Legend:
El Montero de Espinosa

Author birth
1817
Author death
1893
Publication
Leyendas y cuentos del siglo XIX , ed. de José Luis Molina.
Characters
El Gobernador de Castilla Sancho García y su madre , La condesa, de origen francés , Sancho Montero , El paje del conde , Estrella, la novia del paje, recogida en su niñez por la condesa , El embajador moro Muza , Amante de la condesa
Summary
Estrella descubre que su ama, la condesa, tiene por amante al gobernador moro Muza, y que se prepara a matar a su propio hijo Sancho García, el rey de Castilla, para poder vivir con su amante. Se lo dice a su novio, el paje de Sancho García, que revela la trampa al rey. Este decide vengarse de un modo terrible.
Topics
Tradiciones históricas
Events
Doña Blanca Ava ofrece una copa envenenada a su hijo el conde don Sancho.
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Fernández y González, Manuel. El Montero de Espinosa, Rosa y Bouret, 1868.
Literature
Bautista, Francisco. "Pseudo-historia y leyenda en la historiografía medieval: la Condesa traidora." El relato historiográfico: textos y tradiciones en la España medieval (2006): 59-101.
Gracia, Paloma. "La leyenda de la Condesa Traidora: observaciones sobre su estructura y significación." Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval (Alcalá de Henares, 12-16 de septiembre de 1995) . Universidad de Alcalá, 1997.
Lasa, J. Ramón Prieto. "Zorrilla y la poética del éxito: Sancho García." Revista de literatura 74.148 (2012): 447-472.
Ratcliffe, Marjorie. "Ambición y maternidad: la leyenda de la condesa traidora en el teatro épico-histórico de los siglos XVIII y XIX." Actas del XVI Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: Nuevos caminos del hispanismo... París, del 9 al 13 de julio de 2007. Iberoamericana, 2010.
Edition
Christelle Schreiber di Cesare
Location
Burgos

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El Montero de Espinosa (1842)

Leyenda histórica

 

   Lector, si haces memoria

Y mis leyendas por fortuna mía

Has leído algún día,

Recordarás la historia

De una linda francesa

Que a Burgos traje para ser condesa [1] .

De ella te voy a hablar; pues aunque entrada

En el séptimo lustro de su vida,

Todavía era muy hermosa, y muy querida,

Y de gente cabal galanteada.

Francesa fue, por consiguiente a España,

Si no enemiga, a la verdad, extraña,

Que aunque es la patria tan abstracta cosa

Que a gozarla jamás ninguno llega,

Allá a su modo cada cual la juega

Cual la ve para sí más ventajosa.

El más pobre mendigo

En su miseria por lo menos quiere

De su patria el amor llevar consigo,

Aunque sea no más para testigo

De que en su patria de miseria muere [2] .

Esto es por lo que atañe al buen patriota,

Que en cuanto al extranjero

Los derechos de tal bizarro acota,

Do encuentra al ciudadano don dinero;

Mucho entonces de fe y de patriotismo,

Y al punto que lo atrapa,

Oro y patriota caen en un abismo

Donde, por Dios, que no darán con ellos

Los mismísimos monjes de la Trapa [3]

Con oración, conjuro ni exorcismo.

Y en cuanto a nuestra España y los franceses

Bien claro la experiencia nos lo habla,

Lo poco que a sus garras defendimos [4]

Lo salvamos a nado en una tabla.

      

Mas porque no imagines que lo dicho

Es hijo ¡oh, buen lector! de algún capricho,

Voy a contarte, pues aquí interesa,

Lo que hizo en su condado de Castilla,

Madre del conde actual, la tal francesa.

Lee, pues, y considera claramente

Lo que ha sido y será por mientras dure

En nuestra España la extranjera gente.

                        Y permite de paso

Que te advierta, lector, que de nosotros

Esto mismo y aún más dirán acaso,

Y no sé yo si con razón, los otros.

Pero tal es el mundo, y es un hecho,

Que cuando muchos a la par pleitan,

Por despechadas que sus causas sean

Todos se creen en el mejor derecho.

Pero basta, por Dios, de digresiones,

Y entremos en materia,

Que el caso es grave y nuestra historia seria.

 

                        ***

Gobernaba con su próspera fortuna

En Castilla el leal Sancho García,

Atropellando audaz la media luna

Doquier que al campo por su mal salía.

Acechaban los moros sus fronteras

Como tigres hambrientos;

 Y vían [5] desde lejos sus banderas

Libres flotando al soplo de los vientos,

Y en la sangre teñidas

De sus haces [6] vencidas.

A merced de estos lances venturosos

Todo era gozo, y dicha, y bienandanza,

Por cuanto el linde de Castilla alcanza.

Mas, ¡cuánto son precarios y engañosos

Los augurios del bien de la esperanza!,

Y cuánto ¡ay, Dios! las dichas terrenales

Expuestas al impulso de los males,

Y sujetas a cambio y a mudanza

Oigamos para prueba incontestable

Lo que una noche hablaban a una reja

Un paje de don Sancho y una amable

Y hermosa dama que de amor le escucha

Plática y dulce con paciencia mucha;

Y las palabras no dirán de ESTRELLA

Lo que ignoraba aún SANCHO MONTERO,

Que aquél era, lector, el nombre de ella,

Y éste el nombre también del caballero.

 

ESTRELLA

Pues bien, Sancho, ya que celos

Me pides con tal furor,

Fuerza es aclarar tu error.

¡Perdónenmelo los cielos!

           Un hombre me dices que entra

De noche por mi ventana

Y sale por la mañana:

Causa tu furor encuentra

           Para irritarse, es así;

Entra en mi aposento un hombre,

Pero que entre no te asombre,

Sancho, que no entra por mí.

 

SANCHO M.

           ¿Pues, cómo, mujer liviana,

Si la verdad no contestas,

He de creer tus protestas

Cuando es tuya la ventana?

 

ESTRELLA

           Montero, vamos despacio,

Que aunque la ventana es mía,

Ni de noche ni de día

Vivo yo sola en palacio.

 Y no pongas en un potro [7]

Tu discurso, buen Montero,

Por donde entras tú primero

Puede después entrar otro;

Y según, Sancho, a mi cita

Vienes, el parque asaltando,

Puede estar otro aguardando

Hora para otra visita.

 

SANCHO M.

           Todo eso está bien, Estrella;

Que los hombres somos dos

Ya lo veo, voto a Dios:

Mas si tú no, ¿quién es ella?

 

ESTRELLA

 Secreto debiera ser

Ese nombre, mas, Montero,

Si tu lo quieres…

 

SANCHO M.

Lo quiero.

 

ESTRELLA

                     Secreto has de tener,

Y ni en tu última hora

Lo digas ni al confesor.

 

SANCHO M.

           Lo juro.

 

ESTRELLA

                     Pues de tu error,

Es la causa mi señora.

 

SANCHO M.

       ¿La condesa?

 

ESTRELLA

                       La condesa.

 

SANCHO M.

¿La madre de don García?

Tú mientes.

 

ESTRELLA

           ¡Por vida mía!

Que así me tratéis me pesa.

Considerad, señor Sancho,

Que aún cuando yo lo negara,

Con mi palabra bastara,

Y aún os viniera muy ancho.

 

SANCHO M.

       Perdóname, dulce Estrella,

Lo osado por lo celoso,

Que me es en verdad penoso

Pensar tal infamia en ella.

   Que a fe que mal corresponde

A quien en desmán tamaño,

Si no por su propio daño,

Por honra de su hijo el conde.

           El querer de una doncella,

Si es casto, el amor lo escuda,

Mas ella, condesa, y viuda,

Pide más recato, Estrella.

    Y está en la ley prevenido:

Si el hijo ha de gobernar,

La madre no ha de tomar

En su gobierno marido.

 

ESTRELLA

¡Ah!, Sancho, que tú no alcanzas

lo que su amor me atribula,

porque es un amor que anula

aun sus mismas esperanzas!

 

SANCHO M.

        Estrella, no te comprendo.

 

ESTRELLA

Pues óyeme, Sancho, bien,

Y el cielo me olvide, amén,

Cuanto mal estoy haciendo.

Yo por servirla no más

Y por velar su deshonra

Estoy prendiendo mi honra

En un cabello quizás.

           Y por contentar su afán

Presto, protegiendo a ese hombre,

Con mi aposento mi nombre

Y corre por mi galán.

Mas no es esto, Sancho mío,

Lo que el alma me atormenta,

Que yo ayudara contenta

De una amiga un desvarío.

Mas yo arriesgo mi decoro

Y arrostro, Sancho, tus celos,

¿y por quién abogo? ¡cielos!

¿por quién, Sancho? por un moro.

 

SANCHO M.

Estrella, ¿te has vuelto loca?

¿Moro dices?

 

ESTRELLA

¡Ay de mí!

Ojalá no fuera así

Lo que te dice mi boca

Ese Muza embajador

Del rey moro de Sevilla

Es el galán.

 

SANCHO M.

 ¡Qué mancilla

Para dama de su honor!

¡Un moro! por Dios, Estrella,

Que al conde lo he de contar.

 

ESTRELLA

Nos vas, Montero, a matar.

 

SANCHO M.

¡Ay! ¿quién te ganó por ella?

¿Quién puso en tu pensamiento

Tan villana aberración?

¿Quién puso en tu corazón

Tan torpe consentimiento?

 

ESTRELLA

 ¡Quién más que mi desventura!

Me acogió desde mi infancia,

Y desque [8] vino de Francia

No la he concebido impura.

 No tengo madre, Montero,

Y ella de tal me sirvió,

¿negarla pudiera yo

Lo que hizo por mí primero?

        Supo ella nuestro amor antes

Y velándolo [9] , a su hijo,

«Obrad prudentes , me dijo,

Y sed dichosos amantes».

 

SANCHO M.

¡Fatal complacencia fue!

Mas ya es tarde, hasta mañana.

Dios quiera que tu ventana

Grave pesar no nos dé-

 Y partiendo el caballero,

Cerró sus vidrios la bella,

Siguiendo al través su huella

Por un torcido sendero.

 

  ***

 Está la noche tranquila

Aunque embozada la luna,

Y encapotado como ella

Está junto al parque Muza.

En pardo alquicel [10] envuelta

Su conocida figura,

Y bajo el casco escondida

Su cabeza (que a la turbia

Luz de una pálida estrella

Conocería sin duda

El más topo en el turbante

Si en él la llevara oculta),

La seña impaciente aguarda,

Que le harán para que suba

Las manos de quien espera

Asir amantes las suyas.

De arriba a abajo pasea,

Pero con tanta cordura

Que ni sus pasos se sienten

Ni de una o otra esquina cruza.

Sólo su amor le acompaña,

Y sólo su amor segunda

Con su audacia y con su alfanje [11]

De una mujer la locura.

Locura, sí, porque es mengua

Y rabia causa y angustia

Que así en el cieno se arrastre

Dama de tan noble cuna.

Locura, sí, porque vela

Detrás de la colgadura

De su balcón la condesa

Que de tardanza le acusa.

Con gran cautela a los vidrios

(que no es extremada nunca)

Continuamente se asoma

De que ha de venir segura.

Y entre la luz de los vidrios

Pasando, mientras calcula

El tiempo que huye, su sombre

Sobre el cristal se dibuja.

Y en los iguales periodos

Con que aparece y se ofusca

Se ve bien que se pasea

Tal vez sin paciencia mucha.

Por fin, tornando a asomarse

Acaso vio lo que busca,

Porque cerró la ventana

Con golpe que prisa anuncia.

Faltó al punto la luz de ella

Y apareció en la segunda

Ventana, que está sin rejas,

Más abajo de la suya.

Sonó una palmada a poco

Y como está a poca altura

Fácil halló la subida

El enamorado Muza.

Mas presto a bajar volviera

Si alcanzara por ventura

A ver que un hombre aparece

En el punto en que él se oculta.

Sí, guarecido en lo espeso

De la oscuridad nocturna,

A la ventana se acerca

De otro hombre la sombra muda.

Sombra que avanza despacio,

Pero con planta segura,

Como quien sabe la tierra

Por dónde camina a oscuras.

Al eco de sus pisadas

Con desolación profunda

Una mujer sacó a medias

La cara, que el miedo turba.

A cuyo punto el que viene

Con voz al caso oportuna

Dijo y en tono intermedio

De afirmativa y pregunta.

 

SANCHO M.

Estrella.

 

ESTRELLA

  ¡Sancho!

 

SANCHO M.

   ¡Silencio!

 

ESTRELLA

Por Dios, Sancho, disimula

Si es que has visto…

 

SANCHO M.

Todo, Estrella,

Y estáme ahogando la furia.

 

ESTRELLA

¡Por Dios, Sancho!

 

SANCHO M.

Nada temas.

No con fuerza, con industria

Espero cortar los hilos

Que tan escándalo anudan.

¿Por quién te pondrás, Estrella,

Por ella o por mí?

 

ESTRELLA

                       ¿Eso dudas?

La vida diera gustosa

Con una palabra tuya.

 

SANCHO M.

Pues bien, Estrella, si me amas

Y si confianza alguna

Te inspira la idolatría

Que mi pasión te tributa,

En vez de guardar la reja

De una sorpresa importuna,

Guarda la puerta a su cuarto,

Y cuanto digan escucha.

                         Yo respondo de que nadie

Por reja ni escala suba,

Con tal de que me repitas

Sus palabras una a una.

 

ESTRELLA

¿Y qué te importa?

 

SANCHO M.

             Va en ello,

Estrella, nuestra ventura.

 

ESTRELLA

Enhorabuena.

 

SANCHO M.

                     Ya tardas.

 

ESTRELLA

Guárdame, pues.

 

SANCHO M.

Pues escucha.

 

        ***    

          

 

 Quedó junto a la ventana

Montero de centinela

Y junto a la cerradura

Se puso a escuchar Estrella.

Abajo Montero inmóvil

Permanece en las tinieblas

Y arriba por los resquicios

Ella la vista endereza.

Él, allá abajo inmutable

Como una estatua de piedra;

Ella allá arriba con ansía

Toda arrobada de atenta.

Mas poco oír la permite

La encajada puerta,

Muy poco paso a su vista

Da la cerradura estrecha.

Mas mucho puede un deseo

En cuyo logro interesa

Grave peligro o bien grave

Quien firmemente desea.

Así que al par aplicando

Con oportuna destreza

Ya el ojo para mirar

Ya para escuchar la oreja,

Logró entender, si no cuanto

Su curiosidad quisiera,

Cuanto basta a quien importa

Para que todo lo entienda.

Y las frases que a pedazos

Hasta su escondite llegan,

Con algunas adiciones

O supresiones, son éstas.

 

CONDESA

¿No hay otro medio?

 

MUZA

                       No hay otro

Mientras él viva, condesa

Prendidos tenemos ambos

En un hilo la existencia.

Mi amor para ti es sin freno:

Te adoro, sultana bella,

Y si en decidirte tardas,

Sin ti me parto a mi tierra.

No puedo más en Castilla

Permanecer sin sospecha,

Pues concluí mi embajada

Y va a encenderse la Guerra.

Mi rey en Córdoba tiene

Gente mucha y muy resuelta,

Que vendrá a poner de Burgos

La corona en tu cabeza.

¿Qué me respondes? Decídete;

Dentro de tu casa mesma

Tú vives tiranizada,

Obedeces y no reinas.

Privada de los placeres,

De los saraos [12] y las fiestas,

Por viuda al llanto y al luto

Las costumbres te condenan.

Eres hermosa y amante,

¿por qué has de pasar por sierva

Donde, si quieres, mañana

Puedes mandar como reina?

Así nuestro amor logrado,

Ventajas lograrás inmensas

Tu condado de Castilla:

Pues en paz con sus fronteras,

Tus pueblos tendrán tranquilos

La paz que con ansia anhelan.

Calló aquí el moro, y tras grave

   Meditación, la condesa

Como quien duda en lo que habla

Repuso de esta manera.

 

CONDESA

¿A qué ocultarlo buen moro?

Demasiado lo confiesan

Las lágrimas de mis ojos,

Y las voces de mi lengua.

Yo te amo: poco a mis ansias

La corona es de condesa;

Para ceñirla a tus sienes

Ansiara imperial diadema.

Pero si yo abro de Burgos

A tus árabes las puertas

¿cómo reinar en Castilla

A no conquistarla entera?

¿Cómo estarán los cristianos

Sumisos a quien los venda?

No, harán para rebelarse

Un fuerte de cada piedra.

Tu rey querrá en la conquista

Llevarse la mejor presa,

Y si es una infamia todo,

Huir es la más pequeña.

 

MUZA

¿Huir, sultana, qué dices?

¿Adónde, infeliz, huyeras

Que esclava no te contaras

Si no te contaras muerta?

¡Huir! ¿acaso por miedo

De que traidora te hicieran

A una patria que no es tuya

Pues no nacistes en ella?

¿Ignoras que estos villanos

Que ante tu faz se prosternan

Maldicen allá a sus solas

Tu noble cuna francesa?

 

CONDESA

¡Esclavos!

 

MUZA

                  Sí, esclavos tuyos

Puesto que ellos son tu herencia

Y venderlos y comprarlos

Justo es que a tu antojo puedas.

 

CONDESA

Sí, justo sería, ¡oh Muza!

Mas muy arriesgado fuera

Tal intentar, porque al cabo

¡quién sabe el fin de una guerra!

Si no hay más medio.

 

MUZA

¡Ah!, sultana

Más que tus ángeles bella,

Más necesaria a mi vida

Que el sol y el agua a la tierra,

Aquí a tus plantas de hinojos

Te juro, las manos puestas

Sobre el corazón, que en vano

Mi alma en huirte se esfuerza.

Es separarme de ti

Llevarme a una muerte cierta:

Luz de mis ojos, el mundo

Sin ellos está en tinieblas:

Sin freno en esta pasión,

Te adoro, sultana bella,

Y si en decidirte tardas,

Morir sin ti será fuerza.

 

CONDESA

¡Ah no, muramos entrambos!

 

MUZA

¿Y el conde?

 

CONDESA

  En Burgos se queda.

 

MUZA

¿Y quién de él si te reclama

Nos salva?

 

CONDESA

¡Maldito sea!

Callaron ambos un punto,

Y a poco rato en voz trémula,

Dijo el moro, como quien

Prenda involuntaria suelta:

 

MUZA

Si al cabo…

 

CONDESA

              ¿Qué?

 

MUZA

En este pomo [13]

Supremo licor se encierra

Que sirve sin más peligro

A quien le usa con destreza…

 

CONDESA

A ver.

 

MUZA

De un modo adormece,

Y usado de otra manera…

A estas palabaras oyóse

Tras de la cerrada puerta

Inesperado ruido,

Y tras él de golpe abriéndola :

«Señora, el alba despunta» ,

Dijo apresurada Estrella,

E interrumpida la plática

El moro salió siguiéndola.

Partió silencioso Muza

Saltando otra vez la reja,

Y con el pomo en sus manos

Quedó a solas la condesa

 

                        ***   

 

Iba a rayar el sol en el oriente:

Y la serena luz de la mañana

Teñía suavemente

Con brillantes matices de oro y grana

La diáfana extensión del horizonte:

La claridad tendiendo mansamente

Por las laderas del lejano monte.

           En un balcón que a los jadines mira

Del palacio de Burgos en que mora,

Sombría y melancólica suspira

La que en tiempo mejor fue su señora.

Ella es, sí, la condesa doña Blanca

Que a impulsos de secreto sentimiento

Hondos suspiros de su pecho arranca,

Y de sus labios los arranca el viento.

Bella matrona, por la edad no ajada,

Aún muestra cuanto fue su edad primera

En gracia y heermosura aventajada:

Aún brilla en sus miradas, hechicera

La luz de la pasión, y aún a despecho

Del pesar que la acosa

Tiñen su bello rostro peregrino [14] ,

Y sus torneados hombros y alto pecho,

El color del jazmín y de la rosa,

Que envidia dieran al pincel de Urbino [15] .

Hermosa, sí, se ostenta todavía

A pesar de la nube que encapota

Su frente melancólica y sombría.

Sus miradas en tierra distraída

Fija, sin ver lo que delante tiene,

Y en turba al aprecer descolorida

Pasan por su memoria sus ideas

Tardas en paso y en contorno feas.

Encendidos sus párpados, parece que

Romper a llorar tal vez ansían,

Y pálido el carmín que antes tenían

Sus labios, que el amor ora [16] enardece,

Muestra, por Dios, (y ciegos lo verían)

Lo que su inquieto corazón padece.

A veces frunce receloso el ceño

Cual si oculto terror la amedrentara,

Y a veces gime, cual si horrible ensueño

Su apesarado espíritu acosara.

A veces reteniendo en su garganta

El conturbado aliento,

Agitado su pecho se levanta

Cual mar que turba desigual el viento

Y a veces tenuemente respirando

Toda la fiebre ahogando, que le agita

En sueño dulce, misterioso y blando

Tranquilamente al parecer dormita:

Todo en ella por fin está mostrando

Que grave asunto con afán medita,

Y que si acaso la razón la asiste,

Prestarla fe su corazón resiste.

Largo tiempo pasó de esta manera,

Hasta que al fin saliendo de repente

De su enajenación, rápidamente

Formó sin duda decisión postrera,

Y al punto se quitó de la vidriera.

Falsa sonrisa en derredor vagaba

De sus fruncidos labios al quitarse

Y siniestra su faz amedrentaba,

Amarga su expresión de contemplarse:

Y con prudente voz llamando a Estrella

Y a sus palabras dando astuto giro,

Exhalando un suspiro,

Plática tal enderezó con ella.

 

CONDESA

Mucho te he amado siempre, Estrella mía,

Mis secretos más graves

Siempre mi corazón del tuyo fía,

Que de mi corazón tienes las llaves.

Que me sirvas espero

Leal correspondiendo a mi cariño

En un negocio, que encargarte quiero.

 

ESTRELLA

Vuestra, señora, soy, y ya os he dicho

En otras empeñadas ocasiones

Que ley es para mí vuestro capricho,

Y los antojos vuestros son razones.

 

CONDESA

Óyeme, pues, Estrella,

Que cosa es que me importa

Y tiene ejecución fácil y corta.

El conde, mi buen hijo, don García

Secreto mal padece

Que descuidado más de día en día

De día en día con peligro acrece.

Apuré las razones,

Los argumentos agoté del todo

Para hacerlo tomar una bebida

Que puede sólo resguardar su vida,

Y de usarla con él no encuentro modo.

Un solo medio veo solamente:

Tómela de tu mano incautamente.

 

ESTRELLA

¡De mi mano, Señora!

 

CONDESA

   Sí, por cierto

Él cree que es un secreto su dolencia

Que juramos guardar en la conciencia

Los médicos y yo, que la sabemos

Y sólo de nosotros se recela

Que a su pesar curársela queremos,

Y es inútil contigo su cautela.

¿Qué dices?

 

ESTRELLA

   Yo, señora…

 

CONDESA

 ¿Desconfías

De su madre tal vez, mujer ingrata?

¿No le he llevado en las entrañas mías?

Por sospecha tan ruin, ¡viven los cielos!

Que inaudito castigo merecías.

 

ESTRELLA

¡Oh! perdón, mi señora la condesa,

Calmad vuestros enojos;

Que en tan ocasión tan grave

La duda es natural en quien no sabe.

Mas hablad, disponed, toda soy vuestra,

Huérfana y pobre me ofrecí en la infancia

Para sólo serviros, y de entonces

Fuisteis mi madre vos, vos mi maestra.

 

CONDESA

Pues bien, que sea hoy mismo me interesa.

 

ESTRELLA

Mas la ocasión…

 

CONDESA

Muy fácil: en la mesa.

Yo el elixir derramaré en su copa,

Tú se la servirás cuando la pida

Y de este modo le darás la vida.

 

ESTRELLA

¿Yo se la he de servir?

 

CONDESA

                                                 Seguramente.

Que la beba es de ti nuestra fortuna,

Mas sin señal de inteligencia alguna

Con mano firme y con serena frente.

¿Entiendes?

 

ESTRELLA

            Será así.

 

CONDESA

 Pues así sea.

Y ayúdame a acostar, Estrella, ahora,

Y cierra este balcón, porque no sea

De una noche de amor puerta traidora.

 

ESTRELLA

Cierro y tranquila reposad, señora.

 

           Y al vecino aposento

Salió Estrella obediente,

Mas ¡ay! que no avezada [17] al fingimiento

Trémula fue, y el rostro macilento [18] ,

A dar en un sillón lánguidamente :

Y en su errante mirada

Veíase en verdad su afán interno

Y su pavura al crimen retratada.

Meditó largo tiempo silenciosa,

Inmóvil e indecisa,

Hasta que vaga y singular sonrisa

Que la excitó una idea generosa

Tendió sus labios, y avivó su prisa.

Abrió la puerta, pues, con mucho tiempo

Y por una excusada escalerilla

Cabo [19] a poner a su secreto intento

En la antesala dio el aposento

De don García, conde de Castilla.

Su paje favorito allí velaba.

Sí, allí Montero a la sazón se hallaba

Y a la llegada de su amante Estrella

En un sillón de roble dormitaba,

Mas despertóse el percibir su huella.

«¡Hermosa !» dijo, y la [20] tendió los brazos.

Mas ella suavemente

Esquivando sus lazos,

Peligrosos, al vez, rápidamente,

Con voz turbaba, y con prudencia mucha

Apartóle diciendo : «Sancho, escucha» .

Hizole Sancho así, y al ir oyendo

Lo que ella en voz baja le iba diciendo,

Notábase más claro a cada instante

Que el fuego del furor iba subiendo

Desde su corazón a su semblante.

«¡Bien ! dijo el mozo al concluir Estrella :

Vete tranquila, que estaré presente» ;

Y a punto tal tornándose la bella

Por la misma escalera donde vino,

Tornóse a su sillón tranquilamente

Montero, y a cumplir con su destino.

 

                        ***  

 

Y el sol por el firmamento

A largo andar se venía,

Cuando llamó soñoliento

Desde su oscuro aposento

El conde Sancho García.

           Montero, como le oyó,

De la mampara [21] al dintel [22]

Atento se presentó,

Y tras algo que le habló

Cerróse dentro con él.

De la fatiga al quebranto

Rendíase al sueño en tanto

En la antecámara Estrella

De su ama; mas ¡ay! que de ella

Se huía tan dulce encanto.

           A vueltas sobre su lecho

Con el afán de su pecho,

Hasta el aire que aspiraba

Le parecía que estaba

Empozoñado y estrecho.

  En vano el rostro agitado

Del uno y del otro lado

Acomoda entre la ropa:

Los ojos se le han cerrado

Con la imagen de una copa.

           Y aunque sin luz los mantiene,

Por mucho que los aferra,

Su odioso contorno viene

A dar a sus ojos guerra,

Y despechada la tiene.

 Por más que en dulces memorias

Su mente extraviar procura

Y en sazonadas historias,

Sus dichas torna ilusorias,

La copa de su amargura.

 No duerme, no, que al impulso

De un pensamiento cruel,

Dentro del cuerpo convulso

Se la desborda del pulso

Toda su sangre en tropel

Ideas mil en su mente

Que fermentan en montón,

La atormentan fieramente

Y siempre el latido siente

Del trémulo corazón.

           No duerme, no, que en el alma

Do la virtud no respire,

La paz del reposo expira

Y airado el sueño retira

El bálsamo de la calma.

           No duerme, no, la condesa:

Que vela desesperada,

De remordimientos presa

Siempre anhelando ¡malvada!

Lo mismo de que la pesa.

La pesa, sí, mas no halla

Otro remedio el amor,

Que en su corazón batalla,

Y lucha contra la valla

De su amancillado honor.

«¡No! dice en su desvarío,

Ceder no sabré jamás,

¡por Dios que me sobra brío!

Ven Muza, y si tú eres mío,

¿qué me importa lo demás ?»

 

         ***    

 

 Tendamos, lector, un velo

Sobre esta infernal pasión,

Que de escudriñar me duelo

Secretos que puso el cielo

Del hombre en el corazón.

 

                        ***  

 Con la sonrisa en los labios

Y con la faz cariñosa

Sentóse el conde a la mesa

En cuando llegó la hora.

Con la sonrisa en los labios

Aunque con la vista torva,

Sentóse a par la condesa

En el lugar que la toca.

El hijo en el puesto bajo,

Que aunque lleva la corona,

Ante su madre la olvida,

Y como a quien es la honra.

La madre en el preferente,

Pues aunque parte no toma

Del condado en el gobierno,

Siempre en su casa es señora.

Detrás del conde está Sancho

Que la confianza goza

De su señor, y le sirve

Con atención oficiosa [23] .

Tras doña Blanca está Estrella,

Que es la camarera sola [24]

Que la sirve ha [25] largo tiempo

En la mesa y en la alcoba.

Escancia Sancho el licor

Al conde con mano pródiga,

Y lo hace con la condesa

Estrella con la mano sobria.

Bebe el conde cual lo exigen

Las fatigas que lo agobian,

La condesa cual permite

El decoro en su persona.

Él como hombre que pelea,

Caza y medita y trasnocha,

Ella cual madre de príncipes

Y como ejemplar matrona.

Aunque larga en las viandas

Mesa es en palabra corta,

Cosa en quien negocios tiene

De grave interés, muy propia.

Crúzanse, pues, las palabras

Interrumpidas y pocas

En tanto que los manjares

El apetito acogotan [26] .

«Sancho, dijo de repente

El conde, escancia Borgoña [27] ,

Que aunque es un licor extranjero,

Deja buen gusto en la boca».

Lo cual, la condesa oyendo

Intervino presurosa:

«Estrella, sírvele al conde;

Sancho, trincha tú esta lonja [28]

Que aunque de parte escogida

No tiene punto de sobra».

Palideció un tanto Estrella

Asiento al punto la copa,

Y asió del cuchillo Sancho

Con mirada escrutadora.

Frunció doña Blanca un poco

Los labios que descolora

Ligero matiz morado,

Señal de temor o cólera,

Y don García sereno

Con gravedad majestuosa,

Fijos los ojos en ella

El vaso llevó a la boca.

Paró el cuchillo Montero

Inmóvil sobre la lonja

Que dividía, y Estrella

Se estremeció de congoja

En tanto que doña Blanca

Con hondísima zozobra

Le contemplaba, sus ojos

Saltándola [29] de las órbitas ;

Y en ese momento el conde,

Alargándola la copa

Le dijo con voz tremenda :

«Bebed primero, señora».

- «¡Yo!» replicó la condesa

Con voz descompuesta y cóncava.

- «Vos misma» la [30] dijo el conde

Con voz iracunda y bronca.

 Postróse Sancho de hinojos

Sentencia tan horrorosa

Al escuchar, pero en vano,

Nada a don García asombra.

De cólera y de venganza

Vértigo infernal le acosa,

Y todo su ser a su impetu

Se descompasa y trastorna.

Todo recuerdo calmante,

Toda intención generosa,

De la indignación a impulsos

Del corazón se le borra:

Y con el brazo extendido

Y faz amenazadora

A la condesa presenta

Resueltamente la copa.

«¡Señor!» exclamó Montero.

- «¡Vasallo! (en voz tronadora

Interrumpió don García)

Quien por infames aboga

Sólo cavar su sepulcro

Junto a su sepulcro logra».

Y a la condesa volviéndose

Siguió diciendo: «Señora,

Venderle queréis al moro

Mi cabeza y mi corona

Que con torpeza inaudita

Y amor sacrílego compra;

A morir, pues, disponeos,

Como liviana y traidora.

- ¡Hijo mío!

 - No, apartad

Tal nombre de la memoria

Y ¡voto a Dios!, bebed pronto,

Que mi paciencia se agota.

- Hijo mío, por la santa

Esperanza de una gloria…

- Callad y apurad el vaso…

Esa es la vuestra y no hay otra».

Y aquí la condesa viendo

Que es vana esperanza toda

Desesperada y sañuda

Contra sí misma se torna.

Radió en su fiero semblante

Horrenda la expresión diabólica,

Relámpago del infierno

Que en su corazón aloja;

Y con firmeza que fuera

En causa mejor heroica

Apuró de un solo trago

La preparada ponzoña.

Cayó sin sentido Estrella,

En oración fervorosa

Sancho encomendó su alma,

Y el conde con mano pronta

Arrojó contra las tapias

 El resto de la ponzoña.

Quedó la condesa un punto,

Fantasma amedrentadora,

Frente a don Sancho en silencio,

Mas pronto el fatal Borgoña

Tendióla en tierra de espaldas

A fin desastrado próxima.

 

 

CONCLUSIÓN

 Es una noche lóbrega y oscura:

No ilumina la luna el firmamento,

Y en la atmósfera impura

Densos vapores amontona el viento.

De espesos nubarrones

Por su turbado azul lentos avanzan

Prendados escuadrones

Que el aire sorben donde el aire alcanzan.

No corre ni una ráfaga perdida

Que temple de la atmósfera el bochorno,

Y el aura de la tierra desprendida

Exhalada parece de algún horno :

Y dijeran que humea

Próxima a vomitar la oculta llama

Si el relámpago pronto centellea

Y el ronco trueno en las llanuras brama.

En un balcón que a los jardines mira

Del palacio de Burgos, en que mora,

Sombrío y melancólico suspira

Don García a deshora.

Él es: y al recordar de doña Blanca,

Su muerta madre, el infernal intento,

Hondos suspiros de su pecho arranca,

Que rechaza tal vez el firmamento.

Y el llanto que en sus párpados se estanca

Y el semblante humillado y macilento,

Muestran que es ya su bárbara sentencia

Carcoma [31] que desgarra su conciencia.

Sus miradas en tierra, distraído

Fija, sin ver lo que a sus ojos tiene,

Y en el confuso tropel descolorido

Pasan por su memoria las ideas

Tardas en paso y en contorno feas.

A veces frunce, receloso, el ceño

Cual si oculto pesar le atormentara,

Y a veces gime cual si en negro sueño

Fantasma aterrador se le mostrara.

A veces reteniendo en su garganta

El desigual aliento

Agitado su pecho se levanta

Cual mar que en tumbos desordena el viento.

Y a veces tenuemente repirando,

Resistiendo la fiebre que le agita,

En siniestro delirio divagando

Lánguidamente al parecer dormita.

Todo al fin en el conde está mostrando

Que grave asunto con afán medita

Y se ve que su bárbara sentencia

Es el peso que abruma su conciencia.

Muchas veces acaso en su abandono

Las leyes invocó que defendía;

Razón hallaba en el salvado trono

Que su venganza autorizar podía,

Pero siempre tras él con fiero encono

Salir la sombra de su madre vía

Y la ley, la razón y el pensamiento

Cedían al tenaz remordimiento.

Mas tendamos, lector, un velo oscuro

Sobre este cuadro de venganza y duelo,

Que es caso a fe de comentarse duro

Que ya ha pesado en su balanza el cielo:

Caso, lector (y con verdad lo juro),

Cuya razón escudriñar no anhelo,

Pues pliegues son del corazón humano

Que intenta el hombre penetrar en vano.

 

                         *** 

Largo tiempo pasó de esta manera

Y mucho más el conde así pasara

Si por bajo cruzar de su vidriera

Misterioso embozado no mirara.

A la rápida luz de los relámpagos

Su bulto en las tinieblas perseguía,

Los ojos con afán desencajando

Si en medio las tinieblas le perdía;

Mas siempre hallarle en el jardón rondando

Con el nuevo relámpago volvía.

Brotó en su corazón sorda sospecha

Y, espoleando el honor sus presunciones,

Pronto entendió que el embozado acecha

De su alcázar o puertas o balcones.

Y al poco seña misteriosa oyendo

Por una reja le alcanzó trepando,

Y en ira a él encaminóse ardiendo.

Con silenciosa y recatada huella

Llegó a la estancia de la hermosa Estrella,

Y luz viendo alumbrar la cerradura

La airada vista enderezó por ella.

Mas apenas la línea había cogido

Que la abertura con luz marcaba,

Oyó como de gente que lidiaba

Dentro del cuarto temeroso ruido.

Entre él y la bujía en un instante

Dos cuerpos a la par se interpusieron,

Que a poco en tamboleo vacilante

A la par con estrépito cayeron.

Lánzase dentro el irritado conde,

Y al ver el sitio donde

La luz prosigue, la afilada punta

Les pone de su estoque a la garganta.

Y «¿Quién se atreve, vive Dios!» pregunta:

A cuya voz: «¡Soy yo!» Sancho responde,

Que de ellos solamente se levanta.

 

CONDE

¡Qué es esto, Sancho!

 

SANCHO M.

                                  Señor,

Si es que lo hecho os enoja,

Sacadme con esta hoja

El alma con el honor.

 

CONDE

                        Concluye, Sancho, ese hombre

Que tienes muerto a tus pies

Bañado en sangre, ¿quién es?

 

SANCHO M.

Muza, señor, no os asombre.

Sin miramiento al decoro

Que en vuestra casa se encierra,

Contando iría a su tierra

Vuestra deshonra ese moro.

Yo le esperé y le maté;

Si os culpa su rey, señor,

Tratadme como traidor

Y entregadme, que yo iré;

           Pues quiero de mejor gana,

Que el moro traidor me llame,

Que oírle dar por infame

A una noble castellana.

 Tendióle la mano

Tal oyendo, y replicó

«Sancho, así quisiera yo

Todo el pueblo castellano.

Cuál es tu nombre?»

 

SANCHO M.

 Espinosa.

 

CONDE

¿Eres noble?

 

SANCHO M.

Hidalgo soy.

 

CONDE

Tu casa será desde hoy

Y tu familia famosa.

Desde hoy serán mis monteros,

Y de lealdad por gala

Dormirán en mi antesala

Sus bizarros caballeros.

 Y lléveme Belcebú

Si temo a nadie en la tierra,

Si en la paz son y en la guerra

Todos ellos como tú.

 

                         *** 

    

 Lector, la buena memoria

Que de su madre guardó,

Excuso decirla yo,

Pues te lo dice la historia;

Recuerdos hay todavía

Que atestiguan opulentos

Los muchos remordimientos

Del conde Sancho García.

 Diré, pues, la sola cosa

Que sus recuerdos exigen,

Y es: que de él tienen origen

Los Monteros de Espinosa.

 


[1] El autor se referirá a la leyenda « Historia de un español y dos francesas » en Cantos del Trovador .

[2] Es posible que que el autor haga referencia a su situación económica, muy difícil.

[3] Trapa : nombre utilizado para designar a la Orden religiosa del Císter.

[4] El autor hace referencia a la guerra de Independencia contra las tropas napoleónicas (1808-1814).

[5] veían

[6] tropas

[7] No pongas las manos en el fuego

[8] Desde que

[9] Ocultándolo

[10] Vestidura mora que se parece a una capa

[11] Especie de sable corto y curvado, con filo solo por un lado y doble filo en la punta, utilizado por los orientales

[12] Fiesta o reunión nocturna con baile y música

[13] Frasco

[14] Extraño, extranjero, raro

[15] Referencia al pintor Rafael, oriundo de la ciudad italiana de Urbino

[16] ahora

[17] acostumbrada

[18] pálido

[19] Fin

[20] Le

[21] Bastidor de madera, cristal, etc., para dividir una habitación o para aislar parte de la misma, o puerta ligera

[22] Parte superior de las puertas y ventanas que carga sobre las jambas

[23] Diligente

[24] Única

[25] Hace

[26] dominan

[27] Región de Francia en la que se produce vino, que lleva el nombre de esta región

[28] Loncha (de pan, jamón, carne)

[29] Saltándole

[30] Le

[31] Preocupación continua que mortifica y consume