ultraje. ¿Quién es el seductor? —De alto linaje. —¿De Asturias? —De León —¿Y va....? —Camino de la Cámara Santa —¿Vino....? —Vino con las tropas del rey —¡Cielos!.... ¡Su nombre! —Pero… —¿Qué te detiene? —Que os asombre. —¡Asombrarme un aleve nunca pudo! ¡Su nombre! —Don Bermudo. —¡Ira de Dios!.... Cual rayo que despedaza el árbol altanero, cayó en el corazón del regio ayo el nombre del nocturno caballero. -186- Y, arrojando centellas su mirada, el buen conde del Pino volvióse hacia una mesa repentino, calóse el casco, se ciñó la espada, ocultó en su escarcela el pergamino y díjole al atónito vasallo: —¡Seguidme, y ¡a caballo!    IV.  QUE EMPIEZA DULCE, Y CONCLUYE AMARGO.  Tendiendo va ya la noche su lóbrega caperuza por los riscos y jardines de montañas y llanuras; pero, cercada de estrellas y envuelta en diáfana bruma, por el azulado espacio boga la argentina luna. Y, al través de la neblina, un hidalgo se vislumbra que hacia la mansión de Olalla su bravo alazán empuja. Y si se para la vista en sus ostentosas plumas, en su tabardo de grana y en su plateada montura, sin discursos ni razones -187- el más imbécil preludia, que tan rico caballero caballero es de alta alcurnia. Dirige al fogoso bruto con tal destreza y cordura, por los fosos y breñales de aquella azarosa ruta, que ni en los llanos galopa, ni en las montañas recula, ni se enreda con los brezos, ni de las rocas se asusta; y a trote corto avanzando por vereda tan inculta, salva el alazán peñascos, valles, montes y llanuras. Más bien pronto la vivienda de Velasquita columbra el caballero, alumbrada por el fulgor de la luna: y refrena su caballo, se apea, a un árbol le anuda, se resguarda misterioso bajo un castaño, y modula quizá conocida seña, con voz taimada y aguda. Y al poco rato se advierte que cruje la cerradura de una ventana, se entreabren las dos maderas, por cuyas anchas grietas y rendijas -188- la luz brota, y se dibuja en el alféizar, sentada con abandono y dulzura, la forma de una villana de las montañas de Asturias. Y se oyen estas palabras, entre las sombras nocturnas, a guisa de quien espera y apasionado saluda: —¡Guárdete el cielo, amor mío! —Venís más tarde que nunca —¿Cuándo es tarde si te veo? —¡Ay!.... Más bajo —¿Pues? —¡Si escuchan mis padres! —¿Eh? ¡que me empalen si hoy no cenan con las brujas! —¡Jesús! —No temas: arroja la escala, su cabo anuda y verás cómo te olvidas de esas quimeras absurdas. Y al poco tiempo, una escala sobre el muro se columpia, que en las gruesas maderas la incauta niña asegura; y por ella el caballero trepando, cual sierpe astuta que acecha a las avecillas -189- tras de las flores oculta, presto a la ventana sube, pisa los umbrales, cruza por ellos, entra en la sala, la reja entorna y ¡a oscuras! Distinguese a Velasquita, alegre, radiante y bella, en apartado recinto de su rústica vivienda. Por bajo de nívea toca salen sus doradas trenzas, que a través de la garganta graciosamente se enredan; de suaves tintas bañadas las sienes, puras y frescas, que imitan por la blancura del nácar la trasparencia; naciendo con la alegría en sus pupilas inquietas, cual diamantinos quilates, más que lágrimas, dos perlas; estaba la hermosa niña como nunca alegre y bella, del galante don Bermudo oyendo amorosas quejas. Ceñíale el caballero su talle con mano trémula, -190- y giraba sus miradas, de amor y deseo llenas, desde un hechizo a otro hechizo, de esta perfección a aquella, de primorosos contornos a líneas vagas y esbeltas, cual pintor que, arrebatado por ilusión halagüeña, en su ardiente fantasía mágicas obras contempla. Y al ver que gozoso llanto los tiernos párpados sueltan de la niña, con un beso roba las líquidas perlas, y de su ardiente suspiro bebe la sabrosa esencia, y en sus animados ojos sorprende miradas tiernas, cual si estuviera excitado por ilusión hechicera que el demonio del deleite en su memoria presenta. Y díjole entre sonrisas al caballero la hermosa: —¿Marcharemos, sí? —Al instante: cuando aparezca la aurora, en mi litera, amor mío -191- de Oviedo el camino tomas. —¿De Oviedo? —Justo: Almanzor hacia la corte galopa, y acaso en estos momentos bajo sus muros se aloja. —¡Ay! ¿Y vos? —Hoy te acompaño, pero mañana me roba a tus caricias la patria —¿Y así me dejáis tan sola? ¡Ay, Dios mío! —No te asustes: previenes más dulces horas, con oraciones de arcángel pidiendo a Dios la victoria. —¡Vanos ruegos! —Siendo tuyos ¿quién habrá que no los oiga? —¿Volveréis? —Pronto, y no envidies a la reina su corona, si en el combate cercano triunfar de Almanzor se logra. —¿Es verdad? —¡Dulce esperanza! Volveré con la victoria, en busca de tu cariño. —¡Ay, señor!.... ¿y si os le roban? -192- —Pues tornaré más amante si tú lo quieres, hermosa, buscando el amor ardiente del ángel que me enamora. —¿Le buscareis? —¡Vaya! —¿Dónde? —En tus ojos. —¿Qué se logra? —En tu frente. —Ahí no le guardo. —¿En tus sonrisas? —¿Qué importan? —¿En tus labios? —¡Vaya un dulce! —¿En tus alientos? —¡Gran cosa! —¿Si lo hallaré, prenda mía? —Buscadlo, que aquí se aloja. —Pues yo me doy por vencido. —Pues yo me lo guardo sola. —¿Serás tan cruel, ingrata? —Serélo, y razón me sobra. —¿Por qué? - —Porque el buen amante lo halla pronto, y sin zozobra. —Espera, que ya presumo de haberlo encontrado, hermosa: en tus brazos…. Y la niña en los del galán se arroja….. ------------- Súbito en aquel instante retumban cien voces sordas, y al par se escucha un silbido que alígero el aire corta; y óyense los breves pasos de corceles que galopan, y el metálico chirrido de armaduras que se rozan. -193- Y de repente, en la casa resuena aldabada ronca, y adviértese el sordo ruido de puertas que se desploman, y estruendo, y algarabía, y pasos, y voces próximas de cien hombres que por fuerza la casa atrevidos toman. Y todo fue en un minuto, en un momento no ahogan los sorprendidos amantes ni un ¡ay! siquiera en la boca. —¡Piedad, Bermudo! Díjole al caballero la hermosa, ante el peligro cobrando fuerzas; y con voz furiosa grita él, cubriéndose el rostro y empuñando la tizona: —¡Alienta!.... ¡De esos malvados beberé la sangre toda! —¡Sangre aquí! —¿Sangre de viles?.. -194- ¡Hasta la última gota! — —¡Piedad! —¡Ay si en los umbrales sus plantas aleves tocan! —¿Oís? —¡Alienta! —Ese quicio tiembla, cruje se desploma ¡Ay! —¡Atrás, bandidos! —¡Plaza a la justicia y la honra!.... Exclama el conde del Pino con voz que la rabia ahoga, alzándose en los escombros de puerta y paredes rotas. Y detrás se ve a Mantello y Olalla, su pobre esposa, con lágrimas en los ojos y en el corazón zozobras, que, presintiendo una escena de violencia y deshonra, maldicen al caballero y por la hija suya lloran. Y entran después los soldados en tropel, la sala angosta inundan y de los jóvenes enamorados se mofan; y entre ellos va Fernán-Díaz, atado con fuertes sogas, -195- pálido, sin voz ni aliento, manchado con sangre propia. Mas don Bermudo, valiente, —cual tigre que, perseguido por quebraduras angostas, vuélvese a los cazadores y a ruda lid les provoca,— mientras sostiene en sus brazos a la desmayada hermosa, dirige al conde del Pino su mirada y su tizona, y, demostrando en su acento fiero que la saña arrostra de todos, con estas frases, aunque exaltado, razona: —¡Teneos ante el dolor, o temed la saña mía! ¿Quién sois vos? —¡Soy la hidalguía en defensa del honor! —Mal la hidalguía se afana si en el amor no hay deshonra..... ¡Atrás! —¿Quién insulta la honra? ¡El mismo que la profana! —¡Víbora, ese labio ten, o le arranco con tu lengua! —¡Arrancadle antes que mengua consienta en mi honor también! ¡Sois preso!.... —¡Audacia mentida! -196- ¿Quién soy yo sabéis acaso? —¿Qué me importa? —¡Dad un paso, y respondéis con la vida! —¡Sois preso! —¿A vos? —¡A la ley! —¿Qué ley me obliga jamás? —¡A él, soldados! —¡Atrás! ¡Plaza al rey! —¡El rey! — ¡¡El rey!!  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Poco después, galopaban de Mieres por el camino, el rey y el conde del Pino y sus soldados en pos. Mas Velasquita, que en brazos del buen Mantello quedaba, así llorando exclamaba: «¡Adiós, amor mío, adiós!....»    V.  QUE DEBIERA SER EPÍLOGO.  ¡Todo en el tiempo se cambia! ¡Todo se muda y trastorna! Donde hoy hallamos placeres dolores mañana brotan Pedimos tal vez al mundo…. -197- su dulce y mentida copa, y en los labios …. ¡cuántas veces se emponzoña! ¡Cuántas veces, sí, miramos galana flor en la aurora, a los besos de las auras inclinando su corola! Y al desvanecerse el día dañinos hálitos soplan, y la débil florecilla ¡cae sin hojas! ….. ¡Cuántas, sí, con dulces sueños el corazón se ilusiona, y en éxtasis delicioso nuestros sentidos se arroban! Y acaso luego en la mente tristes presagios se agolpan, que eternidad de dolores nos pregonan ……. ¡Infeliz que acariciado por sueños de amor y gloria, que, como el humo en los aires, a lo mejor se evaporan, eterna dicha esperabas y esa dicha te abandona, como visión que se huye vaporosa! Desgraciada Velasquita, más aún que ayer dichosa. -198 - que miras como se truecan tus delicias en congojas; si en el amor esperabas y ese amor ¡ay! te abandona ¿qué ya te resta en el mundo? ¡Llora, llora!.... Diz que apenas se escondieron el rey y el conde en su tienda, los dos reñida contienda por largo espacio tuvieron, Y ujieres y centinelas, que en la antesala servían, ante las voces que oían callaban sus cantinelas, Sin que el más leve murmullo soltasen los habladores, para atrapar pormenores de tal riña y tal barullo. Por eso crónicas viejas dicen que siempre en palacio hay ojos en el espacio y en las paredes, orejas. Mas nada oyeron quizá por más que atentos seguían, y admirados se decían: «¿Qué será? ¿Qué no será?....» -199- Bien pronto el ayo arrogante salió del regio aposento, mostrando gozo y contento en su arrugado semblante, Y, al atravesar veloz por las turbas asombradas, sin detener sus pisadas, dijo con áspera voz: «Si avanza la hueste mora, ¡soldados, Dios con nosotros! Aprestad armas y potros, y a Castilla con la aurora.» Y cuando la luz del día, a la mañana siguiente, de púrpura refulgente los horizontes bañó, un jinete castellano, armado y con faz cubierta, en el umbral de la puerta de Velasquita paró. Reconocióla, acercóse sin apearse el jinete, y con férreo guantelete lanzó el pesado aldabón: aún los ecos repetía del golpe el aire lejano, cuando Mantello, el villano, abría el ancho portón. -200- «¡En nombre del rey!—le dijo el hidalgo desde luego: —«Tomad, Mantello, este pliego, enhorabuena, y adiós.» Saludó, picó la espuela, partió el corcel desbocado, y a su aposento, admirado, volvióse el villano en pos. Con vacilante mirada y con mano temblorosa, al par de su hija y esposa, rompió la misiva allí, y halló noble ejecutoria en letra del rey escrita, y una carta a Velasquita que en suma decía así: «Perdóname, prenda mía: si hoy te abandona el que te ama, a los combates le llama de caballero la ley; más si una tumba de gloria no rompe estos dulces lazos, espérale, que a tus brazos volverá amoroso—el rey.» Y diz que el franco Mantello, presa de angustias mortales, rasgó los títulos reales con ademán de furor, -201- y, clavando en Velasquita su centellante mirada, díjole con voz airada: «Honores, sí; ¡nunca honor!» [26] .   NOTAS [1] Agarena: mora[2] Bermudo II de León.[3] Añafiles: trompeta morisca que se utilizaba en la guerra.[4] Era hijo de Ordoño III, y subió al trono, por muerte de Ramiro III, en el año 98 2. Falleció en Villabuena del Vierzo [Bierzo] en 999 y su sepulcro existe aún en León. (Nota del autor).[5] Histórico.—Don Bermudo se recepit Ovetum , dice el cronista Lucas de Tuy, y la defensa de la ciudad quedó encomendada al valeroso conde gallego don Guillén de González. (Nota del autor).[6] « el monarca leonés se resolvió a abandonar su apetecida capital, y a refugiarse a Oviedo, llevando consigo las alhajas de las iglesias, las reliquias de los santos, los restos mortales de los reyes sus mayores, etc.»—Lafuente, Historia de España, part. II, lib. I, cap. XVIII. (Nota del autor). El blandón es un cirio grande.[7] Fue fundada la capilla del Re-Casto por Alfonso 11, y dedicada a la Virgen de las Batallas.—Allí están los enterramientos del monarca fundador, de Fruela I, Bermudo I (el Diácono), Ordoño I, Alfonso III (el Magno), García I, y otros. (Nota del autor).[8] Pechera: contribuyente, que paga el impuesto de pecho.[9] Reales: el lugar de asentamiento de la comitiva real.[10] El Silense, al tratar de este rey, dice: «Mortuo Ranimiro, Veremundus, Ordonii filias ingressus est Legionem, et accepit regnum pacifica Vir satis prudens, dilexit misericordiam et justitiam, et reprobare malum studuit et eligere bommit Por el contrario, el obispo-cronista Pelayo de Oviedo, dice asi: «Proefatus autem princeps (Veremundus) indiscretus et tyrannus fuit per omnia.... igitur propter pecata memoran principis, etc. (Nota del autor).[11] Trotón: caballo.[12] Arzón: Parte delantera o trasera que une los dos brazos longitudinales del fuste de una silla de montar. (Diccionario de la Lengua Española, RAE).[13] Giraldilla: animado baile popular en Asturias, tan antiguo como la renombrada danza prima. (Nota del autor).[14] Brial: Vestido de seda o tela rica que usaban las mujeres. ( Diccionario de la Lengua Española, RAE)[15] Enriestrar: significa en dialecto bable el acto de enlazar las espigas formando racimos, para exponerlas a la influencia del sal. (Nota del autor).[16] Cámara Santa de San Salvador de Oviedo. La Cámara Santa de la catedral de Oviedo es una cripta románica, del siglo IX, donde se guardan las reliquias que posee la iglesia.—Era, durante la Edad Media, lugar de peregrinación tan famoso como el sepulcro de Santiago. (Nota del autor).[17] Sortijas y cañas: juego que se celebraba en las fiestas medievales y consistía en arrebatar una sortija de hierro colgada en lo alto, enganchándola con la lanza, mientras se corría a caballo.[18] Xana, hada, como se dice en Asturias.[19] Muchachas.[20]  El conde Ordóñez del Pino, ayo que fue de los hijos de Ordoño III, era el favorito de Bermudo el Gotoso. Los antiguos cronistas le llaman «varón sabio y prudente» y «guerrero esforzado.» (Nota del autor).[21] «Eran ya los bellos días de la primavera de 984, cuando Almanzor, estrechado el cerco, hizo jugar incesantemente todas las máquinas contra los muros y puertas de León El conde Guillermo González, enfermo y postrado, hízose conducir en silla de manos desde el lecho en que yacía a la parte más amenazada del muro, y donde el peligro era mayor. Desde allí alentaba a los bravos leoneses a que defendieran con brío su ciudad, sus haciendas, sus vidas y las de sus hijos y mujeres. Irritado Almanzor, fue el primero que penetró dentro de la ciudad, con la bandera en una mano y el alfanje en otra: siguiéronlo multitud de sarracenos: el intrépido, el brioso, el imperturbable Guillermo pereció en su puesto al golpe de la cimitarra de Almanzor A la mañana siguiente comenzó el saqueo y degüello general, de que no se libraron ni ancianos, ni mujeres, ni niños: jamás en dos siglos y medio de guerras, desde que había dado principio la restauración, había sufrido ningún pueblo cristiano tragedia igual.—Lafuente, Historia de España, etc. Véase el Cronicón de Lucas de Tuy, en España Sagrada , tom. XIII, p. 89, y la Historia de la dominación de los árabes , por J. A. Conde, cap. 97. (Nota del autor).[22] Agrade.[23] «Praedictus autera Princeps (Bermudo II) ex una rustica faemina, nomine Velasquita, filia Mantelli et Ulallae, de Meres, juxta montem Contianam, genuit infantissam, nomine Christinam.»—Así se expresa el obispo cronista Pelayo de Oviedo. Ambrosio de Morales traduce de este modo: «Tuvo este rey otra hija, llamada la infanta doña Cristina, y fue su madre una labradora, por nombre Velasquita, como su primera mujer, y fue hija de Mantello y de Belalla, del lugar de Mieres, etc.—Crónica, tom. llI, pan. III, p.73. Dicha infanta Cristina no fue la hija legítima de Bermudo II, que casó andando el tiempo con el infante Ordoño, tronco de la ilustre familia de los Condes de Carrión, sino otra infanta Cristina que, habiéndose consagrado a Dios, fundó el monasterio de Cornellana, en el cual fue la primera abadesa.El sabio Flórez, en sus Reinas Católicas, dice que Bermudo II tuvo sucesión de otras dos mujeres, hermanas, a quienes el piadoso historiador llama amigas. «Noticias son todas estas (dice el Sr. La fuente) que dan luz no escasa sobre las costumbres y la moralidad de aquellos tiempos.» (Nota del autor).[24] Colinas, o collados, es decir, casa que está en lo alto.[25] Título o diploma en que consta legalmente la nobleza o hidalguía de una persona  o familia . ( Diccionario de la Lengua Española, RAE).[26] Algunos historiadores suponen que Bermudo, el Gotoso, para vengar la destrucción de León, Astorga, Santiago, Zamora y otras muchas plazas de su reino, que no supo defender contra aquel rayo de la guerra que se llamaba entre los árabes Mohammed ben Abdallah ben Abi Ahmer, el Moaferí, y que nuestras crónicas denominan Almanzor, el Victorioso, organizó la alianza de los príncipes cristianos y concurrió con sus soldados a la célebre batalla de Calatañazor, donde fue derrotado y herido mortalmente aquel caudillo agareno.Pero lo cierto es que Bermudo II falleció en 999, y la batalla de Calatañazor no se dio hasta los primeros días de Agosto del año 1002. (Nota del autor).
dc.description.provinciasAsturias, Principado de::Asturias
dc.description.ubicacionMieres
dc.identifier.citationEcos de Gloria, 1880, [S.l.] [s.n.] Madrid Estab. Tip. de M. Minuesa de los Ríos, pp.184-201.
dc.identifier.urihttps://hdl.handle.net/10641/7906
dc.leyendas.temaNovelescas
dc.leyendas.temaPersonajes célebres
dc.rightsAttribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internationalen
dc.rights.accessRightsopen access
dc.rights.urihttp://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
dc.subject.leyendasCaso de honor
dc.subject.leyendasPersonajesBermudo II
dc.titleVelasquita la villana
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dspace.entity.typeLeyenda

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