Legend: La muerte de Don Favila
| dc.autor.biografia | http://gicesxix.uab.es/showAutor.php?idA=373 | |
| dc.autor.muerte | 1893 | |
| dc.autor.nacimiento | 1836 | |
| dc.contributor.author | Martínez de Velasco, Eusebio | |
| dc.contributor.other | Pilar Vega Rodríguez | |
| dc.coverage.spatial | east=-5.059773700000051; north=43.3123058 | |
| dc.coverage.temporalSiglo | Siglo X | |
| dc.date.accessioned | 2026-01-09T09:14:37Z | |
| dc.date.available | 2026-01-09T09:14:37Z | |
| dc.description.abstract | Don Favila no escucha los ruegos de su esposa de que no vaya de cacería y muere despedazado por un oso, como ella había soñado proféticamente. | |
| dc.description.leyendas | La muerte de don Favila (Leyenda histórica) I PresentimientosSuave y perfumada aurorabaña con la luz del díalos valles y las praderasde la vetusta Canicas [1]Desvanécense las sombrasde la noche, se iluminael espacio y, en Oriente,el sol espléndido brilla.Rompen su cáliz las flores,vuelan rápidas las brisas,gime la enramada espesa,alegres pájaros trinan,murmuran los arroyuelosy las alimañas gritan...¡Bendita seas mil veces,aurora! Tú, que das vidanueva a los mundos, y alientasel espíritu, y fascinasel corazón de los hombres;tú, bella diosa, que hechizasla mente con deliciosossueños de amor, que duplicasel rayo de la esperanzay haces creer en la dicha;tú, que ahuyentas los vestiglos [2]de aterradoras vigiliasy acallas de la conciencialas voces despavoridas.Así pensó, por acaso,el monarca don Favila,—mozo que logró ceñirsedel gran Pelayo la insigniaregia—e invitó a sus noblesa una soberbia partidade caza, por las agrestesvecindades de Canicas.Delante de su palacio—torre de escasa valía,empotrada en altos muros -las gentes se arremolinany, formando anchos corrillos,en la poterna [3] se apiñan.Y grupos de ballesteros,jinetes de largas picas,hercúleos caballerizos,monteros de sagaz vista,y pajecillos airosos,y dueñas casi amarillas,y finchados escuderos,y damas feas o lindasesperan desesperadosque el toque de las bocinasanuncie a la muchedumbredel joven rey la salida.Y mientras que uno canta,los otros alegres silban,murmura aquel por lo bajo,y a voces este platica.Los cazadores se inquietan,los palafreneros gritan,asústanse los azoresy se espantan las traíllas.Aquí una arrugada viejasu lengua mordaz afila,y con chismes o verdadeslas honras ajenas pica;allí un aturdido paje,de picarescas pupilas,asesta libres miradasa una mozuela atrevida;más lejos un caballero,de faz galante y rendida,con una hermosa doncellasabrosamente platica;y más allá noble damaque espera amorosa cita,busca en vano con los ojos,se apena, gime y suspiraPero en el regio palaciono resuenan las bocinas,ni se dobla el levadizo,ni la poterna rechina.¡Ay! ¡cuántas veces, en mediode tumultuosa alegría,presagios aterradoresen nuestra mente se pintan!En gótico aposentoa la sazón Favila se encontrabay, en sus brazos, Froiliuva [4] suspiraba,víctima de cruel presentimiento.Y niña apenas erade tres lustros Froiliuva: niña hermosa,tímida y pudorosa,de blanca tez y rubia cabellera,de ojos azules y febril mirada,de alto seno y garganta torneada,de lánguida apostura y voluptuosa.Triste el bello semblante,el pecho palpitantey empapados de lágrimas los ojos,estaba la princesasentada en un diván, la mente presade fatales y lúgubres enojos.Ceñía con ternura,a sus pies inclinándose de hinojos,el gallardo mancebo su cintura,y con amantes frases intentabadisipar el amargo desconsuelode su esposa: riendo la enjugabalos ojos con finísimo lenzuelo,o, bendiciendo acaso los agravios,aplicaba a su faz ardientes labiosy, al desprenderse rotas,bebía de sus lágrimas las gotas.Llenaba el claro sol desde la alturala mansión conyugal de lumbre pura,atravesando el verde cortinajede enredadoras hiedras,que orlaban con fantástico follajedel calado ajimez las pardas piedras,y un rayo purpurino,en vagas fluctuacionescruzando los abiertos pabellonesde la cámara regia, señalabasu esplendoroso rastrode Froiliuva en la frente de alabastro,y de limpio arrebol la coronaba.«No llores, prenda mía:—así el rey a su esposa le decía—a tus brazos vendré, sin mora [5] alguna,antes que el sol alumbrecon sus postreras ráfagas, la cumbredel escarpado Osuna [6] .»Dime: ¿no fui cien vecesdel monte a la batida, y tú, con dulces preces,alegre celebrabas mi partida?¿No me viste, con ojos desvelados,desde altos ajimeces,vagar por la ancha sierracon segura pisada, recorriendolos valles y gargantas y collados,y bravo persiguiendolos osos y venados,que mortíferas flechas deteníany a mis pies retorciéndose morían?¿Y no me viste, di, si bien arguyo,tornar, ebrio de amor, al lado tuyo,cuando las sombras lóbregas volvían,mientras que mis guerreros deponíanlas reses a tus plantas, bella prenda,de respeto y amor en digna ofrenda?» ¡Hoy, que tu venia imploro,mi alegría acibaras con tu lloro!¡Y ver presumes, en delirio ardiente,vanos riesgos que amagan a mi frente!¡Y crees que, cuando clames intranquilapor tu esposo adorado,te mostrarán acaso ensangrentadoel despojo mortal de tu Favila!»¡Loco sueño! ¡Mentido desvarío!....No llores, amor mío;no llores, no, mi bien idolatrado,que estaré a tu ladoantes que blanca lunailumine las crestas del Osuna.»Así con tierno acentodon Favila a su esposa consolaba;pero la pobre niña suspiraba,víctima de fatal presentimiento.Y exclamó:—¡Por piedad!—¡Capricho vano!Dame tu blanca manoy adiós: conserva en ellade este beso de amor la casta huella.—¡Favila!—¡Adiós, hermosa!—¡Detente! ¡Escucha!....—Dí.....—Contar ansío...—¿Contar? ¡Vaya un empeño!—Una historia terrible, un negro sueñoque inunda de pavor el pecho míoOye:—era ya la tarde comenzada-120-de un caluroso día¡cual hoy!.... y por la altura cenicientarodaba la tormentamagnífica y sombría.En mi banal desmayo,a los fulgores rápidos de un rayo,vi a un mancebo cruzar ante mi vistasobre corcel fogoso y jadeante,cual si pudiera ser pequeña aristaque el turbión arrebata en un instante.Apoyando en el hombro la ballesta,bajaba el caballero por la crestadel empinado Osuna, los collados,vertientes y gargantas recorriendo,y bravo persiguiendolos osos y venadosque punzadoras jaras deteníany a sus pies retorciéndose morían;pero al llegar el noble a una vertiente,detrás de la montaña,apareciese un oso y de repentese lanzó al cazador con furia extrañaCierro los ojos, y al abrirlos ¡hallocadáveres no más! El oso fieropartido el corazón; el fiel caballodesgarrado el ijar; la frente hendida,inmóvil y sin vida,reposaba a su lado el caballeroY a la luz de otra ráfaga inconstanteacierto a ver el pálido semblantedel pobre cazador ¡Maldigo, y huyo!¡Era, Favila, el tuyo! ... -121-A poco rato, de Osunapor entre arboleda agreste,él, al frente de su hueste,rápido se apareció;—¿Yo muerto?—¡Tú!—¿Yo?—Tú, Favila míoYo te vi ensangrentado, yerto y frio—¡Bah!—¿Te burlas? ¡Piedad...:—Froiliuva, advierteque estoy muy vivo, y río de la muerte.Serena tu exaltada fantasía,y adiós, que avanza el día.—Pero—Es inútil: los momentos cuentami valeroso azor, y se impacienta.Adiós, hermosa.Dijo, al punto alzóse,la sala cruzó rápido, y marchóse.—¡Compasión! la princesa así decíacorriendo tras las huellas de su esposo.Despareció y con eco doloroso—¡Compasión! la infelice repetía.En vano: su lamentose perdió entre el rumor del vago viento. -122 - II La batidaApenas de don Pelayo—orgullo de Iberia toda—en el reló de los tiempossonara la última hora,a don Favila los próceresofrecían la coronay sobre el pavés le alzaron,siguiendo la usanza goda.En aquellos tristes díasde turbación y congojas,el rey buscaba placereslejos de marciales glorias [7] .¡Y mientras del Guadalete [8]humeaba la orilla rojay marchitábase el laurode Auseva y de Covadonga!al mirarle, agitandosu blanco y fino lenzuelo,con amargo desconsuelo:—¡la última vez!—exclamó.Oculto en pardos celajesel sol en su ocaso toca.¡Y mientras encadenadagemía la España goda,y optimates y plebeyoslloraban en las mazmorras!¡Y mientras de los santuariossaltaban las aras rotas,y las vírgenes perdíanen los harenes su honra!....Decreto fuera sin dudade Providencia piadosaque el liviano don Favilaperdiese vida y corona:corría el desventuradotras osos, ciervos y corzas,y corría sin saberlobuscando su postrer hora.¡Cuántas veces anhelamosgustar del placer la copa,y cuando el néctar bebemosbebemos letal ponzoña!Vuela en torno de una llamala incautilla mariposa:se acerca a la luz, la mira,la quiere, y ¡se abrasa loca! -124-y va tendiendo la nochesu manto de negras sombras.Colúmpianse en el espacionieblas pesadas y lóbregas,que prados, montes y vallesinvaden, ciñen y entoldan,y a veces se desenvuelvela ráfaga brilladorade un relámpago, y resuenanlejanas las voces roncasdel trueno: la tempestadse va acercando traidora.Pero a los reales monterospoco o nada les importa,y a lid sangrienta a las fierasen el Osuna provocan.Bosques ojeando y selvas,gargantas, valles y rocas,peones y caballerosen acecho se colocan,y, esperando los tañidosde las bocinas y trompas,vése un peón en cada árbol,y un montero en cada fosa,y un jinete en cada senda,y un lebrel en cada roca.Ya buscan los cazadores,con gran destreza, las cóncavasy solitarias guaridas -125-donde las fieras se alojan;ya las traíllas de perrosque estrechas sendas custodian,olfateando las pistasroncos ladridos arrojan;ya el peón en la ballestaférrea javalina monta,y los jinetes empuñansus dagas y sus tizonas;ya, por fin, de las bocinasestallan las voces sordas,que el eco de las montañasrepite de loma en loma.Y al oír las vibraciones,los alazanes rebotan,y los monteros se escapan,y las jaurías se aflojan,y los de a pie se preparan,y los jinetes galopany, cual ardientes centellasque lanza inflamada tromba,cuando su manga de fuegorecios vendavales cortan,peones, jinetes, perros,tras de las fieras se arrojan,y por llanuras y monteslas siguen, hieren y acosan.—¡A ella!—un montero grita,al ver asustada corzaque por áspera vertiente -126-como un rayo desemboca.Allá va: la esbelta fiera,teñida en espuma roja,por las breñas y los riscosvuela, más bien que galopa.Y corre y una saetasilbando, los aires corta,y en la carrera la alcanza,y el corazón la destroza;y ensangrentada y sin vidarueda la inocente corza.—¡Por aquí!—varios monterosa la partida convocan,siguiendo el rápido cursode una corpulenta osa.Allí los jinetes corren,allí los perros se agolpan,allí los peones lleganallí la locura torna.Avanza mientras el brutorompiendo jaras y brozas,y regando su caminocon espuma sanguinosa,y espesa nube de flechaslos ballesteros le arrojan,y piedras de agudo filodirígenle con sus hondas;pero de pronto la fierasepúltase en gruta lóbregay piedras y javalinas (sic.)en los peñascos rebotan. -127-—¡Socorro!-exclama un hidalgocon voz que el miedo sofoca,al sentir los resoplidosde un jabalí que le acosa.A socorrerle van muchos,se apiñan y se amontonan,y entre círculos de hierroal feroz bruto aherrojan.Y uno le hiere atrevido,y otro los golpes redobla,y este le parte la frente,y aquel audaz le acogota;y trocada en voz de fiestala voz de angustia y congoja,con el sangriento trofeovan en pos de otras victorias.Mientras tanto, negras nubesel ancho vacío entoldan,y en su seno se columpiala tormenta asoladora.Y vése, a los fulgoresdel rayo fulminantepor cóncava gargantaun potro aparecer,que sube por las breñasde Osuna culminante,y corre cual si espectrofugaz pudiera ser. -128-Clavando en los ijaresdel bruto la aceradaespuela, un caballeroprovoca su furor,y alzando algunas vecessu voz desentonada,—¡A él, caballo!—gritacon entusiasta ardor.Mordiendo el duro frenoy alzando la ballesta,caballo y caballerode un oso van en pos;y el oso desparecepor la empinada cresta,la saña y el enconoburlando de los dos.Y corren —Un atajodescúbrese allí mismo,que el límite fijandodel ancho monte está,y el oso se detienedelante del abismoy tiembla el caballero,y mira, y..... ¡solo él va!....¡Socorro!.... Al triste hidalgola fiera se abalanza—¡Socorro!—su bocinareclama con vigor¡Y nadie le socorre!¡Y nadie ya le alcanza! -129-¡Y nadie escucha, nadie,su lúgubre clamor!¿Oís sus tristes ayes?¿Oís ese gemidoque de los aires hiendela vaga ondulación?¿Oís el débil ecoque exhala estremecido,en ansias ya de muerte,el infeliz campeón?¡Corred, fieles monteros!¡Picad vuestros caballos!Al que piedad implorasocorro dar es ley.....¡Corred, que el triste clamafavor de sus vasallos!¡Corred, que es don Favila!¡Corred, que es vuestro rey!¡Froiliuva, si supiera…acaso por su menteaun giran los vestiglosde la visión cruel,y en su ánima cuitada,en confusión ardiente,fatídicos auguriosdivagan en tropel!¡Acaso, en los espectrosque traza en la espesurala caprichosa llama -130-del rayo brillador,cree ver de su adoradola pálida figura,que, con abiertos brazos,demanda su favor!¡Acaso, entre los ecosque en el espacio clamany en tenues vibracioneshacia Canicas van,oír cree de su esposolas voces que la llaman,cual si de vida fuesesu nombre talismán!¡Oh genios poderososque impulso dais al viento,cuando en el aire rugesañuda tempestad,corred, y en breve instantecruzando el firmamentoa la afligida esposalos ayes de él llevad!¡Oh raudas avecillasque vais por la ancha esfera,en pos del tierno arrulloque a vuestra amada oís,corred, no el pobre esposodesconsolado muera,si a la apenada amantesus ayes no decís! -131-¡Oh voces misteriosasque erráis entre la brisa,prestando a los vergelessu mágico rumor,corred, con breve girocruzad el aire aprisa,y a la infeliz Froiliuvallevadle ese clamor!¿No oís? ¡De los trotones [9]revienten los ijares!¡Doblad vuestra carreray al triste socorred!¡Acaso es la esperanzade los hispanos lares!¡Corred, que es don Favila!¡Corred, bravos, corred!¡Ya es tarde!.... El caballerosu cuello dobla inerte,y en convulsión horribleinclina su cerviz;entre el quejido errantedel soplo de la muerte,con labios temblorosos:—¡Perdón!—muriendo diz [10] . -l32-Y oyéronse, a poco rato,al través de la malezadel bosque y del poderosorugido de la tormenta,los ecos de las bocinasde caza y las descompuestasvoces de los caballerosque subían por la crestadel alto Osuna, buscandoa su rey y señor.—Mientrasllegó la noche, cubriendode opacas sombras la tierra. III Froiluva.¿No escucháis ese quejidoque por la oscura neblinava insereno,y cuyo débil sonidocon su estrépito dominaronco trueno?¿Será la voz lastimeraque en los pensiles se agitamisteriosa, -l33-cuando gentil jardinera,para adornarse, les quitabella rosa?¿Será el lúgubre gemidoque ruiseñor inocenteda a los cielos,si halla presos en el nido,por gavilán inclemente,sus polluelos?¿Será el ¡ay¡ desesperadoque fervorosa doncellatriste lanza,cuando al buscar a su amadocontra una tumba se estrellasu esperanza?¡Callad!.... Ese triste acentoa los celestes alcoresraudo suba¡Que Dios escuche el lamento,los ayes desgarradoresde Froiliuva!¿Qué fue de las ilusionesque por su mente vagabanamorosas,y con mentidas visioneslarga dicha le pintabanengañosas?....¡Desparecieron!.... Cual hojaque a seca rama adheridase estremece.¡Callad!.... Ese triste acentoa los celestes alcoresraudo suba.¡Que Dios escuche el lamento,los ayes desgarradoresde Froiliuva!¿Qué fue de las ilusionesque por su mente vagabanamorosas,y con mentidas visioneslarga dicha le pintabanengañosas?....¡Desparecieron!.... Cual hojaque a seca rama adheridase estremece,desparece¡Llora, infeliz!.... ¡Un gemidotu seno apenado ahoguedoloroso,y por el aire mecido,cual genio del llanto, boguesin reposo!Ayer tu boca bebíalos amorosos alientosde su boca,y hoy, al declinar el día,sus labios ya macilentossólo toca.¡Llora, infeliz! ¡Que tu anheloa los divinos alcoresraudo suba!¡Llora, sí!....—¡Que escuche el cielolos ayes desgarradoresde Froiliuva! — l34-Entre tanto, en el ocasorayaba nublado el sol,y la traidora tormentasu hinchado seno rasgó.En vano los palaciegos,movidos a compasión,varias veces intentaronapaciguar el dolor -135-de Froiliuva.—Si una dueñamaldiciente se atrevióa lanzar envenenadassaetas contra el honordel prójimo; si una niña,de fresca y sonora voz,al son de morisca guzlatrova de amores cantó;si algún atrevido paje,de libre imaginación,las cuitas y los secretosde hermosas damas contóla pobre reina, abismadaen su profunda aflicción,a todos, con triste acento:—¡Dejadme!—les contestó.Pegada a la celosíadel más alto miradordel palacio, sus miradastendía, con expresiónde angustia y pena, al travésdel llanto, hacia el espesordel bosque.—Varios peonesy jinetes descubrióa lo lejos, destacándosesobre el negro pabellónde la noche, a la inseguraluz del rayo brilladorque a veces iluminabael espacio; ¡mas no vioque alguno hacia el regio alcázardirigiera su trotón! -136-¡Ninguno era don Favilal¡Ninguno su esposo, no!....Si fuese ¿por qué apenadotuviera su corazón?En su carrera avanzabala triste noche veloz,cuando súbito en la cimadel bosque se aparecióla luz de varias antorchas,cuyo pálido fulgorse quebraba en los arnesesde cien hidalgos que en posvenían, encaminándosetodos a la real mansión.Ahogando entre la esperanzalos ayes de su dolor,mirólos la hermosa reinacon férvida agitación,y—¡él es!—convulsiva dijo,de gozo, dicha y amor:—¡él es!—la tierna Froiliuvamarchándose repitió.Poco después, del alcázarante el gótico portón,pequeña y lucida huestesilenciosa apareció;y, abriéndose la poternadel solitario torreón, -137- una forma blanquecinapor los umbrales cruzó.—¡Favila!—dijo al momentoasí la anhelante vozde Froiliuva, quien corríade un bridón a otro bridón,reconociendo a las gentes,de las teas al fulgor.—¡Favila!—con voz más fuertela pobre esposa gritó¡Ay! ¡Ninguno respondíaá su doliente clamor!¡Ninguno era su Favila!¡Ninguno su esposo, no!Si fuese ¿por qué angustiadolatiera su corazón?—¿Dónde estás, Favila mío?¿No respondes a mi voz?¿Dónde estás, que no te veo?;No ves que Froiliuva soy?¡Por piedad!.... Oye mis voces....Mira mi aleve dolorVen, Favila, que te llamatu esposa del corazón —Así decía la mísera,buscándole alrededorY solo oía al par suyo -138-lamentos de compasióny sollozos comprimidos,y llanto desolador—Reina y señora.Un hidalgode esta manera exclamó,guardando tras la celadasu dolorida expresión.—¿Qué?—No busquéis—¿No ha venido?—Atrás un paso quedó.—¡Cobardes! ¿Le abandonasteis?Dadme un corcel ¡allá voy!....—¡Señora!—¡Busco a mi esposo!¡Apartad! ¡Cobardes sois!....—Pero oíd—¡Qué!—Enfermo...—¡Cielos!¡Qué me grita el corazón!Decídmelo todo ¡todo!¿Favila?....—¡Murió!—¡Murió!.... -139- Conclusión Al poco tiempo, en Canicas [11] dos túmulos se elevaban,que los astures mirabancon pueril curiosidad.«Aquí don Favila yace»sobre el primero decía,y en el otro se leía:«¡Descanse Froiliuva en paz!» NOTAS[1] Hoy Cangas de Onís, corte de los primeros reyes de Asturias. (Nota del autor)[2] Vestiglos: Monstruos.[3] Poterna: En las fortificaciones, puerta menor que cualquiera de las principales, y mayor que un portillo, que da al foso o al extremo de una rampa. (Diccionario de la Lengua Española, RAE)[4] Froiluva: Muchos historiadores dan equivocado el nombre de esta señora, el cual está bien claro, por cierto, en la inscripción votiva de la iglesia de Santa Cruz, fundada por el mismo Favila (Nota del autor)[5] Mora: demora.[6] Llamase también Olicio, y es uno de los lugares más agrestes del Principado. (Nota del autor)[7] El autor del Cronicón Salmanticense disculpa a Favila, diciendo: propter paucitateni temporis, Historke dignum nihil fecit. —Flórez, España Sagrada, tomo VIII. (Nota del autor)[8] Guadelete, el lugar donde fue vencido el rey Rodrigo; Auseva y Covadonga fueron otras importantes batallas en las que participó el rey Pelayo.[9] Trotón : caballo brioso.[10] «Era la caza la pasión favorita de este príncipe, y entregado a esta diversión pereció un día, desgarrado por un oso que había tenido la imprudencia de irritar. J—Lafuente, Historia de España, parte II, tit. i, cap. III. Los piadosos habitantes del valle del Sella colocaron una cruz de madera en el sitio donde murió Favila, y en el siglo XVI existía aún, pues Ambrosio de Morales dice: «así está señalado en ella el lugar de. muy antiguo, con una cruz.»— Crónica, tom. 111, lib. XIII, pág. 15. En la actualidad no existe. (Nota del autor)[11] Ambos jóvenes esposos fueron sepultados en la iglesia de Santa Cruz. Por cierto que en la inscripción votiva del templo se lee: et fámulas Favila sic condidit—cum Froiliuva conjuge, ac suorum prolium pignora nata —discúrreme era DCCLXXVII.t No está, pues, en lo cierto el P. Mariana, cuando afirma que Favila y Froiliuva no tuvieron hijos. En 1867, la iglesia de Santa Cruz de Cangas estaba convertida— vergüenza es decirlo—en establo.—Castor de Caunedo, Álbum de un viaje por Asturias, etc. (Nota del autor) | |
| dc.description.provincias | Asturias, Principado de::Asturias | |
| dc.identifier.citation | Ecos de gloria: leyendas y tradiciones históricas en verso y prosa, [S.l.] [s.n.]1880, pp. 118-139. | |
| dc.identifier.uri | https://hdl.handle.net/10641/7093 | |
| dc.leyendas.bibliografía | Durán, Agustín. Romancero General, Madrid, Rivadeneyra, 1834, p. 414. | |
| dc.rights | Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International | en |
| dc.rights.accessRights | open access | |
| dc.rights.uri | http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/ | |
| dc.subject.leyendas | Un oso despedaza al rey Don Favila. | |
| dc.subject.leyendasPersonajes | Don Favila | |
| dc.subject.leyendasPersonajes | Reina Froiluva | |
| dc.title | La muerte de Don Favila | |
| dc.type | other | |
| dspace.entity.type | Leyenda |
