Legend:
La cueva de la mora

dc.contributor.authorChaulié, Dionisio
dc.coverage.spatialeast=-3.913910900000019; north=40.3626807
dc.coverage.temporalSigloSiglo I
dc.date.accessioned2025-11-06T09:09:59Z
dc.date.available2025-11-06T09:09:59Z
dc.description.abstractHistoria de la conversión y casamiento de la mora Sobehia con el caballero leonés cristiano Rodrigo Pérez-González. Tras huir de su raptor, Al-Mohadet, por el campo entra Sobehia en una cueva donde se produce su conversión al encomendarse a la Virgen, sale a la capilla de un castillo y conoce al que será el reparador de su ultraje y luego su marido.
dc.description.leyendasLa cueva de la moraA tres leguas de Madrid hay un pueblo llamado Villaviciosa de Odón . Las hermosas huertas que en él existen, una riquísima y cristalina agua, fruta delicada, y flores con profusión, son los encantos que hacen de aquel pequeño pueblo, una estancia agradable y atrayente. Allí estaba hasta principio del corriente año la Escuela de ingenieros de Montes, la amabilidad de sus profesores y la galantería de sus alumnos, hacían doblemente agradable la estancia en Villaviciosa. Allí he pasado los ratos más felices de mi vida; allí he disfrutado en los primeros años de mi juventud, los encantos más dulces; allí he perdido dos seres queridos de mi alma ¡qué mucho, amables lectoras, que Villaviciosa sea para mí un objeto de preferente cariño!No lejos del pueblo, corre el río Guadarrama, y en su orilla izquierda, pasadas las huertas llamadas de Periquín, hay un agujero conocido con el nombre de Cueva de la Mora. Hoy solo los lagartos y los sapos le habitan, pero en otro tiempo tuvo importancia histórica y hechos dramáticos.Creo, amables lectoras, os entretendrá el relato de la tradición que se conserva, y os la referiré, y si, lector, dijeses ser comento,como me lo contaron te lo cuento [1] . I. Corría el año 1140. Era rey de Toledo Ben-Dilnum, al que nuestras crónicas conocen con el nombre de Almamun. Estaba de alcaide [2] de Madrid el valeroso Ataide, guerrero esforzado, a quien respetaban propios y extraños.Deseando don Ramiro de León, buscar el medio de atajar en parte las crecientes invasiones de Ataide, llamó a los nobles más esforzados de sus reinos, y después de arengarlos convenientemente, preguntó cuál de ellos quería venir a luchar con el altivo sarraceno [3] .El bravo leonés Pérez-González, de noble y esclarecida [4] familia, virtuoso y religioso sin exageración, probado en diversas contiendas y muy ducho [5] en el arte de la guerra, se manifestó desde luego deseoso de venir a medir sus fuerzas con el temible Ataide.Abrazole enternecido don Ramiro, y diole gentes de guerra y cuantos medios tuvo a su alcance, a fin de que llevara de mejor manera su cometido.Partió Pérez-González con un hijo suyo por lugarteniente [6] , joven bizarro [7] de veinticinco años, de rasgados y negros ojos, nariz aguileña, mirada penetrante, mano dura, y un odio al hijo del Profeta, tan solo comparable con el amor que le inspiraban las hijas de Eva.Cerca de Villaviciosa trabose reñida batalla entre los sectarios de Mahoma y las gentes de Pérez-González, y tan bien y en tan buenas condiciones lucharon estas, que al fin Ataide tuvo que capitular con ellas, y ajustaron la paz estableciendo por condiciones que las gentes de Pérez-González ocuparían un extenso terreno, que podrían construir un castillo para albergarse, que no serían nunca molestados por los sarracenos, pero que a su vez Pérez-González, no podría atacar a los árabes, sino previa declaración de guerra con suficiente anticipación anunciada.Pérez-González había conseguido cuanto deseaba y cuanto quería el rey don Ramiro. Tener un punto de apoyo desde el cual pudiera más tarde atacar al alcaide de Madrid y adquirir mañosamente influencia en aquel punto estratégico, eran todas las aspiraciones de los bizarros leoneses.Así siguieron las cosas durante muchos meses. Se construyó soberbio castillo feudal, donde los cristianos pasaban tranquila su vida, viendo circular alrededor de ellos a los hijos de Agar [8] , que los miraban con airados ojos, si bien jamás pasaron a vías de hecho con los leoneses.Pérez-González tan bondadoso en la paz como esforzado en la pelea, trataba de atraerse a los enemigos por medios suaves y conciliadores. Su hijo, más impetuoso, deseaba solo luchar para vencer, y vencer para dominar en Madrid, y conseguir el amor de las jóvenes, cristianas, o de las esbeltas sarracenas, que en este punto las crónicas marcan de una manera positiva que no admitía distinciones dentro del sexo.Mas abandonemos por un momento a los leoneses, que nuevos personajes nos llaman en otra parte.   II.En una de las principales calles del Madrid de aquel entonces, existía una casa de lujosa apariencia.Un hermoso patio rodeado de macetas, una fuente de blanco mármol en medio, arabescas ventanas y puertas cubiertas de fina esterilla que disminuyera los ardorosos rayos de Febo [9] , la extremada limpieza de todo, revelaban la morada de algún rico personaje árabe.Así era en efecto: Ataide tenia allí su oriental mansión. Hombre de exquisita instrucción, de superior talento y dotado del fiero orgullo de los de su raza, así rompía lanzas a pesar de sus años en cualquier torneo, o alanceaba [10] un toro, como platicaba con atinado conocimiento, sobre ciencias, artes o literatura. Mas como no debemos contentarnos con ver la casa por fuera, penetremos resueltamente, y en una de las primeras piezas a la derecha, encontraremos al bravo alcaide de Madrid, magníficamente vestido y recostado sobre blandos almohadones.Hablaba animadamente con un anciano de apacible rostro, que mostraba tanto respeto como cariño a Ataide.—Sí, mi buen Ben-Alhamit, exclamó éste, Pérez-González y los suyos no nos molestan, pero los temo. ¿Por qué callan? ¿Qué esperan? ¿A qué aspiran? Yo bien sé que enclavados en el sitio en que se encuentran, me sería fácil rodearlos y hacerlos perecer, pues no se me oculta que no desconfían de nosotros. Pero eso sería faltar a lo estipulado, y Ataide aquello que promete aquello cumple, aunque resulte en daño suyo.—Alá recompensará la nobleza de tu alma y la hidalguía [11] de tus pensamientos, contestó el viejo; pero yo que estoy más cerca de ellos, yo que habito constantemente en el lindo pueblo de Aljamar (1), veo los prosélitos [12] que van haciendo, veo disminuir nuestros límites; veo que materialmente nos vencieron y moralmente nos conquistan. Ataide, temo a los cristianos.—Y tienes razón, ilustre anciano, su religión responde a los sentimientos del alma, la nuestra a los goces más groseros del cuerpo. Yo a veces dudo, y a ti lo confío, que puedo decírtelo todo, dudo principalmente por mi querida hija Sobehia, pura como la blanca paloma que cruza el espacio, esbelta como la palmera del desierto, bella como la hurí [13] más perfecta, cariñosa como el caballo cordobés. Por ella temo, dudo y tiemblo. Quisiera para ella la verdad, la pureza, el bien; mas dejemos estos pensamientos que me matan a fuerza de mortificarme. Alcaide de Aljamar, puesto que la existencia de Pérez-González y los suyos te inquietan, reúne a los principales jefes que están a mis órdenes. Celebraremos un consejo, y exponiendo cada cual sus ideas, resolveremos lo que juzguemos más aceptable. Si el día de mañana ocurren sucesos que nos perjudiquen, no quiero cargar solo con la culpa, ni exponerme solo a la ira de Ben-Dilnum.—Alá te guarde, Ataide, dijo el anciano levantándose y saliendo.—Él te colme de felicidades, contestó el esforzado alcaide.   III. Partió Ben-Alhamit, y Ataide solo, exclamó:—¿Por qué Sobehia me preocupa tanto? ¿Por qué tiemblo antes de tomar una resolución contra los cristianos? ¡Oh! Esta idea acabaría por volverme loco. La vista y caricias de Sobehia, tal vez me tranquilizarán ¡pobre hija! Y con paso lento se dirigió a la estancia de la joven.Cuantos encantos puede soñar la fantasía oriental, cuantas bellezas puede concebir la imaginación más meridional, cuantas riquezas puede figurarse el alma más entregada a la avaricia, otros tantos encantos, bellezas y riquezas encerraba el camarín [14] de Sobehia, nombre que significa, aurora, según costumbre de los árabes de calificar a las mujeres por alguna de sus cualidades.¿Para qué describir la citada mansión? Figuráoslo, queridas lectoras, como vuestro respectivo pensamiento os lo muestre, y dentro de aquel terrenal paraíso, dentro de aquel oasis veréis radiante de rara hermosura a la preciosa joven. De diez y nueve años más perfectos, no habrán podido nunca hablar los poetas: negros y rasgados ojos, nacarado cutis, preciosos y blondos [15] cabellos, el tipo en fin de la belleza más pura y delicada.Muellemente reposando en un diván de riquísimo raso, oía con aire distraído los melodiosos cantos de sus esclavas. Ligeras lágrimas empañaban la dulce expresión de sus ojos, y distraído su pensamiento, no se fijaba en nada de cuanto la rodeaba.Insensible a los halagos de sus siervas, vagaba sin duda su imaginación por distintos campos.La llegada de su padre cambió el aspecto de la joven, se levantó cariñosa y sumisa a saludarle. Cesó la música, retiráronse las esclavas, y quedaron solos padre e hija.—¿Qué cuidado embarga tu alma, hija querida, que tanto preocupa tu imaginación? ¿por qué cuanto más procuramos alegrarte la tristeza te abate más? ¿No estás bien en Madrid? ¿Desearías marchar a Toledo al lado de tus parientes? ¿O es tal vez el amor la causa de tu desventura? Piensa que solo tengo en este mundo a ti que me distraiga, a ti que me consuele. Voy pasando de aquella edad en que el hombre puede vivir sin cuidados y caricias. No se me oculta que envejezco rápidamente y temo morir sir verte dichosa. Calma, hija mía, esta inquietud que me abruma.—No prosigas, padre, tus quejas, si no quieres verme morir a tus pies. Diera toda mi vida, mi existencia entera, por librarte de un solo disgusto. Nada deseo, nada quiero más que vivir a tu lado, admirar tu talento y contemplar tu gallardía. No, no envejeces, eres el mismo todavía, y no permita el Profeta que los hechos justifiquen mis apreciaciones. Nada me aqueja, y, sin embargo, mi alma teme, mi corazón tiembla sin saber por qué. No amo a nadie, no quiero amar, querer a otro seria robarte cariño a ti: no podría querer a nadie sin considerarlo una falta.—Pues a tu edad el corazón necesita amar, necesita nuevos horizontes por donde vagar, desea emociones que le arrastren a mundos desconocidos. Sé que Al-Mohadet te ama, que perdidamente enamorado de tu belleza, desea acercarse a ti. Si le amas, yo callaré, pues ante todo deseo tu felicidad. Su padre fue mi mayor enemigo, sin embargo, yo pasaré por todo si a ti te agrada.—No le nombres siquiera. Esa familia no puede traernos más que la desgracia. Me quiere por ambición, por orgullo, no por cariño. ¡Desdichada de mí el día que fuese suya! La esclavitud más horrible no podría compararse a mi suerte.—Tienes razón: Al-Mohadet aspira a ti por lo que valgo. Ben-Dilnum le desprecia y quiere comprar el favor del monarca por medio de nuestra familia.—Padre, le odio.—Entonces es preciso que te alegres, que te animes. Al retirarme, confío en que he de verte mañana más tranquila, en que abandonando preocupaciones infantiles, darás gusto a quien todo lo sacrificaría por tu dicha.   IV. Salió Ataide de la habitación de su hija Cuando ella iba a retirarse, apareció en la estancia por oculta puerta, un musulmán que revelaba en la ferocidad de su mirada, la ira que le embargaba.La infeliz doncella, aterrorizada, cayó sobre los cojines sobrecogida por el susto; él, mientras tanto, adelantose y asiéndola del brazo, exclamó:—Os he oído. Sé cómo me juzgáis, pero mi venganza será tan terrible como vuestro odio haca mí. Serás mía a toda costa. De nada valdrá al viejo Ataide todo su poder, yo le arrancaré la joya que más aprecia, y tendrá que venir humilde rastrero a pedir misericordia a su enemigo. El oro y el hierro todo lo allanan; de ellos me he valido para llegar hasta aquí, ellos me servirán para llevarte lejos de Madrid, donde nada pueda tu padre.—Al-Mohadet, tu proceder está dando la razón a nuestros juicios. Infame en tus pensamientos, vil en tus proyectos, tienes que ser forzosamente infame y vil en tus acciones. El orgullo y la ambición guían tus pasos. ¡Desdichado, tales consejeros causarán tu muerte!—Venga en buena hora, así que me haya vengado de vosotros. Sígueme.—Nunca.—Sígueme o mueres, exclamó el sectario del Profeta.—Morir primero, contestó la joven.Y al ver brillar sobre su frente el puñal homicida, cayó de nuevo falta de conocimiento.Ya iba el arma funesta a clavarse en el alabastrísimo pecho, cuando viendo el musulmán a la bella privada de sentido, contuvo el brazo y exclamó:—Ella misma se entrega: partamos.Y aproximándose a la puerta, llamó a dos robustos esclavos que penetraron en la estancia.—Vuestra cabeza me responde de la vida de esa hurí. Cogedla y seguidme.Hiciéronlo así, y por una estrecha puerta de angosta [16] callejuela, salieron de la mansión de Ataide.Ligeros corceles les esperaban: montó en uno de ellos el sarraceno Al-Mohadet, y poniendo delante, colocada en el arzón [17] de la silla, a la joven, partió ligero como el rayo, saliendo de Madrid, y emprendió por lo que hoy se conoce con el nombre de Campo del Moro, recorriendo por medio del bosque que rodeaba a Madrid, su veloz carrera.Largo tiempo corrieron. El raptor temía la persecución de Alcaide si notaba la falta de su hija, por eso no paró, hasta que rendido el brioso corcel, cayó en tierra desplomado.Tranquilo río cruzaba blandamente el valle donde a pesar suyo Al-Mohadet se detuvo. Cogió en brazos a su amada y trasportándola cerca del río, pretendió volverla a la vida.Poco a poco Sobehia fue recobrando el sentido. La frescura del valle y la suave brisa del río la volvieron la razón. La noche empezaba a caer, y el feroz Al-Mohadet gozaba al ver perdida por completo a la joven. Nadie los había seguido, nadie sabía el camino que habían tomado. ¿Quién podría disputarle su encantadora presa?Al volver en sí Sobehia, y verse cogida en las redes de aquel infame, profunda aflicción embargó su dolorido corazón, y copioso llanto, bálsamo de todo el que sufre, rodó por sus nacaradas mejillas.Al-Mohadet contemplaba con irónica sonrisa el desconsuelo de su prisionera, y su alma inaccesible a la compasión, se alegraba con el sufrimiento de la joven.—Al fin llevaste a cabo tus villanos pensamientos, exclamó esta. Ni mi jerarquía, ni mi sexo, ni mi edad han podido contener tus desenfrenadas pasiones. No has considerado que tu audacia puede ser causa de la muerte de un padre honrado, de un soldado valiente, de un caudillo necesario al imperio de Toledo. Tú me has traído a tu lado, pero mi corazón te aborrece doble que antes.—Poco me importa tu aborrecimiento. Te dije que mi venganza sería horrible, y lo será.—Yo me salvaré de tus garras.—¡Oh! ¡quisiera ver ese prodigio, pues no alcanzo cómo!—La razón y la virtud encuentran siempre medios de librarse de la tiranía y la bajeza. —Silencio, Sobehia, exclamó el moro, que alguien se acerca.—Gritaré, contestó la bella.—Entonces morirás; y la sujetó con todas sus fuerzas.  V.Con efecto, por lo alto de un cerro [18] que dominaba la parte del río donde se encontraban los sarracenos, marchaba una pequeña, pero lucida cabalgata de caballeros cristianos. Montados en briosos corceles, cubiertos de relucientes armaduras, y marchando con rigurosa marcialidad, se encaminaban a recogerse en el castillo de Pérez-González. Los mandaba el hijo del bravo leonés. Al pasar por donde se encontraba la hermosa cautiva a lo lejos se oyó la campana del castillo que tocaba a la oración. Echaron pie a tierra los cristianos y arrodillándose elevaron su plegaria a la Madre del Redentor del mundo.Espectáculo conmovedor y que demuestra la causa porque la reconquista se llevó a cabo. Los sentimientos religiosos aunaban todas las voluntades, imprimían las fuerzas necesarias no solo para luchar, sino para vencer. ¡Desgraciada España en el momento que la indiferencia se sobreponga a la religión, en que la razón trate de investigar lo que no es dado al hombre conocer, entonces rotos los diques que han formado las glorias de la patria, sin vínculos de unión, los distintos reinos que sucesivamente se formaron, llegará a ser imposible la existencia de la España una!Pero dejando aparte estas ligeras digresiones volvamos a nuestra interrumpida narración.No bien el toque de la campana se dejó oír y los cristianos se arrodillaron, una idea súbita cruzó por la mente de la desgraciada Sobehia: pedir socorro a los cristianos, que aunque enemigos de su raza eran nobles en su proceder, y verse libre por este medio del feroz Al-Mohadet. He ahí lo que no titubeó la hermosa sarracena en poner en práctica. Procuró por todos los medios posibles escapar de las férreas manos que la sujetaban, y echó a correr, dando agudos y lastimeros gritos para ser oída de los soldados de la cruz. Estos, sin embargo, concluida la plegaria, habían vuelto a montar y se alejaban apresuradamente.Al-Mohadet con un reluciente puñal la seguía dispuesto a dar muerte a la inocente paloma que así procuraba burlar su amor.Viendo Sobehia que los leoneses no la escuchaban y que su enemigo se acercaba cada vez más, exclamó:—Madre de los cristianos, amparadme. Y en su veloz carrera, tropezó contra el muro de un pequeño ribazo [19] que allí formaba el terreno. No bien se recostó sobre la pared esta cedió y dejó abierto un ancho boquete por el cual penetró la mora sin vacilar.Profunda y pavorosa oscuridad reinaba dentro de aquella extraña mansión. Al-Mohadet trató de seguirla, pero como toda alma baja y llena de remordimientos, creyó ver en la milagrosa salvación de Sobehia una cosa sobrenatural, y no se atrevió a pasar del umbral de la cueva.Lleno de coraje y arrojando al suelo su turbante exclamaba:— ¡Ah, tú perecerás ahí dentro, de hambre y sed, caso de que no seas devorada por los animales feroces, moradores tal vez de esa caverna! Mi venganza se cumplirá y si pretendes salir, Al-Mohadet dará buena cuenta de tu persona.Sobehia escuchaba aterrorizada las predicciones del moro, y muda de espanto permanecía sin moverse de un sitio.Al-Mohadet, celoso guardián de su perdida presa, estaba vigilante a la puerta de la cueva. La noche había cerrado por completo. VI. Mientras pasaban los acontecimientos que dejamos narrados, en la mansión de Atanide se reunían los más esforzados y valerosos jefes de las tropas musulmanas. Convocados por el experimentado Ben-Alhamit en nombre de Ataide, debían resolver qué partido había de seguirse con los cristianos leoneses.Largo rato duró la conferencia y opuestos eran los pareceres, hasta que por fin se acordó enviar una persona que conferenciara con Pérez-González para pedirle seguridades para el porvenir, y si no las daba a satisfacción entonces romper las hostilidades.Fue elegido para tan delicada misión Ben-Alhamit, que prometió desempeñarla al siguiente día.Cuando ya se retiraban del consejo llega una esclava toda azorada [20] , y echándose a los pies del ilustre Ataide, cuenta entre sollozos la desaparición de Sobehia.Confuso y aterrorizado quedó Ataide con tan funesta nueva, las lágrimas asomaron a sus ojos, pero de pronto montando en cólera gritó:—¡Aquellos de vosotros que me queráis, buscad a mi hija. Su mano y mis riquezas serán la recompensa del que la halle. No haya perdón para el raptor, su cabeza me responderá de vuestra conducta. Partamos todos en busca de mi desventurada hija: ni el imperio de Toledo vale lo que una de sus sonrisas, ni el ánimo del más esforzado de nuestros guerreros puede compararse a su varonil inteligencia!Y el desconsolado padre requirió su más ligero corcel, y seguido de todos los suyos empezaron a vagar por los alrededores de Madrid. Durante toda la noche siguieron sin descanso las pesquisas [21] , pero no se obtuvo resultado alguno. Unos esclavos indicaron habían visto cruzar por el bosque una especie de sombra, en la cual parecía dibujarse sobre un hermoso alazán un jinete, y en sus brazos una joven.Con estas indicaciones sospechó Ataide si Al-Mohadet sería la causa de su desventura, ordenó le trajeran a su presencia, y al irle a buscar supieron que había desaparecido desde la tarde anterior. Entonces ya no dudó Ataíde ni un punto quién era el raptor de su bien querido, y se propuso emprender una guerra de exterminio contra la familia de Al-Mohadet. Apenas el día empezó a clarear, partió Ben-Alhamit a cumplir la comisión que se le confiara cerca de Pérez-González. Ya veremos más tarde como llevó su cometido.Temerosa Sobehia de que Al-Mohadet cambiara de opinión y penetrara en la cueva buscándola, trató de ver si aquel subterráneo tenía alguna salida. A oscuras, a tientas y como mejor pudo, fue adelantando, y notó que el camino que era estrecho, ensanchaba progresivamente, formando una ligera pendiente, y al volver un recodo divisó una lejana claridad. Dirigiose a ella presurosa, y vio que procedía de una pequeña luz colocada en una galería [22] sólidamente construida. Resuelta a todo siguió aquel tránsito, cada vez más admirada de lo que veía. Anduvo largo trecho y fue a salir, ya sin fuerzas y desfallecida, a un patio cuadrado de aspecto severo y de magnífica construcción.Por lo que había oído hablar a su padre y por la escena de que fue testigo, comprendió que se hallaba en la morada feudal de los leoneses. Así era en efecto. El primer cuidado de estos al construir el castillo, fue abrir aquel camino oculto, que desembocando en el río, les permitiera no solo estar provistos de agua en abundancia, sino tener un medio de fácil retirada en caso de necesidad. Oculta cuidadosamente la salida para no despertar sospechas, Sobehiá huyendo tropezó con el muro y por providencial casualidad este había cedido proporcionando inesperada salvación a la desventurada joven.Esta, al recorrer el sitio donde se encontraba, respiró libremente. Podía considerarse en salvo, pues sabía que los cristianos se distinguían tanto por su bravura como por su caballeroso proceder. Ellos así que les explicase su situación la llevarían cerca de su padre: en el castillo no podría Al-Mohadet penetrar. La Madre de los cristianos, a quien en su tribulación invocó, la había salvado. Su fe por la doctrina de Mahoma empezaba a vacilar.Una vez en el patio, trató de buscar la manea de acercarse al jefe, y contarle su situación. Sin embargo, en el castillo parecía dormir todo. Ni el más leve ruido turbaba aquel profundo silencio.Trató de entrar por cualquiera de las ocho puertas que daban al patio, pero todas estaban cerradas excepto una. Abriola y se encontró dentro de la capilla del castillo. Delante del altar lucían dos magníficas lámparas. Apenas había entrado Sobehia en aquel sagrado recinto, sin darse cuenta de sus acciones cayó de rodillas, y elevó a la Virgen que la había salvado, palabras en acción de gracias.Pocos momentos transcurrieron, cuando se oyó ruido de pasos que se acercaban. Sobehia corrió a ocultarse detrás del altar, hasta conocer a los que se aproximaban, ya que su exquisita educación la permitía entender lo que los cristianos pudiesen hablar.No bien se había ocultado cuando penetraron en la capilla Pérez-González y su hijo. Hincaron sus rodillas ante el Rey de los Reyes, oculto en el Sagrario, oraron breve rato, y después sentándose en anchos taburetes de tablas empezaron de este modo animada plática.—Hijo querido, es necesario que partas para León y digas a nuestro buen rey don Ramiro, en qué situación nos hallamos. Dispuestos todos los medios, conociendo todos los alrededores y dominando moralmente en estos contornos, la ventaja en la lid [23] será nuestra; estamos seguros de vencer, o al menos pelear con favorables condiciones.Su orden y aprobación es lo único que nos falta. Te he traído a este sitio apartado de nuestra morada para que nadie más que tú sepas tu misión. Propalarla sería tal vez advertir a nuestros enemigos y dar un golpe en vago.—Descansad tranquilo, padre, que cumpliré vuestras órdenes al pie de la letra. Partiré para León y regresaré con el consentimiento que vos deseáis y que yo anhelo con toda mi alma. Al romper el alba oiré misa y en seguida me pondré en camino.—Silencio, pues, y hasta luego.Ya iba a retirarse cuando Sobehia, que en virtud de lo que había escuchado estaba dudosa de cómo debía proceder, si descubrirse o no, cediendo al fin al deseo de salir de su anómala situación, exclamó:—Ilustre Pérez-González, socorredme, y saliendo de su escondite se presentó radiante de hermosura ante los atónitos leoneses que no acertaban a comprender como una mora tan joven y bella, tan ricamente vestida, y a tales horas, se encontraba en la capilla de su palacio.El padre la miraba con extraña curiosidad, en cuanto al hijo, que de paso diremos se llamaba Rodrigo, extraña sensación sintió su juvenil corazón, al ver tan precioso dechado de hermosura.—Acercaos, joven, dijo Pérez-González, sin temor alguno: quien quiera que seáis, estáis en mi casa y bajo mi protección. ¿Qué mal os aqueja?—Señor, soy hija de Ataide, valeroso alcaide de Madrid. Me llamo Sobehia, y poco tiempo bastará para informaros de mi desdicha.Empezó con efecto el relato de los acontecimientos que dejamos referidos, sin olvidar sus invocaciones a la Virgen.No bien había acabado de hablar cuando Rodrigo se volvió hacia su padre diciéndole:—Señor, permitidme ir a buscar a Al-Mohadet y en lucha personal exigirle la reparación de los ultrajes prodigados a la bella hija del ilustre Ataide.—Tu petición es noble y propia de un caballero. Te concedo el permiso que solicitas, y Dios que ve las intenciones te dará la victoria. Ahora, Sobehia, yo os restituiré a vuestra casa y al cariño de vuestro padre siempre y cuando me prometáis solemnemente guardar el más profundo secreto, incluso con el noble Ataide, de la conferencia que mi hijo y yo hemos tenido. En cambio de lo que nosotros hacemos en vuestro obsequio, os exigimos ese sacrificio, por razones que comprenderéis fácilmente. Si no os sentís con fuerzas para llevarlo a cabo decidlo, y permaneceréis aquí, atendida y cuidada como os merecéis, pero sin comunicar con los vuestros.—Os prometo el secreto, siempre que me ofrezcáis que mi padre no correrá peligro personal.—Vuestro padre sabrá con anticipación nuestros planes, pero cuando no haya inconveniente en que lo sepa. Ahora seguidme, os conduciré donde podáis descansar, sin ser vista ni molestada, por nadie.—Padre, vuestra bendición, añadió Rodrigo, pues corro en busca de Al-Mohadet.Arrodillose el joven y su anciano padre le bendijo. La mora de rodillas también lloraba de alegría, de ventura, tal vez de amor, pues no debemos ocultar que la presencia varonil, nobles sentimientos, y airoso continente de Rodrigo la habían cautivado. Además, la prueba que iba a darla, demostraba hasta qué punto el joven leonés merecía su cariño.Este levantose y mientras su padre oraba por él, dijo a la joven, en voz baja:—Sobehia, os amo. Voy a matar al miserable que os ha ultrajado, pero antes de partir aseguradme que no os soy indiferente.La joven por toda respuesta tendió al joven su blanca mano, que este besó repetidas veces; las miradas de ambos se cruzaron. Los ojos habían hablado, no se necesitaba más. Los tres personajes salieron de la capilla.  VII. Al día siguiente de los acontecimientos que hemos señalado, estaba Pérez-González, retirado en su habitación, donde había pedido le sirvieran abundante y regalada mesa, orden que llamó la atención de sus fieles servidores, con los que acostumbraba comer y porque además el leonés era sumamente sobrio en su alimento.Cumplieron con rigurosa exactitud lo mandado, que como fácilmente puede suponerse, tenia por objeto proporcionar delicados manjares a la encantadora Sobehia, a quien pensaba Pérez-González sacar por la noche con toda cautela, y conducirla a la casa paterna.En apartada estancia se hallaba nuestra interesante mora esperando con angustia mortal la vuelta de Rodrigo; esto significaría la derrota de Al-Mohadet, esto además respondía a los nobles y amorosos pensamientos de su virgen corazón.—¿Qué habrá sido del noble leonés?, exclamaba con desesperación. Partió al alba, media el día, y sin embargo no viene. ¡Triste suerte debo prometerme!Estaba entregada a tan amargos razonamientos cuando penetró en la estancia, también con aire preocupado, el anciano Pérez-González.Al verle se arrojó la mora en sus brazos diciéndole:—¿Qué sabéis de Rodrigo? ¿qué de mi padre?—De Rodrigo nada; le he hecho buscar y no lo han hallado Su desaparición me preocupa, porque solo muerto podrían sustraerle. En cuanto a vuestro padre no le han encontrado en Madrid: ha pasado la noche buscándoos, pues sospecha que habéis sido víctima de la cobarde venganza de Al-Mohadet. De todos modos me han anunciado que hoy debe visitarme el experimentado Ben-Alhamit, en nombre del alcaide, para un asunto de la mayor gravedad, y a consecuencia del mensaje, tal vez podáis marchar en su compañía al lado del ilustre Ataide.—Sin saber la muerte de Rodrigo, no me apartaré, señor, de vuestro lado.—Gracias, Sobehia, sois buena y cariñosa, y creo que la juventud de mi hijo no os ha sido indiferente.El carmín que cubrió las mejillas de la joven era la confesión más terminante que podía pedirle.Entonces Pérez-González, cogiéndola cariñosamente la mano, la dijo con tono severo:—Hija mía, si tu afecto a Rodrigo es puramente simpatía, procura no pase de ahí; si fuera amor, procura ahogarle en su nacimiento. Sois de diferentes costumbres, hábitos y naciones, en fin, esto poco importaría, pero hay un obstáculo invencible, sois de distintas religiones. Rodrigo primero moriría que dejar de ser cristiano, tú no has de abandonar la doctrina del Profeta: vuestro amor es imposible.Sobehia rompió a llorar, y entre sollozos exclamó:—Sin su amor moriré, y…Pérez-González iba a contestarla, cuando extraño ruido se sintió en el castillo. Salió Pérez-González a enterarse de lo que era, y le anunciaron la llegada de Ben-Alhamit.Saludáronse con amistosa solicitud el altivo leonés y el venerable sarraceno, y éste empezó su conversación diciendo:—Ataide me envía a vos con una comisión difícil, pero antes de esto, debo hablaros de otro asunto que afligirá sin duda vuestro paternal corazón. Habiendo desaparecido de su casa Sobehia, hija única del ilustre caudillo, desde ayer recorremos todos con afanoso anhelo los alrededores de Madrid, en busca de la joya más preciosa del noble alcaide. Debiendo desempeñar la comisión de que os he hablado, me tocó a mí reconocer estos contornos: no he encontrado en ellos a Sobehia, pero en cambio junto al río, desmayado, sin sentido y con una peligrosa herida, yacía en tierra un noble cristiano, que sin duda alguna es vuestro hijo Rodrigo. A su lado hemos encontrado muerto de una estocada que le ha partido el corazón, a uno de nuestros más esforzados guerreros, al valiente Al-Mohadet, de quien sospecha Ataide sea el raptor de Sobehia; pero no sé cómo explicarme su muerte. Vuestro hijo, recogido cuidadosamente por gentes de mi escolta, es conducido a esta morada y me siguen de cerca.Aterrado quedó Pérez-González con tan infausta nueva. Acompañado de Ben-Alhamit salió precipitadamente en busca de su hijo que llegaba en aquel momento a la puerta de la mansión feudal.Colocado en blando lecho y asistido convenientemente, se vio que la herida, aunque gravísima, no era mortal de necesidad. Tranquilizado algún tanto el cariñoso padre dio gracias a Ben-Alhamit por sus deferencias y le preguntó cuál era la misión que había llevado al castillo.En breves términos, estudiadas frases y corteses reservas, expresó el musulmán los temores que abrigaban acerca de la preponderancia de los cristianos, sus inquietudes para el porvenir, las seguridades que deseaban para lo futuro, y concluyó diciendo:—Pero como quiera que vuestro ánimo hoy tiene que estar forzosamente inquieto, meditad la respuesta, y dentro de ocho días volveré por ella. En ese tiempo vuestro hijo habrá mejorado, y con entera libertad, sin preocupaciones ni angustias, podréis contestarme.—Os agradezco esa tregua que mi corazón necesita. Me habéis traído a mi hijo; pues bien, en cambio decid a Ataide que su hija Sobehia está en mi castillo sana y salva por milagrosas circunstancias. Decidle que efectivamente, Al-Mohadet la robó, la maltrató, y que solo una feliz casualidad pudo salvarla. Decidle que cuando quiera puede ordenar la marcha de su hija a Madrid.—Añadidle, exclamó Sobehia apareciendo de pronto, y que oculta había escuchado todo, por consejo del mismo Pérez-González, añadidle que Rodrigo ha sido herido gravemente por mi causa, por defender mi honor, por defender mi nombre, y por lo tanto que yo no me apartaré de su lecho hasta que esté curado.Pérez-González profundamente conmovido la abrazó, Ben-Alhamit se inclinó, y aún hay quien dice que furtivamente enjugó una lágrima al ver tan varonil energía.Estuvieron largo rato platicando de los acontecimientos que les rodeaban, y pasado el que la prudencia debía permitir, salió Ben-Alhamit con los suyos del castillo.  VIII. Siete días trascurrieron, y Rodrigo empezó a mejorar, aunque lentamente. Pérez-González para evitar hablillas [24] , siempre fáciles entre gente de buen humor y desocupada, contó a todos en voz alta las persecuciones que Sobehia sufrió de Al-Mohadet; cómo indignado Rodrigo se había batido con el orgulloso moro, resultando muerto este y mal herido aquel, añadiendo que Sobehia agradecida no quería abandonar el castillo sin dejar restablecido a su generoso defensor.Después de esta leal explicación la bella sarracena podía libremente andar por toda la fortaleza, siendo la admiración de todos por su hermosura y distinguidas cualidades.Era cariñosa enfermera para Rodrigo, a quien las melancólicas miradas de su amada, servían de bálsamo reparador que embargaba toda su alma y curaba su herida.En un rato tranquilo, refirió a Sobehia y a su padre que apenas se separó de ellos fue en busca de Al-Mohadet. Le encontró a la puerta de la cueva gozando con la idea de que su prisionera hubiese sucumbido al hambre o al terror. No bien le divisó Rodrigo, empezó a apostrofarle como su conducta merecía. Irritado el moro se aprestó a luchar, pero a los primeros quites cayó en tierra, y Rodrigo le dijo poniéndole la espada al pecho:—Podría matarte, y lo mereces, pero prométeme no volver a inquietar para nada a Sobehia, y salir de esta tierra, y te perdonaré.—Olvidaré a Sobehia, y partiré, contestó el infame.Pero en el momento en que el moro se vio libre, tiró tremenda estocada al defensor de la hija de Ataide, diciéndole:—Muere, cristiano, ya que has sido bastante tonto para dejarte engañar.Rodrigo, aunque herido gravemente, pudo antes de caer arrojarse sobre su enemigo, y clavándole la espada en el pecho, gritó:—Traidor, morirás también, y ella no sufrirá tu persecución.Perdió el conocimiento y al recobrarle se vio ya en el castillo rodeado de su buen padre, de Sobehia, y de sus fieles servidores, sabiendo con júbilo la muerte del desdichado Al-Mohadet.Como Ben-Alhamit debía presentarse al día siguiente para saber la contestación de los leoneses, Pérez-González quiso consultar con su hijo la respuesta que debía darle y se dirigió hacia su alcoba.Cuando llegó vio que Sobehia y Rodrigo hablaban con extremada animación, y que Sobehia radiante de alegría, miraba con entusiasmo al aguerrido enfermo.La presencia de Pérez-González contrarió a los jóvenes, pero el anciano fingiendo no conocerlo, se sentó al lado de su hijo y se expresó de esta manera:—Sobehia, vamos a hablar de los tuyos, de la misión de Ben-Alhamit. Después de los cuidados y desvelos que te debemos, no quiero haya ningún secreto para ti. Rodrigo, los deseos de Ataide y sus temores son los siguientes, y en breves frases impuso a su hijo de cuanto había dicho Ben-Alhamit. Ahora, dijo cuando concluyó, ¿qué opinas tú que debemos contestarle?—Padre, la guerra con Ataide es imposible, porque con vuestra paternal bendición, Sobehia se va a convertir en mi esposa y vuestra hija.—Imposible, Rodrigo: olvidas la diferencia de religiones.—Señor, Sobehia es cristiana, desea abjurar de su falsa creencia, y en cuanto hable con su padre renunciará para siempre a la falsa ley del Profeta para consagrarse por completo al culto de la Virgen María, a cuya divina protección debe la vida.Entonces Sobehia añadió:—Vuestra religión es la verdadera, responde a mis sentimientos, consuela mi alma, alegra mi espíritu. Sin el amor a Rodrigo, tened por cierto me haría cristiana. No es, pues, una impresión del momento este deseo, es hijo de una profunda convicción, y de una resolución invariable.Pérez-González replico:—Si Sobehia se hace cristiana, no solo mi bendición, sino todo mi apoyo, tendréis para realizar vuestro enlace. En estos días he podido apreciar lo mucho que vale la ilustre hija de Ataide. Sí, hija mía, tú cristiana serás la perla más preciada de mi casa. Por lo demás, Rodrigo, la herida te ha impedido ir a León a ver al rey. Ya no irás en son de guerra, pues que tratamos de evitar la lucha. A Ben-Alhamit le daré seguridades para el presente, añadiéndole que para el porvenir tú irás a darlas tan amplias como necesite, en cuanto puedas trasladarte a Madrid. Tú cuando vayas a ver a Ataide le hablarás de tus pretensiones; si accede a ellas, partirás para León, y darás cuenta a don Ramiro de lo ocurrido, concertando con él la manera de salir de estos sitios, y que vengan otros a relevarnos. ¿Qué os parece?—Perfectamente, contestaron los jóvenes.—Pues por mi parte estoy tranquilo y satisfecho. Sin los horrores de la guerra, sin el estruendo de los combates, sin las desgracias de la lucha, hemos conseguido traer al redil divino una oveja descarriada, de importancia. La conquista se efectúa y adelanta rápidamente por los medios morales, más permanentes y constantes que la fuerza bruta. La conversión de Sobehia, bien merece el tiempo que llevamos separados de los nuestros, y ocupados en esta frontera. Nuestra misión se ha coronado tan satisfactoriamente como podíamos desear, con la paz de un alma y la felicidad de una familia. ¡Loado sea Dios! Recemos, hijos míos, por tan señalados servicios, y pidamos al que todo lo puede, días de ventura y de tranquilidad para nuestro agitado país.  IX. Mientras estos acontecimientos sucedían en el castillo, Ataide había salido para Toledo con objeto de conseguir de Ben-Dilnum amplias facultades para perseguir a Al-Mohadet; la pasión de padre, al ver perdido el objeto más caro de su corazón, había sido poderoso estímulo para que sin esperar la vuelta de Ben-Alhamit se pusiera en camino. Además, de la visita de este a los cristianos, no esperaba resultado alguno inmediato; no tenía odio a los leoneses, y en su ilustración superior, hasta daba gracias al Profeta, por encontrar un medio decoroso de dar treguas a los temores que sus subordinados abrigaban.Ben-Alhamit hizo saber a Sobehia la precipitada marcha de su padre, y despachó mensajeros a este, a fin de que le noticiaran que su hija había aparecido sana y salva.Llegado el octavo día, y aun cuando Ataide no había regresado, Ben-Alhamit, fiel a su palabra, volvió al castillo de Pérez-González.Recibiole este con cortés afabilidad, y en amistosa conferencia le dio todo género de seguridades respecto a las intenciones de los cristianos. Le dijo que ellos no tenían la culpa de los prosélitos que su religión hacía; que no aspiraban a la conquista por medio de las armas; que no pensaban luchar ni lo querían; que estas eran las seguridades que respecto al presente podía señalarle, y que en cuanto al porvenir, así que su hijo pudiese montar a caballo, iría en persona a ver a Ataide y a concluir con él un tratado de tan íntima alianza , que en su concepto serviría de completa garantía y seguridad al valeroso alcaide de Madrid.Altamente satisfecho quedó Ben-Alhamit con las francas explicaciones de Pérez-González; así se lo manifestó, y después de un opíparo banquete, y de saludar al convaleciente Rodrigo y la bella Sobehia, partió Ben-Alhamit a dar cuenta a los suyos de tan buenas noticias.Al poco tiempo regresó Ataide a Madrid, gozoso de saber que su hija se había salvado, y esperando encontrarla en su mansión. Sorprendido quedó de no hallarla, pero Ben-Alhamit le enteró de todo detalladamente. Concluida la relación de lo ocurrido, Ataide profundamente afectado, exclamó:—Te aseguro que me alegro en el alma no tener que reñir con los cristianos. Hoy no solo les debemos franca amistad, sino grande agradecimiento por haber salvado a mi hija. Puesto que el hijo de Pérez-González está mejor, mañana iré al castillo con algunos presentes y regalos para los nobles leoneses, y de paso recobraré mi querida hija, y con efecto, al siguiente día, una lucida cabalgata de briosos corceles, brillantes trajes y numerosa escolta, dirigió sus pasos hacia la fortaleza de los cristianos. Avisados estos convenientemente, esperaban a los musulmanes con los honores debidos a tan distinguida comitiva.Cuánta seria la alegría del viejo Ataide a encontrar a Sobehia, y la satisfacción de ésta al ver a su padre, no hay para que decirlo. Plácemes [25] , contento y ruidosas manifestaciones, fueron la expresión de aquel primer instante de felicidad.A la caída de la tarde Ataide habló de volver a Madrid. Entonces Pérez-González, como favor señaladísimo solicitó de él una conferencia secreta, delante de los dos jóvenes. Accedió al momento Ataide y los cuatro estuvieron largo rato encerrados.Nadie sabe lo que en la conferencia pasó, pero los servidores aseguraron que al salir de ella el semblante de los jóvenes expresaba grande alegría, el de Pérez-González viva satisfacción, y el de Ataide varonil conformidad.Dispuso este que su escolta volviera a Madrid, pues él pensaba pasar la noche en el castillo al lado de su hija, por empeño de la misma.Cumpliose la orden, y hay quien asegura que a las altas horas de la noche, se vio iluminada de repente la capilla del castillo, y que penetraron en ella algunos bizarros caballeros, un ilustre moro y una preciosa joven, que acto continuo se revistió el sacerdote, y se celebraron dos bautizos y una boda; pero como solo contadas personas asistieron a tan importante ceremonia, nadie supo más detalles de lo ocurrido.Lo cierto fue que Rodrigo estuvo algún tiempo ausente de la fortaleza, y Ataide y su hija hicieron en Madrid vida sumamente retirada. Rodrigo debió dirigirse sin duda alguna a León, y obtener lo que su padre deseaba, puesto que a poco los Pérez-González abandonaron el castillo, viniendo a reemplazarlos otros nuevos esforzados y nobles leoneses. Añaden las crónicas que en la corte de don Ramiro sobresalía por su belleza y graciosa apostura, la esposa de Rodrigo Pérez-González, y que este esforzado joven merecía toda la confianza del monarca.Ataide dejó al poco tiempo el mando de Madrid, y dicen se trasladó a tierra de cristianos, donde vivió algunos años al lado de seres que le eran muy queridos. Tal es la tradición que os había ofrecido, amables lectoras. La cueva por donde milagrosamente se salvó Sobehia, se llamó desde entonces Cueva de la Mora, nombre que aún conserva el agujero ruinoso que se distingue cerca del río Guadarrama, y no lejos de Villaviciosa. Consagrar un recuerdo cariñoso a este lindo pueblo, y entreteneros breve rato, ha sido mi objeto: si lo ha conseguido se dará por satisfechoFERNANDO MELLADO.   [1] Estos versos figuran al final de la obra de José de Espronceda El estudiante de Salamanca en Poesías (1840).[2] Hasta fines de la Edad Media, encargado de la guarda y defensa de algún castillo o fortaleza.[3] Mahometano, musulmán, que profesa el islamismo (religión de Mahoma).[4] Claro, ilustre, singular, insigne.[5] Experimentado, diestro.[6] Persona que tiene autoridad y poder para hacer las veces de otro en un cargo o empleo.[7] Valiente, generoso, lucido, espléndido.[8] Agar o Hagar fue una esclava egipcia, concubina de Abraham, madre de Ismael. El Génesis narra la expulsión de Agar y su hijo provocada por maltratar a Sara, esposa de Abraham. Debido a la esterilidad de Sara, la historia bíblica nos dice que ésta consideró conveniente que Abraham obtuviera descendencia a través de Agar. De la unión nació Ismael (Gn, 16), del cual descienden los ismaelitas. Cuando Agar fue expulsada, vagó por el desierto (Gn, 21) debido a que maltrataba a Sara. Un ángel le dijo a Agar en nombre de Dios que su descendencia sería incontable.El Midrash revela que Agar o Hagar era la hija del Faraón que prefirió que fuese esclava de Abraham antes de que se tuviese que quedar en Egipto debido los prodigios realizados por gracia divina en ese reino. Los pueblos árabes (agarenos) consideran a Agar la mujer legítima de Abraham y se consideran descendientes de éste a través de Ismael.[9] Apodo o epíteto del dios Apolo en la mitología clásica. Probablemente significaba originalmente "brillante". Los poetas clásicos latinos también aplicaban el apodo Febo al dios sol.[10] Daba con la lanza.[11] Generosidad y nobleza de ánimo.[12] Partidario que se gana para una facción, parcialidad o doctrina.[13] Cada una de las mujeres bellísimas creadas, según los musulmanes, para compañeras de los bienaventurados en el paraíso.[14] Pieza pequeña y retirada donde se guardaban las bujerías de búcaros, barros, cristales y porcelanas, y también alhajas de más precio. Tocador (aposento para el peinado y aseo).[15] Rubios.[16] Estrecho o reducido.[17] Parte delantera o trasera que une los dos brazos longitudinales del fuste de una silla de montar.[18] Elevación de tierra aislada y de menor altura que el monte o la montaña.[19] Porción de tierra con elevación y declive.[20] Sobresaltada, conturbada.[21] Información o indagación que se hace de algo para averiguar la realidad de ello o sus circunstancias.[22] Camino excavado bajo una superficie.[23] Combate, pelea.[24] Rumor, cuento, mentira que corre en el vulgo.[25] Felicitaciones.   NOTAS DEL AUTOR Aljamar (1), Hoy Alcorcón. 
dc.description.provinciasMadrid, Comunidad de::Madrid
dc.description.ubicacionVillaviciosa de Odón
dc.identifier.citationMuseo de las Familias , 1870. pp.89-92, 116-119 y 148-151.
dc.identifier.urihttps://hdl.handle.net/10641/6256
dc.leyendas.obrasGustavo Adolfo Bécquer: «La cueva de mora», El Contemporáneo, 16-1-1863.
dc.leyendas.obrasFrancisco Martínez de la Rosa: Isabel de Solís (1844, II, XlII), novela.
dc.leyendas.obrasFroilán Carvajal y Rueda: «La cueva de la judía», relato, Semanario pintoresco español (1857)
dc.leyendas.obrasTrinidad de Rojas: «La cueva de Menga», Museo Universal (1861)
dc.leyendas.obrasManuel Ibo Alfaro: La mora encantada o la bandera de amor (1859, cp. ix), novela.
dc.leyendas.obras«Historia de Alarabi», El Iris (1858).
dc.leyendas.obrasManuel del Palacio: «La cueva de Zampoña» (1857).
dc.rightsAttribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internationalen
dc.rights.urihttp://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
dc.subject.leyendasPersonajesAtaide (alcaide de Madrid)
dc.subject.leyendasPersonajesRamiro de León (rey)
dc.subject.leyendasPersonajesPérez-González (súbdito del rey)
dc.subject.leyendasPersonajesRodrigo (hijo de Pérez-González)
dc.subject.leyendasPersonajesBen-Alhamit (anciano confidente y emisario de Ataide y Alcaide de Aljamar)
dc.subject.leyendasPersonajesSobehia (hija de Ataide)
dc.subject.leyendasPersonajesBen-Dilnum
dc.subject.leyendasPersonajesAl-Mohadet (raptor de Sobehia)
dc.titleLa cueva de la mora
dspace.entity.typeLeyenda

Files