Legend:
La muerte de Don Favila

Author birth
1836
Author death
1893
Publication
Ecos de gloria: leyendas y tradiciones históricas en verso y prosa, [S.l.] [s.n.]1880, pp. 118-139.
Characters
Don Favila , Reina Froiluva
Summary
Don Favila no escucha los ruegos de su esposa de que no vaya de cacería y muere despedazado por un oso, como ella había soñado proféticamente.
Events
Un oso despedaza al rey Don Favila.
Literature
Durán, Agustín. Romancero General, Madrid, Rivadeneyra, 1834, p. 414.
Edition
Pilar Vega Rodríguez

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La muerte de don Favila

  (Leyenda histórica)

 

           I

 

    Presentimientos

Suave y perfumada aurora

baña con la luz del día

los valles y las praderas

de la vetusta Canicas [1]

Desvanécense las sombras

de la noche, se ilumina

el espacio y, en Oriente,

el sol espléndido brilla.

Rompen su cáliz las flores,

vuelan rápidas las brisas,

gime la enramada espesa,

alegres pájaros trinan,

murmuran los arroyuelos

y las alimañas gritan...

¡Bendita seas mil veces,

aurora! Tú, que das vida

nueva a los mundos, y alientas

el espíritu, y fascinas

el corazón de los hombres;

tú, bella diosa, que hechizas

la mente con deliciosos

sueños de amor, que duplicas

el rayo de la esperanza

y haces creer en la dicha;

tú, que ahuyentas los vestiglos [2]

de aterradoras vigilias

y acallas de la conciencia

las voces despavoridas.

Así pensó, por acaso,

el monarca don Favila,

—mozo que logró ceñirse

del gran Pelayo la insignia

regia—e invitó a sus nobles

a una soberbia partida

de caza, por las agrestes

vecindades de Canicas.

Delante de su palacio

—torre de escasa valía,

empotrada en altos muros -

las gentes se arremolinan

y, formando anchos corrillos,

en la poterna [3] se apiñan.

Y grupos de ballesteros,

jinetes de largas picas,

hercúleos caballerizos,

monteros de sagaz vista,

y pajecillos airosos,

y dueñas casi amarillas,

y finchados escuderos,

y damas feas o lindas

esperan desesperados

que el toque de las bocinas

anuncie a la muchedumbre

del joven rey la salida.

Y mientras que uno canta,

los otros alegres silban,

murmura aquel por lo bajo,

y a voces este platica.

Los cazadores se inquietan,

los palafreneros gritan,

asústanse los azores

y se espantan las traíllas.

Aquí una arrugada vieja

su lengua mordaz afila,

y con chismes o verdades

las honras ajenas pica;

allí un aturdido paje,

de picarescas pupilas,

asesta libres miradas

a una mozuela atrevida;

más lejos un caballero,

de faz galante y rendida,

con una hermosa doncella

sabrosamente platica;

y más allá noble dama

que espera amorosa cita,

busca en vano con los ojos,

se apena, gime y suspira

Pero en el regio palacio

no resuenan las bocinas,

ni se dobla el levadizo,

ni la poterna rechina.

¡Ay! ¡cuántas veces, en medio

de tumultuosa alegría,

presagios aterradores

en nuestra mente se pintan!

En gótico aposento

a la sazón Favila se encontraba

y, en sus brazos, Froiliuva [4]  suspiraba,

víctima de cruel presentimiento.

Y niña apenas era

de tres lustros Froiliuva: niña hermosa,

tímida y pudorosa,

de blanca tez y rubia cabellera,

de ojos azules y febril mirada,

de alto seno y garganta torneada,

de lánguida apostura y voluptuosa.

Triste el bello semblante,

el pecho palpitante

y empapados de lágrimas los ojos,

estaba la princesa

sentada en un diván, la mente presa

de fatales y lúgubres enojos.

Ceñía con ternura,

a sus pies inclinándose de hinojos,

el gallardo mancebo su cintura,

y con amantes frases intentaba

disipar el amargo desconsuelo

de su esposa: riendo la enjugaba

los ojos con finísimo lenzuelo,

o, bendiciendo acaso los agravios,

aplicaba a su faz ardientes labios

y, al desprenderse rotas,

bebía de sus lágrimas las gotas.

Llenaba el claro sol desde la altura

la mansión conyugal de lumbre pura,

atravesando el verde cortinaje

de enredadoras hiedras,

que orlaban con fantástico follaje

del calado ajimez las pardas piedras,

y un rayo purpurino,

en vagas fluctuaciones

cruzando los abiertos pabellones

de la cámara regia, señalaba

su esplendoroso rastro

de Froiliuva en la frente de alabastro,

y de limpio arrebol la coronaba.

«No llores, prenda mía:

—así el rey a su esposa le decía—

a tus brazos vendré, sin mora [5] alguna,

antes que el sol alumbre

con sus postreras ráfagas, la cumbre

del escarpado Osuna [6] .

»Dime: ¿no fui cien veces

del monte a la batida,

 y tú, con dulces preces,

alegre celebrabas mi partida?

¿No me viste, con ojos desvelados,

desde altos ajimeces,

vagar por la ancha sierra

con segura pisada, recorriendo

los valles y gargantas y collados,

y bravo persiguiendo

los osos y venados,

que mortíferas flechas detenían

y a mis pies retorciéndose morían?

¿Y no me viste, di, si bien arguyo,

tornar, ebrio de amor, al lado tuyo,

cuando las sombras lóbregas volvían,

mientras que mis guerreros deponían

las reses a tus plantas, bella prenda,

de respeto y amor en digna ofrenda?

» ¡Hoy, que tu venia imploro,

mi alegría acibaras con tu lloro!

¡Y ver presumes, en delirio ardiente,

vanos riesgos que amagan a mi frente!

¡Y crees que, cuando clames intranquila

por tu esposo adorado,

te mostrarán acaso ensangrentado

el despojo mortal de tu Favila!

»¡Loco sueño! ¡Mentido desvarío!....

No llores, amor mío;

no llores, no, mi bien idolatrado,

que estaré a tu lado

antes que blanca luna

ilumine las crestas del Osuna.»

Así con tierno acento

don Favila a su esposa consolaba;

pero la pobre niña suspiraba,

víctima de fatal presentimiento.

Y exclamó:

—¡Por piedad!

—¡Capricho vano!

Dame tu blanca mano

y adiós: conserva en ella

de este beso de amor la casta huella.

—¡Favila!

—¡Adiós, hermosa!

—¡Detente! ¡Escucha!....

—Dí.....

—Contar ansío...

—¿Contar? ¡Vaya un empeño!

—Una historia terrible, un negro sueño

que inunda de pavor el pecho mío

Oye:—era ya la tarde comenzada-120-

de un caluroso día

¡cual hoy!.... y por la altura cenicienta

rodaba la tormenta

magnífica y sombría.

En mi banal desmayo,

a los fulgores rápidos de un rayo,

vi a un mancebo cruzar ante mi vista

sobre corcel fogoso y jadeante,

cual si pudiera ser pequeña arista

que el turbión arrebata en un instante.

Apoyando en el hombro la ballesta,

bajaba el caballero por la cresta

del empinado Osuna, los collados,

vertientes y gargantas recorriendo,

y bravo persiguiendo

los osos y venados

que punzadoras jaras detenían

y a sus pies retorciéndose morían;

pero al llegar el noble a una vertiente,

detrás de la montaña,

apareciese un oso y de repente

se lanzó al cazador con furia extraña

Cierro los ojos, y al abrirlos ¡hallo

cadáveres no más! El oso fiero

partido el corazón; el fiel caballo

desgarrado el ijar; la frente hendida,

inmóvil y sin vida,

reposaba a su lado el caballero

Y a la luz de otra ráfaga inconstante

acierto a ver el pálido semblante

del pobre cazador ¡Maldigo, y huyo!

¡Era, Favila, el tuyo! ... -121-

A poco rato, de Osuna

por entre arboleda agreste,

él, al frente de su hueste,

rápido se apareció;

—¿Yo muerto?

—¡Tú!

—¿Yo?

—Tú, Favila mío

Yo te vi ensangrentado, yerto y frio

—¡Bah!

—¿Te burlas? ¡Piedad...:

—Froiliuva, advierte

que estoy muy vivo, y río de la muerte.

Serena tu exaltada fantasía,

y adiós, que avanza el día.

—Pero

—Es inútil: los momentos cuenta

mi valeroso azor, y se impacienta.

Adiós, hermosa.

Dijo, al punto alzóse,

la sala cruzó rápido, y marchóse.

—¡Compasión! la princesa así decía

corriendo tras las huellas de su esposo.

Despareció y con eco doloroso

—¡Compasión! la infelice repetía.

En vano: su lamento

se perdió entre el rumor del vago viento. -122 -

 

           II

 

    La batida

Apenas de don Pelayo

—orgullo de Iberia toda—

en el reló de los tiempos

sonara la última hora,

a don Favila los próceres

ofrecían la corona

y sobre el pavés le alzaron,

siguiendo la usanza goda.

En aquellos tristes días

de turbación y congojas,

el rey buscaba placeres

lejos de marciales glorias [7] .

¡Y mientras del Guadalete [8]

humeaba la orilla roja

y marchitábase el lauro

de Auseva y de Covadonga!

al mirarle, agitando

su blanco y fino lenzuelo,

con amargo desconsuelo:

—¡la última vez!—exclamó.

Oculto en pardos celajes

el sol en su ocaso toca.

¡Y mientras encadenada

gemía la España goda,

y optimates y plebeyos

lloraban en las mazmorras!

¡Y mientras de los santuarios

saltaban las aras rotas,

y las vírgenes perdían

en los harenes su honra!....

Decreto fuera sin duda

de Providencia piadosa

que el liviano don Favila

perdiese vida y corona:

corría el desventurado

tras osos, ciervos y corzas,

y corría sin saberlo

buscando su postrer hora.

¡Cuántas veces anhelamos

gustar del placer la copa,

y cuando el néctar bebemos

bebemos letal ponzoña!

Vuela en torno de una llama

la incautilla mariposa:

se acerca a la luz, la mira,

la quiere, y ¡se abrasa loca! -124-

y va tendiendo la noche

su manto de negras sombras.

Colúmpianse en el espacio

nieblas pesadas y lóbregas,

que prados, montes y valles

invaden, ciñen y entoldan,

y a veces se desenvuelve

la ráfaga brilladora

de un relámpago, y resuenan

lejanas las voces roncas

del trueno: la tempestad

se va acercando traidora.

Pero a los reales monteros

poco o nada les importa,

y a lid sangrienta a las fieras

en el Osuna provocan.

Bosques ojeando y selvas,

gargantas, valles y rocas,

peones y caballeros

en acecho se colocan,

y, esperando los tañidos

de las bocinas y trompas,

vése un peón en cada árbol,

y un montero en cada fosa,

y un jinete en cada senda,

y un lebrel en cada roca.

Ya buscan los cazadores,

con gran destreza, las cóncavas

y solitarias guaridas -125-

donde las fieras se alojan;

ya las traíllas de perros

que estrechas sendas custodian,

olfateando las pistas

roncos ladridos arrojan;

ya el peón en la ballesta

férrea javalina monta,

y los jinetes empuñan

sus dagas y sus tizonas;

ya, por fin, de las bocinas

estallan las voces sordas,

que el eco de las montañas

repite de loma en loma.

Y al oír las vibraciones,

los alazanes rebotan,

y los monteros se escapan,

y las jaurías se aflojan,

y los de a pie se preparan,

y los jinetes galopan

y, cual ardientes centellas

que lanza inflamada tromba,

cuando su manga de fuego

recios vendavales cortan,

peones, jinetes, perros,

tras de las fieras se arrojan,

y por llanuras y montes

las siguen, hieren y acosan.

—¡A ella!—un montero grita,

al ver asustada corza

que por áspera vertiente  -126-

como un rayo desemboca.

Allá va: la esbelta fiera,

teñida en espuma roja,

por las breñas y los riscos

vuela, más bien que galopa.

Y corre y una saeta

silbando, los aires corta,

y en la carrera la alcanza,

y el corazón la destroza;

y ensangrentada y sin vida

rueda la inocente corza.

—¡Por aquí!—varios monteros

a la partida convocan,

siguiendo el rápido curso

de una corpulenta osa.

Allí los jinetes corren,

allí los perros se agolpan,

allí los peones llegan

allí la locura torna.

Avanza mientras el bruto

rompiendo jaras y brozas,

y regando su camino

con espuma sanguinosa,

y espesa nube de flechas

los ballesteros le arrojan,

y piedras de agudo filo

dirígenle con sus hondas;

pero de pronto la fiera

sepúltase en gruta lóbrega

y piedras y javalinas (sic.)

en los peñascos rebotan. -127-

—¡Socorro!-exclama un hidalgo

con voz que el miedo sofoca,

al sentir los resoplidos

de un jabalí que le acosa.

A socorrerle van muchos,

se apiñan y se amontonan,

y entre círculos de hierro

al feroz bruto aherrojan.

Y uno le hiere atrevido,

y otro los golpes redobla,

y este le parte la frente,

y aquel audaz le acogota;

y trocada en voz de fiesta

la voz de angustia y congoja,

con el sangriento trofeo

van en pos de otras victorias.

Mientras tanto, negras nubes

el ancho vacío entoldan,

y en su seno se columpia

la tormenta asoladora.

Y vése, a los fulgores

del rayo fulminante

por cóncava garganta

un potro aparecer,

que sube por las breñas

de Osuna culminante,

y corre cual si espectro

fugaz pudiera ser. -128-

Clavando en los ijares

del bruto la acerada

espuela, un caballero

provoca su furor,

y alzando algunas veces

su voz desentonada,

—¡A él, caballo!—grita

con entusiasta ardor.

Mordiendo el duro freno

y alzando la ballesta,

caballo y caballero

de un oso van en pos;

y el oso desparece

por la empinada cresta,

la saña y el encono

burlando de los dos.

Y corren —Un atajo

descúbrese allí mismo,

que el límite fijando

del ancho monte está,

y el oso se detiene

delante del abismo

y tiembla el caballero,

y mira, y..... ¡solo él va!....

¡Socorro!.... Al triste hidalgo

la fiera se abalanza

—¡Socorro!—su bocina

reclama con vigor

¡Y nadie le socorre!

¡Y nadie ya le alcanza! -129-

¡Y nadie escucha, nadie,

su lúgubre clamor!

¿Oís sus tristes ayes?

¿Oís ese gemido

que de los aires hiende

la vaga ondulación?

¿Oís el débil eco

que exhala estremecido,

en ansias ya de muerte,

el infeliz campeón?

¡Corred, fieles monteros!

¡Picad vuestros caballos!

Al que piedad implora

socorro dar es ley.....

¡Corred, que el triste clama

favor de sus vasallos!

¡Corred, que es don Favila!

¡Corred, que es vuestro rey!

¡Froiliuva, si supiera…

acaso por su mente

aun giran los vestiglos

de la visión cruel,

y en su ánima cuitada,

en confusión ardiente,

fatídicos augurios

divagan en tropel!

¡Acaso, en los espectros

que traza en la espesura

la caprichosa llama -130-

del rayo brillador,

cree ver de su adorado

la pálida figura,

que, con abiertos brazos,

demanda su favor!

¡Acaso, entre los ecos

que en el espacio claman

y en tenues vibraciones

hacia Canicas van,

oír cree de su esposo

las voces que la llaman,

cual si de vida fuese

su nombre talismán!

¡Oh genios poderosos

que impulso dais al viento,

cuando en el aire ruge

sañuda tempestad,

corred, y en breve instante

cruzando el firmamento

a la afligida esposa

los ayes de él llevad!

¡Oh raudas avecillas

que vais por la ancha esfera,

en pos del tierno arrullo

que a vuestra amada oís,

corred, no el pobre esposo

desconsolado muera,

si a la apenada amante

sus ayes no decís! -131-

¡Oh voces misteriosas

que erráis entre la brisa,

prestando a los vergeles

su mágico rumor,

corred, con breve giro

cruzad el aire aprisa,

y a la infeliz Froiliuva

llevadle ese clamor!

¿No oís? ¡De los trotones [9]

revienten los ijares!

¡Doblad vuestra carrera

y al triste socorred!

¡Acaso es la esperanza

de los hispanos lares!

¡Corred, que es don Favila!

¡Corred, bravos, corred!

¡Ya es tarde!.... El caballero

su cuello dobla inerte,

y en convulsión horrible

inclina su cerviz;

entre el quejido errante

del soplo de la muerte,

con labios temblorosos:

—¡Perdón!—muriendo diz [10] . -l32-

Y oyéronse, a poco rato,

al través de la maleza

del bosque y del poderoso

rugido de la tormenta,

los ecos de las bocinas

de caza y las descompuestas

voces de los caballeros

que subían por la cresta

del alto Osuna, buscando

a su rey y señor.—Mientras

llegó la noche, cubriendo

de opacas sombras la tierra.

 

 

              III

 

        Froiluva.

¿No escucháis ese quejido

que por la oscura neblina

va insereno,

y cuyo débil sonido

con su estrépito domina

ronco trueno?

¿Será la voz lastimera

que en los pensiles se agita

misteriosa, -l33-

cuando gentil jardinera,

para adornarse, les quita

bella rosa?

¿Será el lúgubre gemido

que ruiseñor inocente

da a los cielos,

si halla presos en el nido,

por gavilán inclemente,

sus polluelos?

¿Será el ¡ay¡ desesperado

que fervorosa doncella

triste lanza,

cuando al buscar a su amado

contra una tumba se estrella

su esperanza?

¡Callad!.... Ese triste acento

a los celestes alcores

raudo suba

¡Que Dios escuche el lamento,

los ayes desgarradores

de Froiliuva!

¿Qué fue de las ilusiones

que por su mente vagaban

amorosas,

y con mentidas visiones

larga dicha le pintaban

engañosas?....

¡Desparecieron!.... Cual hoja

que a seca rama adherida

se estremece.

¡Callad!.... Ese triste acento

a los celestes alcores

raudo suba.

¡Que Dios escuche el lamento,

los ayes desgarradores

de Froiliuva!

¿Qué fue de las ilusiones

que por su mente vagaban

amorosas,

y con mentidas visiones

larga dicha le pintaban

engañosas?....

¡Desparecieron!.... Cual hoja

que a seca rama adherida

se estremece,

desparece

¡Llora, infeliz!.... ¡Un gemido

tu seno apenado ahogue

doloroso,

y por el aire mecido,

cual genio del llanto, bogue

sin reposo!

Ayer tu boca bebía

los amorosos alientos

de su boca,

y hoy, al declinar el día,

sus labios ya macilentos

sólo toca.

¡Llora, infeliz! ¡Que tu anhelo

a los divinos alcores

raudo suba!

¡Llora, sí!....—¡Que escuche el cielo

los ayes desgarradores

de Froiliuva! — l34-

Entre tanto, en el ocaso

rayaba nublado el sol,

y la traidora tormenta

su hinchado seno rasgó.

En vano los palaciegos,

movidos a compasión,

varias veces intentaron

apaciguar el dolor -135-

de Froiliuva.—Si una dueña

maldiciente se atrevió

a lanzar envenenadas

saetas contra el honor

del prójimo; si una niña,

de fresca y sonora voz,

al son de morisca guzla

trova de amores cantó;

si algún atrevido paje,

de libre imaginación,

las cuitas y los secretos

de hermosas damas contó

la pobre reina, abismada

en su profunda aflicción,

a todos, con triste acento:

—¡Dejadme!—les contestó.

Pegada a la celosía

del más alto mirador

del palacio, sus miradas

tendía, con expresión

de angustia y pena, al través

del llanto, hacia el espesor

del bosque.—Varios peones

y jinetes descubrió

a lo lejos, destacándose

sobre el negro pabellón

de la noche, a la insegura

luz del rayo brillador

que a veces iluminaba

el espacio; ¡mas no vio

que alguno hacia el regio alcázar

dirigiera su trotón! -136-

¡Ninguno era don Favilal

¡Ninguno su esposo, no!....

Si fuese ¿por qué apenado

tuviera su corazón?

En su carrera avanzaba

la triste noche veloz,

cuando súbito en la cima

del bosque se apareció

la luz de varias antorchas,

cuyo pálido fulgor

se quebraba en los arneses

de cien hidalgos que en pos

venían, encaminándose

todos a la real mansión.

Ahogando entre la esperanza

los ayes de su dolor,

mirólos la hermosa reina

con férvida agitación,

y—¡él es!—convulsiva dijo,

de gozo, dicha y amor:

—¡él es!—la tierna Froiliuva

marchándose repitió.

Poco después, del alcázar

ante el gótico portón,

pequeña y lucida hueste

silenciosa apareció;

y, abriéndose la poterna

del solitario torreón, -137-

 una forma blanquecina

por los umbrales cruzó.

—¡Favila!—dijo al momento

así la anhelante voz

de Froiliuva, quien corría

de un bridón a otro bridón,

reconociendo a las gentes,

de las teas al fulgor.

—¡Favila!—con voz más fuerte

la pobre esposa gritó

¡Ay! ¡Ninguno respondía

á su doliente clamor!

¡Ninguno era su Favila!

¡Ninguno su esposo, no!

Si fuese ¿por qué angustiado

latiera su corazón?

—¿Dónde estás, Favila mío?

¿No respondes a mi voz?

¿Dónde estás, que no te veo?

;No ves que Froiliuva soy?

¡Por piedad!.... Oye mis voces....

Mira mi aleve dolor

Ven, Favila, que te llama

tu esposa del corazón —

Así decía la mísera,

buscándole alrededor

Y solo oía al par suyo -138-

lamentos de compasión

y sollozos comprimidos,

y llanto desolador

—Reina y señora.

Un hidalgo

de esta manera exclamó,

guardando tras la celada

su dolorida expresión.

—¿Qué?

—No busquéis

—¿No ha venido?

—Atrás un paso quedó.

—¡Cobardes! ¿Le abandonasteis?

Dadme un corcel ¡allá voy!....

—¡Señora!

—¡Busco a mi esposo!

¡Apartad! ¡Cobardes sois!....

—Pero oíd

—¡Qué!

—Enfermo...

—¡Cielos!

¡Qué me grita el corazón!

Decídmelo todo ¡todo!

¿Favila?....

—¡Murió!

—¡Murió!.... -139-

 

 

     Conclusión

 

Al poco tiempo, en Canicas [11]

 dos túmulos se elevaban,

que los astures miraban

con pueril curiosidad.

«Aquí don Favila yace»

sobre el primero decía,

y en el otro se leía:

«¡Descanse Froiliuva en paz!»

 

NOTAS

[1] Hoy Cangas de Onís, corte de los primeros reyes de Asturias. (Nota del autor)

[2] Vestiglos: Monstruos.

[3] Poterna: En las fortificaciones, puerta menor que cualquiera de las principales, y mayor que un portillo, que da al foso o al extremo de una rampa. (Diccionario de la Lengua Española, RAE)

[4] Froiluva:  Muchos historiadores dan equivocado el nombre de esta señora, el cual está bien claro, por cierto, en la inscripción votiva de la iglesia de Santa Cruz, fundada por el mismo Favila (Nota del autor)

[5] Mora: demora.

[6] Llamase también Olicio, y es uno de los lugares más agrestes del Principado. (Nota del autor)

[7] El autor del Cronicón Salmanticense disculpa a Favila, diciendo: propter paucitateni temporis, Historke dignum nihil fecit. —Flórez, España Sagrada, tomo VIII. (Nota del autor)

[8] Guadelete, el lugar donde fue vencido el rey Rodrigo; Auseva y Covadonga fueron otras importantes batallas en las que participó el rey Pelayo.

[9] Trotón : caballo brioso.

[10] «Era la caza la pasión favorita de este príncipe, y entregado a esta diversión pereció un día, desgarrado por un oso que había tenido la imprudencia de irritar. J—Lafuente, Historia de España, parte II, tit. i, cap. III. Los piadosos habitantes del valle del Sella colocaron una cruz de madera en el sitio donde murió Favila, y en el siglo XVI existía aún, pues Ambrosio de Morales dice: «así está señalado en ella el lugar de. muy antiguo, con una cruz.»— Crónica, tom. 111, lib. XIII, pág. 15. En la actualidad no existe. (Nota del autor)

[11] Ambos jóvenes esposos fueron sepultados en la iglesia de Santa Cruz. Por cierto que en la inscripción votiva del templo se lee: et fámulas Favila sic condidit—cum Froiliuva conjuge, ac suorum prolium pignora nata —discúrreme era DCCLXXVII.t No está, pues, en lo cierto el P. Mariana, cuando afirma que Favila y Froiliuva no tuvieron hijos. En 1867, la iglesia de Santa Cruz de Cangas estaba convertida— vergüenza es decirlo—en establo.—Castor de Caunedo, Álbum de un viaje por Asturias, etc. (Nota del autor)