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La cautiva de Martos

Author birth
1841
Author death
1901
Publication
El Romancero de Jaén, Sociedad de Amigos del País de Jaén, Jaén, Imp. de Francisco López Vizcaíno, 1862, pp. 19-27.
Characters
La noble Isabel de Solís , El Rey Moro Ismael
Summary
En el año 1319, en medio de la reconquista, las huestes del Rey Moro Ismael atacan el pueblo de Martos (en la provincia de Jaén), para conquistarlo. Cuando entran al castillo, entre toda la gente sobresale la voz de la noble Isabel Solís, que se queja por la invasión. El Rey Ismael se la lleva cautiva y nunca vuelve, ya que ella prefirió esto que suplicar.
Topics
Personajes célebres
Related works
Checa Beltrán, José (2005), Romancero oral de la comarca de Martos, Prólogo de Paloma Díaz-Mas, Jaén, Instituto de Estudios Giennenses, 232 págs.
El Romancero de Jaén. 1862. (1989), Ed. Facsímil editada por la Diputación de Jaén, con prólogo de Manuel Caballero Venzalá.
Edition
Carmen Cazorla Vivas
Location
Martos

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La cautiva de Martos

 

                   ROMANCE III.

 

 

Al pie de un alto peñasco

que con orgullo levanta

sobre su frente un castillo

dó el tiempo grabó su marca,

se ve hoy un pueblo que vela

y cuyas glorias pasadas

están escritas con sangre

sobre el altar de la patria.

Martos... el antiguo pueblo

es ese que el cielo guarda

al pie del peñón coloso

que envuelve la sombra parda.

Él en un tiempo lejano fue

del árabe arrogancia,

 él, después llevó en su frente

la noble enseña cristiana

que el Rey Fernando tercero

clavó en su fuerte muralla.

Y aún hoy sostiene en sus hombros

las torres de eterna fama

que fueron testigos mudos

de mil gloriosas hazañas.

¿Ah! si los tiempos que huyeron

de nuevo al mundo tornaran

y vida y aliento dieran

a esa peña solitaria,

no mi voz pobre y humilde

tan altos hechos cantara.

Mil trescientos diez y nueve

es el año que señala

la historia, como testigo

de otra historia asaz infausta.

Ismael, quinto Rey moro

de la hechicera Granada,

no sueña ya con festines

ni con juegos ni con zambras.

Piensa llevar sus pendones

a las sangrientas batallas,

y los moros andaluces

vasallos de ese Monarca,

¡guerra al cristiano! repiten

con ciega y pujante saña.

Ya se escuchan sus clamores

al pie de Sierra-Nevada;

ya por la vega se estienden

y por do quiera se alzan

los gritos que el raudo viento

lleva al cristiano en sus alas.

Pronto el crujir del acero

y el relumbrar de las armas,

y el piafar de los bridones,

y de alquiceles la plaga,

pregonan que Ismael, altivo,

el Rey quinto de Granada,

deja la ciudad, y al campo

sale de sangre en demanda.

¿Dó vá?.... Ya dejan los muros

esas huestes musulmanas

llevando el pendón de guerra

que aún más su valor inflama.

¡A Martos, gritan; a Martos!

«Sea de mi poder exclama»

el Rey dice, y ronco estruendo

anuncia al cabo la marcha.

Apenas al cielo tiñen

las dulces tintas del alba

y ya el pendón de Cruz roja

sobre el muro se destaca

del castillo, a donde firme

dirige el moro la planta.

¡Alerta! alerta, guerreros,

gritó quien vio en lontananza

por entre nubes de polvo

las huestes desordenadas

que más se van agrupando

cuanto más al campo avanzan.

Llegan, y ante el pardo muro

que a defender se preparan

 los invictos Caballeros

 del Orden de Calatrava,

 el Rey ordena sus haces

 y en corcel de bella estampa

 a los caudillos que esperan

 la gloria en vencer señala.

Tente, orgulloso Ismael;

que la enseña castellana

antes que ceder al moro,

ha de morir quien la guarda.

Cual el gigante rugido

que la tempestad desata

cuando el pavoroso trueno

llena de espanto las almas,

así se escucha a lo lejos

rumor que aún más agiganta

el peñasco que repite

del fiero luchar las ansias.

Y entre el pardo torbellino

que los corceles arrancan,

se ven los corvos alfanges1

y las corvas cimitarras2

que del rojo sol los rayos

reflejan con la amenaza.

¡Ah! los valientes cristianos

que defendiendo la plaza

presentan blanco a la furia

de la revuelta canalla,

pronto de ella desparecen

gritando al morir.... ¡venganza!..

Héroes,.... que luchéis es vano;

pocos sois, muchos atacan,

y ya que tanto martirio

no destruyó la fe santa

que halla asilo en vuestro pecho,

tened de vida esperanza.

Corred, subid al castillo

a donde el pendón os llama,

que poco la villa importa

si de la villa no pasan.

Ya suben;.... de peña en peña

con fe al castillo se lanzan

y tras su muro macizo

que venga la muerte aguardan.

Mas ¡ay! en tanto las puertas

de la villa abandonada

pronto ante el Moro pujante

caen por el suelo arrancadas,

y entonces cuadro de horrores

trazó la morisca saña

vertiendo sangre inocente,

de los que en balde intentaran

subir a esa fortaleza

que al hijo vencido ampara.

Y murieron sí; murieron,

sin hallar piedad ni gracia

de aquel corazón de hiena

que por vencedor se aclama.

La noche envuelta en su manto

avanza triste y callada

sin estrellas que le alumbren

y sin su disco de plata.

Parece como que el cielo

aspira de sangre el aura

y aún más oscuro, se torna

y aún más su silencio espanta.

En un estenso edificio

donde el vencedor descansa,

hay de cristianos cautivos número   

corto, a quien guardan

para presentar al Rey

que está en apartada estancia.

Pocos son, y aunque vencidos

no su ardor bélico apagan;

que aún sangre corre en sus venas

 y lucharán mientras haya.

Mas de entre el confuso grupo

una mujer se adelanta

(que también mujeres gimen

bajo el yugo de las armas)

 y con voz clara y vibrante

 que a los que la escuchan pasma,

 dice: «Valientes caudillos,

no vuestra sangre preciada

mire correr en la lucha

que el destino desiguala.

Ha poco el valor mostrasteis

de la sangre castellana,

 y Dios que ve nuestro duelo

 enjugará nuestras lágrimas,

que también cautiva soy

y también lloro de rabia.»

Dijo, y el Rey que a la puerta

escuchó aquellas palabras,

salid, gritó señalando

al grupo que la escuchaba

y a la muger que le mira dijo,

 «quédate cristiana.»

 Responde hermosa cautiva

a tu señor que te habla.

 ¿Eres noble? —Noble soy.

¿Cómo el cristiano te llama? —

Doña Isabel de Solís,

respondió con arrogancia

la cautiva cuyo aliento

bien su mirar espresaba.

 Serás, bella nazarena,

del Rey Ismael esclava.

Y puesto que noble eres

y a tanto tu orgullo alcanza,

o se rinde ese castillo

que aún a mi victoria falta,

o entre mis caudillos fieles

irás conmigo a Granada.»

Tres veces el Sol ardiente

 se apagó tras la montaña,

y tres veces el Rey moro

vió el pendón de Calatrava

cuya roja cruz ondea

sobre la fuerte muralla.

Pero ya la vez postrera

que el Sol ocultó su llama,

salen de la triste villa

los ginetes que el Rey manda,

llevando en estrecho centro

la hermosa y altiva dama.

Y cuando lejos muy lejos

la guerrera cabalgata

mira el castillo gigante,

la noble Isabel esclama:

«No te pedí la deshonra,

¡ahora te pido venganza!

Diz que los años pasaron

sin que la noble tornara,

sin que una afrenta pidiera

a los hijos de su patria.

Morir cautiva prefiere

a que en su frente recaiga

de la súplica cobarde

la siempre afrentosa mancha.

¡Gloria a ti! Gloria mil veces

¡A la noble castellana

que así ilustra los blasones,

que así nombre eterno alcanza!

Despierta, deja la tumba

y mira la infame raza

por las Reinas Isabeles

del suelo patrio arrojada.

Despierta, que ellas oyeron

aquel grito de venganza,

y hollaron la media luna.

¡Solo la Cruz rige a España!

 


1. Alfange:

m. Especie de sable,  corto y corvo,  con filo solamente por un lado,  y por los dos en la punta. (Diccionario de la lengua española, RAE).

2. Cimitarra: f. Sable corto de hoja curvada y ensanchada hacia la punta ,  que usaban turcos ,  persas y otros pueblos orientales . (RAE, Diccionario usual)