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El defensor de Gerona

dc.autor.biografiahttp://dbe.rah.es/biografias/9478/carlos-fernandez-shaw
dc.autor.muerte1911
dc.autor.nacimiento1865
dc.contributor.authorFernández Shaw, Carlos
dc.contributor.otherPilar Vega Rodríguez
dc.coverage.temporalSigloSiglo XIX
dc.date.accessioned2025-11-21T09:36:38Z
dc.date.available2025-11-21T09:36:38Z
dc.description.abstractHeroísmo de los defensores de Gerona.
dc.description.leyendasEl defensor de Gerona  I.Descendía el ancho solSu disco inmenso ocultando.Tras las cumbres que bordandoVa con líneas de arrebol,Y allá por los altos montesQue fijan media coronaY que de la gran GeronaLimitan los horizontes,Un hombre triste subíaCon el mismo lento pasoCon que allá, por el ocaso.Menguaba la luz del día.— 12— Allí, no mansos caminos,Sino empinadas veredas,Recortan las arboledasEntre alcornoques y pinosQue al son del viento felicesY al son de corrientes clarasAsoman entre las jarasY las piedras sus raíces.A la sombra de una calleDe álamos, que al recorrerRetrata en su seno, el TerFecunda y refresca el valleY allá, donde tuerce el ríoSu gran corriente sumisa,De Gerona se divisaAgrupado el caseríoBajo sus pies se replieganDesde sus pies se adelantanMontes que más se levantanCuanto más distantes lleganY que su inmortal deseoApenas, tristes, humillanAl mirar cuán altas brillanLas cumbres del Pirineo:—13—Viejo atleta que reposaViendo cómo el sol arrancaDe su cabellera blancaVivos reflejos de rosa.La ciudad por las pendientesSe reclina de los valles;Pintorescas son sus calles,Y del Oña las corrientesLas arrullan y dividen,No con ánimo traidor,Sino con el puro amorDe quien da lo que le piden.El hombre desde su orillave, del hombre muestra rara,que la corriente más claraes, al sol, la que más brilla.Y por los montes aquellos,Que a gigantes se asemejan,Y que en sus cumbres reflejanDel mismo sol los destellos,Cuando su inmenso capuzExtiende la noche oscura,Ve que la mayor alturaGuarda más tiempo la luz. —14—¡Y el alma procura ser,Viendo tan limpio ejemplar,Noble para reflejar,Alta para merecer!No hay risco, cerro ni lomaDe aquella tierra benditaQue no sustente su ermita,Como el nido a la paloma.Tímidas, al homenajeCon que los pueblos respondenA su protección, se escondenTras los velos del ramaje.Encanto muestran divinoY ricas flores lozanas,Y tienen dulces campanasQue llamen al peregrinoQue al caminar sin consueloLas mira sobre la sierraComo al concluir la tierra,¡Como al empezar el cielo!El aire de nubes rojasPoblaba el sol; indecisaVagaba la tenue brisaAcariciando las hojas, — 15—Y con sus no comprendidosY trémulos cantos süaves,Parecía que las avesDe hablaban desde sus nidos.Sin levantar la mirada,El solitario viajeroSeguía por el senderoDe los montes su jornada.Curtida tiene su faz,Y bien su aspecto demuestraQue no fue su noble diestraCortesana de la paz.Sombras de ocultos pesaresIntentan nublar su tristeY pálido rostro; visteCon usanzas militares.Un rojo fajín severoA la cintura arrolladoLleva; del siniestro ladoPende el vigilante acero,Que libertad solicita,Y, prendas de sus acciones,Rozan algunos jironesLos pliegues de su levita. —16—Siempre triste y adelanteSube y sube, y a pesarDe no querer aliviarSu cansancio ni un instante,Tras la misteriosa calmaDe su rostro, se veíaQue a cada instante debíaIrse quejando su alma.Pisó las cumbres, y yaViendo al valle se paró.¿Qué busca? ¿Quién le llamó?¿Por qué gime? ¿Quién será?En horas bien tristes era;El suelo español temblabaY, tímida, retardabaSus flores la primavera.Temblaba y temblaba en vano,Oprimido bajo el yugoNo del hacha del verdugo,Sí del cetro del tirano.Baja llanura le vioSurgir de la muchedumbre,Y a poco sobre la cumbreDel mundo se coronó. —17—Grande impulso dióle el Sena,Amor su pueblo infeliz,Nombre campos de Austerlitz,Orgullo sombras de Jena.Al tronar de sus cañonesQue impetüosos rodaronSobre sus tumbas, se alzaronLos dormidos Faraones.Vencida gimió la Prusia,Y, sobre su capa leve,Sintió sus pasos la nieveDe las estepas de Rusia.Esclavo de su deseo,Vio con implacable sañaDesde su abrupta montañaDescender el Pirineo;Y miró que el valle tieneVida, amores, juventud,Y bajó... Suelto el alud,¿Quién su carrera detiene?¿Ni límites quién pondríaAl mar que en las rocas ruge,Ni al desordenado empujeDe aquella gran tiranía? — 18— Las gentes sacrificadasSírvenle de altura luego,Se alumbra con el fuegoDe ciudades incendiadas.Y prendidas a su vesteDe armiño, que a trozos cuelga,Marchan las furias, la huelga,El exterminio y la peste.Ardiendo en amor, la gloriaEn sus brazos se adormía,Y bajo sus pies rugíaDomeñada la victoria.Y tanto y tanto cundióSu grito de sierra en sierra,Que estremecióse la tierraY hasta la mar, que escuchó,Allá en sus fondos salados,Los tristes ayes sombríosCon que a sus ondas los ríosRodaban ensangrentados.¡Cuáles de venganza sonLos momentos! Dios colocaJunto a los mares la roca,Frente al león, el león. —19—Detrás de aquellas montañas,Linde a sus furias, inerme,Febril y en cadenas, duermeEl león de las Españas.Mas no le ultrajen dormido,Ni intenten ganar sus penas...¡Ay, si rompió sus cadenas!¡Ay, si lanzó su rugido!¡Y al fin se escuchó! TambiénSaben luchar los amores.¡No crecen tan solo flores,Tiranos, en nuestro Edén!Por la mancillada sierra,De cada profundo huecoSalió para España un eco,Un eco gritando: «¡Guerra!»Duero, Betis, Guadiana,Dijeron del insensatoLas perfidias, y a rebatoSonó, sonó la campana.¡A sus roncos llamamientosLa turba inundó las calles,Poblaron montes y vallesGuerrillas y campamentos! —20—¡A los gritos de venganzaFe la hirviente muchedumbreEl fusil perdió su aherrumbre,El puño cobró su lanza,El mozo los tiempos idos,Y el pobre viejo buscóSu espada y enderezó¡¡Los miembros entumecidos!!¿Quién armó tantos furores?¿Quién lloró tantos pesares?¿Quién yermó tantos hogares?¿Quién por tan vivos doloresTrueca tantos regocijos?¿Quién conmueve la montaña?¡España! ¡La madre EspañaQue ve morir a sus hijos!¿Qué fue del ardiente rayoQue rompe, tala, destrozaDelante de ZaragozaY el pueblo del Dos de mayo?A su rápida carreraAbre Bailén triste fin;Laureles de MedellínMurieron en Talavera. —21—Mas tan heroico ardimiento¿Qué vale, si la fortunaTiene, copiando a la luna,Fases y color sangriento?Huellan los torpes caudillosEl trono de San Fernando,Sus leones amarrandoA los pies de sus castillos;La ambición nos hace presa,La derrota desmayar,¡Y la Virgen del PilarTuvo que gemir francesa!Triunfante y audaz y ufana,Desde sus muros pregonaSus libertades GeronaPor la tierra catalana,Y espera al francés temidoComo el gladiador romano,Con el acero en la manoDesnudo y apercibido.Alzados entre, la breña,Sus muros y balüartesY torres contra las artesDel procaz tirano enseña. —22—Allí tiene sus derechos,Tras el cañón sus metrallas,Y tras sus fuertes murallasMás fuertes muros de pechos¿Qué súbita voz resuena?¿Qué sorprendente sonidoDeja al viento suspendidoY los claros aires llena?«Gerona, si al monte subes.No con el débil te iguales.¡Las águilas imperialesTe acechan desde las nubes!»Cruzan por tus horizontes,Con largo vuelo tendido...¡No las dejes hacer nido!Ni en tus valles, ni en tus montes.»Tu heroica, tu inmensa calma¿Por qué, por qué no se agita?¡Tu gran cuerpo necesita,Gerona infeliz, un alma!»¡La que fue del orbe espantoLa que supo dominarEn San Quintín, y a la parEn las olas de Lepanto! — 23— »¡La de España! Si en la míaLa pudiese recoger,¡Con qué supremo placerEntera te la daría!»¡Voy a tí! ¿No me conoces?¡Quiero verte, ser tu hijoY sucumbir!» Así dijoCon altas y roncas vocesEl misterioso viajero,Desde las cumbres bajandoHacia los valles, y alzandoEn su diestra el limpio acero.¡No en vano de amar blasona;Sus palabras cumplirá;El mártir será; seráEl defensor de Gerona! —24—  II.Bordaba con flores mayolas quiebras y los senderosde las altivas montañasque son de Gerona cerco,cuando al compás de los sonesde trompeta y parche huecoque en las grutas despertabana los dormidos acentosy asustaban a las avessu cantar interrumpiendo,cien nutridos escuadronesllegar y pararse vieron,ostentando en sus banderaslas águilas del Imperio.Eran allí los valientes,los veteranos soberbiosque las campiñas de Italiamiraron cruzar, al fuegode sus hogares vencidos, —25—la cruz sobre el fuerte pecho,caladas las bayonetasy caminando entre muertos.Eran allí los dragones [1]invencibles y ligeros,que, al cargar, con el rüidodel anticipado trueno,rayos tras rayos despiden,filas tras filas rompiendo.Como al desbordarse el ríocon las lluvias del invierno,encharca los pedregales,borra los firmes linderos,ya inunda las arboledas,ya corre turbio y sereno,siempre en sus aguas quebrandodel sol triunfantes reflejos,así las felices tropasque en torrente ya deshechorompen, huellan y mancillansacros lares, nobles huertos,ya en las cuestas aparecenque el valle forma risueño,ya en los riscos de los montes,ya en las cimas de los cerros,siempre ante la luz brillandosus invencibles aceros,sus bayonetas agudas,sus deslumbrantes arreos. —26—Y cual las perdidas avesbuscan sus nidos, y el vueloya detienen, ya apresuran,y, separadas, al verlosse juntan bajo los mismosárboles del bosque espeso,así las miradas todasde los ansiosos guerrerosbuscan el valle que bañanOña y Ter, siempre corriendo,y tras sus flotantes nieblaslas cúpulas, torres, techosde las casas de Gerona,que se extienden a lo lejos.Cuando el sol las abrillantalas miran cual copos sueltosde nieve; cuando la nocheextiende su manto inmenso,y es todo sombras la tierray el aire todo silencio,a los rayos de las lucesque, alumbrándolas por dentro,por las abiertas ventanasvierten sus vivos reflejos,fingen vigilantes ojos¡que están sus perfidias viendo! —27—Entre sus murallas zumbanlos huracanados vientos,que allí la discordia quiereentronizar sus deseos.«¡Allí!»— desde el monte, diceel veterano al mancebo,señalando las murallasde Gerona con el dedo, —«¡las rojas piedras hundidas,vencedores, hollaremos!»El General, indomable«¡Allí!» — se dice, resueltoa la victoria y alzandoel curioso catalejo;y por las filas francesastristes y ahogados acentos,que parece que a Geronavan corriendo, van corriendo.«¡Allí Gerona!» — murmuran;y al sonar sus hondos ecos,terribles voces resuenanpor el largo campamento;cada machete en la bocadel fusil busca su puesto,y los cañones, que enseñanal valle sus fondos negros,mirando a Gerona, escuchancrujir sus ruedas al peso —28—de la metralla, que vienea habitarlos, ¡breve tiempo!No desfallece Geronasierva de pálido miedo,ni de las hazañas duda,ni teme por los tormentos;que la defienden sus hijos,y sabe que vuelven elloscon el laurel en la manoo con la muerte en el pecho,mas nunca vencidos, nuncani amedrentados ni siervos.En sus torres, sombreandode la almena el pico estrecho;en sus torres, frente a frenteal campo del extranjero,de España el pendón gloriosoflota libre al vago viento,que, ya lo despliega, el astacontra el muro sacudiendo,ya lo acaricia con levesy rápidos movimientos.Eran de ver por las calleshervir las olas del pueblo,que ansía de las batallas —29—los inflamados momentos;banderas, lanzas, fusilesse agitan con sordo estruendo,voces de «¡venganza!» suenan,responden roncos lamentos,y se respira en los airesel impetüoso fuegode las pasiones, que avivala inquietud del loco incendio.Eran de ver por las nocheslos hogares, cuando el sueñodescendía lentamentepor los espacios desiertos;las madres lloran; suspiranlas doncellas en silencio;padres y hermanos escuchanla firme voz del abuelo,que en el sillón de baquetaacomoda el débil cuerpo.¡Cuántas veces, recordandolo que vale el noble esfuerzo,sobre el sillón se levanta:«¡Escuchad, hijos!» diciendo.«¡Pronto llegarán las horasdel combate, y ¡ay! si os veotemblar; con mis propias manosos ahogaré contra el suelo; —30—¡que si mis hijos temblasenya no son mis hijos esos!¡Y yo serviré! Si apenasandar ni aun moverme puedo,cuando el cañón enemigodestroce los muros nuestros,llevadme sobre los muros,ponedme llenando el hueco;¡por allí la primer bombano entrará; dará en mi pecho!»¿Quién podrá rendirse mudoa tan viril ardimiento,ni desfallecer cobarde,si aquel rico mar inquietoes tan solo de los rayosde un gran sol, feliz espejo?Álvarez de Castro velapor la ciudad y por ellos;anima al débil, maldiceal vil, engrandece al bueno.Si su voz escuchan todos,álzanse con más enteropundonor; así la encina,después que la azota el viento,afirma su tronco, muevesus ramas con más imperio.Si de los campos vecinos —31—llegan torpes mensajerosde infame paz, metrallazosles harán recibimiento.Tienen los que luchen, todosen la muralla su puesto;para los que tiemblen, abresus fosas el cementerio.Días y días pasarony el día llegó funesto;por los aires encendidosvibraron curvas de fuego;enloqueció la discordia,y habló con lengua de hierro;muros y torres temblaron,muros y torres cayeron.¡Ah! cada estampido enciendemás odios, cada momentomira más héroes; los vivosresurgen de entre los muertos,y los contemplan, y exclamancon furor: «¡Os vengaremos!»Y se acerca silenciosoel instante más horrendo,el instante de la luchafrente a frente, cuerpo a cuerpo...¿Quién tan glorioso entusiasmocantará con digno acento? —32—¡Rayos de aquellas batallas,inflamad mi amor eterno!¡Dios, que inspiraste a Gerona,inspira mis pobres versos!! —33— III.Las águilas imperialesanidaron por los cortesdel cerro que sosteníade Monjuich las viejas torres.Por sus rüinas sangrientasrodaron fuertes cañones;la chispa vibró en sus senos,y las granadas velocesen los muros de Geronarasgaron brechas enormes.¡Ay del indómito orgulloque fronteras desconoce,y alegres vidas apagay libres derechos rompe!Su espada segó los campos,su fuego incendió los bosques.Rugidos sólo se escuchan;¡rugidos son de leones! —34—Una tarde calurosa,cuando entre ardientes vaporesel rojo sol descendíaa incendiar el horizonte,tendieron por las alturassus filas diez batallones,del hinchado parche huecoa los confusos redobles.Riza el aire las banderas,y roncas y ahogadas vocesy rechinar de cartuchosy crujir de aceros oye.Las cercanas bateríastiemblan bajo el seco golpedel cañón, que rudas manosentre piedras firmes ponen;la boca de la troneraimprovisada le acoge,y a sus pies bombas se apilanen descompuestos montones...¿Quién no ve bullicio tantosin horror? ¿Quién no conoceque espantosas desventurassu preñado seno esconde?Gritos fugaces corrieronde fila en fila, y entoncesrugió fatal estampido — 35— en las cumbres de los montes,y las columnas bajaronal valle cual negras molesdesprendidas; no sonabanni cornetas ni tambores;sólo se oían los pasosrepetidos y uniformes,y el chocar de los fusilesde los soldados que corren,¡y el silbar de las granadasdespedidas por los bronces!En cuatro revueltos ríosel gran torrente partióse;los oficiales cruzabancon sus potros al galope,del general que los guíacomunicando las órdenes;una voz terrible dijo:«¡Ya!»; largos ecos feroces«¡Ya!» contestaron. Subieronlas columnas por los bordesy pendientes de las cuestasque el muro a sus pies recoge,y banderas, y fusiles,y ostentosos morriones,y charreteras brillantesen fragoroso desorden,fingieron rápida sierpe —36—que por las brechas hundióse...¡Así también, por sus grutas,la cálida tierra sorbelas aguas del fresco arroyoque al ir entrando se encoge.Eran las fugaces horasen que, tras largos informesy repetidas arengasy consultadas razones,Álvarez de Castro duermeen brazos del sueño torpeque sus anhelos aplacay sus sentidos absorbe,para velar por las horastraicioneras de la noche.Luchar el francés presumesin que su arrojo le dome.¡Ilusión! ¿Quizás ignoraque en hidalgos corazonesel rencor de la sorpresarecrudece furias dobles?Desde las rotas garitasde los viejos murallonesllega, volando, a Geronavoz de futuros dolores.“¡Vienen!” dijo el centinela —37—que el alto muro recorre;«¡Vienen!» dijo por las calles,de su potro al largo trote,fuerte mancebo que agitaroto, pesado mandoble;« ¡Vienen!!» gritaron las turbas,«¡¡¡Vienen!!! ¡A las brechas!» Toquesde generala [2] vibraronen los aires; en las torresde las iglesias plañíanlas campanas; sus acordeslentos y graves, lo mismosonaban que maldiciones!No del trabajo se oíanlos mil alegres rumores;no en los molinos las piedrasrechinaban; no veloceslas ruedas en los tallerescrujían... ¡Rápido bote,buen tiro, gran cuchilladaeran cuidados mayores!Abrían sus anchas puertaslos conventos; rudos golpesno se escuchaban, ni el largorumor de las oraciones.Los roncos gritos del mundozumban por sus techos pobres,sus no profanadas celdas —38—sienten pasos de varones,y donde el ruego se oíase oyó la amenaza, y dondela dulce voz de los cielosla airada voz de los hombres.«¡Destrozadlos!» se escuchabagritar desde los balcones,mientras el pueblo corríapor las calles, dando voces."¡Adiós! ¡Mi bien!" grita un mozaa la flor de sus amores,al verla, cuando al encuentrode los enemigos corre.Ella le para y le dicecon labios trémulos: «¡Oye!Si por la espalda te hieren,no maldigas, ni solloces,ni me busques. ¡Yo no quieroni cobardes ni traidores!»Él con tristeza la mira,y, sin hablar, le respondeabrazándola... Sin duda,¡¡se hablaron sus corazones!!Por entre las rotas brechasse hundían los sacerdotes,alzando los crucifijospara salvar pecadores... —39—Allá cruza, mientras cargael fusil, que mueve torpe,un viejo, que apenas puedesostener el paso indócil.Aplastada barretina [3]cubre su cabeza; sobresu cuerpo flaco se ajustaun ropón hecho jirones.Más lejos, sin que sus pasossuenen, tal vez sin que rocenel suelo, cruza, ganosoya de venganzas, un joven.Contra los guijarros pruebade su espada el fino corte,y en una mano la empuñay ágil lanza en otra coge.La brisa fugaz repitegemidos y maldiciones;la luz del cielo se parteen vivo mar de colores,y el rayo del sol parece— que dora tantos cañonesy telas tantas alumbray en armas tales se rompe —que en la tierra van brotandoreflejos de ocultos soles.Reinó espantoso silencio —40—en las brechas, y escuchósedespués feroz estampidoque el eco rasgó en los montes.Horroroso fue el asalto,veloz y tremendo el choque;espadas buscan espadas;cuerpos a cuerpos se oponen;no hay manos que no se agiten,ni sables que no destrocen,ni pechos que no se muestren,ni hazañas que no se logren.Al estruendo parecíaque se desplomaba el orbeen anchos, hirvientes mares,cuyas olas y rumoresya crecían, ya menguabancon sordas palpitaciones.A veces tristes sollozosel aire veloz acoge;a veces largos rugidosde fieras, que no de hombres.Salta la sangre, corriendoconfundida a borbotones,las ruinosas piedras tiñe,y si el suelo no la sorbe,al valle bajando, quemaverdes hojas, tiernos brotes. —41—En las tinieblas del humo,que en ondas vaga deformes,encienden los fogonazosfugitivos resplandores.¡Ríe la pálida Muerteoyendo sonar su azote,y el vil incendio que subede los fosos a las torressu inflamada cabelleraen rayos mil descompone!Las furias y el entusiasmodisfrazan viejos rencores.En alas de la tormentase agrupan los nubarrones;más volarán cuando el vientomás veloz y fuerte sople.Se baten los gerundensestan bravos como leones;¿qué será cuando el empujedel caudillo los arrollecontra el francés, como el vientoa las hojas de los bosques?¿Quién desfallece si escuchasu voz, su fama, su nombre?¡Él llega! Sus vivos ojoslanzan rápidos fulgores;su espada vibra en su diestra —42—a quien por firme conoce;sangre va pisando, sangremancha su roto uniforme.Todas las brechas le vieronpasar; en todas batióse.¡Un relámpago pareceque lo anima! ¿Lucha? ¡Rompemás que treinta con su esfuerzo,con su espada más que doce!¿Habla? Su voz, que resuenamás firme que el eco dócilque el acero bien templadologra del herido bronce,rasga los aires diciendo:«¡Ay si cejan mis pendones!¡Confiad como cristianos!¡Pelead como españoles!En las brechas le recibencon frenéticos trasportesde alegría, como a padrehidalgo, valiente, noble.como fuego que pasay llueve chispas veloces,por todas partes le siguen¡ruidosas aclamaciones!La lucha se recrudece,y aumentan los rudos choques; —43—no hay manos que no se agiten,ni sables que no destrocen,ni pechos que no se muestren,¡ni hazañas que no se logren!¡Gerona venció! Rendidoslos franceses batallonesse desbandaron. La tierracon sus muertos alfombróse.¡Cuán decididos bajaron!¡Cuán tristes van por los montes!No es tanto su desconsuelocomo fue su orgullo entonces.Es hembra la suerte; gozajugando con ilusiones.Ya el sol su frente reclinaen el seno de la noche;rojizas franjas de nubesflotan por el horizonte;del Ter en las negras aguasvierten sangrientos fulgores;el Ter parece que llora,y al mar, que lo aguarda, corre.¡Ay del indómito orgulloque fronteras desconoce,y alegres vidas apaga —44—y libres derechos rompe!¡Ay, cuando lleguen las horasque al hondo abismo le arrojen!¡Ay, cuando poder y triunfosy majestad le abandonen!Ni una flor habrá en su tumbaque aridez en galas torne...¡Es mal abono la sangrepara que nazcan las flores! —45— IV.Ya no retumba el cañónDel monte por la aspereza;Hiere muda la traición;Muda y audaz; el leónRuge al menos con nobleza;Su brusco ataque se siente;Mas cuán sigilosamenteRueda el reptil por el llano;Qué silencioso el pantanoVa corrompiendo el ambiente.El gran genio de la guerraQue allá, en la vecina sierra.Yace rendido a los piesDel orgulloso francés,Dominador de la tierra, —46—Sintiendo rota su espadaY partida su armadura,Con triste voz desmayadaPide a la noche calladaConsuelo a su desventura.Ceñidas por los ropajesDe sueltos manchados trajes,Dos figuras aparecen,Que se destacan y crecenSobre los turbios celajes. [4]Con flaca mano movíaCorrientes de llamas una;Su mirada relucíaComo en la mar negra y fríaUn solo rayo de luna.Un largo reptil serenoLe abría la boca innoble;Derramaba su veneno;Mas él, en su propio seno,Herida lograba doble.Otra los ojos hundidosTenía, seca la frente,Y los labios contraídosEstaban eternamenteComo lanzando quejidos. —47—Al aire que pasa flotaDeshecho su oscuro manto,Con él sus carnes azota,Por sus mejillas el llantoVa cayendo gota a gota.Se alzaron por lontananza;La Guerra, con regocijo,Vio nacer a su esperanza.«¡Me buscan! ¡sí! ¡la VenganzaY la Miseria!» se dijo.«¡Mi furia ya no perdona!»Monte a monte, cerro a cerro,Se estrechó la fuerte zona,Hasta que se vio GeronaEn un anillo de hierro.En vez de fuertes soldadosHerían viles traiciones,Y en la montaña, callados,De veían los cañones,¡Quién sabe si avergonzados!Mas ¡ay! ni por la montaña,Ni por el valle que el ríoCon sus frescas ondas baña,Ni por el bosque sombrío¡Llega ni una voz de España! —48—¡Por eso, cuando con iraZumba en Gerona el cañónParece que España miraQue tan solo allí respira¡Y late su corazón!Al cielo robó el estíoSus cálidas luces rojas,Y por la margen del ríoLlegó el otoño sombríoCon manto de sueltas hojas;Tan veloces al rodarY tan mustias, que al venirSus contornos a plegar,Unas parecen gemir,Otras parecen llorar.Blanca, más que fina plumaDe cisne, por sus cabellosCuajaba copos la espuma,Y lentamente por ellosResbálase la bruma.Era dulce su mirada,Dulce, pero a veces tristeComo su voz, que, cansada,Gemía, cual vieja espadaQue doblan y se resiste. — 49— Muy poco a poco subía,Y a cada su lento pasoLa noche más atraíaCon gracia y amor al díaPara abrazarle en ocaso.Él, amoroso y galán,Apresura su venirCada vez con más afán,Y así las tardes se vanAcortando sin sentir.El ave su último vueloTendió, y aquel arroyueloQue corría como locoAllá en mayo, poco a pocoMoja ya su antiguo suelo.¡Del árbol la pompa verdeFue! Como su altura pierde,Finge bajar cual si fueraA decir que lo recuerdeA la oculta primavera.En los valles ágil palmaY fuerte pino en los montesDuran; con fúnebre calmaSe estrechan los horizontesEn los cielos y en el alma. —50—Y a tiempo igual, confundidas,En misteriosas corrientesHúndense flores y vidas,Y en los arroyos y fuentes¡Saltan las hojas caídas!¿Qué fue la noble ciudadDe tu dicha, de tu amor?Hoy en triste soledadSólo te arrulla el dolorCon ecos de tempestad.Fue tu arrojo fuerza vana,Tu heroísmo vano alarde...¡Pobre condición humana!¿Qué rosas verá la tardeDe las que vio la mañana?Pardos arroyos, inciertosCruzan sitios ya desiertos;En el húmedo remansoLogran terrible descansoLos heridos y los muertos.Yacen rotas las granadasEntre los muros y esquinas,Ya sangrientas, ya abrasadas;Las calles desempedradasLinderos son de rüinas. — 51—El humo que asfixia blandoNo es de alegre hogar, no subeEn sueltas ondas; formandoVa al subir espesa nube,Y el fuego la va incendiando.Bordan rojizos aironesLas casas ennegrecidas;Los retorcidos balconesSe cuelgan a los jironesDe las paredes vencidas.El muro que dura enteroMás feroz venganza pide;No con grito lastimero;¡Con mudo y ancho regueroDe sangre que lo divide!Tras aquel otro partidoFue dulce hogar: dos amoresEn él hicieron su nido...¡Amor, auroras y flores,Qué breves habéis lucido!Hoy en su doblada rejaGrazna fúnebre corneja;Si toma vuelos, alláUn jirón de sombra dejaFlotando por donde va. —52—Arde a veces la metrallaDel francés; la bomba ruge,Deja el cañón, silba, estalla.Algún techo tiembla, cruje,Cruje, después todo calla.Solamente, repetidoPor confusa vibración,Suena doliente gemido:¡La ciudad ha respondidoCon trémula maldición!Tantos leales amoresVencidos sin esperanzaDe gozar tiempos mejores,Son ya doliente enseñanzaDe lo que duran las flores.Tanto ilustre monumentoQue el soplo sufrió del vientoY el paso de las edades,Hoy es desnudo escarmientoDe lo que son vanidades.Piedra y amor al fundarQuimérico poderío,Son más prontos en mudarQue las aguas de aquel ríoQue los refleja al pasar. —53—¡Con qué sublime tristeza,Sin vencimiento ni lucha,Gerona a morir empieza!¡Qué sordo rumor se escuchaPor calles y fortaleza!Al aire veloz tendidas,La peste batió sus alas,Y a sus recias sacudidasMarchitó brillantes galas,Apagó felices vidas.El cenagoso pantanoMarca su huella inconstante;Quien muerto rodó, ya en vanoQuerrá sentir una manoAmiga que lo levante.Desmayado, tembloroso,Desplómase el centinelaDesde el alto muro al foso;¡Sólo así corta su vela!¡Sólo así busca reposo!Cruzan corriendo las gentes,Cruzan por calles y plazas;Fingen revueltos torrentes;Rugen con irreverentesMaldiciones y amenazas. —54—Ya no ve pasmado el cieloCorazón que no suspireCon inacabable anhelo,Ni aun hermano que no mireA su hermano con recelo.Y ¿quién ¡ay! no desconfía,Si triunfa el delito impune¿Y es virtud la hipocresía?¡La necesidad desuneHasta lo que amor unía!La inquietud odios enciende;Sospecha que se desprendeNi aun deja sentir su roce;El hambre vil no conoceCariños. ¡O compra o vende!¡Ay de los que el mundo vioDe tales penas testigos!¡Si el negro instante llegó,No hay amigos ni enemigos,Sino felices o no!Ayer la luz contemplabaLas brillantes ilusionesDe un honor que despertaba;Hoy ve las tristes pasiones¡De una vida que se acaba! — 55—¡Ay, si el pueblo ruge heridoY le niegan salvación!¡Ay, si el hombre ha conocidoQue le roban el latidoQue le da su corazón!Falsas voces lisonjerasCalmarán su angustia en vano;Mueve el odio más quimerasQue los vientos del veranoAristas sobre las eras.Su valor será inclemente.La astucia será su escudo,Y su espada rayo ardiente,Y por el golpe que sienteVolverá golpe más rudo.El hombre, de flaca arcillaY aliento débil formado,Ni se vence ni se humilla;¡Aun los pueblos no han mostrado,Como Cristo, la mejilla!De las glorias de SatánSangrientas glorias surgieron;¡Así los hijos de AdánLentamente pagaránLa culpa de que nacieron! —56—Entre el escombro y ruina.La ansiedad que le asesinaY la traición que le apura,Álvarez de Castro dura,Y combate y adivina.¿Qué fue la noble ciudadDe tu dicha, de tu amor?Hoy en triste soledadSólo te arrulla el dolor¡Con ecos de tempestad!El buque así ya perdidoY en el ancho mar a solasArrastra el timón partido,Mientras le sigue el rugido¡De los golpes de las olas!Así la encina eminenteQue sufre tenaz desmayo,A su viejo tronco sienteEnroscarse la serpiente¡De escamas de luz del rayo!En esas noches calladasY tristes del largo invierno,De horror y angustia preñadasCuando con murmullo tiernoDe sombras ensangrentadas —57— De amantes mil sin fortunaEl vago ambiente se puebla;Cuando la menguante lunaLágrimas, una por una,De luz derrama en la niebla,Entre la ráfaga fríaDe rudos vientos veloces,Una triste voz se oía,Una voz que parecíaSer eco de muchas voces.De cantos de la montaña,De quejas del valle umbrío,Del arroyo que lo baña,Y de todo raudo ríoQue cruza suelo de España.Se anuncia la voz incierta,Libre después se abandonaAl aire; grita: «¡Despierta!»Y después dice: «¡Gerona!¡¡Alerta, Gerona, alerta!!»Lejos otra voz murmuraY, envuelta en la que fulguraLuz el cielo de áureo brillo,Surge, surge la figuraDel valeroso caudillo. —58—Desaparece al momento,Y con vibración que vaDilatándose en el viento,Responde sonoro acento:«¡Hay Gerona! ¡Alerta está!» —59—  V.¡Gerona cayó! Los vientosal verla llorar sollozan;el Ter arrastra despojosy armaduras, y a la sombrade los álamos deslizasus aguas lentas y rojas.«¡Pobre Gerona!» pareceque dice voz misteriosa,y el eco por todas partesrepite: “¡Pobre Gerona!”Cayó su caudillo; mudasquedaron sus ansias todas;ardió la fiebre en sus venas,se oscureció su memoria,desmayó su pensamiento,y su mano temblorosasoltó la espada... ¿Quién puedeeternizar la victoria? —60—El viento al pasar empuja,el rudo cansancio postra;al fin las almas se rinden¡y las encinas se doblan!Sin firme timón, ¿quién guíala nave sobre las olas?Cuando el árbol sufre al golpedel hacha que al fin le corta,se estremece; cuando ruedase humillan con él sus hojas.¡Por eso cayó el caudilloy con él cayó Gerona!Allá, sufren los estragosde la terrible derrotala doncella sin amoresque desconsolada llora,el mozo ya sin ventura,el anciano ya sin gloria,y la madre ya sin hijosy sin esperanzas, sola.Aquí, música resuena,y alegre tambor redobla,y mil bayonetas brillan,y pasan y pasan tropas ...¡Oh miserias, oh contrastesde la suerte lastimosa!¡Ay, corazones de hielo! —61—¡Ay, corazones de roca!Si visteis y no llorasteis,entonces ¿quién os perdona?El Castillo de Figuerasse levanta sobre rocas;son las rocas de alto cerro;Figueras al pie reposa.El castillo de Figuerasparece trono de sombras;murallas y balüartesle tejen gruesa corona;en los muros hay almenas,detrás cañones y bombas,y sobre los altos murosuna bandera española.Turbias aguas por el fosocorriendo van silenciosas:¿será que tiemblan, mirandotanta muerte en tantas formas?Dentro, salas, calabozos,corredores y mazmorrasse dividen grande espacio,aire frío, luz medrosa.Hondo camino secretoa las murallas se enrosca. Siempre el secreto pareceque está ahogando y nunca ahoga. —62—Filtrándose por la tierradel mar las cercanas ondas,se detienen en lagunasde trecho en trecho, se enlodanallí las aguas, la fiebreviste allí su vaporosatúnica y hacia el castillosube, ¡y al subir azota!¡Ay del que sintió su mano,que destruye lo que toca!¡Ay del que vio sus miradasentre las nieblas que flotancomo reflejos fugacesde ensangrentadas auroras!¿Qué fue del noble caudilloorgullo de España, y honra?¡Ay, ojos, mirad, si nieblasde lágrimas no lo estorban!En los patios del castillobullen extranjeras, tropas;nuestro pendón en las torresdel castillo no tremola;las águilas imperialesclavaron sus garras corvasen las almenas; al golpequeja sonó lastimosaen los aires; tras el muro —63—sonó carcajada ronca.En un calabozo tristede aquella mansión de sombrasÁlvarez de Castro yace,yace más bien que reposa.Sobre las convulsas manosla ardiente cabeza apoya;entre sucia paja el cuerpodesfallecido acomoda...¡Ah! ya gime; ya la sangresubiendo en hinchadas olas,la noble faz le ilumina,el franco aliento le ahoga;ya por los muros paseatristes miradas ansiosas,y al fin reclina la frenteen las manos, y solloza.Es bien negro calabozoaquel donde le aprisionan;por las lóbregas paredesla humedad las piedras moja,descendiendo resbalandopoco a poco gruesas gotas;no la claridad del díarasga las espesas ondasdel aire; tan solamente —64—esparcen ráfagas rojasde luz — sujetas al muropor tres movibles argollasde hierro— tres embreadas—y retorcidas antorchasque entre caricias de fuegosu cordaje desenrollan.Junto al lecho del caudillono de honor guardia le forman,sí más bien guardia infamantedos soldados; altas gorrasde piel ocultan sus frentes;visten miserables ropasque polvo, sangre, jironesde cien batallas destrozan,y afirman las bayonetassobre las oscuras bocasde sus fusiles...A vecesal anciano le abandonala resignación, las penasvida y aliento le roban,sueño piadoso le abrumay los párpados entorna,y entonces, entonces, clavanlas bayonetas, y cortansu noble faz...El anciano —65—salta como fiera locay vuelve a caer... ¡La angustiale encadena!... Gime. Tornanel cansancio y el martirio,y la sed y la ponzoña...A la mañana siguiente,cuando la luz de la auroracon tibios rayos los hierrosde la prisión tornasola,vio la gente de Figuerasque junto al lecho se agolpadel viejo mártir, cumplidasla traición y la deshonra;Álvarez muerto; sus manoscomo en contracción nerviosa;en su rostro negras manchas,rojiza espuma en su boca,y diz que una voz decía,diz que una voz misteriosadecía: «¡Traición! ¡Venganza!¡Venganza! ¡Venganza! ¡Pronta!»¡Ay! ¡Horror! ¿De quién la manofue criminal y alevosa?¿De quién el vil pensamiento?¿De quién la astucia traidora?¡Maldito el infame sea, —66—y maldita su memoria!¡Si tierras tienen sus hijos,espigas les nazcan rojas;si arroyos frescos las bañan,sangrientas sus aguas corran;si sus árboles empiezana crecer, ricos en pompa,crezcan amargos sus frutos,¡broten marchitas sus hojas!¡Que la tumba del infamesobre peñas yazga sola!;que la vele noche y díala Calumnia vengadora;que el tenaz Remordimientocubra con nieblas su losa;¡¡que caiga sobre la frentedel tirano, gota a gota,la sangre que enrojecíalas murallas de Gerona!!Nota.Prólogo del autor.AL QUE LEA.No soy aficionado a prólogos, y menos en cosa mía, porque el público debe exigir en ellos algo interesante, y yo no puedo rendirle este tributo. En mi primer libro, al frente de sus páginas, hice imprimir algunos renglones, los indispensables; hoy me veo precisado a añadir algunos más, los indispensables también. Dispénsenme la petulancia, merced a la verdad.En la horrible confusión de dogmas literarios que hoy nos aturde, asombrado por los rumores inacabables de una continua discusión que nada respeta y a todo se atreve, que derroca ídolos y alza otros nuevos más deleznables aún, víctimas propiciatorias del cambio futuro, ni veo claro — lo confieso — 6— lealmente — ni distingo, con la justa separación que es norte de mis ansias, la luz artificial, pero ostentosa y brillante, de la clara y limpia que debiera inundar, como la del sol los cielos, los espacios del arte.Así trastornado, conservo un guía, a pesar de todo, un guía que tal vez me salve — ¡Dios lo quiera! — y al que hasta ahora estoy profundamente agradecido: el sentimiento. Después de pensar mucho, pocas veces me atrevo a escribir; el argumento se opone al argumento, la razón a la razón, y sin lograr apoderarme del verdadero y de la exacta, abandono la pluma con tristeza. Después de sentir algo, escribo siempre y enseguida. Quizás esta precipitación engendre errores; quizás mis sentimientos varíen — ¿por qué no? — quizás casi todas las faltas que en la leyenda que hoy ofrezco al público se observen, reconozcan por causa aquella precipitación y aquellos cambios. Cierto; mas yo me imagino que confesando la verdad neta y pura, cumplo con mi obligación primero; me libro de algún ataque después.Hace algunos meses ya, en julio del año 1883, sentí la leyenda que el lector verá a continuación de estos párrafos. Procuré que la historia y la fantasía no riñeran, antes — 7— bien que se armonizaran sus esfuerzos; deseé que la doble y nobilísima hazaña de la ciudad y del héroe resaltasen con toda su grandeza; anhelé dar a la forma líneas semejantes a las de aquella antigua española con que nuestros grandes poetas cantaron a nuestros grandes caudillos; no sé si conseguí que en medio de esta desesperación que hoy inspira todos los cantos de la musa de Iberia, de este escepticismo desconsolador que todo lo destruye, vibrara en mis estrofas un acento de entusiasmo, de amor sin nieblas, de fe sin dudas, de esperanza sin vacilaciones. Hasta aquí llega, o, mejor dicho, llegó mi deseo.Tú ahora, lector, dirás si acerté; si erré,— de seguro erré y no poco, — perdóname antes.Aquí debiera concluir, pero no quiero poner punto final sin hacer franco testimonio de la gratitud que debo al público y a la crítica desde la publicación de mi último libro, último y primero a la vez. Crean los señores D. Manuel Cañete, D. Eduardo Benot, don Luis Alfonso, D. José Navarrete, D. Leopoldo Alas D. José Ortega Munilla, don Manuel Cano y Cueto, D. Rafael Chichón, D. F. Miquel y Badía, D. José Ramón Mélida, crean, en fin, cuantos me hicieron el honor —7—de alentarme con entusiastas e inmerecidos elogios, o de aconsejarme con rectas censuras, que agradecí los unos en todo lo que valen, que no desoí — conste — ninguna de las otras. El tiempo — testigo irrefutable — lo hará ver así. Indulgencia, mucha más que entonces, me atrevo a suplicarles hoy, indulgencia para la debilidad e incertidumbre de pensamiento, los descuidos de la forma y la falta, no sé si constante, de sentimiento verdaderamente humano de que, por ley forzosa, han de adolecer leyendas que, como la de El Defensor de Gerona , tan sólo aspiran a demostrar que un poeta muy español, de muy pocas facultades, pero de mucho entusiasmo, anhela seguir un camino que emprendió sin vanidad, pero con aspiraciones.El nuevo paso es vacilante, — no se me oculta, — pero si es paso y es muevo, me holgaré muy mucho* de haber conseguido algo de lo que soñé.Carlos Fernández Shaw.18 marzo 1884. (Dedicatoria a Manuel Cañete) NOTAS[1] Dragones: m. Soldado que hacía el servicio alternativamente a pie o a caballo. (RAE, Diccionario de la lengua española).[2] Toque de generala: f. Mil. Toque de tambor, corneta o clarín para que las fuerzas de una guarnición o campo se pongan sobre las armas. (RAE, Diccionario de la lengua española ).[3] Barretina : gorro catalán (RAE, Diccionario de la lengua española ).[4] Celaje: m. Aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues y de varios matices. U. m. en pl. (RAE, Diccionario de la lengua española ).El defensor de Gerona  I.Descendía el ancho solSu disco inmenso ocultando.Tras las cumbres que bordandoVa con líneas de arrebol,Y allá por los altos montesQue fijan media coronaY que de la gran GeronaLimitan los horizontes,Un hombre triste subíaCon el mismo lento pasoCon que allá, por el ocaso.Menguaba la luz del día.— 12— Allí, no mansos caminos,Sino empinadas veredas,Recortan las arboledasEntre alcornoques y pinosQue al son del viento felicesY al son de corrientes clarasAsoman entre las jarasY las piedras sus raíces.A la sombra de una calleDe álamos, que al recorrerRetrata en su seno, el TerFecunda y refresca el valleY allá, donde tuerce el ríoSu gran corriente sumisa,De Gerona se divisaAgrupado el caseríoBajo sus pies se replieganDesde sus pies se adelantanMontes que más se levantanCuanto más distantes lleganY que su inmortal deseoApenas, tristes, humillanAl mirar cuán altas brillanLas cumbres del Pirineo:—13—Viejo atleta que reposaViendo cómo el sol arrancaDe su cabellera blancaVivos reflejos de rosa.La ciudad por las pendientesSe reclina de los valles;Pintorescas son sus calles,Y del Oña las corrientesLas arrullan y dividen,No con ánimo traidor,Sino con el puro amorDe quien da lo que le piden.El hombre desde su orillave, del hombre muestra rara,que la corriente más claraes, al sol, la que más brilla.Y por los montes aquellos,Que a gigantes se asemejan,Y que en sus cumbres reflejanDel mismo sol los destellos,Cuando su inmenso capuzExtiende la noche oscura,Ve que la mayor alturaGuarda más tiempo la luz. —14—¡Y el alma procura ser,Viendo tan limpio ejemplar,Noble para reflejar,Alta para merecer!No hay risco, cerro ni lomaDe aquella tierra benditaQue no sustente su ermita,Como el nido a la paloma.Tímidas, al homenajeCon que los pueblos respondenA su protección, se escondenTras los velos del ramaje.Encanto muestran divinoY ricas flores lozanas,Y tienen dulces campanasQue llamen al peregrinoQue al caminar sin consueloLas mira sobre la sierraComo al concluir la tierra,¡Como al empezar el cielo!El aire de nubes rojasPoblaba el sol; indecisaVagaba la tenue brisaAcariciando las hojas, — 15—Y con sus no comprendidosY trémulos cantos süaves,Parecía que las avesDe hablaban desde sus nidos.Sin levantar la mirada,El solitario viajeroSeguía por el senderoDe los montes su jornada.Curtida tiene su faz,Y bien su aspecto demuestraQue no fue su noble diestraCortesana de la paz.Sombras de ocultos pesaresIntentan nublar su tristeY pálido rostro; visteCon usanzas militares.Un rojo fajín severoA la cintura arrolladoLleva; del siniestro ladoPende el vigilante acero,Que libertad solicita,Y, prendas de sus acciones,Rozan algunos jironesLos pliegues de su levita. —16—Siempre triste y adelanteSube y sube, y a pesarDe no querer aliviarSu cansancio ni un instante,Tras la misteriosa calmaDe su rostro, se veíaQue a cada instante debíaIrse quejando su alma.Pisó las cumbres, y yaViendo al valle se paró.¿Qué busca? ¿Quién le llamó?¿Por qué gime? ¿Quién será?En horas bien tristes era;El suelo español temblabaY, tímida, retardabaSus flores la primavera.Temblaba y temblaba en vano,Oprimido bajo el yugoNo del hacha del verdugo,Sí del cetro del tirano.Baja llanura le vioSurgir de la muchedumbre,Y a poco sobre la cumbreDel mundo se coronó. —17—Grande impulso dióle el Sena,Amor su pueblo infeliz,Nombre campos de Austerlitz,Orgullo sombras de Jena.Al tronar de sus cañonesQue impetüosos rodaronSobre sus tumbas, se alzaronLos dormidos Faraones.Vencida gimió la Prusia,Y, sobre su capa leve,Sintió sus pasos la nieveDe las estepas de Rusia.Esclavo de su deseo,Vio con implacable sañaDesde su abrupta montañaDescender el Pirineo;Y miró que el valle tieneVida, amores, juventud,Y bajó... Suelto el alud,¿Quién su carrera detiene?¿Ni límites quién pondríaAl mar que en las rocas ruge,Ni al desordenado empujeDe aquella gran tiranía? — 18— Las gentes sacrificadasSírvenle de altura luego,Se alumbra con el fuegoDe ciudades incendiadas.Y prendidas a su vesteDe armiño, que a trozos cuelga,Marchan las furias, la huelga,El exterminio y la peste.Ardiendo en amor, la gloriaEn sus brazos se adormía,Y bajo sus pies rugíaDomeñada la victoria.Y tanto y tanto cundióSu grito de sierra en sierra,Que estremecióse la tierraY hasta la mar, que escuchó,Allá en sus fondos salados,Los tristes ayes sombríosCon que a sus ondas los ríosRodaban ensangrentados.¡Cuáles de venganza sonLos momentos! Dios colocaJunto a los mares la roca,Frente al león, el león. —19—Detrás de aquellas montañas,Linde a sus furias, inerme,Febril y en cadenas, duermeEl león de las Españas.Mas no le ultrajen dormido,Ni intenten ganar sus penas...¡Ay, si rompió sus cadenas!¡Ay, si lanzó su rugido!¡Y al fin se escuchó! TambiénSaben luchar los amores.¡No crecen tan solo flores,Tiranos, en nuestro Edén!Por la mancillada sierra,De cada profundo huecoSalió para España un eco,Un eco gritando: «¡Guerra!»Duero, Betis, Guadiana,Dijeron del insensatoLas perfidias, y a rebatoSonó, sonó la campana.¡A sus roncos llamamientosLa turba inundó las calles,Poblaron montes y vallesGuerrillas y campamentos! —20—¡A los gritos de venganzaFe la hirviente muchedumbreEl fusil perdió su aherrumbre,El puño cobró su lanza,El mozo los tiempos idos,Y el pobre viejo buscóSu espada y enderezó¡¡Los miembros entumecidos!!¿Quién armó tantos furores?¿Quién lloró tantos pesares?¿Quién yermó tantos hogares?¿Quién por tan vivos doloresTrueca tantos regocijos?¿Quién conmueve la montaña?¡España! ¡La madre EspañaQue ve morir a sus hijos!¿Qué fue del ardiente rayoQue rompe, tala, destrozaDelante de ZaragozaY el pueblo del Dos de mayo?A su rápida carreraAbre Bailén triste fin;Laureles de MedellínMurieron en Talavera. —21—Mas tan heroico ardimiento¿Qué vale, si la fortunaTiene, copiando a la luna,Fases y color sangriento?Huellan los torpes caudillosEl trono de San Fernando,Sus leones amarrandoA los pies de sus castillos;La ambición nos hace presa,La derrota desmayar,¡Y la Virgen del PilarTuvo que gemir francesa!Triunfante y audaz y ufana,Desde sus muros pregonaSus libertades GeronaPor la tierra catalana,Y espera al francés temidoComo el gladiador romano,Con el acero en la manoDesnudo y apercibido.Alzados entre, la breña,Sus muros y balüartesY torres contra las artesDel procaz tirano enseña. —22—Allí tiene sus derechos,Tras el cañón sus metrallas,Y tras sus fuertes murallasMás fuertes muros de pechos¿Qué súbita voz resuena?¿Qué sorprendente sonidoDeja al viento suspendidoY los claros aires llena?«Gerona, si al monte subes.No con el débil te iguales.¡Las águilas imperialesTe acechan desde las nubes!»Cruzan por tus horizontes,Con largo vuelo tendido...¡No las dejes hacer nido!Ni en tus valles, ni en tus montes.»Tu heroica, tu inmensa calma¿Por qué, por qué no se agita?¡Tu gran cuerpo necesita,Gerona infeliz, un alma!»¡La que fue del orbe espantoLa que supo dominarEn San Quintín, y a la parEn las olas de Lepanto! — 23— »¡La de España! Si en la míaLa pudiese recoger,¡Con qué supremo placerEntera te la daría!»¡Voy a tí! ¿No me conoces?¡Quiero verte, ser tu hijoY sucumbir!» Así dijoCon altas y roncas vocesEl misterioso viajero,Desde las cumbres bajandoHacia los valles, y alzandoEn su diestra el limpio acero.¡No en vano de amar blasona;Sus palabras cumplirá;El mártir será; seráEl defensor de Gerona! —24—  II.Bordaba con flores mayolas quiebras y los senderosde las altivas montañasque son de Gerona cerco,cuando al compás de los sonesde trompeta y parche huecoque en las grutas despertabana los dormidos acentosy asustaban a las avessu cantar interrumpiendo,cien nutridos escuadronesllegar y pararse vieron,ostentando en sus banderaslas águilas del Imperio.Eran allí los valientes,los veteranos soberbiosque las campiñas de Italiamiraron cruzar, al fuegode sus hogares vencidos, —25—la cruz sobre el fuerte pecho,caladas las bayonetasy caminando entre muertos.Eran allí los dragones [1]invencibles y ligeros,que, al cargar, con el rüidodel anticipado trueno,rayos tras rayos despiden,filas tras filas rompiendo.Como al desbordarse el ríocon las lluvias del invierno,encharca los pedregales,borra los firmes linderos,ya inunda las arboledas,ya corre turbio y sereno,siempre en sus aguas quebrandodel sol triunfantes reflejos,así las felices tropasque en torrente ya deshechorompen, huellan y mancillansacros lares, nobles huertos,ya en las cuestas aparecenque el valle forma risueño,ya en los riscos de los montes,ya en las cimas de los cerros,siempre ante la luz brillandosus invencibles aceros,sus bayonetas agudas,sus deslumbrantes arreos. —26—Y cual las perdidas avesbuscan sus nidos, y el vueloya detienen, ya apresuran,y, separadas, al verlosse juntan bajo los mismosárboles del bosque espeso,así las miradas todasde los ansiosos guerrerosbuscan el valle que bañanOña y Ter, siempre corriendo,y tras sus flotantes nieblaslas cúpulas, torres, techosde las casas de Gerona,que se extienden a lo lejos.Cuando el sol las abrillantalas miran cual copos sueltosde nieve; cuando la nocheextiende su manto inmenso,y es todo sombras la tierray el aire todo silencio,a los rayos de las lucesque, alumbrándolas por dentro,por las abiertas ventanasvierten sus vivos reflejos,fingen vigilantes ojos¡que están sus perfidias viendo! —27—Entre sus murallas zumbanlos huracanados vientos,que allí la discordia quiereentronizar sus deseos.«¡Allí!»— desde el monte, diceel veterano al mancebo,señalando las murallasde Gerona con el dedo, —«¡las rojas piedras hundidas,vencedores, hollaremos!»El General, indomable«¡Allí!» — se dice, resueltoa la victoria y alzandoel curioso catalejo;y por las filas francesastristes y ahogados acentos,que parece que a Geronavan corriendo, van corriendo.«¡Allí Gerona!» — murmuran;y al sonar sus hondos ecos,terribles voces resuenanpor el largo campamento;cada machete en la bocadel fusil busca su puesto,y los cañones, que enseñanal valle sus fondos negros,mirando a Gerona, escuchancrujir sus ruedas al peso —28—de la metralla, que vienea habitarlos, ¡breve tiempo!No desfallece Geronasierva de pálido miedo,ni de las hazañas duda,ni teme por los tormentos;que la defienden sus hijos,y sabe que vuelven elloscon el laurel en la manoo con la muerte en el pecho,mas nunca vencidos, nuncani amedrentados ni siervos.En sus torres, sombreandode la almena el pico estrecho;en sus torres, frente a frenteal campo del extranjero,de España el pendón gloriosoflota libre al vago viento,que, ya lo despliega, el astacontra el muro sacudiendo,ya lo acaricia con levesy rápidos movimientos.Eran de ver por las calleshervir las olas del pueblo,que ansía de las batallas —29—los inflamados momentos;banderas, lanzas, fusilesse agitan con sordo estruendo,voces de «¡venganza!» suenan,responden roncos lamentos,y se respira en los airesel impetüoso fuegode las pasiones, que avivala inquietud del loco incendio.Eran de ver por las nocheslos hogares, cuando el sueñodescendía lentamentepor los espacios desiertos;las madres lloran; suspiranlas doncellas en silencio;padres y hermanos escuchanla firme voz del abuelo,que en el sillón de baquetaacomoda el débil cuerpo.¡Cuántas veces, recordandolo que vale el noble esfuerzo,sobre el sillón se levanta:«¡Escuchad, hijos!» diciendo.«¡Pronto llegarán las horasdel combate, y ¡ay! si os veotemblar; con mis propias manosos ahogaré contra el suelo; —30—¡que si mis hijos temblasenya no son mis hijos esos!¡Y yo serviré! Si apenasandar ni aun moverme puedo,cuando el cañón enemigodestroce los muros nuestros,llevadme sobre los muros,ponedme llenando el hueco;¡por allí la primer bombano entrará; dará en mi pecho!»¿Quién podrá rendirse mudoa tan viril ardimiento,ni desfallecer cobarde,si aquel rico mar inquietoes tan solo de los rayosde un gran sol, feliz espejo?Álvarez de Castro velapor la ciudad y por ellos;anima al débil, maldiceal vil, engrandece al bueno.Si su voz escuchan todos,álzanse con más enteropundonor; así la encina,después que la azota el viento,afirma su tronco, muevesus ramas con más imperio.Si de los campos vecinos —31—llegan torpes mensajerosde infame paz, metrallazosles harán recibimiento.Tienen los que luchen, todosen la muralla su puesto;para los que tiemblen, abresus fosas el cementerio.Días y días pasarony el día llegó funesto;por los aires encendidosvibraron curvas de fuego;enloqueció la discordia,y habló con lengua de hierro;muros y torres temblaron,muros y torres cayeron.¡Ah! cada estampido enciendemás odios, cada momentomira más héroes; los vivosresurgen de entre los muertos,y los contemplan, y exclamancon furor: «¡Os vengaremos!»Y se acerca silenciosoel instante más horrendo,el instante de la luchafrente a frente, cuerpo a cuerpo...¿Quién tan glorioso entusiasmocantará con digno acento? —32—¡Rayos de aquellas batallas,inflamad mi amor eterno!¡Dios, que inspiraste a Gerona,inspira mis pobres versos!! —33— III.Las águilas imperialesanidaron por los cortesdel cerro que sosteníade Monjuich las viejas torres.Por sus rüinas sangrientasrodaron fuertes cañones;la chispa vibró en sus senos,y las granadas velocesen los muros de Geronarasgaron brechas enormes.¡Ay del indómito orgulloque fronteras desconoce,y alegres vidas apagay libres derechos rompe!Su espada segó los campos,su fuego incendió los bosques.Rugidos sólo se escuchan;¡rugidos son de leones! —34—Una tarde calurosa,cuando entre ardientes vaporesel rojo sol descendíaa incendiar el horizonte,tendieron por las alturassus filas diez batallones,del hinchado parche huecoa los confusos redobles.Riza el aire las banderas,y roncas y ahogadas vocesy rechinar de cartuchosy crujir de aceros oye.Las cercanas bateríastiemblan bajo el seco golpedel cañón, que rudas manosentre piedras firmes ponen;la boca de la troneraimprovisada le acoge,y a sus pies bombas se apilanen descompuestos montones...¿Quién no ve bullicio tantosin horror? ¿Quién no conoceque espantosas desventurassu preñado seno esconde?Gritos fugaces corrieronde fila en fila, y entoncesrugió fatal estampido — 35— en las cumbres de los montes,y las columnas bajaronal valle cual negras molesdesprendidas; no sonabanni cornetas ni tambores;sólo se oían los pasosrepetidos y uniformes,y el chocar de los fusilesde los soldados que corren,¡y el silbar de las granadasdespedidas por los bronces!En cuatro revueltos ríosel gran torrente partióse;los oficiales cruzabancon sus potros al galope,del general que los guíacomunicando las órdenes;una voz terrible dijo:«¡Ya!»; largos ecos feroces«¡Ya!» contestaron. Subieronlas columnas por los bordesy pendientes de las cuestasque el muro a sus pies recoge,y banderas, y fusiles,y ostentosos morriones,y charreteras brillantesen fragoroso desorden,fingieron rápida sierpe —36—que por las brechas hundióse...¡Así también, por sus grutas,la cálida tierra sorbelas aguas del fresco arroyoque al ir entrando se encoge.Eran las fugaces horasen que, tras largos informesy repetidas arengasy consultadas razones,Álvarez de Castro duermeen brazos del sueño torpeque sus anhelos aplacay sus sentidos absorbe,para velar por las horastraicioneras de la noche.Luchar el francés presumesin que su arrojo le dome.¡Ilusión! ¿Quizás ignoraque en hidalgos corazonesel rencor de la sorpresarecrudece furias dobles?Desde las rotas garitasde los viejos murallonesllega, volando, a Geronavoz de futuros dolores.“¡Vienen!” dijo el centinela —37—que el alto muro recorre;«¡Vienen!» dijo por las calles,de su potro al largo trote,fuerte mancebo que agitaroto, pesado mandoble;« ¡Vienen!!» gritaron las turbas,«¡¡¡Vienen!!! ¡A las brechas!» Toquesde generala [2] vibraronen los aires; en las torresde las iglesias plañíanlas campanas; sus acordeslentos y graves, lo mismosonaban que maldiciones!No del trabajo se oíanlos mil alegres rumores;no en los molinos las piedrasrechinaban; no veloceslas ruedas en los tallerescrujían... ¡Rápido bote,buen tiro, gran cuchilladaeran cuidados mayores!Abrían sus anchas puertaslos conventos; rudos golpesno se escuchaban, ni el largorumor de las oraciones.Los roncos gritos del mundozumban por sus techos pobres,sus no profanadas celdas —38—sienten pasos de varones,y donde el ruego se oíase oyó la amenaza, y dondela dulce voz de los cielosla airada voz de los hombres.«¡Destrozadlos!» se escuchabagritar desde los balcones,mientras el pueblo corríapor las calles, dando voces."¡Adiós! ¡Mi bien!" grita un mozaa la flor de sus amores,al verla, cuando al encuentrode los enemigos corre.Ella le para y le dicecon labios trémulos: «¡Oye!Si por la espalda te hieren,no maldigas, ni solloces,ni me busques. ¡Yo no quieroni cobardes ni traidores!»Él con tristeza la mira,y, sin hablar, le respondeabrazándola... Sin duda,¡¡se hablaron sus corazones!!Por entre las rotas brechasse hundían los sacerdotes,alzando los crucifijospara salvar pecadores... —39—Allá cruza, mientras cargael fusil, que mueve torpe,un viejo, que apenas puedesostener el paso indócil.Aplastada barretina [3]cubre su cabeza; sobresu cuerpo flaco se ajustaun ropón hecho jirones.Más lejos, sin que sus pasossuenen, tal vez sin que rocenel suelo, cruza, ganosoya de venganzas, un joven.Contra los guijarros pruebade su espada el fino corte,y en una mano la empuñay ágil lanza en otra coge.La brisa fugaz repitegemidos y maldiciones;la luz del cielo se parteen vivo mar de colores,y el rayo del sol parece— que dora tantos cañonesy telas tantas alumbray en armas tales se rompe —que en la tierra van brotandoreflejos de ocultos soles.Reinó espantoso silencio —40—en las brechas, y escuchósedespués feroz estampidoque el eco rasgó en los montes.Horroroso fue el asalto,veloz y tremendo el choque;espadas buscan espadas;cuerpos a cuerpos se oponen;no hay manos que no se agiten,ni sables que no destrocen,ni pechos que no se muestren,ni hazañas que no se logren.Al estruendo parecíaque se desplomaba el orbeen anchos, hirvientes mares,cuyas olas y rumoresya crecían, ya menguabancon sordas palpitaciones.A veces tristes sollozosel aire veloz acoge;a veces largos rugidosde fieras, que no de hombres.Salta la sangre, corriendoconfundida a borbotones,las ruinosas piedras tiñe,y si el suelo no la sorbe,al valle bajando, quemaverdes hojas, tiernos brotes. —41—En las tinieblas del humo,que en ondas vaga deformes,encienden los fogonazosfugitivos resplandores.¡Ríe la pálida Muerteoyendo sonar su azote,y el vil incendio que subede los fosos a las torressu inflamada cabelleraen rayos mil descompone!Las furias y el entusiasmodisfrazan viejos rencores.En alas de la tormentase agrupan los nubarrones;más volarán cuando el vientomás veloz y fuerte sople.Se baten los gerundensestan bravos como leones;¿qué será cuando el empujedel caudillo los arrollecontra el francés, como el vientoa las hojas de los bosques?¿Quién desfallece si escuchasu voz, su fama, su nombre?¡Él llega! Sus vivos ojoslanzan rápidos fulgores;su espada vibra en su diestra —42—a quien por firme conoce;sangre va pisando, sangremancha su roto uniforme.Todas las brechas le vieronpasar; en todas batióse.¡Un relámpago pareceque lo anima! ¿Lucha? ¡Rompemás que treinta con su esfuerzo,con su espada más que doce!¿Habla? Su voz, que resuenamás firme que el eco dócilque el acero bien templadologra del herido bronce,rasga los aires diciendo:«¡Ay si cejan mis pendones!¡Confiad como cristianos!¡Pelead como españoles!En las brechas le recibencon frenéticos trasportesde alegría, como a padrehidalgo, valiente, noble.como fuego que pasay llueve chispas veloces,por todas partes le siguen¡ruidosas aclamaciones!La lucha se recrudece,y aumentan los rudos choques; —43—no hay manos que no se agiten,ni sables que no destrocen,ni pechos que no se muestren,¡ni hazañas que no se logren!¡Gerona venció! Rendidoslos franceses batallonesse desbandaron. La tierracon sus muertos alfombróse.¡Cuán decididos bajaron!¡Cuán tristes van por los montes!No es tanto su desconsuelocomo fue su orgullo entonces.Es hembra la suerte; gozajugando con ilusiones.Ya el sol su frente reclinaen el seno de la noche;rojizas franjas de nubesflotan por el horizonte;del Ter en las negras aguasvierten sangrientos fulgores;el Ter parece que llora,y al mar, que lo aguarda, corre.¡Ay del indómito orgulloque fronteras desconoce,y alegres vidas apaga —44—y libres derechos rompe!¡Ay, cuando lleguen las horasque al hondo abismo le arrojen!¡Ay, cuando poder y triunfosy majestad le abandonen!Ni una flor habrá en su tumbaque aridez en galas torne...¡Es mal abono la sangrepara que nazcan las flores! —45— IV.Ya no retumba el cañónDel monte por la aspereza;Hiere muda la traición;Muda y audaz; el leónRuge al menos con nobleza;Su brusco ataque se siente;Mas cuán sigilosamenteRueda el reptil por el llano;Qué silencioso el pantanoVa corrompiendo el ambiente.El gran genio de la guerraQue allá, en la vecina sierra.Yace rendido a los piesDel orgulloso francés,Dominador de la tierra, —46—Sintiendo rota su espadaY partida su armadura,Con triste voz desmayadaPide a la noche calladaConsuelo a su desventura.Ceñidas por los ropajesDe sueltos manchados trajes,Dos figuras aparecen,Que se destacan y crecenSobre los turbios celajes. [4]Con flaca mano movíaCorrientes de llamas una;Su mirada relucíaComo en la mar negra y fríaUn solo rayo de luna.Un largo reptil serenoLe abría la boca innoble;Derramaba su veneno;Mas él, en su propio seno,Herida lograba doble.Otra los ojos hundidosTenía, seca la frente,Y los labios contraídosEstaban eternamenteComo lanzando quejidos. —47—Al aire que pasa flotaDeshecho su oscuro manto,Con él sus carnes azota,Por sus mejillas el llantoVa cayendo gota a gota.Se alzaron por lontananza;La Guerra, con regocijo,Vio nacer a su esperanza.«¡Me buscan! ¡sí! ¡la VenganzaY la Miseria!» se dijo.«¡Mi furia ya no perdona!»Monte a monte, cerro a cerro,Se estrechó la fuerte zona,Hasta que se vio GeronaEn un anillo de hierro.En vez de fuertes soldadosHerían viles traiciones,Y en la montaña, callados,De veían los cañones,¡Quién sabe si avergonzados!Mas ¡ay! ni por la montaña,Ni por el valle que el ríoCon sus frescas ondas baña,Ni por el bosque sombrío¡Llega ni una voz de España! —48—¡Por eso, cuando con iraZumba en Gerona el cañónParece que España miraQue tan solo allí respira¡Y late su corazón!Al cielo robó el estíoSus cálidas luces rojas,Y por la margen del ríoLlegó el otoño sombríoCon manto de sueltas hojas;Tan veloces al rodarY tan mustias, que al venirSus contornos a plegar,Unas parecen gemir,Otras parecen llorar.Blanca, más que fina plumaDe cisne, por sus cabellosCuajaba copos la espuma,Y lentamente por ellosResbálase la bruma.Era dulce su mirada,Dulce, pero a veces tristeComo su voz, que, cansada,Gemía, cual vieja espadaQue doblan y se resiste. — 49— Muy poco a poco subía,Y a cada su lento pasoLa noche más atraíaCon gracia y amor al díaPara abrazarle en ocaso.Él, amoroso y galán,Apresura su venirCada vez con más afán,Y así las tardes se vanAcortando sin sentir.El ave su último vueloTendió, y aquel arroyueloQue corría como locoAllá en mayo, poco a pocoMoja ya su antiguo suelo.¡Del árbol la pompa verdeFue! Como su altura pierde,Finge bajar cual si fueraA decir que lo recuerdeA la oculta primavera.En los valles ágil palmaY fuerte pino en los montesDuran; con fúnebre calmaSe estrechan los horizontesEn los cielos y en el alma. —50—Y a tiempo igual, confundidas,En misteriosas corrientesHúndense flores y vidas,Y en los arroyos y fuentes¡Saltan las hojas caídas!¿Qué fue la noble ciudadDe tu dicha, de tu amor?Hoy en triste soledadSólo te arrulla el dolorCon ecos de tempestad.Fue tu arrojo fuerza vana,Tu heroísmo vano alarde...¡Pobre condición humana!¿Qué rosas verá la tardeDe las que vio la mañana?Pardos arroyos, inciertosCruzan sitios ya desiertos;En el húmedo remansoLogran terrible descansoLos heridos y los muertos.Yacen rotas las granadasEntre los muros y esquinas,Ya sangrientas, ya abrasadas;Las calles desempedradasLinderos son de rüinas. — 51—El humo que asfixia blandoNo es de alegre hogar, no subeEn sueltas ondas; formandoVa al subir espesa nube,Y el fuego la va incendiando.Bordan rojizos aironesLas casas ennegrecidas;Los retorcidos balconesSe cuelgan a los jironesDe las paredes vencidas.El muro que dura enteroMás feroz venganza pide;No con grito lastimero;¡Con mudo y ancho regueroDe sangre que lo divide!Tras aquel otro partidoFue dulce hogar: dos amoresEn él hicieron su nido...¡Amor, auroras y flores,Qué breves habéis lucido!Hoy en su doblada rejaGrazna fúnebre corneja;Si toma vuelos, alláUn jirón de sombra dejaFlotando por donde va. —52—Arde a veces la metrallaDel francés; la bomba ruge,Deja el cañón, silba, estalla.Algún techo tiembla, cruje,Cruje, después todo calla.Solamente, repetidoPor confusa vibración,Suena doliente gemido:¡La ciudad ha respondidoCon trémula maldición!Tantos leales amoresVencidos sin esperanzaDe gozar tiempos mejores,Son ya doliente enseñanzaDe lo que duran las flores.Tanto ilustre monumentoQue el soplo sufrió del vientoY el paso de las edades,Hoy es desnudo escarmientoDe lo que son vanidades.Piedra y amor al fundarQuimérico poderío,Son más prontos en mudarQue las aguas de aquel ríoQue los refleja al pasar. —53—¡Con qué sublime tristeza,Sin vencimiento ni lucha,Gerona a morir empieza!¡Qué sordo rumor se escuchaPor calles y fortaleza!Al aire veloz tendidas,La peste batió sus alas,Y a sus recias sacudidasMarchitó brillantes galas,Apagó felices vidas.El cenagoso pantanoMarca su huella inconstante;Quien muerto rodó, ya en vanoQuerrá sentir una manoAmiga que lo levante.Desmayado, tembloroso,Desplómase el centinelaDesde el alto muro al foso;¡Sólo así corta su vela!¡Sólo así busca reposo!Cruzan corriendo las gentes,Cruzan por calles y plazas;Fingen revueltos torrentes;Rugen con irreverentesMaldiciones y amenazas. —54—Ya no ve pasmado el cieloCorazón que no suspireCon inacabable anhelo,Ni aun hermano que no mireA su hermano con recelo.Y ¿quién ¡ay! no desconfía,Si triunfa el delito impune¿Y es virtud la hipocresía?¡La necesidad desuneHasta lo que amor unía!La inquietud odios enciende;Sospecha que se desprendeNi aun deja sentir su roce;El hambre vil no conoceCariños. ¡O compra o vende!¡Ay de los que el mundo vioDe tales penas testigos!¡Si el negro instante llegó,No hay amigos ni enemigos,Sino felices o no!Ayer la luz contemplabaLas brillantes ilusionesDe un honor que despertaba;Hoy ve las tristes pasiones¡De una vida que se acaba! — 55—¡Ay, si el pueblo ruge heridoY le niegan salvación!¡Ay, si el hombre ha conocidoQue le roban el latidoQue le da su corazón!Falsas voces lisonjerasCalmarán su angustia en vano;Mueve el odio más quimerasQue los vientos del veranoAristas sobre las eras.Su valor será inclemente.La astucia será su escudo,Y su espada rayo ardiente,Y por el golpe que sienteVolverá golpe más rudo.El hombre, de flaca arcillaY aliento débil formado,Ni se vence ni se humilla;¡Aun los pueblos no han mostrado,Como Cristo, la mejilla!De las glorias de SatánSangrientas glorias surgieron;¡Así los hijos de AdánLentamente pagaránLa culpa de que nacieron! —56—Entre el escombro y ruina.La ansiedad que le asesinaY la traición que le apura,Álvarez de Castro dura,Y combate y adivina.¿Qué fue la noble ciudadDe tu dicha, de tu amor?Hoy en triste soledadSólo te arrulla el dolor¡Con ecos de tempestad!El buque así ya perdidoY en el ancho mar a solasArrastra el timón partido,Mientras le sigue el rugido¡De los golpes de las olas!Así la encina eminenteQue sufre tenaz desmayo,A su viejo tronco sienteEnroscarse la serpiente¡De escamas de luz del rayo!En esas noches calladasY tristes del largo invierno,De horror y angustia preñadasCuando con murmullo tiernoDe sombras ensangrentadas —57— De amantes mil sin fortunaEl vago ambiente se puebla;Cuando la menguante lunaLágrimas, una por una,De luz derrama en la niebla,Entre la ráfaga fríaDe rudos vientos veloces,Una triste voz se oía,Una voz que parecíaSer eco de muchas voces.De cantos de la montaña,De quejas del valle umbrío,Del arroyo que lo baña,Y de todo raudo ríoQue cruza suelo de España.Se anuncia la voz incierta,Libre después se abandonaAl aire; grita: «¡Despierta!»Y después dice: «¡Gerona!¡¡Alerta, Gerona, alerta!!»Lejos otra voz murmuraY, envuelta en la que fulguraLuz el cielo de áureo brillo,Surge, surge la figuraDel valeroso caudillo. —58—Desaparece al momento,Y con vibración que vaDilatándose en el viento,Responde sonoro acento:«¡Hay Gerona! ¡Alerta está!» —59—  V.¡Gerona cayó! Los vientosal verla llorar sollozan;el Ter arrastra despojosy armaduras, y a la sombrade los álamos deslizasus aguas lentas y rojas.«¡Pobre Gerona!» pareceque dice voz misteriosa,y el eco por todas partesrepite: “¡Pobre Gerona!”Cayó su caudillo; mudasquedaron sus ansias todas;ardió la fiebre en sus venas,se oscureció su memoria,desmayó su pensamiento,y su mano temblorosasoltó la espada... ¿Quién puedeeternizar la victoria? —60—El viento al pasar empuja,el rudo cansancio postra;al fin las almas se rinden¡y las encinas se doblan!Sin firme timón, ¿quién guíala nave sobre las olas?Cuando el árbol sufre al golpedel hacha que al fin le corta,se estremece; cuando ruedase humillan con él sus hojas.¡Por eso cayó el caudilloy con él cayó Gerona!Allá, sufren los estragosde la terrible derrotala doncella sin amoresque desconsolada llora,el mozo ya sin ventura,el anciano ya sin gloria,y la madre ya sin hijosy sin esperanzas, sola.Aquí, música resuena,y alegre tambor redobla,y mil bayonetas brillan,y pasan y pasan tropas ...¡Oh miserias, oh contrastesde la suerte lastimosa!¡Ay, corazones de hielo! —61—¡Ay, corazones de roca!Si visteis y no llorasteis,entonces ¿quién os perdona?El Castillo de Figuerasse levanta sobre rocas;son las rocas de alto cerro;Figueras al pie reposa.El castillo de Figuerasparece trono de sombras;murallas y balüartesle tejen gruesa corona;en los muros hay almenas,detrás cañones y bombas,y sobre los altos murosuna bandera española.Turbias aguas por el fosocorriendo van silenciosas:¿será que tiemblan, mirandotanta muerte en tantas formas?Dentro, salas, calabozos,corredores y mazmorrasse dividen grande espacio,aire frío, luz medrosa.Hondo camino secretoa las murallas se enrosca. Siempre el secreto pareceque está ahogando y nunca ahoga. —62—Filtrándose por la tierradel mar las cercanas ondas,se detienen en lagunasde trecho en trecho, se enlodanallí las aguas, la fiebreviste allí su vaporosatúnica y hacia el castillosube, ¡y al subir azota!¡Ay del que sintió su mano,que destruye lo que toca!¡Ay del que vio sus miradasentre las nieblas que flotancomo reflejos fugacesde ensangrentadas auroras!¿Qué fue del noble caudilloorgullo de España, y honra?¡Ay, ojos, mirad, si nieblasde lágrimas no lo estorban!En los patios del castillobullen extranjeras, tropas;nuestro pendón en las torresdel castillo no tremola;las águilas imperialesclavaron sus garras corvasen las almenas; al golpequeja sonó lastimosaen los aires; tras el muro —63—sonó carcajada ronca.En un calabozo tristede aquella mansión de sombrasÁlvarez de Castro yace,yace más bien que reposa.Sobre las convulsas manosla ardiente cabeza apoya;entre sucia paja el cuerpodesfallecido acomoda...¡Ah! ya gime; ya la sangresubiendo en hinchadas olas,la noble faz le ilumina,el franco aliento le ahoga;ya por los muros paseatristes miradas ansiosas,y al fin reclina la frenteen las manos, y solloza.Es bien negro calabozoaquel donde le aprisionan;por las lóbregas paredesla humedad las piedras moja,descendiendo resbalandopoco a poco gruesas gotas;no la claridad del díarasga las espesas ondasdel aire; tan solamente —64—esparcen ráfagas rojasde luz — sujetas al muropor tres movibles argollasde hierro— tres embreadas—y retorcidas antorchasque entre caricias de fuegosu cordaje desenrollan.Junto al lecho del caudillono de honor guardia le forman,sí más bien guardia infamantedos soldados; altas gorrasde piel ocultan sus frentes;visten miserables ropasque polvo, sangre, jironesde cien batallas destrozan,y afirman las bayonetassobre las oscuras bocasde sus fusiles...A vecesal anciano le abandonala resignación, las penasvida y aliento le roban,sueño piadoso le abrumay los párpados entorna,y entonces, entonces, clavanlas bayonetas, y cortansu noble faz...El anciano —65—salta como fiera locay vuelve a caer... ¡La angustiale encadena!... Gime. Tornanel cansancio y el martirio,y la sed y la ponzoña...A la mañana siguiente,cuando la luz de la auroracon tibios rayos los hierrosde la prisión tornasola,vio la gente de Figuerasque junto al lecho se agolpadel viejo mártir, cumplidasla traición y la deshonra;Álvarez muerto; sus manoscomo en contracción nerviosa;en su rostro negras manchas,rojiza espuma en su boca,y diz que una voz decía,diz que una voz misteriosadecía: «¡Traición! ¡Venganza!¡Venganza! ¡Venganza! ¡Pronta!»¡Ay! ¡Horror! ¿De quién la manofue criminal y alevosa?¿De quién el vil pensamiento?¿De quién la astucia traidora?¡Maldito el infame sea, —66—y maldita su memoria!¡Si tierras tienen sus hijos,espigas les nazcan rojas;si arroyos frescos las bañan,sangrientas sus aguas corran;si sus árboles empiezana crecer, ricos en pompa,crezcan amargos sus frutos,¡broten marchitas sus hojas!¡Que la tumba del infamesobre peñas yazga sola!;que la vele noche y díala Calumnia vengadora;que el tenaz Remordimientocubra con nieblas su losa;¡¡que caiga sobre la frentedel tirano, gota a gota,la sangre que enrojecíalas murallas de Gerona!!Nota.Prólogo del autor.AL QUE LEA.No soy aficionado a prólogos, y menos en cosa mía, porque el público debe exigir en ellos algo interesante, y yo no puedo rendirle este tributo. En mi primer libro, al frente de sus páginas, hice imprimir algunos renglones, los indispensables; hoy me veo precisado a añadir algunos más, los indispensables también. Dispénsenme la petulancia, merced a la verdad.En la horrible confusión de dogmas literarios que hoy nos aturde, asombrado por los rumores inacabables de una continua discusión que nada respeta y a todo se atreve, que derroca ídolos y alza otros nuevos más deleznables aún, víctimas propiciatorias del cambio futuro, ni veo claro — lo confieso — 6— lealmente — ni distingo, con la justa separación que es norte de mis ansias, la luz artificial, pero ostentosa y brillante, de la clara y limpia que debiera inundar, como la del sol los cielos, los espacios del arte.Así trastornado, conservo un guía, a pesar de todo, un guía que tal vez me salve — ¡Dios lo quiera! — y al que hasta ahora estoy profundamente agradecido: el sentimiento. Después de pensar mucho, pocas veces me atrevo a escribir; el argumento se opone al argumento, la razón a la razón, y sin lograr apoderarme del verdadero y de la exacta, abandono la pluma con tristeza. Después de sentir algo, escribo siempre y enseguida. Quizás esta precipitación engendre errores; quizás mis sentimientos varíen — ¿por qué no? — quizás casi todas las faltas que en la leyenda que hoy ofrezco al público se observen, reconozcan por causa aquella precipitación y aquellos cambios. Cierto; mas yo me imagino que confesando la verdad neta y pura, cumplo con mi obligación primero; me libro de algún ataque después.Hace algunos meses ya, en julio del año 1883, sentí la leyenda que el lector verá a continuación de estos párrafos. Procuré que la historia y la fantasía no riñeran, antes — 7— bien que se armonizaran sus esfuerzos; deseé que la doble y nobilísima hazaña de la ciudad y del héroe resaltasen con toda su grandeza; anhelé dar a la forma líneas semejantes a las de aquella antigua española con que nuestros grandes poetas cantaron a nuestros grandes caudillos; no sé si conseguí que en medio de esta desesperación que hoy inspira todos los cantos de la musa de Iberia, de este escepticismo desconsolador que todo lo destruye, vibrara en mis estrofas un acento de entusiasmo, de amor sin nieblas, de fe sin dudas, de esperanza sin vacilaciones. Hasta aquí llega, o, mejor dicho, llegó mi deseo.Tú ahora, lector, dirás si acerté; si erré,— de seguro erré y no poco, — perdóname antes.Aquí debiera concluir, pero no quiero poner punto final sin hacer franco testimonio de la gratitud que debo al público y a la crítica desde la publicación de mi último libro, último y primero a la vez. Crean los señores D. Manuel Cañete, D. Eduardo Benot, don Luis Alfonso, D. José Navarrete, D. Leopoldo Alas D. José Ortega Munilla, don Manuel Cano y Cueto, D. Rafael Chichón, D. F. Miquel y Badía, D. José Ramón Mélida, crean, en fin, cuantos me hicieron el honor —7—de alentarme con entusiastas e inmerecidos elogios, o de aconsejarme con rectas censuras, que agradecí los unos en todo lo que valen, que no desoí — conste — ninguna de las otras. El tiempo — testigo irrefutable — lo hará ver así. Indulgencia, mucha más que entonces, me atrevo a suplicarles hoy, indulgencia para la debilidad e incertidumbre de pensamiento, los descuidos de la forma y la falta, no sé si constante, de sentimiento verdaderamente humano de que, por ley forzosa, han de adolecer leyendas que, como la de El Defensor de Gerona , tan sólo aspiran a demostrar que un poeta muy español, de muy pocas facultades, pero de mucho entusiasmo, anhela seguir un camino que emprendió sin vanidad, pero con aspiraciones.El nuevo paso es vacilante, — no se me oculta, — pero si es paso y es muevo, me holgaré muy mucho* de haber conseguido algo de lo que soñé.Carlos Fernández Shaw.18 marzo 1884. (Dedicatoria a Manuel Cañete) NOTAS[1] Dragones: m. Soldado que hacía el servicio alternativamente a pie o a caballo. (RAE, Diccionario de la lengua española).[2] Toque de generala: f. Mil. Toque de tambor, corneta o clarín para que las fuerzas de una guarnición o campo se pongan sobre las armas. (RAE, Diccionario de la lengua española ).[3] Barretina : gorro catalán (RAE, Diccionario de la lengua española ).[4] Celaje: m. Aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues y de varios matices. U. m. en pl. (RAE, Diccionario de la lengua española ).
dc.description.provinciasCataluña::Girona
dc.description.ubicacionGerona
dc.identifier.citationLeyenda. Gutenberg, Librería Nacional y Extranjera.1884, pp.12-66.
dc.identifier.urihttps://hdl.handle.net/10641/6381
dc.identifier.urihttp://www.bne.es/es/Micrositios/Guias/Guerra_independencia/GILiteratura/batallas/
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dc.rightsAttribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internationalen
dc.rights.accessRightsopen access
dc.rights.urihttp://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
dc.subject.leyendasSitio de Gerona
dc.subject.leyendasPersonajesMariano Álvarez Castro
dc.titleEl defensor de Gerona
dc.typeother
dspace.entity.typeLeyenda

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