Legend: La cabeza sangrienta
LOCATION
Share
LOCATION
La cabeza sangrienta
(Leyenda tradicional de Madrid)
I.
Cuentan las historias, y también la tradición, que a fines del siglo XVII vivía en Madrid un joven sacerdote, modelo de caridad y de virtudes.
Hijo de una noble y rica familia, había heredado de sus padres cuantiosos bienes, que empleaba en su mayor parte en obras de caridad.
Allí en donde había lágrimas que enjugar o una miseria que socorrer, se presentaba el buen sacerdote con palabras de consuelo en los labios y oro en las manos.
Braulio, que así se llamaba, era adorado por los pobres, de quienes podía llamarse el padre, y respetado por la nobleza y demás personas acomodadas de la villa de Madrid. A pesar de las crecidas sumas que repartía entre los necesitados, decíase públicamente que guardaba considerables riquezas, y así era la verdad.
Cristóbal, su único criado, le había oído en más de una ocasión abrir los cerrojos de una enorme arca que tenía en su cuarto, y contar y recontar el dinero que en ella encerraba, murmurando al mismo tiempo:
—¡No tengo bastante!... Necesito por lo menos otro tanto, y aún se habrán de pasar dos años antes que...
Sin embargo, no crean nuestros lectores que este afán por el dinero era avaricia. Más noble causa impulsaba a Braulio a contar su tesoro y a desear aumentarle.
El buen sacerdote quería fundar un hospital.
Sus rentas, que no podía enajenar, no le producían lo suficiente para llevar a cabo fin tan piadoso, y contaba con que tendrían que trascurrir dos años para que sus más dulces ensueños fuesen una realidad.
II.
—¡Eres muy ruin, Cristóbal!, decía cierta noche, después del primer toque de ánimas, una moza no muy mal parecida, abriendo la puerta de una casucha situada en la que hoy es calle de Atocha, a un hombre cuidadosamente embozado en un ancho ferreruelo [1] .
—¡Mal haces en quejarte, Berta! replicó el hombre con acento apesarado [2] , cuando tengo te doy, y como no sea que me convierta en monedero falso, no sé ya cómo allegar dinero.
Todo lo que puedo sacar de casa te lo entrego, y las viandas [3] le cuestan a mi amo, tres veces más de lo que valen.
¡Ah!, ¡Berta, Berta! ¡Solo por tu amor me he hecho criminal!
¡Solo por obtener tus sonrisas he faltado a la fidelidad que debo a mi buen amo, a mi noble bienhechor, y lejos de agradecérmelo como debieras, continuamente me estás echando en cara mi pobreza!...
Bien dicen, que el que sirve al diablo...
—Pues, hijo de mi alma, dijo aquella mujer haciendo un mohín [4], estamos por fortuna en hora y lugar muy a propósito para que terminen de una vez estas cuestiones. Vas a marchar de mi casa. La puerta de la calle es esa, y con no volver...
—¡Sí, ya sé!, exclamó el hombre lastimosamente, aun cuando yo no volviera por aquí, ya sé que no me echarías de menos... ¡Eres muy ingrata, Berta!...
—Seré lo que gustes, pero lo dicho. Si de aquí en adelante no me manifiestas tu cariño mas que con quejas, puedes dejarme en paz.
¿A qué engañarte?
El día en que tú te vayas no ha de faltarme, ¡créeme!, hombre a quien amar, briales [5] con que vestirme, ni viandas que comer. ¡Ya lo sabes, Cristóbal, no te digo más!
Y esto diciendo la moza, empujó suavemente hacia la calle al del ferreruelo.
—Mucha prisa tienes hoy por quedarte sola, dijo este con acento celoso.
—Sí, que ya ha sonado el último toque de ánimas.
— ¡Pues bien! continuó el hombre resueltamente, por tu amor seré capaz de buscar oro hasta en el infierno mismo, y veremos si cuando sea rico puedes amarme un poco más de lo que me amas ahora.
Está prevenida para lo que pueda acontecer, te advierto, y a Dios, hasta mañana, ¡o quizá hasta muy pronto!...
El mal parado amador salió a la calle, y la mozuela cerró la puerta de su casa tarareando una canción un tanto obscena.
III.
—Suceda lo que quiera, iba diciendo para sí el del ferreruelo, estoy resuelto a todo antes que continuar así. ¡Esta noche!, ¡esta noche misma se decidirá mi suerte!
En aquel momento, la voz plañidera y monótona de un demandadero [6] sonó a lo lejos.
—¡Hermanos, decía, hagan bien por las benditas ánimas!
—Tarde es ya, murmuró el embozado apretando el paso, y no sé lo que voy a decir a mi amo.
Momentos después llegaba a una sucia y desierta callejuela, cuyas casas lúgubres y oscuras estaban completamente cerradas. Solo una, cuyo portal abierto de par en par ostentaba en un nicho formado en el muro una Dolorosa toscamente tallada en madera, tenía una luz mortecina destinada a alumbrar a la santa imagen.
Aquella casa era la del sacerdote Braulio, y el del ferreruelo entró apresuradamente en ella.
La voz del demandadero volvió a oírse entonces cada vez más lejana y confusa, aunque no tanto que no pudiera percibirle una de esas mal pergeñadas redondillas que con el nombre de iaetas cantaban aún hace pocos años en Madrid los hermanos del Pecado mortal [7] .
El demandadero decía:
«¡Oh!¡tú que estás acostado
y tienes tan mal vivir
alma que estás en pecado
piensa en que habrás de morir!...»
El del ferreruelo se estremeció visiblemente al oír estas lamentaciones, que en la turbación de su conciencia le parecían un aviso del cielo, y con torpe mano cerró la puerta de la calle que, falta de la tenue luz que alumbraba a la Madre de Dios, quedó enteramente sumida en la más densa oscuridad.
IV.
Rezaba fervorosamente sus oraciones el buen Braulio, cuando su criado Cristóbal, o sea el hombre del ferreruelo, entró en la casa.
Arrodillado ante un crucifijo iba a terminar el sacerdote su piadoso ejercicio, cuando un leve ruido que sintió a sus espaldas le hizo volver involuntariamente la cabeza.
Una expresión de infinito terror se pintó en el apacible semblante del sacerdote.
Cristóbal, con los ojos desencajados, la boca contraída y con una daga en la mano, estaba tras él, amenazador, terrible.
A Braulio no le fue posible articular una sola palabra.
El miserable Cristóbal, impulsado por el demonio de la lujuria, personificada en Berta, alzó el acero asesino y se lo clavó en la espalda con desmedida furia.
Braulio cayó desplomado, cual si un rayo le hubiera herido de muerte.
El asesino entonces sacó la daga de la herida, y cogiendo por los cabellos la cabeza lívida de su amo, la separó bárbaramente del tronco.
En seguida, con una agitación febril, descerrajó el arcón que guardaba el tesoro y llenándose de oro los bolsillos salió de la casa dando traspiés como un beodo.
La noche estaba cada vez más oscura, y el viento silbaba lúgubremente en las desiertas calles de la villa.
Cristóbal encaminó sus pasos a la casa de Berta, a cuya puerta llamó apresuradamente.
—¿Quién va? preguntó de la parte de adentro una voz varonil.
— ¡Maldición! exclamó Cristóbal roncamente, ¡La infame tenía otro amante!
Y con paso trémulo se alejó de aquellos lugares, perdiéndose en las revueltas calles de Madrid.
V.
El horrible crimen de Cristóbal causó una profunda sensación. La vindicta pública [8] no pudo quedar satisfecha, pues el asesino, a quien la justicia buscó en vano, se había refugiado en Portugal.
Allí vivió largos años sin inquietudes ni remordimientos, disfrutando las riquezas que había robado.
Al cabo de cierto tiempo, creyendo que ya nadie se acordaría de él, volvió a Madrid disfrazado con traje de caballero.
Efectivamente, nadie lo inquietó, y el infame fue a ocupar una casa en la misma calle en que había cometido el crimen.
Una tarde que pasaba por el Rastro vio una hermosa cabeza de carnero, y queriendo hacer con ella un sabroso plato, la compró, y ocultándola con la capa, se encaminó a su casa. Al llegar cerca de ésta se halló de manos a boca [9] con un alguacil, el cual, deteniéndole bruscamente, le preguntó qué llevaba bajo el embozo.
—¡Vaya una pregunta!, contestó Cristóbal tranquilamente, ¿qué queréis que lleve?... Una cabeza de carnero que acabo de comprar en el Rastro.
—¡Esa sangre no es de carnero!, replicó el alguacil señalando la que hilo a hilo cala de debajo de la capa de Cristóbal sobre las piedras de la calle.
Yo quiero ver lo que ocultáis con vuestra capa.
Sonriose Cristóbal, y desembozándose con mucha pausa, creyó enseñar al alguacil una cabeza de carnero, cuando ¡horror! vio con espanto que tenía asida por los cabellos la cadavérica cabeza de su amo.
—¡Justicia de Dios! exclamó el asesino, arrojándola lejos de sí. ¡Yo necesito expiar mi crimen con la muerte para que la misericordia divina me perdone! ¡Yo soy el asesino del sacerdote Braulio!... ¡Prendedme, prendedme!...
Algunos días después expiraba en una infamante horca con muestras del mayor arrepentimiento. La tradición que acabamos de referir es tan popular como inverosímil. Sin embargo, existe una calle en Madrid que recuerda tan portentoso suceso, la cual lleva el nombre de CALLE DE LA CABEZA.
ANTONIO DE SAN MARTÍN
[1] Capa corta con cuello y sin capilla.
[2] Apesadumbrado.
[3] Comida que se sirve a la mesa.
[4] Mueca o gesto.
[5] Vestido de seda o tela rica que usaban las mujeres.
[6] Persona destinada para hacer los recados de las monjas fuera del convento, o de los presos fuera de la cárcel.
[7] Se trataba de un grupo de personas de negro que, pasadas las doce de la noche, caminaban por las calles de Madrid guiados por el sonido de una campanilla recitando una serie de letanías.
[8] Satisfacción de los delitos, que se debe dar por la sola razón de justicia, para ejemplo del público.
[9] De repente, impensadamente.
