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El padre Eterno

dc.autor.biografiahttp://dbe.rah.es/biografias/5200/antonio-joaquin-afan-de-ribera-y-gonzalez-de-arevalo
dc.autor.biografiahttp://www.academiadebuenasletrasdegranada.org/afanderibera.pdf
dc.autor.muerte1906
dc.autor.nacimiento1834
dc.contributor.authorAfán de ribera, Antonio Joaquín
dc.contributor.otherAna Mª Gómez-Elegido Centeno
dc.coverage.spatialeast=-3.5943938; north=37.178668
dc.date.accessioned2026-01-13T09:51:54Z
dc.date.available2026-01-13T09:51:54Z
dc.description.abstractVenganza de viejo engañado por su novia joven.
dc.description.leyendasEl Padre Eterno Leyenda.  I  En la placeta de Santa Inés, subiendo la cuesta de este nombre y al número 7, se encuentra una antiquísima casa, cuya construcción pasa desapercibida a los naturales, pero no a los extranjeros. Su origen árabe se descubre con solo mirar el arco que la sirve de puerta de entrada; y los calados e inscripciones de encima, medio ocultos por una prosaica ventana de hierro, hacen fijar la vista a los anticuarios que descifran las sentencias de Corán que contiene.  Bastantes particularidades existen dentro. El techo del salón principal tienen las ensambladuras e incrustaciones de la época, y dos torres de áspera subida denotan sus muchos siglos de existencia.  Este edificio, donado cuando la conquista a mis ascendientes, ha sufrido las injurias del tiempo y la falta de habitarlo sus dueños, hasta hace poco que salió de nuestro poder.  Pero lo que llamaba extraordinariamente la atención -106- de cuantos entraban en el patio, era una especie de cuadro pintado al fresco, representando o queriéndolo representar, que es lo mismo, al Supremo Hacedor teniendo al globo terráqueo junto a sus rodillas, y señalando un sitio ambiguo, pues no se sabe si es a la derecha o a la izquierda. A pesar de las humedades, la pintura no está borrosa y se conserva bastante visible. La mayoría, creyendo que es señal de un tesoro oculto, ha abierto infinidad de catas y agujeros en daño de la finca, pero nadie hasta la fecha tropezó con lo codiciado.  Tal vez cuando las ruinas derriben sus cimientos, puede ser que haya algún afortunado mortal que dé con el sitio a que verdaderamente mira la figura.  ¿Quién mandó colocarla? Lean y se enterarán los que gustaren.   II    Don Lucas del Rincón y Zornoza, era el año de 1600 el decano y primero de los escribanos de la sala de hijosdalgos de la Real Chancillería de Granada. Sus emolumentos [1], sus chanchullos [2] en los pleitos de nobleza y de cruzamientos, además del producto de fincas que disfrutaba en el campo de Criptana, le hacía pasar por uno de los curiales [3] -107- más ricos y desahogados de cuantos manejaba la pluma en aquella bonancible época para los de su clase. Pero, sin embargo, su morada, que es la que hemos descrito, y que llevaba en alquiler, servía de prototipo de la miseria y de la avaricia.  Su mujer, una castellana vieja, raquítica y enflaquecida, se había muerto; los murmuradores decían que de hambre, pues a instancias de su digno esposo, ayunaba todo el año, más que por ejercicio cristiano, por no comer y ahorrarse el gasto consiguiente. Quedóse D. Lucas con una sobrina recién traída de su tierra, a quien su robustez y poca edad ayudaban a soportar las privaciones, y la mandadera [4] sorda que verificaba las pocas compras que en aquel tugurio ocurrían. En el entresuelo, con comunicación al portal, se hallaba la escribanía, donde dos infelices mozalbetes garrapateaban de lo lindo [5], con prohibición expresa de comunicarse con el interior, así les faltara la vida, o se ahogaran en el polvo que de la fecha de cada rótulo de legajo existía para delicia de su principal. Si tenían sed iban a apagarla al pilar de la calle de San Juan [6], y si faltaba la luz y no había terminado su jubileo el escriba, entonces tenían orden de sentarse en los escalones de Santa Inés, hasta ser llamados después de aviado [7] y encendido por sus pecadoras manos [8] el velón [9] de Lucena de cuatro mecheros, que les ayudaba a quedarse ciegos por las noches. Brasero en invierno, Dios lo dé; había una tarima como adorno, y todo el lujo que se permitía con sus dependientes en aquellos días en que los dedos de las manos no podían hacer el huevo, [10] y menos por lo tanto escribir, era traerles cuatro o cinco ascuas en la enorme copilla [11] de hoja de lata, receptáculo inmenso de ceniza, pero con la condición expresa de que apagadas volverían al fogón de donde salieron.  Uno de los muchachos tenía quince años, una enorme cabeza y escasas facultades físicas e intelectuales, siendo únicamente una máquina de escribir. Su soldada [12] la entregaba a su madre, y esta le tenía lo mejor mirado en lo posible. El otro, llamado Pablillo Luque, era más espigado y revoltoso.  Cumplía sus diez y ocho primaveras, sino que la falta de recursos, pues eran muchos de familia, le tenía espelerido y con remendados hábitos, y amén de lo triste del lugar, su frente no podía alzarse con donaire ni permitirse el lujo de un barbero que lo restaurase. En aquel antro es donde se hallaba a sus anchas el D. Lucas, y contemplando a los satélites [13], se consolaba algo de su fealdad, pues el escribano era de los que, como vulgarmente se decía, que le daba un susto al miedo. [14]  Pocas veces conversaba con ellos, solo para designarles el trabajo, o para censurar el lujo y despilfarro de otras escribanías que empleaban escobas y sacudidor de vendo, [15] pendiente de su clavo detrás de la puerta. Los dependientes se aguantaban como estatuas, y el sermón concluía con unas frases de elogio a la dieta, que eran contraproducentes en los pobres chicos, a quienes hablar de comer, era –109-para, con una serie de bostezos, dar seña y sazón de la carencia de panes que tenían sus estómagos.  Cuando falleció la cónyuge, descansaron de la esclavitud, el novenario y hasta recibieron un pedazo de tafetán negro para corbatas de luto. Mas luego se volvió con doble ahínco a la carga, y a la vida monótona y sedentaria, hasta que un acontecimiento inesperado fue objeto continuo de hablillas y comentarios.  La sobrina, que desde que murió su tía empezara a cobrar algunos ánimos, hizo presente al vejestorio, que era indigno de su cargo recibir a tanto caballero de título en el cubil de la escribanía, y que era necesario habilitar el estrado, y que un basurero se llevase a toda costa la mugre [16] almacenada en las habitaciones.  Por poco si D. Lucas la golpea, ante aquella inesperada y extraña invitación; pero Mariquita de las Nieves, que era el nombre de la muchacha, amenazó con irse, reconviniéndole que contaría en su tierra que el señor golilla [17] habitaba en una pocilga, en vez de una casa de seres racionales.  Este consintió al fin, suspiró hondo y se fue a la Audiencia a despachar, para no ser cómplice de semejante desaguisado. A la vuelta notó que se habían fregado las escaleras, y en la sopa un sabor nuevo y agradable.  Era que se había partido, para darle sustancia, un jamón monumental, regalo de un futuro santiaguista [18], y espejo donde se miraba con delicia. Dos lágrimas humedecieron sus gafas verdes, pero no hubo regaño ni anatema [19]; antes bien, se engulló dos magras [20] y fuese a dar el cuotidiano paseo al Aljibillo. ¿Había ocurrido también novedad en el escritorio? Principio quieren las cosas para concluirse. Solos estaban los gárrulos [21], cuando un ruido inesperado vino a sorprenderlos. En un ángulo del testero [22] principal sonaron los primeros golpes. ¿Quién pudiera figurarse que existiese allí el más pequeño ventanillo? Pues junto al techo se encontraba. Mas las pocas luces, las telarañas inmensas que formaban una capa impenetrable, y la suciedad que cubría los agujeros de la rejilla de alambre, le daban el aspecto de un macizo torreón sarraceno. A los envites del sacudidor cayeron sobre la esquina de la mesa moscas antidiluvianas y restos de materiales desconocidos, y cuando los asombrados escribientes no acertaban a explicarse el suceso, se oyó una voz sonora que decía:  —Mancebos, ayudad por ese lado golpeando aunque sea con la bayeta de limpiar las plumas [23]. Pablo, como más ágil, se subió en los brazos de un antiquísimo sillón de baqueta y ayudó al trajín, penetrando una luz desconocida hasta entonces; pero cuando más absorto se encontraba en desempeñar su cometido, abrió desmesuradamente la boca, y bajándose exclamó:  — Ruperto, vaya una sobrina que tiene el principal. Sus mejillas chorrean sangre, como las sandías del Soto, y tiene unos brazos como mis dos piernas, y después unas... -111-  —Calla, calla, endiablado, si D. Lucas sabe que miraste para adentro, nos lleva a la Inquisición. ¡Ave María Purísima! El muchacho se aquietó entonces, pero sin apartar la vista de aquel extremo. De pronto se eclipsó la luz y un paño o trapo oscuro tapó perfectamente lo deshollinado, volviendo la cueva a sus tinieblas acostumbradas. Los dos jóvenes recogieron la basura en unos papeles inútiles, para que no se conociese el acto, la arrojaron al sótano, y siguieron copiando genealogías y hazañas más o menos verdaderas.   III   Cuando D. Lucas volvió a las oraciones a su casa, se halló que de la puerta interior adentro todo estaba brillante y metamorfoseado. Su alcoba olía espliego y el lecho ostentaba unas sábanas limpias, lo que demostraba un atrevimiento sin límites. El corazón quería saltársele del pecho. Echó la llave para reflexionar a sus anchas y entabló el siguiente monólogo.  —Nieves me arruina. Esto no debo tolerarlo de ningún modo. Verdad es que la comida ha sido excelente, y que cuando uno se acostumbra a los buenos olores, ya no hay recurso sino dejarse arrastrar hasta el abismo. Que se vuelva a la montaña, y me acomodaré con la Dorotea. ¿Qué diría la que se pudre ante tanto despilfarro? Muy mísera era; más que yo, que es cuanto se puede asegurar; pero así juntamos este oro que tanto me encanta. Me pasaré sin ella, me decido. Pero algo se ha de conceder a los pocos años. Mi costilla [24] con su flato [25] ardiente estaba hecha un almacén de huesos, y esta sobrina está fresconaza y ardilosa [26] . Durmamos, que el sueño es buen consejero, y el Señor dispondrá.  El vejete se introdujo en el lecho blando y desahumado murmurando:  —Yo estoy ágil aún, no he cumplido los setenta y el dinero hace milagros. Tendría que verme con algún pequeñuelo en la falda.  Este extraño pensamiento le hizo producir en una mueca que aumentó su fealdad y se quedó dormido frotándose las manos de placer.   IV    El cambio verificado en el domicilio de D. Lucas fue el pábulo en mucho tiempo de las conversaciones curialescas. Le dirigían sendas pullas que se tragaba impasible, y se vengaba en acceder a cuantas peticiones y gastos le exigía la María de las Nieves.  El acontecimiento de un domingo fue verle en misa mayor [27] con la sobrina. Estaba desconocido. La peluca era flamante y hasta con rizos, y la casaca y chupa, que tenía un color de ala de mosca, raída y mugrienta, se cambió en un completo traje de paño de seda, con zapatos charolados y medias sin señales de celosías [28]. Hasta se desenterró del arca una caña de Indias [29] con puño de macizo oro, y los anteojos se cambiaron en cristales ahumados sin guardapolvos [30]. El sombrero de candiles [31] estrenándose, y si al escribano se le hubiera podido añadir otra fisonomía menos repulsiva, fueran las cosas tortas y pan pintado. [32]  —Ya chochea [33] el buen hombre, decía un alguacil mayor, con quien tuvo malas cuentas. Esto huele a boda y después a cementerio; que casamientos, caídas, etc., son el punto final para los ancianos.  —Déjele usted, D. Blas, respondía un receptor chancero [34], como toda su vida ha comido de vigilia, ahora quiere saborear la carne, y en eso hace bien [35] .  — Y la muchacha no tiene viejo ni para empezar. Será pobre y tendrá que apechugar con todo. Es guapota y saludable.  — Y ordinaria, amigo mío; camina como las vacas de su país. Pero que quien la ha de besar que la busque la boca; nosotros los que tenemos tratos y contratos con D. Lucas, hemos ganado dos cosas; una, que está de mejor humor hace algunos meses, -114- y otra, que no hay que echarse en lejía como antes al salir del escritorio.  Y era verdad cuanto se expresaba en este diálogo.  ¿Qué lo motivaba? Los acontecimientos futuros lo irán explicando.  También los consejos, o ya casi las órdenes de la nueva señora, habían alcanzado a la oficina. Aunque suspirando, pues era cruel el sacrificio, les había llevado a los escribientes dos escobas de caña, un plumero y unas rodillas [36], y órdenes de barrer y pasear diariamente, ayudados por la mandadera. ¡Lo que salió de escombro en los primeros días! La atmósfera de la placeta se nublaba y el vecindario acudió en memorial al corregidor [37] con sentida queja [38]. Por fin se limpió el nuevo establo de Augías , y los ánimos recobraron la calma.  Puesto en el precipicio, el avaro quiso hacerse amar de los suyos. Aumentó la soldada a los amanuenses [39], y les regaló un traje para las fiestas. Por fin Pablo, pudo dedicar algunos maravedises al barbero, y arreglada su desaliñada cabellera, y lavada su vera-efigie, se presentaba un mozalbete talcualejo [40], salvo el hocico de zorro, que lo designaba siempre como tipo de astucia y malignidad.  ¿Pero a qué milagroso hechizo se debían estas asombrosas variaciones? «Todo lo vence el amor» dijo algunos siglos después el galán de la comedia de magia La Pata de Cabra [41]: pues bien, ese niño vendado e inconsciente [42] era el autor de semejantes calaveradas [43], el gusanillo roedor se metió en el pecho -115- de don Lucas y la imagen de la sobrina no podía salir ni a tres tirones de su mente. Tomó una determinación heroica, decidióse a contraer segundas nupcias.  —La Nieves, se decía, es simplona; no está baqueteada [44] de amoríos y devaneos, y ante las amarillas [45] que le enseñaré, y el deseo que manifiesta de echarla de ama [46], no digo un sí, sino una docena dará presurosa. ¿Pero debo hacerlo? ¡Toda una vida de privaciones para después este derroche! Lo principal es pasarlo bien, y ya es una necesidad para mí la muchacha. Que murmuren cuanto gusten los de la Casa grande [47], yo tendré una esposa joven y pasaré alegre el resto de mis días.  Una semana estuvo en estas vacilaciones. La sobrina triunfaba y gastaba, pero relucía el casarón, y era una delicia el tufo que exhalaba las hornillas.  Después de los oficios de un domingo, D. Lucas la llamó a su gabinete. A cualquiera otra le hubiera impresionado el aspecto del escribano, pero la lugareña había aprendido en poco tiempo las lecciones de su consejera áulica [48] la mandadera, que no perdonaba su parte del botín, y se presentó sonriente como una diosa, aunque de tercer orden.  —Sobrina, le hablo con un tono como si cantase vísperas [49]. Un asunto gravísimo he de comunicarte: se trata de tu honra, de la mía.  —Señor, me asusta usted. Pues si no se abre un resquicio de ventana sin su permiso.  —Ya lo sé, cálmate. No se trata de eso. Cuando -116- vivía la pariente (Q. E. P. D.) [50] nadie tuvo derecho para murmurar. Pero hoy, tu eres joven y bien parecida (esto lo dijo relamiéndose los únicos tres dientes que le quedaban), yo soy un hombre aún fresco, y... vamos, esta situación es insostenible. He resuelto por hacer una obra de caridad contigo, que nos casemos según manda la Santa Madre Iglesia, dentro de dos meses, siempre que tú lo aceptes gustosa, y no por el porvenir que te aguarda, porque serás muy rica, sino por contento de mi persona. Te doy tres días de término para que lo reflexiones y des respuesta. Entonces escribiré al pueblo y se pondrán todas los diligencias al corriente.  Nieves se echó a llorar mitad de regocijo y mitad de pena, pero reponiéndose le dijo:  —Bien le consta la gratitud que le profeso. De esto al cariño solo hay un paso. Si usted ampara una pobre huérfana, yo no olvidare nunca el beneficio. Bien ha experimentado ya cuánto le cuido y lo venero.  Como se ve, la palurda [51] no se mordía la lengua [52]. Don Lucas se infló de júbilo como una esponja y sacando de su papelera [53] una caja con una preciosa gargantilla de corales, se la entregó diciendo:  —Toma, principia a constituir tu ajuar, y desde ahora puedes reputarte como el ama de cuanto poseo.  Nieves cerrando los ojos se echó en sus brazos, y luego se fue corriendo como avergonzada de su acción, o, más bien, a consultarlo con su amiga. El –117-futuro marido la vio salir, y asomándose a un espejo que le servía para rasurarse, exclamó:  — ¡Lo que hermosea el dinero! Bien hice en conservarlo para estas ocasiones.  ¿Pero sería por afecto al vejestorio, por sus monedas, o por otras razones por las que Nieves estuvo tan propicia?  Vamos por partes a dilucidarlo.  V  Desde que el larguirucho de Pablito, comunicó a su contrahecho colega la agradable visión descubierta por la rejilla de alambre, no cesó su mente de soñar con las perfecciones de la sobrina de su amo. Y cuando merced a las locuras de este se aliñó [54] su rostro, y se cubrieron las ventanas de su ropilla [55], decidió nada menos que la conquista de aquella inexpugnable fortaleza. ¿Más cómo verla ni hablarla? En las ausencias de D. Lucas del despacho, con la agilidad de un mono se encaramaba hasta el tragaluz, y con las largas tijeras de la escribanía levantaba las esquinas del paño interpuesto, dirigiendo sus lúbricas miradas al patio interior. Dos o tres -118- veces le sorprendió María de las Nieves en aquella postura, y sea por el gesto suplicante del mozalbete o porque no la desagradase el atrevimiento, nada dijo al tío, contentándose con sonreírse al subir la escalera, enseñando unos robustos cimientos, y esto más tuvo que añadir Pablo al cúmulo de perfecciones que la descubría.  El cabezudo, aunque su corta inteligencia no le demostraba el alcance de los ejercicios gimnásticos del pasante mayor, sudaba y trasudaba temeroso de que asomara el cuello D. Lucas, y se diera todo por perdido.  Pablo lo tranquilizaba regalándole algunos trozos de tabaco negro que eran las delicias del imberbe [56].  Así las cosas, cogió un fuerte catarro el viejo, y tuvo que franquearse la puerta al muchacho para leerle pliegos y recogerle algunas firmas de urgencia. Aprovechó la ocasión el tuno [57], y al cruzar los corredores entregó a la Nieves un muy doblado billete con un corazón traspasado de aguda flecha y no cortos renglones, prodigio de muchas veladas caligráficas. A la niña le estorbaba lo blanco de los ojos [58] para tales lecturas, pero lo guardó en el corpiño [59], y no puso mala cara al atrevido, aunque previniéndole que no volviese a papelearla. Al pronto no quiso franquearse con la mandadera; pero ésta, que conocía la aguja de marear [60], y que por algo le llovían mendrugos y desperdicios en la cesta [61] , en uno de los coloquios que tenía en lo más recóndito de la despensa, la dijo: -119-  —Fuera necesario estar ciegos para no conocer la voluntad que te profesa el amo. No desperdicies la ocasión, que poderoso caballero es don dinero. La gallina vieja hace el caldo [62], y no hay nada más horrible que la necesidad. Sábete, hija, que con un caldero viejo se remienda uno nuevo [63] , y ya tendrás en tu tierra algún gañán [64] de seis palmos por quién te despepites [65]. Espera, espera, que el tiempo todo lo alcanza. Lo importante es que no se escape de la jaula el pájaro que esta para caer.  —Ese es mi deseo, tía Mónica, contestó la taimada [66], y aunque fuera Matusalén apechugaría con sus arrugas, por tal de llamarme doña, y tener alepines [67] y gitanillas [68] . Pero a usted me confío, no es de mi pueblo el galán que me reservo, sino de la oficina, en la persona del escribiente más crecido, que me ha endosado este jeroglífico, ignorando si duda que no sé leer ni escribir.  —Trae, paloma, ¡y qué corazón y cómo gotea tinta! Afortunadamente, tengo un primo sochantre [69], que lo mismo se deletrea un alfabeto que entona un responso. Mañana sabrás el contenido [70].  Y sin leerlo, cualquiera puede figurárselo. La declaración amorosa más incendiaria y churrigueresca que puede salir de una pluma de ganso. Tales las usaba el bueno del escriba.  Por el pronto no obtuvo contestación, pero la Mónica movió el pandero [71], terminando por varias entrevistas peligrosas por ser a la hora del canto del gallo [72] y por una ventana que se abría sobre la cuesta. -120-  Así andaba el negocio, cuando la franca declaración de D. Lucas. Desde aquel instante fue declarado Pablillo suplente, y se le previó que cesaban las conferencias hasta segunda orden. La palurda tenía una gramática parda [73] de primera fuerza. Si enamorado estaba el joven, más le superaba el viejo. Este quiso dar el último golpe. Reunió cuantas alhajas poseía, todo el oro que había amontonado con sus rapiñas y avaricias, y hasta los títulos de sus haciendas, y colocándolos en magnífica perspectiva en un arco de dos llaves, los enseñó majestuosamente a su futura. Esta vez al mirarlo por poco se desmaya de veras.  —Cuanto aquí ves, mayor que el dote de una duquesa, será para tí, si es leal y verdadero tu cariño.  No exageramos [74] al afirmar que María de las Nieves hizo cuantos juramentos se le exigían, y que desde entonces su ídolo, la ilusión de su mente, fue la nueva arca de la alianza, causa eficiente y primordial del nudo que principiaba a entretejerse. A pesar de las prohibiciones, Pablillo no dejaba sus ejercicios aéreos, suspirando que partía los corazones. Es decir, los que fueran sensibles, porque el del maltrecho se daba a Lucifer, amenazando con irse para no envolverse en semejante fregado.  La Mónica, que conocía el pie de que cojeaba la montañesa, convencía al chico, y hasta lo aquietó con la promesa de una futura entrevista.  Dos amonestaciones iban corridas en San Pedro, y se discutía en el patio chancilleresco la forma y –121- modo de la cencerrada [75] para el día del lance, con aquiescencia del Sr. General Presidente, cuando entró en su despacho el escribano. No se hallaba en él Pablillo, sino el compañero. Este se le acercó temblando y alargándole un papel le dijo:  —No me descubráis, señor, por la Virgen, que estoy inocente de todo.  Lo leyó D. Lucas, se puso lívido que daba espantó, y pregunto enronquecido:  —¿Cuándo hablará? —Esta noche a las doce.  —Toma un doblón, y vete con cualquier pretexto; a observar los cómplices.  Lleno de disimulada ira subió a sus habitaciones, pero de repente pensó: — ¿Y si es una calumnia de ese reptil, por envidia a su compañero? Santo Tomás, ver y creer, aguardemos.  Y sosegado por completo se puso a la mesa, donde fueron tantos los primores culinarios que le presentó la sobrina, y tanto el mimo con que le excitaba el apetito, que al bajar por las escaleras estaba en ánimos de estrangular al inicuo delator.  No obstante, como los viejos son desconfiados y duermen poco, después de haber hecho mil carantoñas a la muchacha, elogiando la condimentación del chocolate que con bollos de las monjas [76] le sirviera, y rezadas las Ánimas [77], se retiró a descansar, corriendo con gran estrépito las llaves, pero en falso, y vestido se echó en el lecho. ¡Qué horas tan largas le parecieron las trascurridas hasta escuchar la campanada de las doce! -122- Momentos después oyó un tenue silbido por la parte del costado de la casa, y ruido de pasos en los corredores. Miró por el ojo de la llave, descubriendo a su futura que descalza y con una linterna sorda [78] que encubría con las manos, abrió una reja que daba al sitio donde se escuchara la señal.  Don Lucas sufrió un paroxismo [79] de furor, pero volviendo en sí, y confiando en la oscuridad, se acercó a gatas hasta ponerse en el quicio de una puerta, desde donde poder escuchar el diálogo de los traidores.  —Quiero saberlo todo, murmuraba: este es el castigo por haber malgastado parte de mi oro, de ese adorado metal que nunca engaña, y que siempre se muestra reluciente y consolador a quien lo posee.  Nieves tenía la voz gruesa, y aunque hablaba muy bajo, era fácil percibir sus frases.  —No te enceles, bobalicón, decía a su novio, es como si me casara con el estante de pino de la oficina. Quizás sea más moderno que mi tío. Cuando se muera, que procuraremos lo verifique pronto, entonces se celebrara nuestro bodorrio, y con sus peluconas [80] nos daremos vida de príncipes. El muchacho parecía responder gimoteando.  —Anda, simple, no tardaremos un año en estar en mi tierra, donde nos han de llamar usias [81]. ¡Si vieras que rico es el vejestorio! Tiene diez sacos llenos de onzas de oro mejicanas [82].  Don Lucas se desgarraba el pecho con las uñas.  No quiso escuchar más, y arrastrándose volvió a su —123— alcoba echando espumarajos de rabia. Más de una hora se le fue pensando su línea de conducta, hasta que ya decidido, quedóse como insultado en el lecho.  VI   Quien a la mañana siguiente hubiera contemplado el rostro placentero y francote con que se presentó el escribano a la hora del desayuno, cómo había de suponer la horrible tempestad de la víspera.  Solo el cerco amoratado de sus ojos fuera la señal inequívoca, pero las gafas ceñidas más que de ordinario, lo estorbara.  —Cobíjate Nieves, le dijo a su sobrina; que te acompañe la Mónica, y compras casa de los Genoveses dos piezas de lienzo de hilo. Yo cuidaré de la casa, que tengo que arreglar unos legajos. El domingo es la tercera, que no te se olvide, futura dueña.  — ¿Que ha de olvidárseme, si lo estoy deseando?  —Ya me consta, le replicó con una sonrisa endiablada el presunto. Después pasó a la oficina y envió a recados distantes a los dos escribientes. Cuando se quedó solo, corrió el cerrojo de la puerta de en medio, dedicándose —124— a una faena superior a sus fuerzas. Según las crónicas, el arco que contenía sus tesoros fue desocupado y éstos enterrados el más oscuro rincón del edificio, ocupando el sitio de las monedas los talegos de cañamazo rellenos del escombro que sacara del agujero.  Cuando los ausentes dieron la vuelta, era imposible notar nada de cuanto había sucedido. Pero su avanzada edad, y el terrible disgusto de la traición experimentada acabaron con su salud. Como una leona combatió la Nieves contra la dolencia, temerosa de que se le escapara su fortuna, pero en balde. El doctor declaró que el escribano se moría, confirmándose más con un síncope que experimentara.  Entonces la alcoba se vio invadida por Pablo y la Mónica, que ayudaban a la sobrina a la apertura del arca, llamándose todos a la parte.  Cuando sonaron las primeras vueltas de la llave, Don Lucas hizo un profundo estremecimiento, que aterró a los circunstantes, expirando con una sonrisa diabólica.  Sin cuidarse de su protector siguieron en su criminal tarea. Pero el desencanto fue cruel. Las peluconas se habían vuelto guijarros, y únicamente estaba un papel arrugado que Pablo, conociendo la letra de su compañero, se metió en el bolsillo.  Fue preciso dar noticia de la defunción, y entonces otro colega de D. Lucas se presentó incautándose del resto de la hacienda y notificando a María de las Nieves que estaba allí demás; pues los herederos—123 —eran otros deudos, que residían en Castilla, según disposición testamentaria de fecha muy reciente. Diez doblones que le entregaron, la dejaban para los lutos.  La venganza fue terrible. Pablito leyó a su amante la denuncia del contrahecho y desapareció. Aquella misma noche recibió el delator una terrible puñalada. El criminal no pudo ser descubierto, afirmándose de público que Pablito se había enganchado en una bandera para Flandes.  El tema de las conversaciones fue, como era de esperarse, el testamento y la burla de la futura, a quien demostraba tan grande amor. Algunos vecinos que advirtieron las entrevistas de la reja, dieron en el quid [83] , y por la punta del hilo se devano toda la madeja.  María de las Nieves, lloró de coraje bastantes días; pero al fin la Mónica, que lo mismo era para un barrido que para un fregado [84] , la colocó de ama de gobierno, con un señor canónigo, y allí concluyó de engordar de tal manera que semejaba a un tonel viviente. -128-   VII   Mientras los herederos llegaron a la capital la casa estuvo cerrada, tomando el aire triste y medroso de un edificio si moradores. Cuando la abrieron de nuevo, afirman que el cuadro estaba pintado en el sitio en que hoy se encuentra. ¿Quién fue el autor? Se ignora. El vulgo afirmaba en aquel entonces, y se refiere al presente, que el alma en pena del escribano andaba en el ajo [85] , y que la figura del Padre Eterno, indicando un sitio que nadie descubrirá, es la careta con que se encubre Don Lucas, cuyo espíritu maligno incrustado en la pared, obtiene compensación de su desventura en el goce en que le proporcionan cuantos avariciosos se dedican a investigar su tesoro.   NOTAS  [1] Emolumentos: remuneración adicional que corresponde a un cargo o empleo (Diccionario de la Lengua Española, RAE) [2] Chanchullos: maniobras ilícitas para conseguir el propio beneficio. [3] Curial: empleado del tribunal de justicia. [4] Mandadera: mujer que hace recados. [5] De lo lindo : mucho, con primor. [6] En la calle de San Juan de Dios. [7] Aviar : preparar, arreglar [8] Pecadoras manos: modo de aludir al sujeto que actúa. [9] Velón : lámpara de metal para aceite común compuesta de un vaso con uno o varios picos o mecheros, y de un eje en que puede girar, subir y bajar, terminado por arriba en un asa y por abajo en un pie, por lo general de forma de platillo (Diccionario de la Lengua Española, RAE). Especialmente apreciados eran lo que se fabricaban en Lucena. Cfr.  María Auxiliadora González. "La cerámica y los velones de Lucena." Narria: Estudios de artes y costumbres populares 71 (1995): 52-59. [10] Juntar las yemas de los dedos de una mano, cosa imposible cuando los dedos están helados de frío. [11] Copilla : braserillo manual de metal o de barro, que servía generalmente para encender el cigarrillo o quemar hierbas aromáticas (Diccionario de la Lengua Española, RAE) [12] Soldada : paga. [13] Satélites: planetas que rodean a otros, aquí en el sentido de “subordinados” [14]  Encarecimiento de lo feo o repugnante. Locución adverbial, y coloquial (RAE) [15] Vendo : paño. [16] Mugre : suciedad [17] Golilla : que lleva gola, un tipo de cuello de encaje que solían utilizar los estudiantes o letrados. [18] Santiaguista : miembro de la Orden Militar de Santiago. [19] Anatema : condenación por herejía, término religioso. [20] Magra: loncha de jamón. [21] Garrulo : persona rústica, zafia. [22] Testero : cabecero. En los edificios, pared posterior de la chimenea. [23] Limpiar la tinta de las plumas con las que se escribe. [24] Costilla : dicho para referirse a la esposa (Eva surgida de la costilla de Adán) [25] Flato : gases en el tubo digestivo. [26] Ardilosa : astuta. [27] Misa mayor : de las misas celebradas en el domingo la que guarda mayor ceremonia. [28] Celosías : calados, trenzados, quiere decir, medias sin rotos ni carreras. [29] Caña de Indias : bambú. [30] Guardapolvos : piezas de protección. [31] Sombrero de candiles : según Antonio Ferrer del Río este sombrero fue una modificación del tipo chambergo para proteger a los viandantes del agua que se lanzaba a la calle después de terminar la limpieza: el sombrero de candil, o de tres candiles tenía una especie de canal para evitar que el agua lo empapase, El Sombrero. Su pasado, su presente y su porvenir , p.86-87, 1859. [32] T ortas y pan pintado: locución adverbial, no ofrecer dificultad. [33] Chochear : mostrar debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad. (Diccionario de la Lengua Española, RAE) [34] Chancero: que dice chanzas, bromas. [35] Comer de vigilia : como en los viernes de Cuaresma, sin probar la carne para hacer penitencia. A la vejez el personaje probará la carne (los guisos que hace la sobrina) y la carne (de nuevo el matrimonio) [36] Rodillas : una superficie donde arrodillarse cuando se friega el suelo. [37] Corregidor : magistrado o alcalde. [38] Memorial de quejas: escrito dirigdo a la autoridad exponiendo hechos. [39] Amanuenses : escribiente de un despacho. [40] Talcualejo: bien parecido [41] La pata de cabra, comedia de magia compuesta por Nicolás Grimaldi, empresario teatral que tuvo extraordinario éxito, representada en Madrid en 1823. [42] Cupido. [43] Calaverada : travesuras y aventuras amorosas. [44] Baquetear : tener experiencia. [45] Amarillas : monedas de oro (amarillas) [46] Echarla de ama : de convertirse en la gobernadora del hogar. [47] Casa grande : los notables de la ciudad. [48] Consejera Áulica : consejero de oro. Quiere decir, consejero de rey, valido, en sentido irónico. [49] Cantar vísperas : oraciones y salmos que se rezan al final del día según previene la “Liturgia de las horas”. [50] Que en paz descanse [51] Palurda: persona rústica e ignorante. [52] Moderse la lengua : no decir más de lo debido. [53] Papelera: mueble para guardar los papeles, escritorio. [54] Aliñar : condimentar, preparar un alimento con una salsa adecuada. [55] Ventanas de la ropilla : quiere decir los rotos del traje [56] Imberbe : sin barba, quiere decir, sin juicio ni hombría. [57] Tuno: pícaro. [58] Estobar lo blanco de los ojos: estar deseando echar una mirada. [59] Corpiño : faja ancha para sujetas el vestido, como un chaleco sin mangas. [60] Aguja de marear: brújula. Quiere decir, la mandadera es experta en este tipo de viajes. [61] Cesta: cesta para ir a la compra al mercado, también quiere decir la economía doméstica. [62] La gallina vieja hace el caldo : el refrán dice en realidad, “la gallina vieja hace buen caldo”, esto es, pasado el tiempo las cosas ocurren de la mejor manera. [63] Con un caldero viejo se remenda el nuevo: el refrán dice más bien, con un caldero viejo se compra uno nuevo; esto es, lo pasado sirve de experiencia para lo nuevo. [64] Gañán: persona de poca educación. [65] Despepitar: quitar la pepita, figuradamente: hablar a voces, arrojarse sin prudencia a un hecho, deshacerse de prevenciones y compromisos previos. [66] Taimada: astuta, engañosa. [67] Alepin : tela de lana muy fina y cara, la expresión “tener alepines” quiere decir, tener ademanes de gran señora. [68] Gitanilla: geranio trepador. Aquí tal vez quiere decir, artimaña. [69] Sochantre : director de coro en los oficios divinos. [70] Churrigueresco : estilo muy rebuscado como el del retablista y arquitecto español José Benito Churriguera (1695-1725). [71] Mover el pandero : engatusar. [72] A la hora del canto del gallo : de madrugada. [73] Gramática parda: gramática de los que no tienen estudios ni gramática para saber moverse en sociedad y conseguir lo que quieren. [74] Cencerrada : ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas (Diccionario de la Lengua Española, RAE), [75] Amonestación: notificación pública que se hace en la iglesia de los nombres de quienes se van a casar u ordenar, a fin de que, si alguien supiere algún impedimento, lo denuncie (Diccionario de la Lengua Española, RAE) [76] Bollos de las monjas. Comprados en alguno de los conventos, ya que las órdenes religiosas trabajan para sostenerse haciendo dulces, o cultivando el campo, etc. [77] Animas : toque diario de la campana de la iglesia, al final del día, que recordaba a los habitantes del pueblo la oración por los difuntos. [78] Linterna sorda: linterna cuya luz va oculta por una pantalla opaca, que fácilmente se corre a voluntad del portador. (Diccionario de la Lengua Española, RAE) [79] Paroxismo : exaltación extrema de los afectos y pasiones. (Diccionario de la Lengua Española, RAE) [80] Peluconas: onza de oro. De peluca, por alusión a la cabellera larga del busto en estas monedas. (Diccionario de la Lengua Española  RAE) [81] Usías: contracción de “señorías”. [82] Onzas de oro mejicanas. Acuñadas en México. [83] Dar en el quid: acertar con la cuestión principal. [84] Sevir para un barrido o para un fregado; servir para todo. [85] Andar en el ajo . Estar en el ajo. Estar al corriente de un asunto.
dc.description.provinciasAndalucía::Granada
dc.description.ubicacionAlbaicín, 18010 Granada
dc.identifier.citationLos días del Albaicín: tradiciones, leyendas y cuentos granadinos, Granada: [s.n.], 1886 (Imp. de La Lealtad), pp.105-128.
dc.identifier.urihttps://hdl.handle.net/10641/7209
dc.leyendas.bibliografíaAlcantud, José Antonio González. "Antropología, folclore y literatura costumbrista. El caso de Afán de Ribera." Gazeta de Antropología 1 (1982).
dc.leyendas.bibliografíaMartínez, José González. "El callejero granadino. Algunos aspectos de su nomenclatura." Gazeta de antropología 5 (1987).
dc.rightsAttribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internationalen
dc.rights.accessRightsopen access
dc.rights.urihttp://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
dc.titleEl padre Eterno
dc.typeother
dspace.entity.typeLeyenda

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