Legend:
El defensor de Gerona

Author birth
1865
Author death
1911
Publication
Leyenda. Gutenberg, Librería Nacional y Extranjera.1884, pp.12-66.
Characters
Mariano Álvarez Castro
Summary
Heroísmo de los defensores de Gerona.
Events
Sitio de Gerona
Related works
Pérez Galdós, Benito. Gerona. Episodio nacional. 1874.
Molgosa Valls, José. El sitio de Gerona: drama histórico-patriótico en 3 actos y un prólogo . –(Est. tip. de M.P. Montoya y Compañia) 2ª ed. - Madrid : [s.n.], 1886.
Literature
Galter, Eduardo Rodeja. "Alvarez de Castro en el Castillo de San Fernando." Revista de Girona 9 (1959): 57-60.
García Guatas, M. “La efemérides de 1808 en sus monumentos." Historia y política a través de la escultura pública 1820-1920 . Institución Fernando el Católico, 2003.
Michonneau, Stéphane. "Gerona, baluarte de España. La conmemoración de los sitios de Gerona en los siglos XIX y XX." Historia y política 14 (2005).
Parera, Josep M. Peix. "La trágica odisea del General Álvarez de Castro." Revista de Girona 40 (1967): 51-55.
Edition
Pilar Vega Rodríguez
Location
Gerona
Share
Loading...
Thumbnail Image

El defensor de Gerona

 

 I.

Descendía el ancho sol

Su disco inmenso ocultando.

Tras las cumbres que bordando

Va con líneas de arrebol,

Y allá por los altos montes

Que fijan media corona

Y que de la gran Gerona

Limitan los horizontes,

Un hombre triste subía

Con el mismo lento paso

Con que allá, por el ocaso.

Menguaba la luz del día.— 12— 

Allí, no mansos caminos,

Sino empinadas veredas,

Recortan las arboledas

Entre alcornoques y pinos

Que al son del viento felices

Y al son de corrientes claras

Asoman entre las jaras

Y las piedras sus raíces.

A la sombra de una calle

De álamos, que al recorrer

Retrata en su seno, el Ter

Fecunda y refresca el valle

Y allá, donde tuerce el río

Su gran corriente sumisa,

De Gerona se divisa

Agrupado el caserío

Bajo sus pies se repliegan

Desde sus pies se adelantan

Montes que más se levantan

Cuanto más distantes llegan

Y que su inmortal deseo

Apenas, tristes, humillan

Al mirar cuán altas brillan

Las cumbres del Pirineo:—13—

Viejo atleta que reposa

Viendo cómo el sol arranca

De su cabellera blanca

Vivos reflejos de rosa.

La ciudad por las pendientes

Se reclina de los valles;

Pintorescas son sus calles,

Y del Oña las corrientes

Las arrullan y dividen,

No con ánimo traidor,

Sino con el puro amor

De quien da lo que le piden.

El hombre desde su orilla

ve, del hombre muestra rara,

que la corriente más clara

es, al sol, la que más brilla.

Y por los montes aquellos,

Que a gigantes se asemejan,

Y que en sus cumbres reflejan

Del mismo sol los destellos,

Cuando su inmenso capuz

Extiende la noche oscura,

Ve que la mayor altura

Guarda más tiempo la luz. —14—

¡Y el alma procura ser,

Viendo tan limpio ejemplar,

Noble para reflejar,

Alta para merecer!

No hay risco, cerro ni loma

De aquella tierra bendita

Que no sustente su ermita,

Como el nido a la paloma.

Tímidas, al homenaje

Con que los pueblos responden

A su protección, se esconden

Tras los velos del ramaje.

Encanto muestran divino

Y ricas flores lozanas,

Y tienen dulces campanas

Que llamen al peregrino

Que al caminar sin consuelo

Las mira sobre la sierra

Como al concluir la tierra,

¡Como al empezar el cielo!

El aire de nubes rojas

Poblaba el sol; indecisa

Vagaba la tenue brisa

Acariciando las hojas, — 15—

Y con sus no comprendidos

Y trémulos cantos süaves,

Parecía que las aves

De hablaban desde sus nidos.

Sin levantar la mirada,

El solitario viajero

Seguía por el sendero

De los montes su jornada.

Curtida tiene su faz,

Y bien su aspecto demuestra

Que no fue su noble diestra

Cortesana de la paz.

Sombras de ocultos pesares

Intentan nublar su triste

Y pálido rostro; viste

Con usanzas militares.

Un rojo fajín severo

A la cintura arrollado

Lleva; del siniestro lado

Pende el vigilante acero,

Que libertad solicita,

Y, prendas de sus acciones,

Rozan algunos jirones

Los pliegues de su levita. —16—

Siempre triste y adelante

Sube y sube, y a pesar

De no querer aliviar

Su cansancio ni un instante,

Tras la misteriosa calma

De su rostro, se veía

Que a cada instante debía

Irse quejando su alma.

Pisó las cumbres, y ya

Viendo al valle se paró.

¿Qué busca? ¿Quién le llamó?

¿Por qué gime? ¿Quién será?

En horas bien tristes era;

El suelo español temblaba

Y, tímida, retardaba

Sus flores la primavera.

Temblaba y temblaba en vano,

Oprimido bajo el yugo

No del hacha del verdugo,

Sí del cetro del tirano.

Baja llanura le vio

Surgir de la muchedumbre,

Y a poco sobre la cumbre

Del mundo se coronó. —17—

Grande impulso dióle el Sena,

Amor su pueblo infeliz,

Nombre campos de Austerlitz,

Orgullo sombras de Jena.

Al tronar de sus cañones

Que impetüosos rodaron

Sobre sus tumbas, se alzaron

Los dormidos Faraones.

Vencida gimió la Prusia,

Y, sobre su capa leve,

Sintió sus pasos la nieve

De las estepas de Rusia.

Esclavo de su deseo,

Vio con implacable saña

Desde su abrupta montaña

Descender el Pirineo;

Y miró que el valle tiene

Vida, amores, juventud,

Y bajó... Suelto el alud,

¿Quién su carrera detiene?

¿Ni límites quién pondría

Al mar que en las rocas ruge,

Ni al desordenado empuje

De aquella gran tiranía? — 18— 

Las gentes sacrificadas

Sírvenle de altura luego,

Se alumbra con el fuego

De ciudades incendiadas.

Y prendidas a su veste

De armiño, que a trozos cuelga,

Marchan las furias, la huelga,

El exterminio y la peste.

Ardiendo en amor, la gloria

En sus brazos se adormía,

Y bajo sus pies rugía

Domeñada la victoria.

Y tanto y tanto cundió

Su grito de sierra en sierra,

Que estremecióse la tierra

Y hasta la mar, que escuchó,

Allá en sus fondos salados,

Los tristes ayes sombríos

Con que a sus ondas los ríos

Rodaban ensangrentados.

¡Cuáles de venganza son

Los momentos! Dios coloca

Junto a los mares la roca,

Frente al león, el león. —19—

Detrás de aquellas montañas,

Linde a sus furias, inerme,

Febril y en cadenas, duerme

El león de las Españas.

Mas no le ultrajen dormido,

Ni intenten ganar sus penas...

¡Ay, si rompió sus cadenas!

¡Ay, si lanzó su rugido!

¡Y al fin se escuchó! También

Saben luchar los amores.

¡No crecen tan solo flores,

Tiranos, en nuestro Edén!

Por la mancillada sierra,

De cada profundo hueco

Salió para España un eco,

Un eco gritando: «¡Guerra!»

Duero, Betis, Guadiana,

Dijeron del insensato

Las perfidias, y a rebato

Sonó, sonó la campana.

¡A sus roncos llamamientos

La turba inundó las calles,

Poblaron montes y valles

Guerrillas y campamentos! —20—

¡A los gritos de venganza

Fe la hirviente muchedumbre

El fusil perdió su aherrumbre,

El puño cobró su lanza,

El mozo los tiempos idos,

Y el pobre viejo buscó

Su espada y enderezó

¡¡Los miembros entumecidos!!

¿Quién armó tantos furores?

¿Quién lloró tantos pesares?

¿Quién yermó tantos hogares?

¿Quién por tan vivos dolores

Trueca tantos regocijos?

¿Quién conmueve la montaña?

¡España! ¡La madre España

Que ve morir a sus hijos!

¿Qué fue del ardiente rayo

Que rompe, tala, destroza

Delante de Zaragoza

Y el pueblo del Dos de mayo?

A su rápida carrera

Abre Bailén triste fin;

Laureles de Medellín

Murieron en Talavera. —21—

Mas tan heroico ardimiento

¿Qué vale, si la fortuna

Tiene, copiando a la luna,

Fases y color sangriento?

Huellan los torpes caudillos

El trono de San Fernando,

Sus leones amarrando

A los pies de sus castillos;

La ambición nos hace presa,

La derrota desmayar,

¡Y la Virgen del Pilar

Tuvo que gemir francesa!

Triunfante y audaz y ufana,

Desde sus muros pregona

Sus libertades Gerona

Por la tierra catalana,

Y espera al francés temido

Como el gladiador romano,

Con el acero en la mano

Desnudo y apercibido.

Alzados entre, la breña,

Sus muros y balüartes

Y torres contra las artes

Del procaz tirano enseña. —22—

Allí tiene sus derechos,

Tras el cañón sus metrallas,

Y tras sus fuertes murallas

Más fuertes muros de pechos

¿Qué súbita voz resuena?

¿Qué sorprendente sonido

Deja al viento suspendido

Y los claros aires llena?

«Gerona, si al monte subes.

No con el débil te iguales.

¡Las águilas imperiales

Te acechan desde las nubes!

»Cruzan por tus horizontes,

Con largo vuelo tendido...

¡No las dejes hacer nido!

Ni en tus valles, ni en tus montes.

»Tu heroica, tu inmensa calma

¿Por qué, por qué no se agita?

¡Tu gran cuerpo necesita,

Gerona infeliz, un alma!

»¡La que fue del orbe espanto

La que supo dominar

En San Quintín, y a la par

En las olas de Lepanto! — 23— 

»¡La de España! Si en la mía

La pudiese recoger,

¡Con qué supremo placer

Entera te la daría!

»¡Voy a tí! ¿No me conoces?

¡Quiero verte, ser tu hijo

Y sucumbir!» Así dijo

Con altas y roncas voces

El misterioso viajero,

Desde las cumbres bajando

Hacia los valles, y alzando

En su diestra el limpio acero.

¡No en vano de amar blasona;

Sus palabras cumplirá;

El mártir será; será

El defensor de Gerona! —24—



  II.


Bordaba con flores mayo

las quiebras y los senderos

de las altivas montañas

que son de Gerona cerco,

cuando al compás de los sones

de trompeta y parche hueco

que en las grutas despertaban

a los dormidos acentos

y asustaban a las aves

su cantar interrumpiendo,

cien nutridos escuadrones

llegar y pararse vieron,

ostentando en sus banderas

las águilas del Imperio.

Eran allí los valientes,

los veteranos soberbios

que las campiñas de Italia

miraron cruzar, al fuego

de sus hogares vencidos, —25—

la cruz sobre el fuerte pecho,

caladas las bayonetas

y caminando entre muertos.

Eran allí los dragones [1]

invencibles y ligeros,

que, al cargar, con el rüido

del anticipado trueno,

rayos tras rayos despiden,

filas tras filas rompiendo.

Como al desbordarse el río

con las lluvias del invierno,

encharca los pedregales,

borra los firmes linderos,

ya inunda las arboledas,

ya corre turbio y sereno,

siempre en sus aguas quebrando

del sol triunfantes reflejos,

así las felices tropas

que en torrente ya deshecho

rompen, huellan y mancillan

sacros lares, nobles huertos,

ya en las cuestas aparecen

que el valle forma risueño,

ya en los riscos de los montes,

ya en las cimas de los cerros,

siempre ante la luz brillando

sus invencibles aceros,

sus bayonetas agudas,

sus deslumbrantes arreos. —26—

Y cual las perdidas aves

buscan sus nidos, y el vuelo

ya detienen, ya apresuran,

y, separadas, al verlos

se juntan bajo los mismos

árboles del bosque espeso,

así las miradas todas

de los ansiosos guerreros

buscan el valle que bañan

Oña y Ter, siempre corriendo,

y tras sus flotantes nieblas

las cúpulas, torres, techos

de las casas de Gerona,

que se extienden a lo lejos.

Cuando el sol las abrillanta

las miran cual copos sueltos

de nieve; cuando la noche

extiende su manto inmenso,

y es todo sombras la tierra

y el aire todo silencio,

a los rayos de las luces

que, alumbrándolas por dentro,

por las abiertas ventanas

vierten sus vivos reflejos,

fingen vigilantes ojos

¡que están sus perfidias viendo! —27—

Entre sus murallas zumban

los huracanados vientos,

que allí la discordia quiere

entronizar sus deseos.

«¡Allí!»— desde el monte, dice

el veterano al mancebo,

señalando las murallas

de Gerona con el dedo, —

«¡las rojas piedras hundidas,

vencedores, hollaremos!»

El General, indomable

«¡Allí!» — se dice, resuelto

a la victoria y alzando

el curioso catalejo;

y por las filas francesas

tristes y ahogados acentos,

que parece que a Gerona

van corriendo, van corriendo.

«¡Allí Gerona!» — murmuran;

y al sonar sus hondos ecos,

terribles voces resuenan

por el largo campamento;

cada machete en la boca

del fusil busca su puesto,

y los cañones, que enseñan

al valle sus fondos negros,

mirando a Gerona, escuchan

crujir sus ruedas al peso —28—

de la metralla, que viene

a habitarlos, ¡breve tiempo!

No desfallece Gerona

sierva de pálido miedo,

ni de las hazañas duda,

ni teme por los tormentos;

que la defienden sus hijos,

y sabe que vuelven ellos

con el laurel en la mano

o con la muerte en el pecho,

mas nunca vencidos, nunca

ni amedrentados ni siervos.

En sus torres, sombreando

de la almena el pico estrecho;

en sus torres, frente a frente

al campo del extranjero,

de España el pendón glorioso

flota libre al vago viento,

que, ya lo despliega, el asta

contra el muro sacudiendo,

ya lo acaricia con leves

y rápidos movimientos.

Eran de ver por las calles

hervir las olas del pueblo,

que ansía de las batallas —29—

los inflamados momentos;

banderas, lanzas, fusiles

se agitan con sordo estruendo,

voces de «¡venganza!» suenan,

responden roncos lamentos,

y se respira en los aires

el impetüoso fuego

de las pasiones, que aviva

la inquietud del loco incendio.

Eran de ver por las noches

los hogares, cuando el sueño

descendía lentamente

por los espacios desiertos;

las madres lloran; suspiran

las doncellas en silencio;

padres y hermanos escuchan

la firme voz del abuelo,

que en el sillón de baqueta

acomoda el débil cuerpo.

¡Cuántas veces, recordando

lo que vale el noble esfuerzo,

sobre el sillón se levanta:

«¡Escuchad, hijos!» diciendo.

«¡Pronto llegarán las horas

del combate, y ¡ay! si os veo

temblar; con mis propias manos

os ahogaré contra el suelo; —30—

¡que si mis hijos temblasen

ya no son mis hijos esos!

¡Y yo serviré! Si apenas

andar ni aun moverme puedo,

cuando el cañón enemigo

destroce los muros nuestros,

llevadme sobre los muros,

ponedme llenando el hueco;

¡por allí la primer bomba

no entrará; dará en mi pecho!»

¿Quién podrá rendirse mudo

a tan viril ardimiento,

ni desfallecer cobarde,

si aquel rico mar inquieto

es tan solo de los rayos

de un gran sol, feliz espejo?

Álvarez de Castro vela

por la ciudad y por ellos;

anima al débil, maldice

al vil, engrandece al bueno.

Si su voz escuchan todos,

álzanse con más entero

pundonor; así la encina,

después que la azota el viento,

afirma su tronco, mueve

sus ramas con más imperio.

Si de los campos vecinos —31—

llegan torpes mensajeros

de infame paz, metrallazos

les harán recibimiento.

Tienen los que luchen, todos

en la muralla su puesto;

para los que tiemblen, abre

sus fosas el cementerio.

Días y días pasaron

y el día llegó funesto;

por los aires encendidos

vibraron curvas de fuego;

enloqueció la discordia,

y habló con lengua de hierro;

muros y torres temblaron,

muros y torres cayeron.

¡Ah! cada estampido enciende

más odios, cada momento

mira más héroes; los vivos

resurgen de entre los muertos,

y los contemplan, y exclaman

con furor: «¡Os vengaremos!»

Y se acerca silencioso

el instante más horrendo,

el instante de la lucha

frente a frente, cuerpo a cuerpo...

¿Quién tan glorioso entusiasmo

cantará con digno acento? —32—

¡Rayos de aquellas batallas,

inflamad mi amor eterno!

¡Dios, que inspiraste a Gerona,

inspira mis pobres versos!! —33—



 III.


Las águilas imperiales

anidaron por los cortes

del cerro que sostenía

de Monjuich las viejas torres.

Por sus rüinas sangrientas

rodaron fuertes cañones;

la chispa vibró en sus senos,

y las granadas veloces

en los muros de Gerona

rasgaron brechas enormes.

¡Ay del indómito orgullo

que fronteras desconoce,

y alegres vidas apaga

y libres derechos rompe!

Su espada segó los campos,

su fuego incendió los bosques.

Rugidos sólo se escuchan;

¡rugidos son de leones! —34—

Una tarde calurosa,

cuando entre ardientes vapores

el rojo sol descendía

a incendiar el horizonte,

tendieron por las alturas

sus filas diez batallones,

del hinchado parche hueco

a los confusos redobles.

Riza el aire las banderas,

y roncas y ahogadas voces

y rechinar de cartuchos

y crujir de aceros oye.

Las cercanas baterías

tiemblan bajo el seco golpe

del cañón, que rudas manos

entre piedras firmes ponen;

la boca de la tronera

improvisada le acoge,

y a sus pies bombas se apilan

en descompuestos montones...

¿Quién no ve bullicio tanto

sin horror? ¿Quién no conoce

que espantosas desventuras

su preñado seno esconde?

Gritos fugaces corrieron

de fila en fila, y entonces

rugió fatal estampido — 35— 

en las cumbres de los montes,

y las columnas bajaron

al valle cual negras moles

desprendidas; no sonaban

ni cornetas ni tambores;

sólo se oían los pasos

repetidos y uniformes,

y el chocar de los fusiles

de los soldados que corren,

¡y el silbar de las granadas

despedidas por los bronces!

En cuatro revueltos ríos

el gran torrente partióse;

los oficiales cruzaban

con sus potros al galope,

del general que los guía

comunicando las órdenes;

una voz terrible dijo:

«¡Ya!»; largos ecos feroces

«¡Ya!» contestaron. Subieron

las columnas por los bordes

y pendientes de las cuestas

que el muro a sus pies recoge,

y banderas, y fusiles,

y ostentosos morriones,

y charreteras brillantes

en fragoroso desorden,

fingieron rápida sierpe —36—

que por las brechas hundióse...

¡Así también, por sus grutas,

la cálida tierra sorbe

las aguas del fresco arroyo

que al ir entrando se encoge.

Eran las fugaces horas

en que, tras largos informes

y repetidas arengas

y consultadas razones,

Álvarez de Castro duerme

en brazos del sueño torpe

que sus anhelos aplaca

y sus sentidos absorbe,

para velar por las horas

traicioneras de la noche.

Luchar el francés presume

sin que su arrojo le dome.

¡Ilusión! ¿Quizás ignora

que en hidalgos corazones

el rencor de la sorpresa

recrudece furias dobles?

Desde las rotas garitas

de los viejos murallones

llega, volando, a Gerona

voz de futuros dolores.

“¡Vienen!” dijo el centinela —37—

que el alto muro recorre;

«¡Vienen!» dijo por las calles,

de su potro al largo trote,

fuerte mancebo que agita

roto, pesado mandoble;

« ¡Vienen!!» gritaron las turbas,

«¡¡¡Vienen!!! ¡A las brechas!» Toques

de generala [2] vibraron

en los aires; en las torres

de las iglesias plañían

las campanas; sus acordes

lentos y graves, lo mismo

sonaban que maldiciones!

No del trabajo se oían

los mil alegres rumores;

no en los molinos las piedras

rechinaban; no veloces

las ruedas en los talleres

crujían... ¡Rápido bote,

buen tiro, gran cuchillada

eran cuidados mayores!

Abrían sus anchas puertas

los conventos; rudos golpes

no se escuchaban, ni el largo

rumor de las oraciones.

Los roncos gritos del mundo

zumban por sus techos pobres,

sus no profanadas celdas —38—

sienten pasos de varones,

y donde el ruego se oía

se oyó la amenaza, y donde

la dulce voz de los cielos

la airada voz de los hombres.

«¡Destrozadlos!» se escuchaba

gritar desde los balcones,

mientras el pueblo corría

por las calles, dando voces.

"¡Adiós! ¡Mi bien!" grita un moza

a la flor de sus amores,

al verla, cuando al encuentro

de los enemigos corre.

Ella le para y le dice

con labios trémulos: «¡Oye!

Si por la espalda te hieren,

no maldigas, ni solloces,

ni me busques. ¡Yo no quiero

ni cobardes ni traidores!»

Él con tristeza la mira,

y, sin hablar, le responde

abrazándola... Sin duda,

¡¡se hablaron sus corazones!!

Por entre las rotas brechas

se hundían los sacerdotes,

alzando los crucifijos

para salvar pecadores... —39—

Allá cruza, mientras carga

el fusil, que mueve torpe,

un viejo, que apenas puede

sostener el paso indócil.

Aplastada barretina [3]

cubre su cabeza; sobre

su cuerpo flaco se ajusta

un ropón hecho jirones.

Más lejos, sin que sus pasos

suenen, tal vez sin que rocen

el suelo, cruza, ganoso

ya de venganzas, un joven.

Contra los guijarros prueba

de su espada el fino corte,

y en una mano la empuña

y ágil lanza en otra coge.

La brisa fugaz repite

gemidos y maldiciones;

la luz del cielo se parte

en vivo mar de colores,

y el rayo del sol parece

— que dora tantos cañones

y telas tantas alumbra

y en armas tales se rompe —

que en la tierra van brotando

reflejos de ocultos soles.

Reinó espantoso silencio —40—

en las brechas, y escuchóse

después feroz estampido

que el eco rasgó en los montes.

Horroroso fue el asalto,

veloz y tremendo el choque;

espadas buscan espadas;

cuerpos a cuerpos se oponen;

no hay manos que no se agiten,

ni sables que no destrocen,

ni pechos que no se muestren,

ni hazañas que no se logren.

Al estruendo parecía

que se desplomaba el orbe

en anchos, hirvientes mares,

cuyas olas y rumores

ya crecían, ya menguaban

con sordas palpitaciones.

A veces tristes sollozos

el aire veloz acoge;

a veces largos rugidos

de fieras, que no de hombres.

Salta la sangre, corriendo

confundida a borbotones,

las ruinosas piedras tiñe,

y si el suelo no la sorbe,

al valle bajando, quema

verdes hojas, tiernos brotes. —41—

En las tinieblas del humo,

que en ondas vaga deformes,

encienden los fogonazos

fugitivos resplandores.

¡Ríe la pálida Muerte

oyendo sonar su azote,

y el vil incendio que sube

de los fosos a las torres

su inflamada cabellera

en rayos mil descompone!

Las furias y el entusiasmo

disfrazan viejos rencores.

En alas de la tormenta

se agrupan los nubarrones;

más volarán cuando el viento

más veloz y fuerte sople.

Se baten los gerundenses

tan bravos como leones;

¿qué será cuando el empuje

del caudillo los arrolle

contra el francés, como el viento

a las hojas de los bosques?

¿Quién desfallece si escucha

su voz, su fama, su nombre?

¡Él llega! Sus vivos ojos

lanzan rápidos fulgores;

su espada vibra en su diestra —42—

a quien por firme conoce;

sangre va pisando, sangre

mancha su roto uniforme.

Todas las brechas le vieron

pasar; en todas batióse.

¡Un relámpago parece

que lo anima! ¿Lucha? ¡Rompe

más que treinta con su esfuerzo,

con su espada más que doce!

¿Habla? Su voz, que resuena

más firme que el eco dócil

que el acero bien templado

logra del herido bronce,

rasga los aires diciendo:

«¡Ay si cejan mis pendones!

¡Confiad como cristianos!

¡Pelead como españoles!

En las brechas le reciben

con frenéticos trasportes

de alegría, como a padre

hidalgo, valiente, noble.

como fuego que pasa

y llueve chispas veloces,

por todas partes le siguen

¡ruidosas aclamaciones!

La lucha se recrudece,

y aumentan los rudos choques; —43—

no hay manos que no se agiten,

ni sables que no destrocen,

ni pechos que no se muestren,

¡ni hazañas que no se logren!

¡Gerona venció! Rendidos

los franceses batallones

se desbandaron. La tierra

con sus muertos alfombróse.

¡Cuán decididos bajaron!

¡Cuán tristes van por los montes!

No es tanto su desconsuelo

como fue su orgullo entonces.

Es hembra la suerte; goza

jugando con ilusiones.

Ya el sol su frente reclina

en el seno de la noche;

rojizas franjas de nubes

flotan por el horizonte;

del Ter en las negras aguas

vierten sangrientos fulgores;

el Ter parece que llora,

y al mar, que lo aguarda, corre.

¡Ay del indómito orgullo

que fronteras desconoce,

y alegres vidas apaga —44—

y libres derechos rompe!

¡Ay, cuando lleguen las horas

que al hondo abismo le arrojen!

¡Ay, cuando poder y triunfos

y majestad le abandonen!

Ni una flor habrá en su tumba

que aridez en galas torne...

¡Es mal abono la sangre

para que nazcan las flores! —45—



 IV.


Ya no retumba el cañón

Del monte por la aspereza;

Hiere muda la traición;

Muda y audaz; el león

Ruge al menos con nobleza;

Su brusco ataque se siente;

Mas cuán sigilosamente

Rueda el reptil por el llano;

Qué silencioso el pantano

Va corrompiendo el ambiente.

El gran genio de la guerra

Que allá, en la vecina sierra.

Yace rendido a los pies

Del orgulloso francés,

Dominador de la tierra, —46—

Sintiendo rota su espada

Y partida su armadura,

Con triste voz desmayada

Pide a la noche callada

Consuelo a su desventura.

Ceñidas por los ropajes

De sueltos manchados trajes,

Dos figuras aparecen,

Que se destacan y crecen

Sobre los turbios celajes. [4]

Con flaca mano movía

Corrientes de llamas una;

Su mirada relucía

Como en la mar negra y fría

Un solo rayo de luna.

Un largo reptil sereno

Le abría la boca innoble;

Derramaba su veneno;

Mas él, en su propio seno,

Herida lograba doble.

Otra los ojos hundidos

Tenía, seca la frente,

Y los labios contraídos

Estaban eternamente

Como lanzando quejidos. —47—

Al aire que pasa flota

Deshecho su oscuro manto,

Con él sus carnes azota,

Por sus mejillas el llanto

Va cayendo gota a gota.

Se alzaron por lontananza;

La Guerra, con regocijo,

Vio nacer a su esperanza.

«¡Me buscan! ¡sí! ¡la Venganza

Y la Miseria!» se dijo.

«¡Mi furia ya no perdona!»

Monte a monte, cerro a cerro,

Se estrechó la fuerte zona,

Hasta que se vio Gerona

En un anillo de hierro.

En vez de fuertes soldados

Herían viles traiciones,

Y en la montaña, callados,

De veían los cañones,

¡Quién sabe si avergonzados!

Mas ¡ay! ni por la montaña,

Ni por el valle que el río

Con sus frescas ondas baña,

Ni por el bosque sombrío

¡Llega ni una voz de España! —48—

¡Por eso, cuando con ira

Zumba en Gerona el cañón

Parece que España mira

Que tan solo allí respira

¡Y late su corazón!

Al cielo robó el estío

Sus cálidas luces rojas,

Y por la margen del río

Llegó el otoño sombrío

Con manto de sueltas hojas;

Tan veloces al rodar

Y tan mustias, que al venir

Sus contornos a plegar,

Unas parecen gemir,

Otras parecen llorar.

Blanca, más que fina pluma

De cisne, por sus cabellos

Cuajaba copos la espuma,

Y lentamente por ellos

Resbálase la bruma.

Era dulce su mirada,

Dulce, pero a veces triste

Como su voz, que, cansada,

Gemía, cual vieja espada

Que doblan y se resiste. — 49— 

Muy poco a poco subía,

Y a cada su lento paso

La noche más atraía

Con gracia y amor al día

Para abrazarle en ocaso.

Él, amoroso y galán,

Apresura su venir

Cada vez con más afán,

Y así las tardes se van

Acortando sin sentir.

El ave su último vuelo

Tendió, y aquel arroyuelo

Que corría como loco

Allá en mayo, poco a poco

Moja ya su antiguo suelo.

¡Del árbol la pompa verde

Fue! Como su altura pierde,

Finge bajar cual si fuera

A decir que lo recuerde

A la oculta primavera.

En los valles ágil palma

Y fuerte pino en los montes

Duran; con fúnebre calma

Se estrechan los horizontes

En los cielos y en el alma. —50—

Y a tiempo igual, confundidas,

En misteriosas corrientes

Húndense flores y vidas,

Y en los arroyos y fuentes

¡Saltan las hojas caídas!

¿Qué fue la noble ciudad

De tu dicha, de tu amor?

Hoy en triste soledad

Sólo te arrulla el dolor

Con ecos de tempestad.

Fue tu arrojo fuerza vana,

Tu heroísmo vano alarde...

¡Pobre condición humana!

¿Qué rosas verá la tarde

De las que vio la mañana?

Pardos arroyos, inciertos

Cruzan sitios ya desiertos;

En el húmedo remanso

Logran terrible descanso

Los heridos y los muertos.

Yacen rotas las granadas

Entre los muros y esquinas,

Ya sangrientas, ya abrasadas;

Las calles desempedradas

Linderos son de rüinas. — 51—

El humo que asfixia blando

No es de alegre hogar, no sube

En sueltas ondas; formando

Va al subir espesa nube,

Y el fuego la va incendiando.

Bordan rojizos airones

Las casas ennegrecidas;

Los retorcidos balcones

Se cuelgan a los jirones

De las paredes vencidas.

El muro que dura entero

Más feroz venganza pide;

No con grito lastimero;

¡Con mudo y ancho reguero

De sangre que lo divide!

Tras aquel otro partido

Fue dulce hogar: dos amores

En él hicieron su nido...

¡Amor, auroras y flores,

Qué breves habéis lucido!

Hoy en su doblada reja

Grazna fúnebre corneja;

Si toma vuelos, allá

Un jirón de sombra deja

Flotando por donde va. —52—

Arde a veces la metralla

Del francés; la bomba ruge,

Deja el cañón, silba, estalla.

Algún techo tiembla, cruje,

Cruje, después todo calla.

Solamente, repetido

Por confusa vibración,

Suena doliente gemido:

¡La ciudad ha respondido

Con trémula maldición!

Tantos leales amores

Vencidos sin esperanza

De gozar tiempos mejores,

Son ya doliente enseñanza

De lo que duran las flores.

Tanto ilustre monumento

Que el soplo sufrió del viento

Y el paso de las edades,

Hoy es desnudo escarmiento

De lo que son vanidades.

Piedra y amor al fundar

Quimérico poderío,

Son más prontos en mudar

Que las aguas de aquel río

Que los refleja al pasar. —53—

¡Con qué sublime tristeza,

Sin vencimiento ni lucha,

Gerona a morir empieza!

¡Qué sordo rumor se escucha

Por calles y fortaleza!

Al aire veloz tendidas,

La peste batió sus alas,

Y a sus recias sacudidas

Marchitó brillantes galas,

Apagó felices vidas.

El cenagoso pantano

Marca su huella inconstante;

Quien muerto rodó, ya en vano

Querrá sentir una mano

Amiga que lo levante.

Desmayado, tembloroso,

Desplómase el centinela

Desde el alto muro al foso;

¡Sólo así corta su vela!

¡Sólo así busca reposo!

Cruzan corriendo las gentes,

Cruzan por calles y plazas;

Fingen revueltos torrentes;

Rugen con irreverentes

Maldiciones y amenazas. —54—

Ya no ve pasmado el cielo

Corazón que no suspire

Con inacabable anhelo,

Ni aun hermano que no mire

A su hermano con recelo.

Y ¿quién ¡ay! no desconfía,

Si triunfa el delito impune

¿Y es virtud la hipocresía?

¡La necesidad desune

Hasta lo que amor unía!

La inquietud odios enciende;

Sospecha que se desprende

Ni aun deja sentir su roce;

El hambre vil no conoce

Cariños. ¡O compra o vende!

¡Ay de los que el mundo vio

De tales penas testigos!

¡Si el negro instante llegó,

No hay amigos ni enemigos,

Sino felices o no!

Ayer la luz contemplaba

Las brillantes ilusiones

De un honor que despertaba;

Hoy ve las tristes pasiones

¡De una vida que se acaba! — 55—

¡Ay, si el pueblo ruge herido

Y le niegan salvación!

¡Ay, si el hombre ha conocido

Que le roban el latido

Que le da su corazón!

Falsas voces lisonjeras

Calmarán su angustia en vano;

Mueve el odio más quimeras

Que los vientos del verano

Aristas sobre las eras.

Su valor será inclemente.

La astucia será su escudo,

Y su espada rayo ardiente,

Y por el golpe que siente

Volverá golpe más rudo.

El hombre, de flaca arcilla

Y aliento débil formado,

Ni se vence ni se humilla;

¡Aun los pueblos no han mostrado,

Como Cristo, la mejilla!

De las glorias de Satán

Sangrientas glorias surgieron;

¡Así los hijos de Adán

Lentamente pagarán

La culpa de que nacieron! —56—

Entre el escombro y ruina.

La ansiedad que le asesina

Y la traición que le apura,

Álvarez de Castro dura,

Y combate y adivina.

¿Qué fue la noble ciudad

De tu dicha, de tu amor?

Hoy en triste soledad

Sólo te arrulla el dolor

¡Con ecos de tempestad!

El buque así ya perdido

Y en el ancho mar a solas

Arrastra el timón partido,

Mientras le sigue el rugido

¡De los golpes de las olas!

Así la encina eminente

Que sufre tenaz desmayo,

A su viejo tronco siente

Enroscarse la serpiente

¡De escamas de luz del rayo!

En esas noches calladas

Y tristes del largo invierno,

De horror y angustia preñadas

Cuando con murmullo tierno

De sombras ensangrentadas —57—

 De amantes mil sin fortuna

El vago ambiente se puebla;

Cuando la menguante luna

Lágrimas, una por una,

De luz derrama en la niebla,

Entre la ráfaga fría

De rudos vientos veloces,

Una triste voz se oía,

Una voz que parecía

Ser eco de muchas voces.

De cantos de la montaña,

De quejas del valle umbrío,

Del arroyo que lo baña,

Y de todo raudo río

Que cruza suelo de España.

Se anuncia la voz incierta,

Libre después se abandona

Al aire; grita: «¡Despierta!»

Y después dice: «¡Gerona!

¡¡Alerta, Gerona, alerta!!»

Lejos otra voz murmura

Y, envuelta en la que fulgura

Luz el cielo de áureo brillo,

Surge, surge la figura

Del valeroso caudillo. —58—

Desaparece al momento,

Y con vibración que va

Dilatándose en el viento,

Responde sonoro acento:

«¡Hay Gerona! ¡Alerta está!» —59—



  V.


¡Gerona cayó! Los vientos

al verla llorar sollozan;

el Ter arrastra despojos

y armaduras, y a la sombra

de los álamos desliza

sus aguas lentas y rojas.

«¡Pobre Gerona!» parece

que dice voz misteriosa,

y el eco por todas partes

repite: “¡Pobre Gerona!”

Cayó su caudillo; mudas

quedaron sus ansias todas;

ardió la fiebre en sus venas,

se oscureció su memoria,

desmayó su pensamiento,

y su mano temblorosa

soltó la espada... ¿Quién puede

eternizar la victoria? —60—

El viento al pasar empuja,

el rudo cansancio postra;

al fin las almas se rinden

¡y las encinas se doblan!

Sin firme timón, ¿quién guía

la nave sobre las olas?

Cuando el árbol sufre al golpe

del hacha que al fin le corta,

se estremece; cuando rueda

se humillan con él sus hojas.

¡Por eso cayó el caudillo

y con él cayó Gerona!

Allá, sufren los estragos

de la terrible derrota

la doncella sin amores

que desconsolada llora,

el mozo ya sin ventura,

el anciano ya sin gloria,

y la madre ya sin hijos

y sin esperanzas, sola.

Aquí, música resuena,

y alegre tambor redobla,

y mil bayonetas brillan,

y pasan y pasan tropas ...

¡Oh miserias, oh contrastes

de la suerte lastimosa!

¡Ay, corazones de hielo! —61—

¡Ay, corazones de roca!

Si visteis y no llorasteis,

entonces ¿quién os perdona?

El Castillo de Figueras

se levanta sobre rocas;

son las rocas de alto cerro;

Figueras al pie reposa.

El castillo de Figueras

parece trono de sombras;

murallas y balüartes

le tejen gruesa corona;

en los muros hay almenas,

detrás cañones y bombas,

y sobre los altos muros

una bandera española.

Turbias aguas por el foso

corriendo van silenciosas:

¿será que tiemblan, mirando

tanta muerte en tantas formas?

Dentro, salas, calabozos,

corredores y mazmorras

se dividen grande espacio,

aire frío, luz medrosa.

Hondo camino secreto

a las murallas se enrosca.

 Siempre el secreto parece

que está ahogando y nunca ahoga. —62—

Filtrándose por la tierra

del mar las cercanas ondas,

se detienen en lagunas

de trecho en trecho, se enlodan

allí las aguas, la fiebre

viste allí su vaporosa

túnica y hacia el castillo

sube, ¡y al subir azota!

¡Ay del que sintió su mano,

que destruye lo que toca!

¡Ay del que vio sus miradas

entre las nieblas que flotan

como reflejos fugaces

de ensangrentadas auroras!

¿Qué fue del noble caudillo

orgullo de España, y honra?

¡Ay, ojos, mirad, si nieblas

de lágrimas no lo estorban!

En los patios del castillo

bullen extranjeras, tropas;

nuestro pendón en las torres

del castillo no tremola;

las águilas imperiales

clavaron sus garras corvas

en las almenas; al golpe

queja sonó lastimosa

en los aires; tras el muro —63—

sonó carcajada ronca.

En un calabozo triste

de aquella mansión de sombras

Álvarez de Castro yace,

yace más bien que reposa.

Sobre las convulsas manos

la ardiente cabeza apoya;

entre sucia paja el cuerpo

desfallecido acomoda...

¡Ah! ya gime; ya la sangre

subiendo en hinchadas olas,

la noble faz le ilumina,

el franco aliento le ahoga;

ya por los muros pasea

tristes miradas ansiosas,

y al fin reclina la frente

en las manos, y solloza.

Es bien negro calabozo

aquel donde le aprisionan;

por las lóbregas paredes

la humedad las piedras moja,

descendiendo resbalando

poco a poco gruesas gotas;

no la claridad del día

rasga las espesas ondas

del aire; tan solamente —64—

esparcen ráfagas rojas

de luz — sujetas al muro

por tres movibles argollas

de hierro— tres embreadas

—y retorcidas antorchas

que entre caricias de fuego

su cordaje desenrollan.

Junto al lecho del caudillo

no de honor guardia le forman,

sí más bien guardia infamante

dos soldados; altas gorras

de piel ocultan sus frentes;

visten miserables ropas

que polvo, sangre, jirones

de cien batallas destrozan,

y afirman las bayonetas

sobre las oscuras bocas

de sus fusiles...

A veces

al anciano le abandona

la resignación, las penas

vida y aliento le roban,

sueño piadoso le abruma

y los párpados entorna,

y entonces, entonces, clavan

las bayonetas, y cortan

su noble faz...

El anciano —65—

salta como fiera loca

y vuelve a caer... ¡La angustia

le encadena!... Gime. Tornan

el cansancio y el martirio,

y la sed y la ponzoña...

A la mañana siguiente,

cuando la luz de la aurora

con tibios rayos los hierros

de la prisión tornasola,

vio la gente de Figueras

que junto al lecho se agolpa

del viejo mártir, cumplidas

la traición y la deshonra;

Álvarez muerto; sus manos

como en contracción nerviosa;

en su rostro negras manchas,

rojiza espuma en su boca,

y diz que una voz decía,

diz que una voz misteriosa

decía: «¡Traición! ¡Venganza!

¡Venganza! ¡Venganza! ¡Pronta!»

¡Ay! ¡Horror! ¿De quién la mano

fue criminal y alevosa?

¿De quién el vil pensamiento?

¿De quién la astucia traidora?

¡Maldito el infame sea, —66—

y maldita su memoria!

¡Si tierras tienen sus hijos,

espigas les nazcan rojas;

si arroyos frescos las bañan,

sangrientas sus aguas corran;

si sus árboles empiezan

a crecer, ricos en pompa,

crezcan amargos sus frutos,

¡broten marchitas sus hojas!

¡Que la tumba del infame

sobre peñas yazga sola!;

que la vele noche y día

la Calumnia vengadora;

que el tenaz Remordimiento

cubra con nieblas su losa;

¡¡que caiga sobre la frente

del tirano, gota a gota,

la sangre que enrojecía

las murallas de Gerona!!

Nota.

Prólogo del autor.

AL QUE LEA.

No soy aficionado a prólogos, y menos en cosa mía, porque el público debe exigir en ellos algo interesante, y yo no puedo rendirle este tributo. En mi primer libro, al frente de sus páginas, hice imprimir algunos renglones, los indispensables; hoy me veo precisado a añadir algunos más, los indispensables también. Dispénsenme la petulancia, merced a la verdad.

En la horrible confusión de dogmas literarios que hoy nos aturde, asombrado por los rumores inacabables de una continua discusión que nada respeta y a todo se atreve, que derroca ídolos y alza otros nuevos más deleznables aún, víctimas propiciatorias del cambio futuro, ni veo claro — lo confieso — 6— lealmente — ni distingo, con la justa separación que es norte de mis ansias, la luz artificial, pero ostentosa y brillante, de la clara y limpia que debiera inundar, como la del sol los cielos, los espacios del arte.

Así trastornado, conservo un guía, a pesar de todo, un guía que tal vez me salve — ¡Dios lo quiera! — y al que hasta ahora estoy profundamente agradecido: el sentimiento. Después de pensar mucho, pocas veces me atrevo a escribir; el argumento se opone al argumento, la razón a la razón, y sin lograr apoderarme del verdadero y de la exacta, abandono la pluma con tristeza. Después de sentir algo, escribo siempre y enseguida. Quizás esta precipitación engendre errores; quizás mis sentimientos varíen — ¿por qué no? — quizás casi todas las faltas que en la leyenda que hoy ofrezco al público se observen, reconozcan por causa aquella precipitación y aquellos cambios. Cierto; mas yo me imagino que confesando la verdad neta y pura, cumplo con mi obligación primero; me libro de algún ataque después.

Hace algunos meses ya, en julio del año 1883, sentí la leyenda que el lector verá a continuación de estos párrafos. Procuré que la historia y la fantasía no riñeran, antes — 7— bien que se armonizaran sus esfuerzos; deseé que la doble y nobilísima hazaña de la ciudad y del héroe resaltasen con toda su grandeza; anhelé dar a la forma líneas semejantes a las de aquella antigua española con que nuestros grandes poetas cantaron a nuestros grandes caudillos; no sé si conseguí que en medio de esta desesperación que hoy inspira todos los cantos de la musa de Iberia, de este escepticismo desconsolador que todo lo destruye, vibrara en mis estrofas un acento de entusiasmo, de amor sin nieblas, de fe sin dudas, de esperanza sin vacilaciones. Hasta aquí llega, o, mejor dicho, llegó mi deseo.

Tú ahora, lector, dirás si acerté; si erré,— de seguro erré y no poco, — perdóname antes.

Aquí debiera concluir, pero no quiero poner punto final sin hacer franco testimonio de la gratitud que debo al público y a la crítica desde la publicación de mi último libro, último y primero a la vez. Crean los señores D. Manuel Cañete, D. Eduardo Benot, don Luis Alfonso, D. José Navarrete, D. Leopoldo Alas D. José Ortega Munilla, don Manuel Cano y Cueto, D. Rafael Chichón, D. F. Miquel y Badía, D. José Ramón Mélida, crean, en fin, cuantos me hicieron el honor —7—de alentarme con entusiastas e inmerecidos elogios, o de aconsejarme con rectas censuras, que agradecí los unos en todo lo que valen, que no desoí — conste — ninguna de las otras. El tiempo — testigo irrefutable — lo hará ver así. Indulgencia, mucha más que entonces, me atrevo a suplicarles hoy, indulgencia para la debilidad e incertidumbre de pensamiento, los descuidos de la forma y la falta, no sé si constante, de sentimiento verdaderamente humano de que, por ley forzosa, han de adolecer leyendas que, como la de El Defensor de Gerona , tan sólo aspiran a demostrar que un poeta muy español, de muy pocas facultades, pero de mucho entusiasmo, anhela seguir un camino que emprendió sin vanidad, pero con aspiraciones.

El nuevo paso es vacilante, — no se me oculta, — pero si es paso y es muevo, me holgaré muy mucho* de haber conseguido algo de lo que soñé.

Carlos Fernández Shaw.

18 marzo 1884. (Dedicatoria a Manuel Cañete)

 

NOTAS


[1] Dragones: m. Soldado que hacía el servicio alternativamente a pie o a caballo. (RAE, Diccionario de la lengua española).

[2] Toque de generala: f. Mil. Toque de tambor, corneta o clarín para que las fuerzas de una guarnición o campo se pongan sobre las armas. (RAE, Diccionario de la lengua española ).

[3] Barretina : gorro catalán (RAE, Diccionario de la lengua española ).

[4] Celaje: m. Aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues y de varios matices. U. m. en pl. (RAE, Diccionario de la lengua española ).El defensor de Gerona

 

 I.

Descendía el ancho sol

Su disco inmenso ocultando.

Tras las cumbres que bordando

Va con líneas de arrebol,

Y allá por los altos montes

Que fijan media corona

Y que de la gran Gerona

Limitan los horizontes,

Un hombre triste subía

Con el mismo lento paso

Con que allá, por el ocaso.

Menguaba la luz del día.— 12— 

Allí, no mansos caminos,

Sino empinadas veredas,

Recortan las arboledas

Entre alcornoques y pinos

Que al son del viento felices

Y al son de corrientes claras

Asoman entre las jaras

Y las piedras sus raíces.

A la sombra de una calle

De álamos, que al recorrer

Retrata en su seno, el Ter

Fecunda y refresca el valle

Y allá, donde tuerce el río

Su gran corriente sumisa,

De Gerona se divisa

Agrupado el caserío

Bajo sus pies se repliegan

Desde sus pies se adelantan

Montes que más se levantan

Cuanto más distantes llegan

Y que su inmortal deseo

Apenas, tristes, humillan

Al mirar cuán altas brillan

Las cumbres del Pirineo:—13—

Viejo atleta que reposa

Viendo cómo el sol arranca

De su cabellera blanca

Vivos reflejos de rosa.

La ciudad por las pendientes

Se reclina de los valles;

Pintorescas son sus calles,

Y del Oña las corrientes

Las arrullan y dividen,

No con ánimo traidor,

Sino con el puro amor

De quien da lo que le piden.

El hombre desde su orilla

ve, del hombre muestra rara,

que la corriente más clara

es, al sol, la que más brilla.

Y por los montes aquellos,

Que a gigantes se asemejan,

Y que en sus cumbres reflejan

Del mismo sol los destellos,

Cuando su inmenso capuz

Extiende la noche oscura,

Ve que la mayor altura

Guarda más tiempo la luz. —14—

¡Y el alma procura ser,

Viendo tan limpio ejemplar,

Noble para reflejar,

Alta para merecer!

No hay risco, cerro ni loma

De aquella tierra bendita

Que no sustente su ermita,

Como el nido a la paloma.

Tímidas, al homenaje

Con que los pueblos responden

A su protección, se esconden

Tras los velos del ramaje.

Encanto muestran divino

Y ricas flores lozanas,

Y tienen dulces campanas

Que llamen al peregrino

Que al caminar sin consuelo

Las mira sobre la sierra

Como al concluir la tierra,

¡Como al empezar el cielo!

El aire de nubes rojas

Poblaba el sol; indecisa

Vagaba la tenue brisa

Acariciando las hojas, — 15—

Y con sus no comprendidos

Y trémulos cantos süaves,

Parecía que las aves

De hablaban desde sus nidos.

Sin levantar la mirada,

El solitario viajero

Seguía por el sendero

De los montes su jornada.

Curtida tiene su faz,

Y bien su aspecto demuestra

Que no fue su noble diestra

Cortesana de la paz.

Sombras de ocultos pesares

Intentan nublar su triste

Y pálido rostro; viste

Con usanzas militares.

Un rojo fajín severo

A la cintura arrollado

Lleva; del siniestro lado

Pende el vigilante acero,

Que libertad solicita,

Y, prendas de sus acciones,

Rozan algunos jirones

Los pliegues de su levita. —16—

Siempre triste y adelante

Sube y sube, y a pesar

De no querer aliviar

Su cansancio ni un instante,

Tras la misteriosa calma

De su rostro, se veía

Que a cada instante debía

Irse quejando su alma.

Pisó las cumbres, y ya

Viendo al valle se paró.

¿Qué busca? ¿Quién le llamó?

¿Por qué gime? ¿Quién será?

En horas bien tristes era;

El suelo español temblaba

Y, tímida, retardaba

Sus flores la primavera.

Temblaba y temblaba en vano,

Oprimido bajo el yugo

No del hacha del verdugo,

Sí del cetro del tirano.

Baja llanura le vio

Surgir de la muchedumbre,

Y a poco sobre la cumbre

Del mundo se coronó. —17—

Grande impulso dióle el Sena,

Amor su pueblo infeliz,

Nombre campos de Austerlitz,

Orgullo sombras de Jena.

Al tronar de sus cañones

Que impetüosos rodaron

Sobre sus tumbas, se alzaron

Los dormidos Faraones.

Vencida gimió la Prusia,

Y, sobre su capa leve,

Sintió sus pasos la nieve

De las estepas de Rusia.

Esclavo de su deseo,

Vio con implacable saña

Desde su abrupta montaña

Descender el Pirineo;

Y miró que el valle tiene

Vida, amores, juventud,

Y bajó... Suelto el alud,

¿Quién su carrera detiene?

¿Ni límites quién pondría

Al mar que en las rocas ruge,

Ni al desordenado empuje

De aquella gran tiranía? — 18— 

Las gentes sacrificadas

Sírvenle de altura luego,

Se alumbra con el fuego

De ciudades incendiadas.

Y prendidas a su veste

De armiño, que a trozos cuelga,

Marchan las furias, la huelga,

El exterminio y la peste.

Ardiendo en amor, la gloria

En sus brazos se adormía,

Y bajo sus pies rugía

Domeñada la victoria.

Y tanto y tanto cundió

Su grito de sierra en sierra,

Que estremecióse la tierra

Y hasta la mar, que escuchó,

Allá en sus fondos salados,

Los tristes ayes sombríos

Con que a sus ondas los ríos

Rodaban ensangrentados.

¡Cuáles de venganza son

Los momentos! Dios coloca

Junto a los mares la roca,

Frente al león, el león. —19—

Detrás de aquellas montañas,

Linde a sus furias, inerme,

Febril y en cadenas, duerme

El león de las Españas.

Mas no le ultrajen dormido,

Ni intenten ganar sus penas...

¡Ay, si rompió sus cadenas!

¡Ay, si lanzó su rugido!

¡Y al fin se escuchó! También

Saben luchar los amores.

¡No crecen tan solo flores,

Tiranos, en nuestro Edén!

Por la mancillada sierra,

De cada profundo hueco

Salió para España un eco,

Un eco gritando: «¡Guerra!»

Duero, Betis, Guadiana,

Dijeron del insensato

Las perfidias, y a rebato

Sonó, sonó la campana.

¡A sus roncos llamamientos

La turba inundó las calles,

Poblaron montes y valles

Guerrillas y campamentos! —20—

¡A los gritos de venganza

Fe la hirviente muchedumbre

El fusil perdió su aherrumbre,

El puño cobró su lanza,

El mozo los tiempos idos,

Y el pobre viejo buscó

Su espada y enderezó

¡¡Los miembros entumecidos!!

¿Quién armó tantos furores?

¿Quién lloró tantos pesares?

¿Quién yermó tantos hogares?

¿Quién por tan vivos dolores

Trueca tantos regocijos?

¿Quién conmueve la montaña?

¡España! ¡La madre España

Que ve morir a sus hijos!

¿Qué fue del ardiente rayo

Que rompe, tala, destroza

Delante de Zaragoza

Y el pueblo del Dos de mayo?

A su rápida carrera

Abre Bailén triste fin;

Laureles de Medellín

Murieron en Talavera. —21—

Mas tan heroico ardimiento

¿Qué vale, si la fortuna

Tiene, copiando a la luna,

Fases y color sangriento?

Huellan los torpes caudillos

El trono de San Fernando,

Sus leones amarrando

A los pies de sus castillos;

La ambición nos hace presa,

La derrota desmayar,

¡Y la Virgen del Pilar

Tuvo que gemir francesa!

Triunfante y audaz y ufana,

Desde sus muros pregona

Sus libertades Gerona

Por la tierra catalana,

Y espera al francés temido

Como el gladiador romano,

Con el acero en la mano

Desnudo y apercibido.

Alzados entre, la breña,

Sus muros y balüartes

Y torres contra las artes

Del procaz tirano enseña. —22—

Allí tiene sus derechos,

Tras el cañón sus metrallas,

Y tras sus fuertes murallas

Más fuertes muros de pechos

¿Qué súbita voz resuena?

¿Qué sorprendente sonido

Deja al viento suspendido

Y los claros aires llena?

«Gerona, si al monte subes.

No con el débil te iguales.

¡Las águilas imperiales

Te acechan desde las nubes!

»Cruzan por tus horizontes,

Con largo vuelo tendido...

¡No las dejes hacer nido!

Ni en tus valles, ni en tus montes.

»Tu heroica, tu inmensa calma

¿Por qué, por qué no se agita?

¡Tu gran cuerpo necesita,

Gerona infeliz, un alma!

»¡La que fue del orbe espanto

La que supo dominar

En San Quintín, y a la par

En las olas de Lepanto! — 23— 

»¡La de España! Si en la mía

La pudiese recoger,

¡Con qué supremo placer

Entera te la daría!

»¡Voy a tí! ¿No me conoces?

¡Quiero verte, ser tu hijo

Y sucumbir!» Así dijo

Con altas y roncas voces

El misterioso viajero,

Desde las cumbres bajando

Hacia los valles, y alzando

En su diestra el limpio acero.

¡No en vano de amar blasona;

Sus palabras cumplirá;

El mártir será; será

El defensor de Gerona! —24—



  II.


Bordaba con flores mayo

las quiebras y los senderos

de las altivas montañas

que son de Gerona cerco,

cuando al compás de los sones

de trompeta y parche hueco

que en las grutas despertaban

a los dormidos acentos

y asustaban a las aves

su cantar interrumpiendo,

cien nutridos escuadrones

llegar y pararse vieron,

ostentando en sus banderas

las águilas del Imperio.

Eran allí los valientes,

los veteranos soberbios

que las campiñas de Italia

miraron cruzar, al fuego

de sus hogares vencidos, —25—

la cruz sobre el fuerte pecho,

caladas las bayonetas

y caminando entre muertos.

Eran allí los dragones [1]

invencibles y ligeros,

que, al cargar, con el rüido

del anticipado trueno,

rayos tras rayos despiden,

filas tras filas rompiendo.

Como al desbordarse el río

con las lluvias del invierno,

encharca los pedregales,

borra los firmes linderos,

ya inunda las arboledas,

ya corre turbio y sereno,

siempre en sus aguas quebrando

del sol triunfantes reflejos,

así las felices tropas

que en torrente ya deshecho

rompen, huellan y mancillan

sacros lares, nobles huertos,

ya en las cuestas aparecen

que el valle forma risueño,

ya en los riscos de los montes,

ya en las cimas de los cerros,

siempre ante la luz brillando

sus invencibles aceros,

sus bayonetas agudas,

sus deslumbrantes arreos. —26—

Y cual las perdidas aves

buscan sus nidos, y el vuelo

ya detienen, ya apresuran,

y, separadas, al verlos

se juntan bajo los mismos

árboles del bosque espeso,

así las miradas todas

de los ansiosos guerreros

buscan el valle que bañan

Oña y Ter, siempre corriendo,

y tras sus flotantes nieblas

las cúpulas, torres, techos

de las casas de Gerona,

que se extienden a lo lejos.

Cuando el sol las abrillanta

las miran cual copos sueltos

de nieve; cuando la noche

extiende su manto inmenso,

y es todo sombras la tierra

y el aire todo silencio,

a los rayos de las luces

que, alumbrándolas por dentro,

por las abiertas ventanas

vierten sus vivos reflejos,

fingen vigilantes ojos

¡que están sus perfidias viendo! —27—

Entre sus murallas zumban

los huracanados vientos,

que allí la discordia quiere

entronizar sus deseos.

«¡Allí!»— desde el monte, dice

el veterano al mancebo,

señalando las murallas

de Gerona con el dedo, —

«¡las rojas piedras hundidas,

vencedores, hollaremos!»

El General, indomable

«¡Allí!» — se dice, resuelto

a la victoria y alzando

el curioso catalejo;

y por las filas francesas

tristes y ahogados acentos,

que parece que a Gerona

van corriendo, van corriendo.

«¡Allí Gerona!» — murmuran;

y al sonar sus hondos ecos,

terribles voces resuenan

por el largo campamento;

cada machete en la boca

del fusil busca su puesto,

y los cañones, que enseñan

al valle sus fondos negros,

mirando a Gerona, escuchan

crujir sus ruedas al peso —28—

de la metralla, que viene

a habitarlos, ¡breve tiempo!

No desfallece Gerona

sierva de pálido miedo,

ni de las hazañas duda,

ni teme por los tormentos;

que la defienden sus hijos,

y sabe que vuelven ellos

con el laurel en la mano

o con la muerte en el pecho,

mas nunca vencidos, nunca

ni amedrentados ni siervos.

En sus torres, sombreando

de la almena el pico estrecho;

en sus torres, frente a frente

al campo del extranjero,

de España el pendón glorioso

flota libre al vago viento,

que, ya lo despliega, el asta

contra el muro sacudiendo,

ya lo acaricia con leves

y rápidos movimientos.

Eran de ver por las calles

hervir las olas del pueblo,

que ansía de las batallas —29—

los inflamados momentos;

banderas, lanzas, fusiles

se agitan con sordo estruendo,

voces de «¡venganza!» suenan,

responden roncos lamentos,

y se respira en los aires

el impetüoso fuego

de las pasiones, que aviva

la inquietud del loco incendio.

Eran de ver por las noches

los hogares, cuando el sueño

descendía lentamente

por los espacios desiertos;

las madres lloran; suspiran

las doncellas en silencio;

padres y hermanos escuchan

la firme voz del abuelo,

que en el sillón de baqueta

acomoda el débil cuerpo.

¡Cuántas veces, recordando

lo que vale el noble esfuerzo,

sobre el sillón se levanta:

«¡Escuchad, hijos!» diciendo.

«¡Pronto llegarán las horas

del combate, y ¡ay! si os veo

temblar; con mis propias manos

os ahogaré contra el suelo; —30—

¡que si mis hijos temblasen

ya no son mis hijos esos!

¡Y yo serviré! Si apenas

andar ni aun moverme puedo,

cuando el cañón enemigo

destroce los muros nuestros,

llevadme sobre los muros,

ponedme llenando el hueco;

¡por allí la primer bomba

no entrará; dará en mi pecho!»

¿Quién podrá rendirse mudo

a tan viril ardimiento,

ni desfallecer cobarde,

si aquel rico mar inquieto

es tan solo de los rayos

de un gran sol, feliz espejo?

Álvarez de Castro vela

por la ciudad y por ellos;

anima al débil, maldice

al vil, engrandece al bueno.

Si su voz escuchan todos,

álzanse con más entero

pundonor; así la encina,

después que la azota el viento,

afirma su tronco, mueve

sus ramas con más imperio.

Si de los campos vecinos —31—

llegan torpes mensajeros

de infame paz, metrallazos

les harán recibimiento.

Tienen los que luchen, todos

en la muralla su puesto;

para los que tiemblen, abre

sus fosas el cementerio.

Días y días pasaron

y el día llegó funesto;

por los aires encendidos

vibraron curvas de fuego;

enloqueció la discordia,

y habló con lengua de hierro;

muros y torres temblaron,

muros y torres cayeron.

¡Ah! cada estampido enciende

más odios, cada momento

mira más héroes; los vivos

resurgen de entre los muertos,

y los contemplan, y exclaman

con furor: «¡Os vengaremos!»

Y se acerca silencioso

el instante más horrendo,

el instante de la lucha

frente a frente, cuerpo a cuerpo...

¿Quién tan glorioso entusiasmo

cantará con digno acento? —32—

¡Rayos de aquellas batallas,

inflamad mi amor eterno!

¡Dios, que inspiraste a Gerona,

inspira mis pobres versos!! —33—



 III.


Las águilas imperiales

anidaron por los cortes

del cerro que sostenía

de Monjuich las viejas torres.

Por sus rüinas sangrientas

rodaron fuertes cañones;

la chispa vibró en sus senos,

y las granadas veloces

en los muros de Gerona

rasgaron brechas enormes.

¡Ay del indómito orgullo

que fronteras desconoce,

y alegres vidas apaga

y libres derechos rompe!

Su espada segó los campos,

su fuego incendió los bosques.

Rugidos sólo se escuchan;

¡rugidos son de leones! —34—

Una tarde calurosa,

cuando entre ardientes vapores

el rojo sol descendía

a incendiar el horizonte,

tendieron por las alturas

sus filas diez batallones,

del hinchado parche hueco

a los confusos redobles.

Riza el aire las banderas,

y roncas y ahogadas voces

y rechinar de cartuchos

y crujir de aceros oye.

Las cercanas baterías

tiemblan bajo el seco golpe

del cañón, que rudas manos

entre piedras firmes ponen;

la boca de la tronera

improvisada le acoge,

y a sus pies bombas se apilan

en descompuestos montones...

¿Quién no ve bullicio tanto

sin horror? ¿Quién no conoce

que espantosas desventuras

su preñado seno esconde?

Gritos fugaces corrieron

de fila en fila, y entonces

rugió fatal estampido — 35— 

en las cumbres de los montes,

y las columnas bajaron

al valle cual negras moles

desprendidas; no sonaban

ni cornetas ni tambores;

sólo se oían los pasos

repetidos y uniformes,

y el chocar de los fusiles

de los soldados que corren,

¡y el silbar de las granadas

despedidas por los bronces!

En cuatro revueltos ríos

el gran torrente partióse;

los oficiales cruzaban

con sus potros al galope,

del general que los guía

comunicando las órdenes;

una voz terrible dijo:

«¡Ya!»; largos ecos feroces

«¡Ya!» contestaron. Subieron

las columnas por los bordes

y pendientes de las cuestas

que el muro a sus pies recoge,

y banderas, y fusiles,

y ostentosos morriones,

y charreteras brillantes

en fragoroso desorden,

fingieron rápida sierpe —36—

que por las brechas hundióse...

¡Así también, por sus grutas,

la cálida tierra sorbe

las aguas del fresco arroyo

que al ir entrando se encoge.

Eran las fugaces horas

en que, tras largos informes

y repetidas arengas

y consultadas razones,

Álvarez de Castro duerme

en brazos del sueño torpe

que sus anhelos aplaca

y sus sentidos absorbe,

para velar por las horas

traicioneras de la noche.

Luchar el francés presume

sin que su arrojo le dome.

¡Ilusión! ¿Quizás ignora

que en hidalgos corazones

el rencor de la sorpresa

recrudece furias dobles?

Desde las rotas garitas

de los viejos murallones

llega, volando, a Gerona

voz de futuros dolores.

“¡Vienen!” dijo el centinela —37—

que el alto muro recorre;

«¡Vienen!» dijo por las calles,

de su potro al largo trote,

fuerte mancebo que agita

roto, pesado mandoble;

« ¡Vienen!!» gritaron las turbas,

«¡¡¡Vienen!!! ¡A las brechas!» Toques

de generala [2] vibraron

en los aires; en las torres

de las iglesias plañían

las campanas; sus acordes

lentos y graves, lo mismo

sonaban que maldiciones!

No del trabajo se oían

los mil alegres rumores;

no en los molinos las piedras

rechinaban; no veloces

las ruedas en los talleres

crujían... ¡Rápido bote,

buen tiro, gran cuchillada

eran cuidados mayores!

Abrían sus anchas puertas

los conventos; rudos golpes

no se escuchaban, ni el largo

rumor de las oraciones.

Los roncos gritos del mundo

zumban por sus techos pobres,

sus no profanadas celdas —38—

sienten pasos de varones,

y donde el ruego se oía

se oyó la amenaza, y donde

la dulce voz de los cielos

la airada voz de los hombres.

«¡Destrozadlos!» se escuchaba

gritar desde los balcones,

mientras el pueblo corría

por las calles, dando voces.

"¡Adiós! ¡Mi bien!" grita un moza

a la flor de sus amores,

al verla, cuando al encuentro

de los enemigos corre.

Ella le para y le dice

con labios trémulos: «¡Oye!

Si por la espalda te hieren,

no maldigas, ni solloces,

ni me busques. ¡Yo no quiero

ni cobardes ni traidores!»

Él con tristeza la mira,

y, sin hablar, le responde

abrazándola... Sin duda,

¡¡se hablaron sus corazones!!

Por entre las rotas brechas

se hundían los sacerdotes,

alzando los crucifijos

para salvar pecadores... —39—

Allá cruza, mientras carga

el fusil, que mueve torpe,

un viejo, que apenas puede

sostener el paso indócil.

Aplastada barretina [3]

cubre su cabeza; sobre

su cuerpo flaco se ajusta

un ropón hecho jirones.

Más lejos, sin que sus pasos

suenen, tal vez sin que rocen

el suelo, cruza, ganoso

ya de venganzas, un joven.

Contra los guijarros prueba

de su espada el fino corte,

y en una mano la empuña

y ágil lanza en otra coge.

La brisa fugaz repite

gemidos y maldiciones;

la luz del cielo se parte

en vivo mar de colores,

y el rayo del sol parece

— que dora tantos cañones

y telas tantas alumbra

y en armas tales se rompe —

que en la tierra van brotando

reflejos de ocultos soles.

Reinó espantoso silencio —40—

en las brechas, y escuchóse

después feroz estampido

que el eco rasgó en los montes.

Horroroso fue el asalto,

veloz y tremendo el choque;

espadas buscan espadas;

cuerpos a cuerpos se oponen;

no hay manos que no se agiten,

ni sables que no destrocen,

ni pechos que no se muestren,

ni hazañas que no se logren.

Al estruendo parecía

que se desplomaba el orbe

en anchos, hirvientes mares,

cuyas olas y rumores

ya crecían, ya menguaban

con sordas palpitaciones.

A veces tristes sollozos

el aire veloz acoge;

a veces largos rugidos

de fieras, que no de hombres.

Salta la sangre, corriendo

confundida a borbotones,

las ruinosas piedras tiñe,

y si el suelo no la sorbe,

al valle bajando, quema

verdes hojas, tiernos brotes. —41—

En las tinieblas del humo,

que en ondas vaga deformes,

encienden los fogonazos

fugitivos resplandores.

¡Ríe la pálida Muerte

oyendo sonar su azote,

y el vil incendio que sube

de los fosos a las torres

su inflamada cabellera

en rayos mil descompone!

Las furias y el entusiasmo

disfrazan viejos rencores.

En alas de la tormenta

se agrupan los nubarrones;

más volarán cuando el viento

más veloz y fuerte sople.

Se baten los gerundenses

tan bravos como leones;

¿qué será cuando el empuje

del caudillo los arrolle

contra el francés, como el viento

a las hojas de los bosques?

¿Quién desfallece si escucha

su voz, su fama, su nombre?

¡Él llega! Sus vivos ojos

lanzan rápidos fulgores;

su espada vibra en su diestra —42—

a quien por firme conoce;

sangre va pisando, sangre

mancha su roto uniforme.

Todas las brechas le vieron

pasar; en todas batióse.

¡Un relámpago parece

que lo anima! ¿Lucha? ¡Rompe

más que treinta con su esfuerzo,

con su espada más que doce!

¿Habla? Su voz, que resuena

más firme que el eco dócil

que el acero bien templado

logra del herido bronce,

rasga los aires diciendo:

«¡Ay si cejan mis pendones!

¡Confiad como cristianos!

¡Pelead como españoles!

En las brechas le reciben

con frenéticos trasportes

de alegría, como a padre

hidalgo, valiente, noble.

como fuego que pasa

y llueve chispas veloces,

por todas partes le siguen

¡ruidosas aclamaciones!

La lucha se recrudece,

y aumentan los rudos choques; —43—

no hay manos que no se agiten,

ni sables que no destrocen,

ni pechos que no se muestren,

¡ni hazañas que no se logren!

¡Gerona venció! Rendidos

los franceses batallones

se desbandaron. La tierra

con sus muertos alfombróse.

¡Cuán decididos bajaron!

¡Cuán tristes van por los montes!

No es tanto su desconsuelo

como fue su orgullo entonces.

Es hembra la suerte; goza

jugando con ilusiones.

Ya el sol su frente reclina

en el seno de la noche;

rojizas franjas de nubes

flotan por el horizonte;

del Ter en las negras aguas

vierten sangrientos fulgores;

el Ter parece que llora,

y al mar, que lo aguarda, corre.

¡Ay del indómito orgullo

que fronteras desconoce,

y alegres vidas apaga —44—

y libres derechos rompe!

¡Ay, cuando lleguen las horas

que al hondo abismo le arrojen!

¡Ay, cuando poder y triunfos

y majestad le abandonen!

Ni una flor habrá en su tumba

que aridez en galas torne...

¡Es mal abono la sangre

para que nazcan las flores! —45—



 IV.


Ya no retumba el cañón

Del monte por la aspereza;

Hiere muda la traición;

Muda y audaz; el león

Ruge al menos con nobleza;

Su brusco ataque se siente;

Mas cuán sigilosamente

Rueda el reptil por el llano;

Qué silencioso el pantano

Va corrompiendo el ambiente.

El gran genio de la guerra

Que allá, en la vecina sierra.

Yace rendido a los pies

Del orgulloso francés,

Dominador de la tierra, —46—

Sintiendo rota su espada

Y partida su armadura,

Con triste voz desmayada

Pide a la noche callada

Consuelo a su desventura.

Ceñidas por los ropajes

De sueltos manchados trajes,

Dos figuras aparecen,

Que se destacan y crecen

Sobre los turbios celajes. [4]

Con flaca mano movía

Corrientes de llamas una;

Su mirada relucía

Como en la mar negra y fría

Un solo rayo de luna.

Un largo reptil sereno

Le abría la boca innoble;

Derramaba su veneno;

Mas él, en su propio seno,

Herida lograba doble.

Otra los ojos hundidos

Tenía, seca la frente,

Y los labios contraídos

Estaban eternamente

Como lanzando quejidos. —47—

Al aire que pasa flota

Deshecho su oscuro manto,

Con él sus carnes azota,

Por sus mejillas el llanto

Va cayendo gota a gota.

Se alzaron por lontananza;

La Guerra, con regocijo,

Vio nacer a su esperanza.

«¡Me buscan! ¡sí! ¡la Venganza

Y la Miseria!» se dijo.

«¡Mi furia ya no perdona!»

Monte a monte, cerro a cerro,

Se estrechó la fuerte zona,

Hasta que se vio Gerona

En un anillo de hierro.

En vez de fuertes soldados

Herían viles traiciones,

Y en la montaña, callados,

De veían los cañones,

¡Quién sabe si avergonzados!

Mas ¡ay! ni por la montaña,

Ni por el valle que el río

Con sus frescas ondas baña,

Ni por el bosque sombrío

¡Llega ni una voz de España! —48—

¡Por eso, cuando con ira

Zumba en Gerona el cañón

Parece que España mira

Que tan solo allí respira

¡Y late su corazón!

Al cielo robó el estío

Sus cálidas luces rojas,

Y por la margen del río

Llegó el otoño sombrío

Con manto de sueltas hojas;

Tan veloces al rodar

Y tan mustias, que al venir

Sus contornos a plegar,

Unas parecen gemir,

Otras parecen llorar.

Blanca, más que fina pluma

De cisne, por sus cabellos

Cuajaba copos la espuma,

Y lentamente por ellos

Resbálase la bruma.

Era dulce su mirada,

Dulce, pero a veces triste

Como su voz, que, cansada,

Gemía, cual vieja espada

Que doblan y se resiste. — 49— 

Muy poco a poco subía,

Y a cada su lento paso

La noche más atraía

Con gracia y amor al día

Para abrazarle en ocaso.

Él, amoroso y galán,

Apresura su venir

Cada vez con más afán,

Y así las tardes se van

Acortando sin sentir.

El ave su último vuelo

Tendió, y aquel arroyuelo

Que corría como loco

Allá en mayo, poco a poco

Moja ya su antiguo suelo.

¡Del árbol la pompa verde

Fue! Como su altura pierde,

Finge bajar cual si fuera

A decir que lo recuerde

A la oculta primavera.

En los valles ágil palma

Y fuerte pino en los montes

Duran; con fúnebre calma

Se estrechan los horizontes

En los cielos y en el alma. —50—

Y a tiempo igual, confundidas,

En misteriosas corrientes

Húndense flores y vidas,

Y en los arroyos y fuentes

¡Saltan las hojas caídas!

¿Qué fue la noble ciudad

De tu dicha, de tu amor?

Hoy en triste soledad

Sólo te arrulla el dolor

Con ecos de tempestad.

Fue tu arrojo fuerza vana,

Tu heroísmo vano alarde...

¡Pobre condición humana!

¿Qué rosas verá la tarde

De las que vio la mañana?

Pardos arroyos, inciertos

Cruzan sitios ya desiertos;

En el húmedo remanso

Logran terrible descanso

Los heridos y los muertos.

Yacen rotas las granadas

Entre los muros y esquinas,

Ya sangrientas, ya abrasadas;

Las calles desempedradas

Linderos son de rüinas. — 51—

El humo que asfixia blando

No es de alegre hogar, no sube

En sueltas ondas; formando

Va al subir espesa nube,

Y el fuego la va incendiando.

Bordan rojizos airones

Las casas ennegrecidas;

Los retorcidos balcones

Se cuelgan a los jirones

De las paredes vencidas.

El muro que dura entero

Más feroz venganza pide;

No con grito lastimero;

¡Con mudo y ancho reguero

De sangre que lo divide!

Tras aquel otro partido

Fue dulce hogar: dos amores

En él hicieron su nido...

¡Amor, auroras y flores,

Qué breves habéis lucido!

Hoy en su doblada reja

Grazna fúnebre corneja;

Si toma vuelos, allá

Un jirón de sombra deja

Flotando por donde va. —52—

Arde a veces la metralla

Del francés; la bomba ruge,

Deja el cañón, silba, estalla.

Algún techo tiembla, cruje,

Cruje, después todo calla.

Solamente, repetido

Por confusa vibración,

Suena doliente gemido:

¡La ciudad ha respondido

Con trémula maldición!

Tantos leales amores

Vencidos sin esperanza

De gozar tiempos mejores,

Son ya doliente enseñanza

De lo que duran las flores.

Tanto ilustre monumento

Que el soplo sufrió del viento

Y el paso de las edades,

Hoy es desnudo escarmiento

De lo que son vanidades.

Piedra y amor al fundar

Quimérico poderío,

Son más prontos en mudar

Que las aguas de aquel río

Que los refleja al pasar. —53—

¡Con qué sublime tristeza,

Sin vencimiento ni lucha,

Gerona a morir empieza!

¡Qué sordo rumor se escucha

Por calles y fortaleza!

Al aire veloz tendidas,

La peste batió sus alas,

Y a sus recias sacudidas

Marchitó brillantes galas,

Apagó felices vidas.

El cenagoso pantano

Marca su huella inconstante;

Quien muerto rodó, ya en vano

Querrá sentir una mano

Amiga que lo levante.

Desmayado, tembloroso,

Desplómase el centinela

Desde el alto muro al foso;

¡Sólo así corta su vela!

¡Sólo así busca reposo!

Cruzan corriendo las gentes,

Cruzan por calles y plazas;

Fingen revueltos torrentes;

Rugen con irreverentes

Maldiciones y amenazas. —54—

Ya no ve pasmado el cielo

Corazón que no suspire

Con inacabable anhelo,

Ni aun hermano que no mire

A su hermano con recelo.

Y ¿quién ¡ay! no desconfía,

Si triunfa el delito impune

¿Y es virtud la hipocresía?

¡La necesidad desune

Hasta lo que amor unía!

La inquietud odios enciende;

Sospecha que se desprende

Ni aun deja sentir su roce;

El hambre vil no conoce

Cariños. ¡O compra o vende!

¡Ay de los que el mundo vio

De tales penas testigos!

¡Si el negro instante llegó,

No hay amigos ni enemigos,

Sino felices o no!

Ayer la luz contemplaba

Las brillantes ilusiones

De un honor que despertaba;

Hoy ve las tristes pasiones

¡De una vida que se acaba! — 55—

¡Ay, si el pueblo ruge herido

Y le niegan salvación!

¡Ay, si el hombre ha conocido

Que le roban el latido

Que le da su corazón!

Falsas voces lisonjeras

Calmarán su angustia en vano;

Mueve el odio más quimeras

Que los vientos del verano

Aristas sobre las eras.

Su valor será inclemente.

La astucia será su escudo,

Y su espada rayo ardiente,

Y por el golpe que siente

Volverá golpe más rudo.

El hombre, de flaca arcilla

Y aliento débil formado,

Ni se vence ni se humilla;

¡Aun los pueblos no han mostrado,

Como Cristo, la mejilla!

De las glorias de Satán

Sangrientas glorias surgieron;

¡Así los hijos de Adán

Lentamente pagarán

La culpa de que nacieron! —56—

Entre el escombro y ruina.

La ansiedad que le asesina

Y la traición que le apura,

Álvarez de Castro dura,

Y combate y adivina.

¿Qué fue la noble ciudad

De tu dicha, de tu amor?

Hoy en triste soledad

Sólo te arrulla el dolor

¡Con ecos de tempestad!

El buque así ya perdido

Y en el ancho mar a solas

Arrastra el timón partido,

Mientras le sigue el rugido

¡De los golpes de las olas!

Así la encina eminente

Que sufre tenaz desmayo,

A su viejo tronco siente

Enroscarse la serpiente

¡De escamas de luz del rayo!

En esas noches calladas

Y tristes del largo invierno,

De horror y angustia preñadas

Cuando con murmullo tierno

De sombras ensangrentadas —57—

 De amantes mil sin fortuna

El vago ambiente se puebla;

Cuando la menguante luna

Lágrimas, una por una,

De luz derrama en la niebla,

Entre la ráfaga fría

De rudos vientos veloces,

Una triste voz se oía,

Una voz que parecía

Ser eco de muchas voces.

De cantos de la montaña,

De quejas del valle umbrío,

Del arroyo que lo baña,

Y de todo raudo río

Que cruza suelo de España.

Se anuncia la voz incierta,

Libre después se abandona

Al aire; grita: «¡Despierta!»

Y después dice: «¡Gerona!

¡¡Alerta, Gerona, alerta!!»

Lejos otra voz murmura

Y, envuelta en la que fulgura

Luz el cielo de áureo brillo,

Surge, surge la figura

Del valeroso caudillo. —58—

Desaparece al momento,

Y con vibración que va

Dilatándose en el viento,

Responde sonoro acento:

«¡Hay Gerona! ¡Alerta está!» —59—



  V.


¡Gerona cayó! Los vientos

al verla llorar sollozan;

el Ter arrastra despojos

y armaduras, y a la sombra

de los álamos desliza

sus aguas lentas y rojas.

«¡Pobre Gerona!» parece

que dice voz misteriosa,

y el eco por todas partes

repite: “¡Pobre Gerona!”

Cayó su caudillo; mudas

quedaron sus ansias todas;

ardió la fiebre en sus venas,

se oscureció su memoria,

desmayó su pensamiento,

y su mano temblorosa

soltó la espada... ¿Quién puede

eternizar la victoria? —60—

El viento al pasar empuja,

el rudo cansancio postra;

al fin las almas se rinden

¡y las encinas se doblan!

Sin firme timón, ¿quién guía

la nave sobre las olas?

Cuando el árbol sufre al golpe

del hacha que al fin le corta,

se estremece; cuando rueda

se humillan con él sus hojas.

¡Por eso cayó el caudillo

y con él cayó Gerona!

Allá, sufren los estragos

de la terrible derrota

la doncella sin amores

que desconsolada llora,

el mozo ya sin ventura,

el anciano ya sin gloria,

y la madre ya sin hijos

y sin esperanzas, sola.

Aquí, música resuena,

y alegre tambor redobla,

y mil bayonetas brillan,

y pasan y pasan tropas ...

¡Oh miserias, oh contrastes

de la suerte lastimosa!

¡Ay, corazones de hielo! —61—

¡Ay, corazones de roca!

Si visteis y no llorasteis,

entonces ¿quién os perdona?

El Castillo de Figueras

se levanta sobre rocas;

son las rocas de alto cerro;

Figueras al pie reposa.

El castillo de Figueras

parece trono de sombras;

murallas y balüartes

le tejen gruesa corona;

en los muros hay almenas,

detrás cañones y bombas,

y sobre los altos muros

una bandera española.

Turbias aguas por el foso

corriendo van silenciosas:

¿será que tiemblan, mirando

tanta muerte en tantas formas?

Dentro, salas, calabozos,

corredores y mazmorras

se dividen grande espacio,

aire frío, luz medrosa.

Hondo camino secreto

a las murallas se enrosca.

 Siempre el secreto parece

que está ahogando y nunca ahoga. —62—

Filtrándose por la tierra

del mar las cercanas ondas,

se detienen en lagunas

de trecho en trecho, se enlodan

allí las aguas, la fiebre

viste allí su vaporosa

túnica y hacia el castillo

sube, ¡y al subir azota!

¡Ay del que sintió su mano,

que destruye lo que toca!

¡Ay del que vio sus miradas

entre las nieblas que flotan

como reflejos fugaces

de ensangrentadas auroras!

¿Qué fue del noble caudillo

orgullo de España, y honra?

¡Ay, ojos, mirad, si nieblas

de lágrimas no lo estorban!

En los patios del castillo

bullen extranjeras, tropas;

nuestro pendón en las torres

del castillo no tremola;

las águilas imperiales

clavaron sus garras corvas

en las almenas; al golpe

queja sonó lastimosa

en los aires; tras el muro —63—

sonó carcajada ronca.

En un calabozo triste

de aquella mansión de sombras

Álvarez de Castro yace,

yace más bien que reposa.

Sobre las convulsas manos

la ardiente cabeza apoya;

entre sucia paja el cuerpo

desfallecido acomoda...

¡Ah! ya gime; ya la sangre

subiendo en hinchadas olas,

la noble faz le ilumina,

el franco aliento le ahoga;

ya por los muros pasea

tristes miradas ansiosas,

y al fin reclina la frente

en las manos, y solloza.

Es bien negro calabozo

aquel donde le aprisionan;

por las lóbregas paredes

la humedad las piedras moja,

descendiendo resbalando

poco a poco gruesas gotas;

no la claridad del día

rasga las espesas ondas

del aire; tan solamente —64—

esparcen ráfagas rojas

de luz — sujetas al muro

por tres movibles argollas

de hierro— tres embreadas

—y retorcidas antorchas

que entre caricias de fuego

su cordaje desenrollan.

Junto al lecho del caudillo

no de honor guardia le forman,

sí más bien guardia infamante

dos soldados; altas gorras

de piel ocultan sus frentes;

visten miserables ropas

que polvo, sangre, jirones

de cien batallas destrozan,

y afirman las bayonetas

sobre las oscuras bocas

de sus fusiles...

A veces

al anciano le abandona

la resignación, las penas

vida y aliento le roban,

sueño piadoso le abruma

y los párpados entorna,

y entonces, entonces, clavan

las bayonetas, y cortan

su noble faz...

El anciano —65—

salta como fiera loca

y vuelve a caer... ¡La angustia

le encadena!... Gime. Tornan

el cansancio y el martirio,

y la sed y la ponzoña...

A la mañana siguiente,

cuando la luz de la aurora

con tibios rayos los hierros

de la prisión tornasola,

vio la gente de Figueras

que junto al lecho se agolpa

del viejo mártir, cumplidas

la traición y la deshonra;

Álvarez muerto; sus manos

como en contracción nerviosa;

en su rostro negras manchas,

rojiza espuma en su boca,

y diz que una voz decía,

diz que una voz misteriosa

decía: «¡Traición! ¡Venganza!

¡Venganza! ¡Venganza! ¡Pronta!»

¡Ay! ¡Horror! ¿De quién la mano

fue criminal y alevosa?

¿De quién el vil pensamiento?

¿De quién la astucia traidora?

¡Maldito el infame sea, —66—

y maldita su memoria!

¡Si tierras tienen sus hijos,

espigas les nazcan rojas;

si arroyos frescos las bañan,

sangrientas sus aguas corran;

si sus árboles empiezan

a crecer, ricos en pompa,

crezcan amargos sus frutos,

¡broten marchitas sus hojas!

¡Que la tumba del infame

sobre peñas yazga sola!;

que la vele noche y día

la Calumnia vengadora;

que el tenaz Remordimiento

cubra con nieblas su losa;

¡¡que caiga sobre la frente

del tirano, gota a gota,

la sangre que enrojecía

las murallas de Gerona!!

Nota.

Prólogo del autor.

AL QUE LEA.

No soy aficionado a prólogos, y menos en cosa mía, porque el público debe exigir en ellos algo interesante, y yo no puedo rendirle este tributo. En mi primer libro, al frente de sus páginas, hice imprimir algunos renglones, los indispensables; hoy me veo precisado a añadir algunos más, los indispensables también. Dispénsenme la petulancia, merced a la verdad.

En la horrible confusión de dogmas literarios que hoy nos aturde, asombrado por los rumores inacabables de una continua discusión que nada respeta y a todo se atreve, que derroca ídolos y alza otros nuevos más deleznables aún, víctimas propiciatorias del cambio futuro, ni veo claro — lo confieso — 6— lealmente — ni distingo, con la justa separación que es norte de mis ansias, la luz artificial, pero ostentosa y brillante, de la clara y limpia que debiera inundar, como la del sol los cielos, los espacios del arte.

Así trastornado, conservo un guía, a pesar de todo, un guía que tal vez me salve — ¡Dios lo quiera! — y al que hasta ahora estoy profundamente agradecido: el sentimiento. Después de pensar mucho, pocas veces me atrevo a escribir; el argumento se opone al argumento, la razón a la razón, y sin lograr apoderarme del verdadero y de la exacta, abandono la pluma con tristeza. Después de sentir algo, escribo siempre y enseguida. Quizás esta precipitación engendre errores; quizás mis sentimientos varíen — ¿por qué no? — quizás casi todas las faltas que en la leyenda que hoy ofrezco al público se observen, reconozcan por causa aquella precipitación y aquellos cambios. Cierto; mas yo me imagino que confesando la verdad neta y pura, cumplo con mi obligación primero; me libro de algún ataque después.

Hace algunos meses ya, en julio del año 1883, sentí la leyenda que el lector verá a continuación de estos párrafos. Procuré que la historia y la fantasía no riñeran, antes — 7— bien que se armonizaran sus esfuerzos; deseé que la doble y nobilísima hazaña de la ciudad y del héroe resaltasen con toda su grandeza; anhelé dar a la forma líneas semejantes a las de aquella antigua española con que nuestros grandes poetas cantaron a nuestros grandes caudillos; no sé si conseguí que en medio de esta desesperación que hoy inspira todos los cantos de la musa de Iberia, de este escepticismo desconsolador que todo lo destruye, vibrara en mis estrofas un acento de entusiasmo, de amor sin nieblas, de fe sin dudas, de esperanza sin vacilaciones. Hasta aquí llega, o, mejor dicho, llegó mi deseo.

Tú ahora, lector, dirás si acerté; si erré,— de seguro erré y no poco, — perdóname antes.

Aquí debiera concluir, pero no quiero poner punto final sin hacer franco testimonio de la gratitud que debo al público y a la crítica desde la publicación de mi último libro, último y primero a la vez. Crean los señores D. Manuel Cañete, D. Eduardo Benot, don Luis Alfonso, D. José Navarrete, D. Leopoldo Alas D. José Ortega Munilla, don Manuel Cano y Cueto, D. Rafael Chichón, D. F. Miquel y Badía, D. José Ramón Mélida, crean, en fin, cuantos me hicieron el honor —7—de alentarme con entusiastas e inmerecidos elogios, o de aconsejarme con rectas censuras, que agradecí los unos en todo lo que valen, que no desoí — conste — ninguna de las otras. El tiempo — testigo irrefutable — lo hará ver así. Indulgencia, mucha más que entonces, me atrevo a suplicarles hoy, indulgencia para la debilidad e incertidumbre de pensamiento, los descuidos de la forma y la falta, no sé si constante, de sentimiento verdaderamente humano de que, por ley forzosa, han de adolecer leyendas que, como la de El Defensor de Gerona , tan sólo aspiran a demostrar que un poeta muy español, de muy pocas facultades, pero de mucho entusiasmo, anhela seguir un camino que emprendió sin vanidad, pero con aspiraciones.

El nuevo paso es vacilante, — no se me oculta, — pero si es paso y es muevo, me holgaré muy mucho* de haber conseguido algo de lo que soñé.

Carlos Fernández Shaw.

18 marzo 1884. (Dedicatoria a Manuel Cañete)

 

NOTAS


[1] Dragones: m. Soldado que hacía el servicio alternativamente a pie o a caballo. (RAE, Diccionario de la lengua española).

[2] Toque de generala: f. Mil. Toque de tambor, corneta o clarín para que las fuerzas de una guarnición o campo se pongan sobre las armas. (RAE, Diccionario de la lengua española ).

[3] Barretina : gorro catalán (RAE, Diccionario de la lengua española ).

[4] Celaje: m. Aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues y de varios matices. U. m. en pl. (RAE, Diccionario de la lengua española ).