Legend:
El Cristo del cautivo

Author birth
1828
Author death
1894
Publication
Flores del Guadalquivir: poesías y leyendas, [S.l.] [s.n.] 1872, pp. 164-179.
Characters
Aliatar , Fernán
Summary
Cautivo cristiano martirizado en la catedral de Córdoba
Events
Martirio de Fernán
Related works
Castejón y Martínez de Arizala, Rafael. "Guía de Córdoba." (1930).
Literature
Corbonell y Trillo-Figueroa, Antonio. Guía artística de Córdoba Instituto Geológico de España, 1926 p. 78.
Edition
Pilar Vega Rodríguez
Location
Córdoba

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El Cristo del cautivo (Tradición cordobesa )

 

I


Cerca del vetusto puente

que sobre el Betis descansa,

en cuyo centro hoy un ángel,

a Córdoba insigne, guarda;

hay un campo sin verdura,

que ciñe el morisco Alcázar,

cuyos opuestos extremos

dos grandes historias guardan.

Uno enseña la mezquita,

soberbia y potente Aljama,

que mil columnas sostienen

y alumbran quince mil lámparas.

Es el otro el Campo santo,

tierra fecunda, regada

por la sangre de mil mártires

que gozan celestes auras.

Hacia el medio de este campo [1]

hay una opulenta casa,

que envuelve casi en las nubes

su oscura frente almenada.—165—

Dos torres de árabe estilo

en sus esquinas se alzan,

cual perennes centinelas

de aquella mansión preclara.

Sus puertas de cedro y bronce,

continuamente cerradas;

sus ajimeces [2] clavados,

sus almenas solitarias,

Aspecto le dan tan grave,

tal sombra en sus muros marcan,

que de pavoroso encanto

le hacen tétrica morada.

La noche que de esta historia

 nos ha legado las páginas,

alterar plugo a los cielos

aquella terrible calma,

un caballo por el puente

como una flecha, se lanza,

y del palacio encantado

ante su puerta se para.

Un moro, joven, esbelto,

tez morena, de gran talla,

con un alquicel [3] de nieve

y un turbante de oro y grana.

Las riendas dejó del potro

que suelto quedó de estatua,

y sacando una gumía [4]

que acaso a intento llevaba,

arrancó la cerradura

sin que un golpe se escuchara,

ni el silencio interrumpiera

que por doquiera reinaba.

La puerta volvió a cerrarse,

después que, como un fantasma,

—166—se perdió el moro callado

en las sombras de la casa.

El caballo, en vista de esto,

volvió a emprender su jornada,

repasando el puente a escape

como un demonio con alas.


      II.

Apenas esto pasó,

entre las sombras oculto,

al pie de la torre un bulto

tranquilamente paró.

Con calma y sin inquietud

sin ver que peligro corre,

alzó la vista a la torre

mientras templaba un laúd.

Su mirada, vaga, incierta,

sin ver a nadie bajó,

porque la torre siguió

callada, triste, desierta.

El bulto no desespera,

templa el laúd sin demora,

y con voz grata y sonora,

cantó de aquesta manera:

«Niña de negros ojos,

 casta paloma, azucena

que el mundo llenas de aroma,

 Flor de las flores,

escucha los cantares —167—

de mis amores.

En los verdes jardines

de mi morada, como reina,

tú sola serás mirada.

Allí, si vienes,

verás que no hay serrallos,

 hurís, ni harenes.

 Para ti será el mundo

con su aureola;

el cielo y las estrellas

para ti sola;

Y mis quereres,

serán para ti, Zaida,

 si tú los quieres.

Flor de las flores,

noble gacela,

tórtola triste

de pobres alas,

cándida virgen,

que calla y vela,

 rosa que nunca

luce sus galas.

Fúlgida estrella

de luz divina,

rayo fecundo

de bienandanza,

iris de gloria,

que ya ilumina

límpida el cielo

de mi esperanza.

 Perla llorada

por el rocío,

astro brillante

que el campo hechiza;

nave que nunca

cruza del río

las claras ondas,

que el aura riza.—168—

Oye las quejas

y el sentimiento,

que ardiente el alma

brota en sus penas;

que cual el silbo

que lanza el viento,

van y se pierden

en tus almenas.

Si el eco triste

de mis cantares

hiere el recuerdo

que hay en tu alma,

calma el martirio

de mis pesares,

de mis dolores

la lucha calma.

Abre de tu ventana

 la celosía,

sultana del profeta,

sultana mía.

Abre: que el viento

te dirá mis querellas,

mi sentimiento.»



  III


Antes que el canto cesara,

un golpe sonó en la torre,

y una puerta silenciosa

giró alredor de sus goznes.

En un ajimez, un bulto,

como una sombra vio el joven,

que agita un pañuelo blanco,

en tanto que bajo tose.

—Zaida.

—¡Fernán!...

Dos palabras sonaron

tan solo entonces,

en tanto que respiraron—169—

aquellos dos corazones.

Zaida, es de Aliatar hermana,

que entre los moros mejores,

es temido y respetado

por su poder en la corte.

Era morena, ojos negros,

dormidos, como dos soles:

graciosa como una ondina,

alta, pálida, aire noble.

Su cintura una sortija,

su pecho un altar sin nombre,

sus dientes hilos de perlas,

que entre corales se esconden.

Breves sus manos,

derraman doquier encantos y flores,

y sus pies, mucho más breves,

parecen dos ilusiones.

Fernán, era un buen cristiano,

alto, valeroso, joven,

de pelo castaño oscuro,

de ojos vivos y buen porte.

—Zaida, ¿y tu hermano?

—Partió.

—¿Pero es larga la jornada?

—Dicen, Fernán, que a Granada.

—¿Cuándo vuelve?

—No sé yo.

Allí hay fiestas y torneos;

allí tiene sus amores,

y a ofrecer cintas y flores

va al alma de sus deseos.

— No perdamos un instante:—170—

¿me quieres, hermosa? Di.

—¡Que eso me digas a mí!...

¡que tiro ya este turbante!

Que he pasado muchos días

de tus amores esclava,

mientras la torre regaba

con estas lágrimas mías.

¡Que por tu pasión sujeta,

hoy desprecio el Alcorán,

y hasta reniego, Fernán,

del edén de mi profeta!

¡Que dejo la fe bendita

de mis edades primeras,

y esas dichosas palmeras,

y esa pomposa mezquita!

¡Que busco la hermosa luz

que solo a tu gloria guía,

que bendigo a tu María,

que beso alegre tu cruz!

—Calla, calla, hermosa:

veo la luz de Dios sobre ti

tú eres el bien para mí;

yo te adoro, yo te creo.

De pronto rumor lejano

creciente, confuso, oyóse,

que hizo callar un momento

a los dos: Fernán entonces

Registró rápidamente

el campo y sus alredores,

sin que diera resultado,

pues todo mudo quedóse.

—¿Qué era, Fernán?—171—

—Nada; el viento.

¡Sabe que estoy con cuidado!...

Pues todo está preparado

 marchémonos al momento.

—Mi esclava Algara no ha vuelto

y siento...

 —Disculpa vana.

—¿Quién sabe...?

—¡Suerte inhumana!..

¡Conque yo vengo resuelto

y atrás te vuelves, mujer,

cuando menos lo pensaba!

—¡Ah! quédese atrás mi esclava...

mis joyas...

—Así ha de ser.

—Ven...; en la margen del río

un barco tengo amarrado...

—Y ¿el puente?

—Está custodiado, y ofrece riesgo...

— ¡Dios mío!

Tú, que a los buenos bendices

y contemplas mi deseo,

 yo te adoro, yo te creo,

 haz que seamos felices.

Y a poco, pues, que sonaron

estas postrimeras frases,

del ajimez una escala cayó

de pronto a la calle.

Fernán la cogió con ansia,

y al punto vio descolgarse—172—

a Zaida rápidamente,

sin que nada le arredrase.

Toma esa cruz, ella dijo,

aun suspendida en los aires;

si yo en este lance muero,

al menos ella se salve.

Un crucifijo de plata

con ricas piedras y esmaltes,

Zaida a su Fernán arroja,

y luego en sus brazos cae.

Dos besos al par estallan

que de entrambos pechos salen

como el mero juramento

que de eterno amor se hacen.

Mas antes que los dos partan

ni que sus pechos separen,

la hermosa niña era presa

de cuatro moros infames.

Aliatar con otros siete

revolviendo los alfanjes [5] ,

acometen a Fernando

que tuvo al fin que entregarse,

Con dos heridas al pecho,

matando dos moros antes,

y a la desmayada Zaida

regándola con su sangre.

Mientras que a Fernán prendieron

los moros por él diezmados,

dos cuerpos ensangrentados

desde la torre cayeron.

El joven volvió al ruido;—173—

y al ver escena tan fiera,

rugió, como una pantera,

y se cayó sin sentido.




III.



Frente a la casa del moro

de que antes hemos hablado,

y donde Fernán fue preso

por aquel y sus criados,

está la altiva mezquita

que los califas labraron,

perla hermosa de Occidente,

rival de Meca y Damasco.

Sus puertas pasan de veinte

que forman preciosos arcos,

cuajados de filigrana,

de airosas cimbrias ornados.

Es la del Norte más bella,

y ostenta en lindos recuadros

dos pequeños ajimeces

con celosías de mármol.

Al través de sus umbrales

se queda suspenso el ánimo,

ante el lindo panorama

que se presenta encantado.

Entre arcos de lindas rosas

do cantan miles de pájaros,

cien fuentes y surtidores

fecundan el verde prado,

que alfombrado de violetas,

claveles, lirios y nardos,

embalsama con su aroma

aquellos alegres ámbitos.—174—

Estanques, do juguetean

peces de colores varios,

dan al alfaquí [6] severo

fresco y salud en sus baños.

Limoneros y palmeras

entre infinitos naranjos,

ofrecen perpetua sombra

a aquel delicioso patio.

Gorjean los ruiseñores

entre la copa del amo;

canta el jilguero en la acacia

y en sus jaulas el canario.

El aura juega incesante

por doquiera suspirando,

meciendo las gayas flores

que besa en su vuelo rápido.

Del gusto más exquisito

hay a un extremo cien arcos

que dan entrada a la iglesia,

asombro de los profanos [7] .




IV.

Treinta naves a lo lejos

se cruzan con simetría,

doradas por los reflejos

de lámparas y de espejos

que imitan el sol del día.

Todos la vista detienen

sin que nada la deslumbre,—175—

ante el mérito que tienen

las columnas que sostienen

aquella inmensa techumbre.

 Obra de diestros cinceles

y artistas extraordinarios,

lucen las naves infieles

variedad de capiteles

y fustes de órdenes varios.

Sus techos artesonados

sobre arcos tan pintorescos,

enseñan por todos lados,

deliciosos arabescos

divinamente bordados.

Sobre la puerta gigante

que al Norte se ve girar,

se alza orgulloso, arrogante,

el magnífico alminar [8]

con su cúpula brillante

donde el sol del medio día

extiende sus tintas rojas,

 rico el Mihrab [9] se veía,

y allí el Corán residía

y se adoraban sus hojas.

Esta capilla sagrada

cuya esplendidez arredra,

por cien arcos adornada,

está también coronada,

por una concha de piedra [10] .—176—

Hacia este lugar llegando

iba en peregrinación la turba

agarena, cuando un murmullo

fue turbando su calma y su devoción.

El murmullo fue creciendo;

y las noticias veloces

cruzaron entre el estruendo;

y unos pasaban corriendo,

y otros con gritos y voces.

Todo es bulla y confusión,

todos corren y se agitan

casi en revuelto montón,

en tanto que todos gritan:

«¡Creyentes, profanación!»

Todos se agrupan, se estrechan

con espantosa pavura, escuchan,-

hablan, acechan, y fieras miradas

echan sobre una columna oscura.

 ¿Qué hay allí para que insano

 ese pueblo vengativo

lance anatema inhumano?

¡Ah! ¡se revuelve un cristiano

 entre cadenas cautivo!

¡Es Fernán! El moro impío

con inclemente perfidia, —177—

donde llama a Dios con brío

mientras con la muerte lidia.

Allí reza y no le arredra

que lo escarnezcan ni ajen;

unido al mármol, cual yedra,

de Jesucristo la imagen

con hierro esculpe en la piedra [11]

 De Zaida el último don,

que guardó en sangre bañado

sobre el triste corazón

y va en su mente grabado,

 le presta la inspiración.

Mas ¡ay! tan ruda insolencia

jamás allí se había visto

sin arriesgar la existencia:

así, el trasunto de Cristo

fue de Fernán la sentencia.

Crece del vulgo la grita;

y en su venganza cruel,

la turba se precipita

sobre el que al Dios de Israel

 representó en la mezquita.

Mas ¡ay! de pronto se oyó—178—

una voz que, como el trueno

en las bóvedas rodó;

y entonces ni un agareno

¡la vista siquiera alzó!

—¡Infame! a Fernán, rugiente

 clamó Aliatar con fiereza:

 ya no mueres lentamente:

¡de Allah el honor no consiente

en tus hombros la cabeza!

La esclava que te vendió

y la mujer de tu alma

ya el profeta recogió;

pero ahora reclamo

yo tu sangre para mi calma.

Cuatro moros se arrojaron

sobre el cristiano al momento,

 cercándole como lobos

cercan el rebaño hambrientos

con inusitada furia,

cadena y grillos rompieron;

 con fría, estridente cuerda

rodean su noble cuello,

 y con injurias y golpes

 profanan el triste templo,

mientras lo dejan pendiente

 atados los pies al techo [12] :—179—

tras este horrible martirio y

 en convulsiones muriendo,

su alma rompió el espacio

volando de Dios al seno;

así, el cristiano cautivo,

de sus dolores en premio,

 ganó la palma del mártir

que solo brota en el Cielo.

Por Fernando redimida

al cabo fue la ciudad,

y a Cristo restituida

y esta historia esclarecida

con el sol de la verdad.

Y desde entonces al vivo

amor de la fe que halaga

al pueblo, con tal motivo,

una luz que no se apaga,

puso al Cristo del Cautivo. [13]



NOTAS

[1] En estos campos se han construido después el colegio de San Pelagio, el palacio episcopal y otros edificios. (Nota del autor)                                                                                                                               

[2] Ajimez: ventana arqueada, dividida en el centro por una columna. ( Diccionario de la lengua española, RAE).

[3] Alquicel: v estidura morisca a modo de capa, comúnmente blanca y de lana. ( Diccionario de la lengua española, RAE).

[4] Gumía: arma blanca, como una daga un poco encorvada, que usan los moros. ( Diccionario de la lengua española, RAE).

[5] Alfanje: especie de sable, corto y corvo, con filo solamente por un lado, y por los dos en la punta. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[6] Alfaquí: doctor o sabio de la ley (Diccionario de la lengua española, RAE).

[7] Tanto el patio de los Naranjos como la Catedral han variado mucho de como estaban en tiempo de los árabes. (Nota del autor)

[8] Alminar : torre de las mezquitas, por lo común elevada y poco gruesa, desde cuya altura convoca el almuédano a los musulmanes en las horas de oración ( Diccionario de la lengua española, RAE).

[9] Mihrab: en las mezquitas, nicho u hornacina que señala el sitio adonde han de mirar quienes oran (Diccionario de la lengua española, RAE).

[10] Este que llamaban los moros lugar sagrado tiene la forma de un octógono y la bóveda del techo de una sola piedra en figura de concha. (Nota del autor).

[11] En una columna, casi incrustada hacia el medio del muro del norte de la Catedral está este Cristo con un letrero grabado en el mismo mármol que dice: Este es el Santo Cristo que hizo el cautivo con la uña. Nosotros, sin embargo, hemos seguido al autor de los Casos raros de Córdoba , que dice lo hizo con un pedazo de hierro que se arrancó de sus grillos. Esta opinión parece más verosímil, separando la acción del milagro, y no habiendo, caso de la de Tirabeque, aunque llevara razón. (Nota del autor).

[12] Y en el libro Casos raros de Córdoba dice que en su tiempo (hará unos 250 años) existía aún la soga de que colgaron al Cautivo (Nota del autor).

[13] El Cristo del Cautivo está a la entrada de la capilla de Nájera (de la Epifanía) en la Mezquita Catedral.