Legend:
El Duende del Albaicín. Leyenda granadina

Author birth
1834
Author death
1906
Publication
Cosas de Granada: leyendas y cuadros de antiguas y modernas costumbre s; La Lealtad, 1889, pp. 123-133.
Characters
Lucía de Aguilar , Fadrique Osorio , Luis de Mendoza
Summary
Explicación de por qué se llama un viejo caserón, casa del duende en El Albaicín.
Events
Amores trágicos
Edition
Pilar Vega Rodríguez
Location
Albaicín

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El Duende del Albaicín.

 

LEYENDA GRANADINA.

 

I.

Noche de diciembre oscura,

la atmósfera encapotada

horrible tormenta ancla,

ya el relámpago fulgura;

en las calles de Granada.

De la tiniebla el capuz [1]

más se acrece y avecina,

y el viento apaga la luz

que alumbra a Cristo en la cruz,

en el nicho de la esquina.

La soledad es completa,

no hay quien al trueno responda;

solo en la aguda veleta

chilla la lechuza inquieta,

y da el quién vive la ronda.

Lluvia pertinaz y helada

con eco medroso suena,

y no hay ventana entornada,

ni puerta en que no esté echada,

el cerrojo y la cadena.

Sin duda el genio del mal

sus alas tienden al confín,

y ante su influjo letal,

invade miedo cerval

el barrio del Albaicín. -124

Tal espanto se recela

que al pecho más fuerte pasma.

No obstante, al sonar la Vela,

de una oculta callejuela

 sale medrosa fantasma.

Es de tan rara estatura

que crece o se encoge a un punto,

y parece en su factura,

ser de un vivo la figura

en el cuerpo de un difunto.

De otro mundo usa despojos;

por cara, una calavera,

y del hueco de sus ojos

salen resplandores rojos

cual los que cruzan la esfera.

Marcha con paso atrevido,

sin vacilación ni errores,

y creyendo no es seguido,

a un portón se ha dirigido

junto a la calle de Oídores.

Por su dintel penetró

ligero como un venablo;

fuerte trueno retumbó,

e ignoro si le ayudó

arte de hombre o de diablo.

Con todo, no hay que dudar

que media humana asechanza

pues no está solo el lugar

y aún se llegan a escuchar

juramentos de venganza. -125-

 

II.

 

Cuando acomete el amor

a quien ya las canas peina,

es forzoso conocer

que es arriesgada la empresa.

D. Fadrique de Guevara,

hidalgo de nobles prendas,

con Lucía de Aguilar

hace dos meses se uniera.

Él once lustros mantiene,

ella quince primaveras,

él soldado arisco y rudo,

ella una rosa entreabierta.

Conveniencias de la dote,

que son malas conveniencias,

a la niña hacen esposa,

y a triste palacio llevan.

Su escasa luna de miel

no libaron las abejas,

que la esconde receloso

como hace el lobo a su presa.

Más de su cargo el honor

a D. Fadrique le ordena,

que marche de capitán

a hacer en Flandes la guerra.

Y Lucía queda sola

con una joven sirvienta,

y un regañón escudero

nuevo Argos de la belleza.-126-

 

III.

 

Es una regla sabida

que para lucir primores,

bien necesitan las flores

sol y luz, que las den vida.

Y es también verdad probada

que es la mujer una flor,

que si no la alienta amor

se vuelve planta agostada.

Ante esa necesidad

no faltan nunca Don Juanes

que juzgan estos desmanes

como obras de caridad.

Y abundando en la creencia,

yo, que la verdad estimo,

diré que hay por medio un primo;

saquen, pues, la consecuencia.

Ser mozo, bravo y galán,

son condiciones ufanas:

¡qué contraste con las canas

del ausente capitán!

Ante el marido la habló

cual pariente solo un día

y desde entonces Lucía

en otro mundo soñó.

Aumentando su inquietud

ver que por extrañas artes,

encontraba en todas partes

peligros a su virtud.

No hay quien a tanto resista;

¡siempre el guardador es ciego! -127-

aunque hay cegueras que luego

aclaran mucho la vista.

Fuese a la guerra; ¿qué hacer?

pájaro que deja el nido

se expone a verle perdido,

si tarda mucho en volver.

Y el más sencillo comprende

en el caso que refiero,

por qué cela el escudero,

por qué hay en la calle duende.

 

 

IV.

 

De su disfraz espantoso

el joven ya se despoja,

y a la estancia se dirige

donde le espera la hermosa.

Está muy triste, sus ojos

al verlo llegar entorna,

y con sus rubios cabellos

un velo a su rostro forma.

Luis una escala recoge,

que al férreo balcón apoya

y radiante de ilusión

ante sus plantas se postra.

Despide a la confidente,

y cuando sus manos tocan

con acento apasionado

dice D. Luis de Mendoza:

No temas, la tempestad

más favorece que estorba;

si afuera ruge el infierno,

al lado tuyo es mi gloria.

Arriesgas por mí tu vida,

yo la mía por tu honra, -128-

que para llegar aquí

con este traje de mofa,

al nivel del salteador

mis blasones se colocan.

Puede regresar tu esposo;

mañana a la misma hora,

me cumplirás la promesa,

huyendo a tierras remotas.

Abrió sus ojos la niña

dejando que el llanto corra,

la ropilla del doncel

abrasa al par que la moja.

Consuelos la da afanoso

que ella sin desdenes toma;

la lámpara se amortigua,

y va creciendo la sombra.

Al huracán le responde

ruido de labios que chocan;

quién sabe si allí hay más fuego,

que en el firmamento brota.

           _________


Cual todo pasa en el mundo

así dos horas corrieron;

Luis por el balcón se baja

y el disfraz ciñe a su cuerpo.

Más del postigo al salir,

pues va con su dicha ciego,

no descubre que le acechan

y que unas manos de hierro

le sujetan por la espalda

y otras le oprimen el cuello.

Con la punta de un puñal

siente traspasan su pecho; -129-

la defensa no es posible,

tan solo exclama: “Soy muerto”.

El asesino y los suyos

vuelven de la casa adentro,

mientras atranca el portón

 silencioso el escudero.

 

 

VI.

 

De pardas nubes velada

ya mensajera del día,

la aurora se aparecía

allá por Sierra Nevada.

De la casa en los jardines

de ira y de frío temblando,

hay seis hombres esperando

para otros siniestros fines.

Pues se mira con horror

la noche al romper su velo

un cadáver en el suelo

y un fantasma a su alrededor.

Tocan el Ave-María

en el cercano convento,

y el duende, con paso lento,

sube y despierta a Lucía.

Alegrada al escuchar

quien a su estancia golpea,

sin cuidar de lo que sea,

 abre las puertas en par,

Y al ver el fantasma fiero

lanza un grito de sorpresa,

mientras él la tiene presa

con unos nervios de acero.

-No abrigues, dice, esperanza;

perdiste tu fe y mi honra; -130-

la noche vio mi deshonra,

la luz mire mi venganza.

 

 

VII.

 

Como tigre enfurecido,

como repugnante hiena,

así el fantasma la coge

y a los jardines la lleva.

Sobre el cadáver de Luis

la arroja con tal violencia,

que la viva con el muerto

ahora sin querer se besan.

Carcajada incomprensible,

risa convulsa y frenética

deja escuchar, y sus brazos

al muerto joven rodea.

enfurecido el fantasma

su disfraz al suelo echa.

Seis hombres con antifaces

a su alrededor se aprestan.

También su rostro tapado

está con roja careta,

que con lo rojo del traje

el tinte de sangre aumenta.

Da un pergamino al anciano,

y este las llaves le entrega,

y van comitiva triste

por las calles aún desiertas,

al Arco de Fajalauza [2] ,

donde se pierden sus huellas. -131-

 

 

VIII.

 

Cuando la justicia vino,

que la llamó el escudero,

el triste cuadro presencian

que impone horror y respeto.

Lucía se ha vuelto loca;

tal lo demuestra su aspecto,

y el joven tiene el puñal

atravesado en el seno.

Ordena el alcalde al punto,

después de hablar con el viejo,

que a la Inquisición

se lleve el fantástico trofeo;

el cadáver à la fosa,

y Lucía por encierro

tenga a su razón perdida

sus nupciales aposentos.

 

 

IX.

 

Cuando el vulgo que principió

la tragedia a conocer,

ser obra de Lucifer

unánime aseguró.

Solo una vecina anciana,

de esta opinión en despique [3] ,

jura pasó D. Fadrique

a caballo esa mañana.

Y vio, aunque con poca luz,

de bultos media docena,

y que eran almas en pena,

 por lo que puso la cruz.

Y otra que la echa de lince

no vacila en afirmar, -132-

que el duende siempre ha de andar

donde hay muchachas de a quince.

Son historias del amor;

de fijo que no hay mujer

que no quisiera tener

¡un duende en su tocador!

Corre el tiempo, la locura

su poca razón apaga,

y la joven vive y vaga

sin consuelo y sin ventura.

De su belleza el tesoro

 pierde en tan ruda tarea,

y hasta la nieve blanquea

 en sus cabellos de oro.

Y parece en el desvelo

de sus noches de terror,

a la imagen del dolor

que pide subir al cielo.

Volvió, o hizo que volvía

D. Fadrique de la guerra,

y con su aspecto que aterra

se presentó ante Lucía.

--Asesino, murmuró,

goza, que ya estás vengado;

y como lirio tronchado

 muerta en sus brazos quedó.

De tan horrible aventura

solo guarda la memoria,

que hubo un fraile en la Victoria [4]

preso también de locura.

Y por aquellos confines

aún el populacho entiende, -133-

que sigue saliendo el duende

a vagar por los jardines.

Ello es que la tradición

de la historia haciendo gala,

con este nombre señala

al antiguo caserón.

 


[1] Capuz: 3. m. Vestidura larga y holgada, con capucha y una cola que arrastraba, que se ponía encima de la ropa, y servía en los lutos. ( Diccionario de la lengua española, RAE).

[2]  O Arco de Los Almendros, en la parte más alta del Albaicín.

[3] .Satisfacción que se toma de una ofensa o desprecio que se ha recibido y cuya memoria se conservaba con rencor. ( Diccionario de la lengua española, RAE).

[4] El convento de frailes mínimos de San Francisco de Paula, fundado en 1509 y terminado en 1518 en el solar de unas antiguas fincas nazaríes. Estaba en la cuesta de la Victoria. Además de guardar las sepulturas de importantes granadinos, era un hermoso ejemplo del arte mudéjar. Tras la desamortización en 1836 quedó deshabitado; más tarde fue utilizado como cuartel, y en 1842 demolido.